Un puente subsiste desde hace dos mil años.
En el nombre mismo de quien lo construyó,
resuenan obreros, artesanos y talleres,
invención, creación y estructura.

Todavía en uso, el puente Fabrizio es el más antiguo de Roma. Como aún puede leerse en la inscripción grabada en el travertino de sus arcos, el supervisor de caminos que encargó su construcción en el 62 a.C. se llamaba Lucio Fabricio. Miembro de una gens plebeya originaria de Aletrium, el curator viarum honraba como su antepasado más ilustre a Cayo Fabricio Luscino, quien había sido dos veces cónsul en torno al 280 a.C. y era famoso por su integridad. En Sobre los deberes (44 a.C.), Cicerón lo puso como ejemplo para explicar el particular sentido del valor de los romanos —la virtus —:

Cuando el rey Pirro había declarado por iniciativa propia la guerra al pueblo romano y se disputaba el dominio con un rey magnánimo y poderoso, un desertor suyo llegó al campamento de Fabricio y le prometió que, si se le ofrecía una recompensa, volvería secretamente al campamento de Pirro como había venido y lo mataría con veneno.
Fabricio dispuso que aquel hombre fuera devuelto a Pirro y esa acción suya fue elogiada por el Senado. Pero si buscamos la apariencia y el criterio de utilidad, un solo desertor habría acabado con aquella gran guerra y eliminado a un adversario de peso para el poder romano. Sin embargo, habría sido una gran deshonra y vergüenza, vencer no por el valor sino por un crimen a aquel con quien se había sostenido una competencia por la gloria.

Dos siglos después, Lucio Fabricio, el encargado de construir y mantener obras viales como el puente sobre el Tíber, debió sumar probablemente virtudes adicionales, honrando entonces a otros de sus antepasados, aún más antiguos. Como muchas familias de origen plebeyo, el nombre de la gens Fabricia derivaba de un oficio o una ocupación, que presumiblemente había desarrollado alguno de sus ancestros. El Diccionario Vox de latín así lo confirma en el conjunto de referencias que conlleva esa denominación, una familia, en este caso, de palabras:

faber -bri m. [gen. pl. fabrum ]: obrero, artesano, *CONS (f. tignarius , carpintero;  præfectus fabrum, jefe [de las tropas] de ingenieros).
fabrefactus -a -um : construido artísticamente.
fabrica -æ  f.: arte, oficio ( æraria f., arte de trabajar el bronce) || arquitectura || trabajo de artesanía, artístico; taller.
fabricatio -onis f.: estructura [del hombre] || construcción, creación de una palabra.
fabricator -oris m.: obrero, artesano, constructor.
Fabricius -ii m.: Fabricio [n. gentilicio romano] ¶ -cius o -cianus -a -um : relativo a un Fabricio.

Roma no era aún la deslumbrante ciudad imperial que se levantaría luego —apenas intuida hoy a través de sus ruinas—, cuando el puente Fabrizio permitía cruzar a la isla Tiberina, donde se erguía el templo de Esculapio, dios de la curación. El magnífico diseño, la calidad de los materiales y la destreza constructiva se comprueban a través de dos milenios.
En el siglo XVIII, Giovanni Piranesi expuso un estudio detallado del puente en varios grabados de Las antigüedades romanas . En la leyenda de una de esas láminas señala que la parte superior fue despojada de sus ornamentos originales y que se realizó una restauración con ladrillos en reemplazo de los travertinos antiguos desaparecidos, de los que, no obstante, todavía dibujó algunos que hoy ya no están en su lugar.

A fines del siglo XIX, Ettore Roesler Franz representó el puente Fabrizio en varias acuarelas de la serie Roma pintoresca. Memorias de una era que se va .

Con un apellido evocativo de la antigua gens romana,  Mario Fabrizio  era tornero mecánico de precisión dedicado a la fabricación de máquinas para la industria óptica cuando, a principios de la década de 1960, abordó por sí mismo la manufactura de armazones para anteojos, en Sáenz Peña, provincia de Buenos Aires.
Su padre, Marcos Fabrizio, había sido carpintero ebanista. Su abuelo, Andrea Fabrizio, había llegado a la Argentina desde Pesche, un pequeño pueblo encaramado entre las piedras de la montañosa Isernia, fundado en las postrimerías de la antigüedad romana.
Las virtudes ancestrales que porta un apellido acaban por diluirse con el tiempo. Cada generación transmite su propio repertorio y sólo persiste en sus empeños en la medida en que olvida y actualiza lo aprendido. Pero hay puentes invisibles que nos acercan a aquello que jamás hubiéramos imaginado como próximo.

Un comienzo inadvertido

No han pasado todavía veinte años desde que se halló el arte de hacer anteojos, que hacen ver bien, que es una de las mejores y más necesarias artes que el mundo tenga, y tan reciente es su hallazgo: un arte nuevo, como nunca antes lo hubo. Yo vi a aquel que primero lo halló y lo ejerció, y hablé con él.

El 23 de febrero de 1306, en Florencia, fray Giordano da Pisa hizo, en su sermón de Cuaresma, esta asombrosa mención del artesano anónimo a quien debemos el desarrollo de un armazón para uso óptico. Para vislumbrar cómo eran aquellos occhiali primigenios, la representación más temprana que ha llegado hasta nosotros se encuentra en un fresco de la sala capitular del convento de San Niccolò, en Treviso, Veneto. En 1352, Tommaso da Modena fue comisionado para retratar allí en los muros a cuarenta dominicos insignes. Cada uno en su escritorio, en la variación de sus actitudes y semblantes, al cardenal Hughes de Saint-Cher le tocó en suerte aparecer con unas "gafas de remache", como se denomina al primer modelo en la historia de los anteojos. Eran dos lentes montadas en aros de madera, hueso, cuerno o cuero, con manguitos articulados entre sí por el extremo mediante un perno que permitía plegar el conjunto.
El historiador Vincent Ilardi cuenta en La visión renacentista. De los anteojos a los telescopios (2007), que el psicólogo Nicholas Humphrey, al responder una encuesta sobre las invenciones más importantes de los últimos dos milenios, justificó así su voto: "Los anteojos doblaron la vida activa de todo el que lee o hace un trabajo delicado y evitaron que el mundo fuera regido por gente menor de cuarenta".
En torno a la incógnita del origen, el físico italiano Vasco Ronchi, autor de Historia de la luz. De Euclides a Einstein (1983), bromeó: "Mucho se ha escrito, entre lo valioso y lo vano, sobre la invención de los anteojos; pero, al hacer el balance final, el hecho firme es que el mundo se encontró con los lentes sobre la nariz sin saber a quién agradecérselo".

Suficiente razón para los anteojos

    Está demostrado, decía él, que las cosas no pueden ser de otra manera, pues habiendo sido hecho todo para un fin, todo existe necesariamente para el mejor fin. Observe que las narices han sido hechas para llevar anteojos, por eso tenemos anteojos.

Voltaire
Candide o el optimismo
1759

Diseño revelador/encubridor

El diseñador neoyorquino Moss Lipow comparte en Anteojos. Una historia visual (2011) su erudición acerca de la evolución técnica y cultural del objeto que lo apasiona, sirviéndose de la vasta colección que ha reunido a lo largo de décadas. Desde su experiencia en el ámbito de la moda, Lipow afirma:

En comparación, los anteojos son el artículo de moda más relevante. Ocupan poco espacio pero, debido a que están en tu rostro, tienen un poder transformador. Van sobre tus ojos; son los guardianes entre tu yo interior y tu yo exterior. Permiten revelarte o encubrirte.

Finalmente Pugliese

Pianista y director de una orquesta por la que pasaron otros tantos grandes músicos, Osvaldo Pugliese llevó anteojos fabricados por Mario Fabrizio, su entusiasta admirador. Lució ese modelo en el escenario del Koninklijk Theater Carré de Ámsterdam, que compartió con el Sexteto Nuevo Tango de Ástor Piazzolla, a fines de junio de 1989, una reunión cumbre.
El álbum doble Finally Together  (1994) registra el concierto.

Esplendor en la nieve

En octubre de 1972, un avión alquilado por un equipo de rugby de Montevideo para asistir a un partido en Santiago de Chile junto a familiares y amigos se estrelló en la cordillera de los Andes, a 3.500 metros de altura, en el extremo norte del departamento de Malargüe, Mendoza. De los cuarenta y cinco pasajeros y tripulantes que viajaban en la aeronave, sobrevivieron veinticinco, que se refugiaron en los restos del fuselaje. Diez días después, se enteraron por radio de que se desistía de continuar con los operativos de rescate. Los daban por perdidos. A las dos semanas, sobrevino un alud que acabó con la vida de otras nueve víctimas.

Suponiendo erróneamente que estaban más próximos a poblaciones chilenas, tras dos meses de penurias planearon una expedición hacia el poniente y dos de ellos lograron la proeza de cruzar las altas cumbres para alcanzar a pedir socorro por sus propios medios.
La peripecia de estos dieciséis jóvenes uruguayos tras 72 días en condiciones climáticas extremas y sin recursos básicos de subsistencia es una de esas historias que obsesiona a todo aquel que se aproxima a sus detalles y que ofrece nuevas perspectivas y enseñanzas en sucesivas revisiones. No sólo se admiran en ella el ingenio y la destreza para superar problemas, la decisión racional ante encrucijadas muy severas o la voluntad de vivir, no siempre indemne frente a desafíos de aquella magnitud. El relato adquiere además una dimensión mítica cuando se pone el foco en tres de sus aristas.
La primera es la dificultosa dinámica del trabajo en equipo en un contexto en el que lo urgente se impone hasta por sobre lo esencial. Tan bien funcionó en este caso que el objetivo común fue alcanzado a pesar del error de la mayoría, ya que sólo uno de los muchachos opinaba —con razón— que había que salir hacia el lado argentino.
Asoma en segundo lugar la construcción espontánea de nuevos liderazgos, cuando las virtudes de los establecidos hasta entonces en el plantel habían caducado ante una realidad nueva.
Y por último resalta la ardua asunción de roles impensados por parte de chicos que habían llevado hasta ese momento una vida acomodada.
Es quizá por esta precisa trascendencia respecto de lo ordinario y lo previsible que en esta historia surge del más oscuro abatimiento un intenso resplandor.
En la montaña, allí en el Valle de las Lágrimas, el reflejo del sol en la nieve causó severos daños en la vista de quienes no disponían de anteojos con lentes oscuras. Tras ese doloroso aprendizaje fabricaron gafas protectoras a partir de materiales que extrajeron de la cabina de comando del avión, una de las cuales hoy está exhibida en el Museo-Memorial Andes 1972 de Montevideo.

Sobre esta singular historia de supervivencia, muy tempranamente, se publicó ¡Viven! (1974), el libro de Piers Paul Read que dio sustento —algo libre— a la película Alive (1993), protagonizada por Ethan Hawke.
En 2007 apareció un documental de Gonzalo Arijón, que al año siguiente dio origen al libro de Pablo Vierci, sobre el cual se basó a su vez al film de ficción de 2023 dirigido por Juan Antonio Bayona. Los tres se llaman La sociedad de la nieve .

Quevedo y los quevedos

Retrato a dos tintas de Francisco de Quevedo (1580-1645) incluido en un cuaderno autógrafo de su contemporáneo, el pintor Francisco Pacheco, maestro y suegro de Diego Velázquez. Perdido en la biblioteca de un médico de Andalucía, el volumen fue redescubierto en 1862.
El mismo Velázquez habría pintado un retrato del gran escritor, aunque no ha llegado a nosotros. Sí se conservan varias supuestas copias realizadas en su taller. Una de ellas se atribuye a Juan van der Hamen y, con una gran inscripción del nombre del literato sobre el fondo, está en el Instituto Valencia de Don Juan, en Madrid. Otra, de autor desconocido, se exhibe en el Museo Wellington de Londres.

La misma fragilidad de las cosas en el tiempo, que se pierden o manifiestan efímeramente, parece afectar también la vida de las palabras. Recién a mediados del siglo XIX, en 1854, surgen numerosos registros de la lexicalización del nombre propio del autor de El buscón para referirse a un nuevo tipo de anteojos que se había puesto de moda en ese entonces. A diferencia de los modelos que eran habituales desde el siglo anterior, éste carecía de patillas y, por ello, se asemejaba a los observados en los retratos del literato del Siglo de Oro.
El miércoles 22 de marzo de 1854, el matutino madrileño El Español publicó un texto humorístico grotesco que comenzaba:

A las dos de la tarde del día (no recordamos cuál fue), en una de las calles más concurridas de Barcelona, había parado junto a los cristales de una tienda de modas un elegante pollito, asomando su barbilampiño rostro por entre un fracmento de piel de oso o gato, dirigiendo al través de los indispensables quevedos sus lánguidas y amorosas miradas a un tercer piso, cuyas puertas no tardaron en abrirse y dar franca salida a una rapazuela de cincuenta abriles, entablándose en seguida un juego telegráfico entre los brazos del dandy y los pintados labios y postizos dientes de la amartelada cotorrona.

El 3 de noviembre, el mismo diario daba “un consejo” un tanto cáustico:

Niñas de ojos azules y negros ojos, las que abrasáis el alma de tanto pollo: vaya un consejo aunque del labio salga de un gallo viejo. Esos feos cristales, graciosas Nises, que os caláis ateridas en las narices, esos cristales feos a los que dais el nombre del gran Quevedo, no os pongáis en la vida, turcas feroces que juzgáis nuestros pechos Sebastópoles, porque es muy fácil que, enojados, los quiebren vuestros amantes. Esos trozos de vidrio son ¡ay! pantallas que la lumbre nos roban de una mirada. Por eso, es: ¡quédense los quevedos para las tuertas!

Seguramente, el uso coloquial del término precedió a su aparición en los medios escritos aunque es difícil conjeturar por cuánto tiempo. La crítica de costumbres parece tomar nota de una tendencia ya muy extendida entre los jóvenes o “pollos” de ambos sexos.
El 21 de noviembre de aquel año 1854 en que explotó la manía de los quevedos, el periódico liberal La Iberia , también de Madrid, enumeraba los “requisitos indispensables”...

para que las pollitas aspirantes a ponerse a la última moda logren hacer una conquista cada día. Necesitan lo siguiente: saludar haciendo pinitos, pasearse de la misma manera como si fueran saltamontes, usar de afeites para el rostro, llevar puestos unos quevedos.

El furor por los quevedos alcanzó, ese mismo año, a quedar plasmado en el libro Soy, tengo y quiero de Pedro Antonio de Alarcón:

Yo gusto de los poetas que no tienen un cuarto.
De las niñas pálidas y bellas que montan sobre su nariz unos aristocráticos quevedos.

Después de tres décadas, la Real Academia Española se avino a registrar el uso del término, en la duodécima edición del Diccionario de la lengua castellana , de 1884:

Quevedos: (Porque con esta clase de anteojos está retratado Quevedo.) m. pl. Lentes con armadura a propósito para que se sujete en la nariz.

Con la especificación “de forma circular”, la edición de 1925 completó la definición de "quevedos" que hasta hoy persiste para la institución rectora del estándar de la lengua. En 1927, el Diccionario manual e ilustrado de la Real Academia añadió una viñeta de los anteojos de diseño decimonónico que tomaron el nombre del célebre usuario de otro modelo semejante —aunque de ningún modo idéntico— a comienzos del siglo XVII. Se trataba de lo que se conoce más ampliamente por su nombre en francés, pince-nez :

En la época de Quevedo, los antojos —como se decía usualmente entonces— podían estar hechos de madera, cuerno o hueso y presentaban un puente en arco rígido. En cambio, los quevedos que se pusieron de moda a mediados del siglo XIX eran de metal, habían incorporado algún tipo de almohadilla nasal y, eventualmente, una anilla lateral para atar un cordón. Pero su principal rasgo distintivo era aquello que favorecía una sujeción, si no óptima, al menos comparable a la que habían aportado las patillas un siglo atrás: un puente elástico de fleje.
"Ignoró la sonrisa y la ironía y le complacía la cólera", dijo Jorge Luis Borges de Francisco de Quevedo. Sin embargo, cabe imaginar que al poeta le hubiera resultado graciosa la lexicalización de su apellido, considerando que uno de sus sonetos más famosos versa sobre la parte de nuestra anatomía en la que se ajustan exclusivamente los anteojos que llevan su nombre:

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un pez espada mal barbado.
Era un reloj de sol mal encarado,
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado.
Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era.
Érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.

Anteojos de vista

Marcel Mariën
Lo inencontrable , 1937
[acetato y vidrio]
2013

La furia del temeroso

    Il Tartaglia (el tartamudo, el balbuceador) es una máscara originaria de Nápoles. A veces es un criado parlanchín que, al no poder articular correctamente sus palabras para expresar sus ideas, se enfurece constantemente contra los demás y contra sí mismo. No obstante, es grueso y gordo. Grandes anteojos le cubren tres cuartas partes del rostro para indicar que es corto de vista y que no quiere ser sorprendido por el peligro: porque, aunque se jacte de enfrentarlo todo y de plantarle cara a un elefante, se esconderá bajo un montón de heno si oye el canto del gallo.

Maurice Sand
Máscaras y bufones
(Comedia italiana)
1862

El MuseOJO de Londres

A un paso de Trafalgar Square, en el 42 de la calle Craven, se puede visitar en Londres el British Optical Association Museum, "el único donde las exhibiciones lo miran a usted", como bromean en la institución, que además se autoapoda MusEYEum, condensando las palabras en inglés para "museo" y "ojo".
Fundado en 1901, atesora material legado por profesionales de la salud visual y del negocio óptico: instrumental oftalmológico, equipos de optometría, archivos de compañías manufactureras —catálogos, listas de precios, documentación, correspondencia—, piezas publicitarias, obras de arte, fotografías, libros, folletos, revistas y más de 3.000 anteojos de todo tipo, desde el siglo XVII hasta hoy. También se exhiben gafas de tijera, plegables, binóculos, impertinentes, lupas, probines y monóculos, tempranos lentes de contacto esclerales, primitivos corneales y los primeros blandos, ojos artificiales y prótesis, baños y dispositivos de higiene ocular.
Ciencia, medicina, diseño, comercio e industria se dan cita en el MuseOJO de Londres.

Verdes de góndola y alla Goldoni

El vidrio verde característico de Venecia, fabricado bajo secreto profesional por los cristaleros de la isla de Murano, sirvió en el siglo XVIII para montar unos anteojos singulares que los coleccionistas suelen denominar alla Goldoni . No existe prueba documental de que el dramaturgo Carlo Goldoni (1707-1793) haya llevado este modelo, pero su nombre contribuye a prestigiar un objeto cotidiano con el que compartió siglo y procedencia, aunque la evidente función protectora frente al sol de estos anteojos no demanda mayor justificación.
El Museo dell'Occhiale, de Pieve di Cadore —Belluno—, conserva un ejemplar con armazón de cuerno, patillas en bucle cerrado —para sujeción en torno a la cabeza mediante una cinta— y los característicos parasoles laterales de seda, destinados a complementar en los costados el resguardo de los reflejos del sol que las lentes verdes proporcionaban al frente. Anteojos semejantes debieron de ser muy valorados por los gondoleros que pasaban largas horas de trabajo en los canales y en la laguna, siempre a pleno sol.
Sin embargo, las góndolas dan nombre a otra rara ayuda óptica que aprovechó también el vidrio verde de La Serenissima . En 1911, el libro Anteojos e impertinentes de antaño , de la coleccionista y erudita madame Alfred Heymann (desconocemos el nombre de pila de la autora), incluía una fotografía en blanco y negro de lo que parecía ser una gran lupa —de más del doble del tamaño del monóculo de mano reproducido en otra imagen de la misma página—, dentro de un estuche a medida, con la capucha superior aparte. La leyenda decía: “Lente de góndola [ lunette de gondole ] con vidrio verde para proteger la vista de los reflejos. Venecia, siglo XVIII”.
Hoy se conoce la existencia de tres lentes de góndola parecidas a la de madame Heymann. Una de ellas formó parte de la colección del óptico parisino Pierre Marly y se encuentra actualmente en el Musée de la Lunette, de Morez —Jura—. El óptico y coleccionista veneciano Roberto Vascellari ha adquirido y puesto en exhibición otra, de aproximadamente un palmo de ancho, de madera laqueada y decorada mediante la técnica del découpage . La tercera es una preciosa pieza, muy bien conservada, en posesión de Ingrid y Werner Weismueller.

Las lentes de góndola alcanzaban a cubrir todo el ancho de la cara. Se ha atribuido la razón de ser de estos objetos enigmáticos al deseo de preservar la tez blanquecina de las damas nobles que paseaban en góndola; quizá madame Heymann tenía eso en mente. Sin embargo, esas lupas de gran tamaño podrían asociarse también, en el marco de una fascinación creciente por lo oriental, a las “lentes del ojo celestial” japonesas — tengan-kyō —, empleadas esotéricamente para procurar ver lo invisible en el ámbito terreno. Con objetivos para nosotros inciertos, las lentes de góndola podrían haber constituido el elemento central de una especie de juego social, sin mayor pretensión de lógica racional.
Significaciones disociadas de la función primaria se adhieren con facilidad a objetos culturales como los anteojos, especialmente cuando las razones que los hicieron posibles han caducado con el tiempo. Pero, haciendo un balance de conjunto, el vidrio verde de Venecia, teñido suplementariamente con el aura de un autor célebre o con el encanto de las clases acomodadas, contribuyó al surgimiento de unos anteojos que ofrecían una protección para la vista de una eficacia desconocida hasta entonces.

Anteojos de prever

    A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.

Julio Cortázar
"Historia verídica"
Historias de Cronopios y de Famas
1962

El binóculo precioso

El compositor Erik Satie usaba unos anteojos conocidos en francés como binocle o pince-nez —literalmente, "binóculo" o "pinza-nariz", respectivamente; en castellano, quevedos—. Sus partituras contienen unas curiosas indicaciones técnicas para su ejecución. Junto a esos textos, muchas veces jocosos y destinados a ajustar el tempo o el carácter, aparecen otros que, si bien él vedó que se leyeran en los conciertos, acceden por sí mismos a una dimensión lírica y acabaron por ser recopilados en el libro Cuadernos de un mamífero . No funcionan como una aclaración del significado profundo de su música y su sentido del humor y del absurdo previenen de adjudicarles cualquier solemne trascendencia.
El segundo de  Los tres valses distinguidos del precioso desdeñoso (1914), "Su binóculo", pieza para piano cuya ejecución dura menos de un minuto, contiene las siguientes líneas:

[Muy despacio, por favor. Encorvarse suavemente.]
Él lo limpia todos los días.

[No cambiar de fisonomía.]
Es un binóculo de plata con cristales ahumados dorados.

[Quedarse pálido.]
Se lo regaló una bella dama.

[En la boca del estómago.]
¡Hermosos recuerdos! Pero… una gran tristeza domina a nuestro amigo:

[Desacelerar y apagar.]
¡Ha perdido el estuche de su binóculo!

Les trois valses distinguées du précieux dégoûté se pueden escuchar en la versión de Jean-Yves Thibaudet incluida en Erik Satie. The Complete Solo Piano Music (Decca, 2003).

Si hay un Dios de anteojos

    Por encima de la tierra gris y de los espasmos del polvo yermo que flota sin cesar sobre ella, puedes percibir, después de un momento, los ojos del doctor T.J. Eckleburg. Los ojos del doctor T.J. Eckleburg son azules y gigantescos —sus iris son de casi un metro de alto—. Ellos velan, no desde un rostro sino desde un par de enormes anteojos amarillos que omiten una nariz inexistente. Evidentemente, algún loco bromista de oculista los puso allí para engrosar su clientela en el barrio de Queens y luego se hundió en eterna ceguera o los olvidó y se mudó. Pero sus ojos, algo atenuados por muchos días sin pintura, bajo el sol y la lluvia, cavilan sobre el solemne vertedero.

Francis Scott Fitzgerald
El gran Gatsby
1925

Los primeros aviadores

Carole Lombard (1908-1942) luce en 1938 un D1 de American Optical, el modelo que la firma, ya centenaria por entonces, fabricaba oficialmente para los aviadores militares.
La actriz es conocida por su papel en To Be or Not to Be , la comedia de Ernst Lubitsch sobre una compañía teatral en Varsovia, involucrada en una desopilante trama de espionaje durante la invasión nazi. Estrenada en 1942, fue la última película de Carole Lombard, tras su fatal accidente aéreo. Era esposa de Clark Gable.
La primera versión del D1 tenía una bisagra a modo de puente. Esta otra variante temprana del aviador, en cambio, presentaba ya la barra superior, propia del estándar que conocemos, aunque disponía de una única plaqueta, diseñada para apoyarse sobre el frente de la nariz, como extensión del borde recto vertical que conectaba ambos aros por el centro.

Arqueología de las sienes

En su autorretrato de 1805, el pintor suizo Anton Graff aparece con unos peculiares anteojos que corresponden a un episodio efímero pero trascendente en la evolución técnica de los armazones. El mismo modelo se aprecia mejor en las manos de otro pintor, Daniel Chodowiecki, en un grabado realizado a partir del retrato que el mismo Graff le hizo unos años antes.

Para sustituir más orgánicamente los precarios cordones que se usaban a veces para sujetar los lentes, se idearon unas primeras prolongaciones cortas y rematadas en una espiral, que tenían la finalidad de ejercer presión sobre las sienes, a modo de muelle. Por esa época se había extendido el uso de pelucas, que, además de amortiguar la compresión ocasionada por semejante artilugio, quizá también sugirieron su posible utilidad práctica. Si ése fuera el caso, un accesorio caduco propició un adelanto técnico que habría de perdurar.
Como primer registro documental, se ha encontrado una tarjeta comercial de Ed[ward] Scarlett (“óptico de Su Majestad el rey Jorge II, establecido en Archimedes & Globe, cerca de la iglesia de St. Ann, Soho, Londres”), datada a principios del siglo XVIII, con una ilustración de ese primer modelo de brazos laterales. Aunque son escasos los ejemplares que se conservan, el MusEYEum de Londres atesora unos anteojos con esa característica.

La terminación en anillo que se observa en los anteojos de Graff y Chodowiecki, en sustitución de la helicoide, fue una innovación posterior. Podía usarse alternativamente para anudar una cinta que rodeara la cabeza o para revestirla con un trozo de cuero o tela que suavizara el ajuste, repartiendo mejor la fuerza. Recién hacia mediados del siglo XVIII fue cuando las patillas se prolongaron para que pudieran apoyarse con mayor delicadeza sobre las orejas, mediante un suplemento que bien podía a veces estar articulado o deslizarse.
Aún hoy, en inglés, la denominación usual de las patillas es temples , es decir “sienes”, en lugar de aludir más lógicamente a su apoyo en las orejas. Un resto arqueológico que sobrevive en la lengua, tanto como en el arte pictórico, del pasado de los anteojos.

La lupa sobre las gafas

    —Y por último tenemos esta importantísima prueba que se encontró aferrada en la mano derecha del muerto.
    Stanley Hopkins sacó de su bolsillo un pequeño paquete de papel. Lo desenvolvió y reveló unos quevedos dorados, con dos cabos rotos de cordón de seda negra colgando de sus extremos.
    —Willoughby Smith tenía una vista excelente —agregó—. No cabe duda de que esto le fue arrebatado del rostro o de la persona del asesino.
    Sherlock Holmes tomó los lentes en su mano y los examinó con la máxima atención e interés. Los sostuvo sobre su nariz, intentó leer a través de ellos, se acercó a la ventana y miró a la calle con ellos, los inspeccionó minuciosamente a la luz plena de la lámpara y finalmente, riéndose por lo bajo, se sentó a la mesa y escribió unas pocas líneas en una hoja de papel, que lanzó a Stanley Hopkins.
    —Eso es lo mejor que puedo hacer por usted —dijo—. Puede que resulte ser de alguna utilidad.
    El asombrado inspector leyó la nota en voz alta. Decía lo siguiente:

Se busca una mujer de buena sociedad, vestida como una señora. Tiene una nariz notoriamente ancha, con ojos dispuestos cerca, a ambos lados de ella. Tiene la frente fruncida, expresión concentrada y probablemente hombros curvos. Hay indicios de que recurrió a un óptico al menos dos veces durante los últimos meses. Dado que sus cristales son de una graduación notable y que los ópticos no son muy numerosos, no debería haber dificultad en rastrearla.

    Holmes sonrió ante el asombro de Hopkins, que debió verse reflejado en mi semblante.
    —Sin duda mis deducciones son la simpleza misma —dijo—. Sería difícil nombrar otro objeto que se preste mejor a las inferencias que un par de gafas, especialmente un par tan notable como éste. Que pertenecen a una mujer, lo deduzco por su delicadeza y, también, por supuesto, por las últimas palabras del moribundo. En cuanto a que ella es una persona refinada y bien vestida: como ven, están bellamente montadas en oro macizo y es inconcebible que nadie que use semejantes gafas pueda ser desaliñado en otros aspectos. Encontrarán que su sujeción es demasiado ancha para vuestra nariz, evidenciando que la nariz de la dama sería muy ancha en la base. Esta clase de nariz por lo general es corta y ordinaria pero hay un número suficiente de excepciones como para prevenirme de ser dogmático o insistir en este punto de mi descripción. Mi propia cara es estrecha y sin embargo descubro que no puedo poner mis ojos en el centro ni cerca del centro de estos lentes. Por lo tanto los ojos de la dama están dispuestos muy cerca, a los lados de la nariz. Notará, Watson, que los cristales son cóncavos y de una graduación inusual. Una mujer cuya visión haya sido tan extremadamente reducida toda su vida es seguro que tenga las características físicas de semejante visión, que se ven en la frente, los párpados y los hombros.
    —Sí —dije yo—, puedo seguir cada uno de sus argumentos. Sin embargo confieso que soy incapaz de entender cómo llega usted a la doble visita al óptico.
    Holmes tomó las gafas en su mano.
    —Verán —dijo— que la sujeción está revestida con diminutas bandas de corcho para amortiguar la presión sobre la nariz. Una de ellas está descolorida y desgastada en alguna leve medida pero la otra es nueva. Evidentemente, una se salió y fue reemplazada. Debería estimar que la más vieja de ellas no ha estado ahí más que unos pocos meses. Son exactamente iguales, así que deduzco que la dama volvió al mismo establecimiento por la segunda.
    —¡Por San Jorge! ¡Es maravilloso! —clamó Hopkins, extasiado de admiración—. ¡Pensar que yo tenía toda esa evidencia en mi mano y no lo sabía! Aunque había previsto, sin embargo, recorrer las ópticas de Londres.

Arthur Conan Doyle*
"La aventura de los quevedos dorados"
El regreso de Sherlock Holmes
1905

* Habiéndose titulado como médico en Edimburgo, Arthur Conan Doyle estudió Oftalmología en Viena. De regreso a Londres, en 1891, estableció un consultorio en Upper Wimpole Street pero el enorme éxito de las historias de Sherlock Holmes lo llevó a abandonar la profesión para dedicarse a tiempo completo a la escritura.

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El patrimonio óptico de Massachusetts | Las chicas de Hitch | Objetivamente, Weimar | El foco del político | Lo inapreciable para Papillon | Beethoven jocoso | El monóculo paliqueador | El origen perdido del aviador | La muerte de Anteojito | Goya con gafas | Os meus óculos! | En Venecia y sin anteojos | Civilización y anteojos | La sorprendente vida de las gafas | El manifiesto miope | Un arbitrio femenino | Siglos de viajantes estafadores

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El taller de un óptico real | Modelos del 80 | Mariposa dandy/hippie/hipster | Anteojos anticonceptivos | El club de los coleccionistas | Las gafas delatoras | De las estrellas al museo | Lágrimas sobre los impertinentes | Las gafas de Luca | Un chiste andaluz | El taller de Carl Zeiss | Cordones cardenalíceos | El catcher cuatro ojos | Una canción de carnaval | Anteojos de comedia | Lentes detectacornudos | Gafas de tres duros

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Infidelidad oftálmica | Cómo llegó Lennon a ser un modelo | Las gafas para entender francés | Un tesoro en la basura de Londres | El óptico que salvó a un presidente | Anteojos moderan enojos | El maestro cantor del gremio | Gafas de peluca | Los más tempranos antojos | Alberdi, de la óptica a la ópera | El infame cangaceiro de anteojos | Bellísima y para colmo gafas | Mofas ilustradas

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El genio tras los cuatro lentes | ¡Anteojos! ¡Lero! ¡Lero! | La continuidad de los anteojos | Anteojos antipeste | ¿Llevó anteojos Magallanes a Borneo? | El cuidado visual del guerrero | Sombras de la ética cool | El óptico solícito con el peinado | Miguilim necesita anteojos | Mariposa de cristal | Los malogrados quevedos de Potiómkin | Dos perfiles de un pintor | Cerezas, espinas y antojos | La bonita óptica | El silencio de los lentes negros

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El ascendente chico de las gafas | Domar la bicicleta | Una comedia muy mala | Anteojos con desenfado | ¿En qué se parecen una óptica y un monje adivino? | Gafas de oro para la condesa de blanco | El cristal con que se mira | Los ojos en el cartel | 15 minutos de 20/20 | La óptica de Napoleón | Ella los prefiere présbitas | La clarividencia de los anteojos falaces | Nuestras mejores invenciones | Anteojos excepto en la cama | Pequeñas cosas como los anteojos

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Altina o el objeto emancipado de la función | Compromiso sin dioptrías | Una gruesa de baratijas | Lincoln como que con gafas | El rigor del vidrio | Lujosa inutilidad óptica | Gratitud analógica digital | La doctrina Monroe | Cegado por sus anteojos | Secretos en mis ojos | Otro esfuerzo para ver | Lo que no veía veo, no veo lo que solía | Optimismo oftalmológico

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Vientos del Renacimiento | Monstruos y adivinos del manga | Lentes verdes para el sol maltés | Espectáculos espurios | La dualidad de la Naja naja | Anteojos de buen ver | Una nota incongruente | La prefiguración esperpéntica de la pesadilla | El respeto | Après l’opticien | Un monopolio espectacular | Secreto y sustento sobre la nariz | Anteojitos para el monstruo | Mercantes padecientes de antojos

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Mickey con recetados | El vendedor de ojos | Gafas para leer tu mente | Las innecesarias gafas del profeta en la tormenta | Ilusiones ópticas de cartón | Oftálmicas naturalezas muertas | Lentes como un cuchillo en tu cráneo | Los anteojos oscuros del pianista que mejor ni nombrar, Di Sarli | Lentes para el tercer ojo | Yoga y gafas sexis | Fervor por los cristales verdes | Gafas remachadas a los pómulos | Reingeniería de los anteojos

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Psicología de las gafas | Los márgenes del óptico Benjamin Martin | El gran salto a las orejas | El emperador que conquistó sus gafas | El monóculo absurdo | ¿Schubert con bifocales? | Mejorar o remplazar la visión | Un óptico de la Belle Époque | Celos por antojos | La condición antártica | Con los redondos en 1974 | Gafas en su tinta | La tendencia al museo | Lentes verdes, lentes jóvenes y tubos en una máscara

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Una mujer con gafas del siglo XVII | Una mujer con quevedos del siglo XX | Qué otra cosa que pájaras | Un óptico con ánimo de Mardi Gras | Tan ñata que para sostener los anteojos tenía que sacar la lengua | El imposible Santo Patrón | Por qué adoro mis antojos | La óptica de Ford | Un marrano con anteojos | Anteojos de sol para las vacas soviéticas | Bajo el cristal del amor platónico | Dónde están esas indecorosas gafas

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La ilusoria identidad de lo redondo | Los anteojos de Jackson | Proyecto presidencial para gafas de lectura | Un Padre Óptico Fundador y su legado | Gato con gafas | La falsa arrogancia del pince-nez | Psiquímicos como los anteojos o los tranvías | Virgilio o el segundo nacimiento de las gafas | El óptico pasado de copas | Anteojos de observador interviniente | Anteojos o lógica graciosa

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Los esquivos cóncavos primigenios | Buddy Holly y sus mejicanos | Anteojos de precios viejos | De las gafas inútiles | La "nueva ola" de lo "viejo como el viento" | El specs-appeal de Victoria | Distintos modelos con un propósito | Apología del antojo | El traje de anteojero | Cine negro, anteojos de falsedad | Antojos para el rey | Gafas para ocultar señales | La mirada del pintor | Ante los ojos del bufón | Los marcos del racismo

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Los anteojos de la comuna | Gafas intimidantes | La conexión Gutenberg | Con tus antojos pintado | Los graduados de Freud | Un modelo pituco por demás | Anteojos de vano contentamiento | Una moneda con anteojos | Viajeros en residencia | La artillería del binóculo | Opticus de Ámsterdam | El rey de los anteojos | Ni una palabra de anteojos | Un debate soez con cuernos y corales | Sombras satánicas tras el glamour ferroviario

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Anteojos de sombrero | Autoridad o afectación por las gafas | Carel y su modelo | Verdes vidrios por antojos | Un docto símbolo sobre la nariz | La diva con gafas | Dioses, extraterrestres y antiparras | Matrimonio o anteojos | Goethe contra los lentes | Un museo de gafas perdidas | Impertinentes para el presuntuoso | Pulsión y prejuicio | Las gafas de castigo | Sombras de miramiento | Anteojos para la democracia

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Las gafas en tiempos de Jesús | Periscópicos y Speclettes | Los cristales azules del naturalista | Gafas en auxilio del poeta | Una nube de colores deshonestos | Berni y la industria | Lentes cyberpunk | Anna y su monóculo | Muletas de los ojos | Gafotas y Orejones | La mujer cuando sueña | Elton espejado | Autorretratos con adaptación | Días de cartelería óptica | Dispositivos ópticos complementarios | Los antojos delegados | La Enciclopedia en el taller

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La magia de Faye | La intelectualidad bajo asedio | Una especie de azul | Incorrección visual | El porvenir del pasado óptico | El golpe teatral | La tenacidad de los rayos oculares | Lecturas y postes que atender | Una novedad antigua | 20/20 de magia/poesía | La loca psicología del monóculo | Las credenciales del óptico | Hacer visible la visión | Una fábula libertina en la que vuelan anteojos | La conjura del conejo