Jelgerhuis era un hombre de muchos talentos y poseía numerosas habilidades y una gran erudición. Tenía una especial predilección por la lectura de obras filosóficas y, cuando le faltaba tiempo para ello, sabía encontrarlo levantándose, incluso en invierno, algunas horas antes que los demás. Hacia el final de su vida, necesitando anteojos, inventó unos anteojos dobles, a través de cuyos cristales superiores veía el modelo y por los inferiores su trabajo cuando hacía un retrato. Él mismo pintó y grabó su retrato, en el que aparece con esos anteojos. El poeta A. Jeltema compuso la siguiente inscripción: “Aquí ves su imagen pero en modo alguno su agudo ingenio…”

La elogiosa entrada del Diccionario biográfico de los Países Bajos (1860), de Abraham J. van der Aa, hace referencia al autorretrato de Rienk Jelgerhuis (1729-1809) realizado cuando el artista e industrial neerlandés tenía sesenta y dos años. El grabado a la mezzotinta contiene una leyenda en la parte inferior que indica el año 1791, además de la edad, como para que no queden dudas. 

Casi una década antes, el 13 de marzo de 1783, al otro lado del canal, el óptico británico Addison Smith, de Richmond, obtenía por catorce años la concesión de la patente n.° 1359 por “su nuevo método de construir anteojos y de tallar y aplicar sus cristales, por medio del cual la visión se vuelve perfecta y nítida y los ojos quedan completamente aliviados y libres del dolor y la fatiga que acompañan el uso de otros anteojos tal como se fabrican actualmente”. El diseño original de Smith tenía frente doble, con dos ojos adicionales articulados mediante bisagras en la parte superior. En contraste con lo que se observa en el retrato posterior de Jelgerhuis, este dispositivo se proponía posibilidades de uso más amplias. El neerlandés habría empleado sus anteojos —de manera un tanto forzada— como un bifocal fijo, alternando la mirada a través de un nivel o del otro. El modelo del óptico británico permitía, en cambio, abatir el frente superior para superponer sus lentes con las del frente inferior. Si estas últimas tenían la prescripción para la visión de lejos, ambas, combinadas, podían proporcionar la potencia óptica necesaria para ver de cerca.

Curiosamente, en la evolución de los bifocales, la solución que parecía más prometedora en aquel momento terminó cediendo paso a la otra, basada en la alternancia de la mirada entre niveles. Acaso aquella entusiasta incorporación de las bisagras en los anteojos pudo producirse tras la invención de las patillas, que al principio solían tener dos tramos flexibles en sentido vertical u horizontal. La firmeza y comodidad en la sujeción que ofrecían los modelos fabricados desde la primera mitad del siglo XVIII —gracias a las patillas— y el tanteo de posibilidades distintas para los goznes —esos mecanismos novedosos en los armazones para lentes— quizá hayan conducido conjuntamente a la innovación de Addison Smith.

Siguiendo por esa senda, en 1797, otro óptico londinense —de la parroquia de St Giles— introdujo un avance evolutivo en el diseño de los anteojos de cuatro lentes. El 4 de julio de aquel año, John Richardson obtuvo la patente n.° 2187 por “su nueva invención de un dispositivo aplicable a vidrios y cristales de todo tipo, para el uso de la vista en general”. Su propuesta consistió en colocar los ojos suplementarios, articulados aún mediante bisagras, no arriba sino a los costados. El modelo alcanzaba así mayor funcionalidad, ya que, a su utilidad como bifocal, añadía la protección frente al viento y las partículas o frente a la luz, con cristales entintados.

La excelente acogida del público hizo que esta variante se mantuviera en los catálogos ópticos durante todo el siglo XIX y entrado el siguiente.

Múltiples eran las prestaciones ofrecidas por los anteojos de cuatro lentes ideados por Richardson. Las graduaciones o los tintados podían combinarse en cada par de lentes con las dos posiciones posibles de los laterales —a los costados o abatidos hacia el frente— para obtener potencia de lectura o un mayor filtro para la luz, por ejemplo.

Cuando a alguien se le ocurrió dar a los marcos forma de doble D, la cobertura del rostro al estar desplegados —sin intersticios entre las curvas— fue aún mayor, similar a la de unas antiparras, por lo que ese modelo llegó a conocerse como "anteojos de ferrocarril".

Durante mucho tiempo, los anteojos de cuatro lentes se presentaron como un objeto cultural que denotaba cierto aire de sofisticación, como si la sentencia del poeta de que “ves su imagen pero no su agudo ingenio” hubiera impregnado su espíritu. Se convirtieron inadvertidamente en un signo algo ostentoso de virtudes invisibles que su funcionalidad evidente contribuía a refrendar.

El conde Aleksandr Grigórievich Kushelev-Bezborodko (1800-1855), ilustrado promotor de las ciencias, las artes y la literatura, que llegó a ocupar el cargo de Auditor del Estado del Imperio Ruso, fue retratado hacia 1850 por Franz Krüger luciendo varias insignias de órdenes imperiales junto con sus anteojos de cuatro lentes, traslúcidos en el frente y verde oscuro en los laterales.

Unos anteojos semejantes, con los cuatro cristales transparentes, exhibió el presidente Andrew Jackson (1767-1845) hacia el final de sus días, tanto en una pintura de James Tooley Jr. como en un daguerrotipo de la misma época.

Avanzado el siglo —sobre todo durante los años de la Guerra Civil en Estados Unidos—, la forma de los marcos se diversificó: de los redondos y ovalados, mayormente disponibles hasta entonces, la oferta se amplió a los rectangulares con vértices más o menos redondeados o francamente achaflanados. Los anteojos de cuatro lentes acompañaron esa evolución.

Un octogonal de cuatro lentes fue el elegido por Peter Cooper (1791-1883), un acaudalado empresario de Nueva York —dueño de industrias de pegamento y metalurgia, firmas ferroviarias y de telégrafos—, inventor de la primera locomotora americana, fundador de varias instituciones educativas; en resumen, un hombre de progreso. En 1876, fue candidato a presidente por el Greenback Party (el Partido de los Billetes, que promovía una moneda sin respaldo del oro, como se había ensayado durante la guerra).

En las fotografías, grabados e incluso caricaturas de Peter Cooper que nos han llegado, una vez más los anteojos de cuatro lentes dan algún indicio del agudo ingenio de su portador.

¡Anteojos! ¡Lero! ¡Lero!

    Esta mañana, cuando Clotaire llegó a la escuela, nos quedamos bastante sorprendidos porque llevaba anteojos.

    Clotaire, un buen amigo, es el peor de la clase y parece que fue por eso que le pusieron anteojos.

    —Fue el doctor —nos explicó Clotaire—, que les dijo a mis padres que si yo era el peor, tal vez era porque no veía bien en clase. Entonces me llevaron a la tienda de anteojos y el señor de los anteojos me miró los ojos con una máquina que no hace daño, me hizo leer montones de letras que no querían decir nada y luego me dio unos anteojos. Y ahora, ¡ping!, ya no seré el peor.

    A mí, eso me sorprendió un poco, el truco de los anteojos, porque si Clotaire no ve en clase es porque a menudo duerme. Pero tal vez los anteojos le impidan dormir. Y además es verdad que el primero de la clase es Agnan y es el único que lleva anteojos. Es por eso, incluso, que no podemos pegarle tan seguido como quisiéramos.

    A Agnan no le gustó ver a Clotaire con anteojos. Agnan, que es el mimado de la maestra, siempre tiene miedo de que un compañero lo desplace. Y nosotros nos alegramos al pensar que, ahora, el primero sería Clotaire, que es un amigo genial.

    —¿Viste mis anteojos? —le preguntó Clotaire a Agnan—. Ahora voy a ser el primero en todo y será a mí a quien la maestra enviará a buscar los mapas y quien borre el pizarrón. ¡Lero! ¡Lero!

    —¡No, señor! ¡No, señor! —dijo Agnan—. ¡El primero soy yo! ¡Y, además, no tienes derecho a venir a la escuela con anteojos!

    —¡Eh! Claro que tengo derecho. ¡Qué chiste! —dijo Clotaire. ¡Y ya no serás el único mimado asqueroso de la clase! ¡Lero! ¡Lero!

    —Y yo —dijo Rufus— voy a pedirle a mi papá que me compre unos anteojos y ¡también seré el primero!

    —¡Vamos todos a pedirles a nuestros papás que nos compren anteojos! —gritó Geoffroy—. ¡Seremos todos primeros y todos mimados!

René Goscinny

"¡Clotaire tiene anteojos!"

El pequeño Nicolás y sus amigos

Ilustraciones Jean-Jacques Sempé

1963

Anteojos antipeste

Der Doctor Schnabel von Rom (El doctor Pico de Roma), un grabado en cobre de 1656, que incluye un poema satírico, publicado por el impresor Paulus Fürst, de Núremberg, a propósito de la peste, que, gracias a las medidas preventivas tomadas por el papa Alejandro VII, supuso en la ciudad italiana una mortandad considerablemente menor. La leyenda de la ilustración describe el pretendido “atuendo contra la muerte” de los facultativos romanos. Para resguardarse del contagio habrían usado una larga túnica de tela encerada, recubierta con abundante sustancia pegajosa, un gracioso pico como de pájaro sobre la nariz, con hierbas y sustancias aromáticas dentro para alejar los aires malsanos, y un largo bastón que portaban con sus manos provistas de guantes. Ante los ojos llevaban “große crystalline brillen”, es decir: grandes anteojos de cristal.

Sombras de la ética cool

    El libro ofrece una breve historia del surgimiento de los anteojos de sol, específicamente como accesorio de moda, pero también del desarrollo de su significado dentro de la cultura popular en un sentido más amplio y, lo más importante, una investigación detallada de la relación especial entre los anteojos de sol y ese concepto escurridizo que es lo cool. 

    A menudo considerado con cierta suspicacia por los escritores serios de moda, cool es, sin embargo, de uso común en el discurso de la moda popular y algunos teóricos sociales han sostenido que cool está pasando de sus raíces en la cultura afroamericana y la aristocracia europea a convertirse en la ética dominante de la sociedad occidental, desplazando a la ética protestante del trabajo.

    Las teorías sobre lo cool se emplearán a lo largo del texto para cuestionar el significado y el atractivo de los anteojos de sol. Pero, quizá, observar las expresiones culturales de lo cool que utilizan anteojos de sol también proporcione una comprensión más profunda de la cuestión más general de qué podría ser lo cool y por qué parece importar tanto. (...)

    Por supuesto, los significados que los anteojos de sol pueden sugerir también cambiarán en el futuro. Podrían convertirse en un signo nostálgico o risible de una época de interacciones torpes e ingenuas con la tecnología. O podrían llegar a ser un símbolo de una cultura narcisista, derrochadora y frívola, insostenible incluso para unos pocos. Quizá ya sean, con cierta razón, signos de estas cosas para algunos. Pero, por ahora, los anteojos de sol están presentes como nunca en la cultura popular, continúan cargados de un poderoso atractivo y su estudio ofrece un recorrido fascinante y revelador a través de los distintos matices de lo cool.

Vanessa Brown

Anteojos de sol cool

Su historia y significado

2015

Miguilim necesita anteojos

    De repente, por allá venía un hombre a caballo. Eran dos. Un señor de fuera, el traje de color claro. Miguilim lo saludó, pidiéndole la bendición. El hombre trajo el caballo aquí bien cerca. Llevaba anteojos, colorado, alto, con un sombrero en verdad diferente.

    —Dios te bendiga, pequeño. ¿Cómo te llamas?

    —Miguilim. Soy hermano de Dito.

    —¿Y tu hermano Dito es el dueño de aquí?

    —No, señor. El Ditinho está en la gloria.

    El hombre frenaba el avance del caballo, que estaba cuidado, mantenido, hermoso como ninguno. Insistió:

    —Ah, no, no sabía. Dios lo guarde… Pero, ¿qué te pasa, Miguilim?

    Miguilim quería ver si el hombre en verdad le estaba sonriendo, por eso lo encaraba.

    —¿Por qué entrecierras los ojos así? ¿No ves bien? Vamos allá. ¿Quién está en tu casa?

    —Está mamá. Y los niños...

    Estaba mamá, estaba tío Terêz, estaban todos. El señor alto y claro se apeó. El otro que venía con él era un compañero. El señor le preguntó a mamá muchas cosas sobre Miguilim. Después le preguntó a él mismo: “Miguilim, mira desde ahí: ¿cuántos dedos ves de mi mano? ¿Y ahora?”

    Miguilim entrecerraba los ojos. Drelina y la Chica se reían. Tomezinho se había ido a esconder.

    —Este muchachito nuestro tiene vista corta. Espera, Miguilim...

    Y el señor se quitó los anteojos y se los puso a Miguilim, con todo cuidado.

    —¡Mira ahora!

    Miguilim miró. ¡No lo podía creer! Todo era claridad, todo nuevo y hermoso y distinto, las cosas, los árboles, las caras de las personas. Veía los granitos de arena, la superficie de la tierra, las piedritas más pequeñas, las hormiguitas paseando en el suelo a distancia. Y se mareó. Aquí, allá, Dios mío, tantas cosas, todo... El señor le había quitado los anteojos y Miguilim todavía señalaba, hablaba, contaba cómo era todo, tal como lo había visto. Madre se asustó pero el señor dijo que en verdad era así, que Miguilim también necesitaba usar anteojos de ahí en adelante. El señor tomó café con ellos. Era el doctor José Lourenço, de Curvelo. Todo lo podía. El corazón de Miguilim latía desacompasado, tuvo que ir adentro, a contarle a Rosa, a Maria Pretinha, a Mãitina. La Chica vino corriendo y bromeó: “Miguilim, eres un medio cieguito...” Y él contestó: “Señoritita...”

João Guimarães Rosa

“Campo general”

Cuerpo de baile

1956


Dos perfiles de un pintor

Eduardo Sívori fue nítidamente un hombre de la generación del 80 en la Argentina. No sólo porque su arco vital se extiende desde Rosas con la suma del poder público hasta Yrigoyen electo presidente (1847-1918), sino también porque contribuyó activamente con la institucionalización de la Nación que recién se organizaba hacia 1880. Aquella configuración política que se ha caracterizado luego como el orden conservador, antes que preservar rasgos de un pasado con escasas virtudes, aseguró el imperio de una administración orientada a desbloquear una evolución social y económica de magnitudes inauditas. La tensión entre esos dos polos de sentido de la época —orden y progreso— está presente en las múltiples aristas de la biografía de Sívori.

De entre sus varios autorretratos, que lo muestran siempre con sus anteojos de aros ovalados y patillas finas, se destaca un óleo de sus últimos años, aparentemente realizado a partir de una fotografía del Estudio Witcomb: dos perfiles de un modelo del 80, emblemáticos de las facetas dobles tanto del hombre como de su circunstancia.

Cuando Sívori no contaba aún con la edad mínima requerida, un grupo de jóvenes porteños había sido becado por el presidente Mitre para formarse como pintores en Italia. De regreso, ninguno logró concitar el interés del público, por lo que casi todos acabaron dedicándose a ocupaciones más rentables. “No se percataron de que, antes de poder hacer vida regular de artista productor, es menester crear el ambiente”, recordaría años después Eduardo Schiaffino.

Acaudaladas familias de origen genovés, los Sívori y los Schiaffino estaban asociados en el comercio de ultramar e incluso poseían una pequeña flota. Los segundos fueron además cofundadores del Banco de Italia. Tras el regreso de un largo viaje de negocios por Europa, Eduardo Sívori —que había aprovechado para frecuentar talleres, galerías y museos de arte— promovió en la casona familiar de la calle Victoria unas reuniones de “espíritus afines”.

A partir de ese grupo —que integraba el jovencísimo vástago de los socios paternos, Eduardo Schiaffino (1858-1935)— y en el entendimiento compartido de la necesidad de “crear el ambiente”, se fundó en 1876 la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, un destacado ámbito de sociabilidad. Además de su función formativa de los artistas —a través de la academia, las exposiciones anuales, concursos, becas y adquisiciones—, su objetivo era consolidar un público receptor mediante la participación activa en la prensa y en publicaciones propias, dedicadas a la difusión, la crítica y la polémica.

Esa tarea, surgida y patrocinada desde el ámbito privado, aunque con franco apoyo gubernamental, culminó con la institución oficial del Museo Nacional de Bellas Artes, el 25 de diciembre de 1896, bajo la dirección de Schiaffino.

El impulso protagónico de Sívori en todos estos trabajos de “estímulo” constituye uno de los perfiles del pintor, reflejando su esfuerzo consciente por instaurar un orden en el que se viera legitimado el campo de lo artístico, dentro de una sociedad cuyo progreso económico ya podía permitírselo.
En su otra faceta, más estrictamente pictórica, las opciones estéticas de Sívori lo sitúan en un diálogo constante entre la condición periférica nacional y la centralidad parisina en el arte de Occidente. Laura Malosetti Costa ha definido ese lugar peculiar de Sívori y de sus congéneres como el de “nuestros primeros modernos”: rupturistas, a la vez que fundadores.

El revuelo público provocado en 1887 por la exhibición de El despertar de la criada en el local de la Sociedad Estímulo es indicativo de ese proyecto cultural del grupo. Durante otra prolongada estadía europea, Sívori envió a Buenos Aires esta obra legitimada por su admisión en el Salón anual de París. Lejos del erotismo elegante de los desnudos consagrados, Le lever de la bonne —según su título original en francés— se inscribía en la tendencia naturalista impulsada por Émile Zola desde la literatura, que denunciaba verdades sociales a través de un realismo crudo.

Por la misma época, Sívori escenificó en La bonne nouvelle la interacción entre una sirvienta —representada más pulcramente— y el patrón, quien duplicaba simbólicamente su mirada mediante unos anteojos elevados sobre la frente, como si escudriñara cualidades de la nueva empleada que el papel que tiene en su mano no alcanza a develar.

Los anteojos del señor denotan una mayor antigüedad que los que se observan en los retratos del pintor: aunque igualmente ovalados presentan un puente en K.

De regreso al país, Sívori encaminó su labor pictórica hacia el retrato por encargo o de allegados —principal requerimiento del público local— y a la escuela moderna del plein air, es decir, la pintura al aire libre, que conviene distinguir del impresionismo. La pulsión por representar el paisaje de la pampa expresaba, en esos años, cierta voluntad de establecer una pintura nacional. Dedicó Paisaje con carretas, uno de esos cuadros, de 1901, a la fragata Sarmiento, el primer buque escuela argentino, que surcaría aquella otra gran llanura acuosa que abría el país al mundo.
Los dos perfiles de Eduardo Sívori —bohemio proveniente de la burguesía comercial, promotor de instituciones y artista comprometido con un programa estético, maestro formador de varias generaciones y socio activo en un proyecto colectivo— terminan por configurarlo como una personalidad sobresaliente de la cultura argentina, en interacción con algunos de los grandes núcleos que la tensionan: centro y periferia, orden y progreso. Todo un modelo del 80.

Cerezas, espinas y antojos

    Es tan grande bien la vista de los ojos, que entre los milagros que Christo nuestro Redemptor hizo, cuentan por muy grande el dar vista a los ciegos. Mucho se desvelaron los grandes médicos en dar receptas y medicinas para conservar y acrecentar la vista. Por no hacer agora yo del médico no las digo; remítome a ellas. Solamente contaré un donaire que me acuerdo que dijo en este propósito Sanazaro al rey Federico de Nápoles, y fue que estando tratando esto muchos médicos en presencia del rey, e cada uno dijese lo que a él le parecía bueno para la vista, dijo él que lo que más ayudaba a la vista era la envidia, porque hacia parecer las cosas grandes, conforme a aquello de Ovidio: Fertilior seges est alienis semper in agris. [La mies es siempre más fértil en los campos ajenos].

    Este mismo efeto es el que hace los antojos, de los cuales no me acuerdo haber hallado rastro acerca de los antiguos; pero, cierto, fue gran invención, quienquiera que sea el que la halló; no, con todo, para lo que he oído decir que usaba dellos un caballero honrado destos reinos, que comía con antojos, para que las cerezas o guindas le paresciesen mayores que era una demasiada golosina. Aunque de otro he leído yo que comia con ellos, y siendo reprehendido del rey Federico, que agora acabo de nombrar, se desculpó discretamente diciendo: "pues no te maravillas, Rey, de verme leer una carta con antojos, donde no hay quien me ofenda ni peligro ¿por qué lo haces de verme comer con ellos un pece con mil espinas, que cada una me puede matar, por no verla por falta de antojos?"

Pedro Mexía

Silva de varia lección

1540

La continuidad de los anteojos

Dos jóvenes francesas de los años 30 aparecen en una placa autocroma sobre vidrio de autor anónimo, conservada en el Museo de la Fotografía Nicéphore Niépce, en Chalon-sur-Saône, en la región de Borgoña. Patentado en 1903 por los hermanos Auguste y Louis Lumière —los inventores asimismo del cine—, el autochrome fue una técnica para obtener imágenes a color, vigente hasta mediados de la década de 1930. Sin embargo, el aspecto desenfadado de las chicas en la instantánea callejera parece acercarlas en el tiempo. Los anteojos de sol que lleva una de ellas son idénticos a los que ostenta, con mayor recato, otra joven durante la ocupación nazi de París, en los tempranos 40, junto a dos amigas con lentes similares.

Esta última fotografía es obra de André Zucca (1897-1973). Condecorado tras ser herido en la Primera Guerra Mundial, inició una nueva etapa como fotógrafo de éxito. Vivió en el legendario Bateau Lavoir de Montmartre junto a su esposa actriz y combinó la vida bohemia con frecuentes viajes, hasta que en 1941 fue contratado como corresponsal de la revista Signal.

Publicada en varios idiomas y países, con una tirada que alcanzó los 2,5 millones de ejemplares, unas 40 páginas de gran formato y fotografías a color de alta calidad, el quincenario era un órgano de propaganda de la Alemania nazi.

En octubre de 1944, Zucca fue detenido bajo la acusación de colaboracionista, presunto culpable del crimen de “indignidad nacional”, instituido tras la liberación. Aunque finalmente fue absuelto, optó por retirarse a trabajar con otro apellido en provincias, como fotógrafo de bodas y bautismos. Falleció en 1973.

En 2008, una muestra que suscitó enorme polémica exhibió más de 200 fotografías inéditas que Zucca había tomado en las calles de París con la película Agfacolor para diapositivas a la que tenía acceso en la época de su fatídico trabajo para Signal. La despreocupada belleza de esas imágenes contrasta con la idealización retrospectiva de la sociedad de posguerra, que aspiraba a autopresentarse con el aura de una resistencia heróica, unánime y sin claudicaciones. Entre los inadvertidos habitantes de la ciudad, en aquellas fotos se cuelan uniformados de un ejército invasor leyendo el diario en una mesa de café, transeúntes estigmatizados con estrellas amarillas cosidas en sus abrigos y jóvenes hermosas, sonrientes, compartiendo libros y anteojos de sol. La complejidad de la historia puede tornarse insoportablemente leve según pasan los años.

¿Llevó anteojos Magallanes a Borneo?

    Allí se aprecian el metal, el mercurio, el vidrio, el cinabrio, los paños de lana, las telas y todas nuestras demás mercancías pero sobre todo el hierro y los anteojos. Estos moros van desnudos como los otros; beben mercurio: el enfermo lo bebe para purgarse y el sano para mantenerse sano.

Antonio Pigafetta

Relación del primer viaje alrededor del mundo

1525

El cuidado visual del guerrero

Estos anteojos de metal característicos del siglo XIX —con cristales ovalados, puente en K y finas patillas plegables verticalmente— habrían pertenecido al teniente coronel Juan Medeyros (1795-1886), combatiente de la guerra por la Independencia, contra el Brasil y en la defensa del Estado de Buenos Aires separado de la Confederación, durante el sitio de Hilario Lagos. Una conflictividad propia también de la época.

Junto con los lentes, el Museo Histórico Nacional conserva su estuche, con una inscripción que identifica al proveedor: Machado y Ca., en la calle Bolívar 73, Buenos Ayres (sic), presumiblemente una casa de óptica vecina del café de Marco, entre el Cabildo y la iglesia de San Ignacio, cruzando de vereda. La fotografía que ha llegado hasta nosotros del veterano guerrero no alcanza a revelarnos la ferocidad de las contiendas en que participó ni las cotidianas menudencias de la corrección que su vista requería.

El óptico solícito con el peinado

    Entre las desgracias y una inflamación en los ojos, es hora de concluir mi carta. Mis ojos los he debilitado sin duda por usarlos demasiado de noche. El otro día fui a lo de Scarlett a comprar anteojos verdes; se mostró muy solícito en ofrecerme un par que no me estropeara el peinado. “¡Por Dios, señor! —le dije—, cuando uno llega a usar anteojos, ¿qué importa el aspecto?”

Horace Walpole

Carta a Sir Horace Mann

Strawberry Hill,

septiembre de 1757

Mariposa de cristal

En Segovia, una tarde, de paseo

por la alameda que el Eresma baña,

para leer mi Biblia

eché mano al estuche de las gafas

en busca de ese andamio de mis ojos,

mi volado balcón de la mirada.

Abrí el estuche con el gesto firme

y doctoral de quien se dice: aguarda,

y ahora verás si veo…

Abrí el estuche, pero dentro, nada;

point de lunettes… ¿Huyeron? Juraría

que algo brilló cuando la negra tapa

abrí del diminuto

ataúd de bolsillo, y que volaban

huyendo de su encierro,

cual mariposa de cristal, mis gafas.

El libro bajo el brazo,

la orfandad de mis ojos paseaba

pensando: hasta las cosas que dejamos

muertas de risa en casa

tienen su doble donde estar debieran

o es un acto de fe toda mirada.

Antonio Machado

"El milagro"

Por el poeta apócrifo

"Andrés Santallana. Nació en Madrid en 1899"

Los complementarios

1919-1925

Los malogrados quevedos de Potiómkin

En 1998, tras asistir a una proyección al aire libre de El acorazado Potiómkin (1925), la película de Serguéi Eisenstein, con música original en vivo ejecutada por una banda local, el crítico Roger Ebert bromeaba:

No es que alguien se pusiera de pie para cantar La Internacional. Las sillas plegables para este clásico ejercicio de propaganda soviética habían sido prestadas por la iglesia católica local. Sin duda, algunos espectadores se fueron después a Oink’s, en New Buffalo, a comer helados. Pero la película tenía un ímpetu arrollador, yuxtaposiciones electrizantes y un auténtico poder de conmover, especialmente durante la secuencia de la escalinata de Odesa, que hizo inspirar sonoramente a varios asistentes.

Un siglo después de su estreno, esta película patrocinada por un régimen político hoy desaparecido para celebrar el mito de su origen revolucionario sigue siendo un objeto estético válido y generador de nuevas reflexiones para aclarar el pasado y aligerar el presente.

Pero para eso es necesario entender las premisas de las que partieron sus artífices. El propio Eisenstein, en su rol de teórico, escribió en uno de los ensayos compilados en La forma del cine (1949): 

Cuando se habla de Potiómkin, se señalan por lo general dos de sus rasgos: la construcción orgánica de su composición como un todo y el pathos del film.

El pathos es, para Eisenstein, la peculiar propiedad constructiva de una obra que conduce al espectador al éxtasis, a “salirse de uno mismo”, a “abandonar su condición ordinaria”. El comportamiento imitativo de una persona que sigue extasiada a un personaje extasiado en la pantalla sería el prototipo más simple de ese mecanismo.

El carácter orgánico de una película, concebida como un artificio, supone que los mismos principios constructivos operan tanto sobre la totalidad de la obra como sobre cada una de las partes. Mediante ellos, el autor reproduce conscientemente la dialéctica del mundo: la constante evolución de la interacción de dos opuestos contradictorios. “La tarea del arte es poner de manifiesto las contradicciones del Ser”, afirma Eisenstein.

Bajo esta concepción estética y política, el montaje, que surge del choque de tomas independientes, es el nervio del cine, un movimiento conformado en última instancia por una sucesión de imágenes estáticas. El salto cualitativo que ocurre en el individuo cuando se “sale de sí” —gracias al éxtasis que persigue el cine de pathos— refleja, en el plano social, el salto revolucionario.

Siguiendo estas pautas, puede ensayarse un análisis partiendo de dos elementos significativos en la trama de El acorazado Potiómkin: los anteojos del médico de a bordo y los que lleva una anciana en la escalinata de Odesa. En ambos casos se trata del mismo modelo, conocido como pince-nez o quevedos, de uso muy extendido en la época tanto entre hombres como entre mujeres. Presentaban un armazón metálico con puente elástico de fleje, almohadillas nasales y una anilla lateral destinada a sujetar un cordón. Carecían de patillas.

En la primera parte de la película, titulada "Los hombres y los gusanos", el doctor Smirnov se quita los quevedos, los pliega para superponer las lentes y examina con ellos la media res agusanada que provoca la protesta de los marineros del Potiómkin. Para mayor exasperación de los ánimos, niega lo que las imágenes muestran con claridad. “Esta carne está buena; ¡se acabó la discusión!”, afirma ante la tripulación, con el capitán a sus espaldas. Cuando estalla el motín, el médico es arrojado al mar junto con los demás oficiales, pero sus anteojos quedan colgando de un cabo del buque. Un intertítulo sentencia con sarcasmo: “¡Al fondo, para alimentar a los gusanos!”.

En la cuarta parte, tras los festejos y los vítores de los ciudadanos a los amotinados, sobreviene la célebre represión en la escalinata de Odesa. Cuando una joven, con su hijo malherido en brazos, se enfrenta a los cosacos rogando clemencia, una anciana de anteojos se vuelve hacia quienes la rodean y los exhorta: "¡Vamos! ¡Convenzámoslos!". Los soldados no sólo fusilan a la madre, sino que disparan también sobre otra joven que, al caer, empuja el cochecito de su bebé escaleras abajo. La expresión de horror de la mujer con pince-nez que presencia la escena es una de las tomas que el montaje intercala con el descenso angustiante del carrito, que ya no es la huida de las multitudes, sino una caída involuntaria. La situación se desborda, la dinámica de los acontecimientos impone su inevitabilidad y el pathos ejecuta un salto cualitativo.

A diferencia de lo que ocurre en la versión de esta escena en Los intocables (1987), de Brian De Palma, —en la que el suspenso se sostiene hasta que el clímax anticipa una liberación de la tensión— en Potiómkin nunca llegamos a ver a salvo al bebé del cochecito. Por el contrario, el cierre de la secuencia es un plano de la anciana con un cristal de sus anteojos hecho trizas y la sangre fluyendo desde el ojo. Antes que suspenso catártico que alivie y libere al espectador, el cine de pathos busca provocar un éxtasis que violente su percepción del mundo y lo conduzca a reconocer el materialismo que domina en la historia. En la concepción de Eisenstein, el arte no refleja la realidad sino cuando está construido conforme a sus mismas reglas.

En Potiómkin, los dos portadores de anteojos que intentan cambiar la conciencia del otro fracasan: el médico que niega los gusanos que todos ven es víctima de los amotinados; la anciana que apela a la razón de los opresores es alcanzada por su brutalidad. No hay lugar para la resolución del conflicto mediante la negociación o el diálogo sino en la síntesis dialéctica —violenta— entre los opuestos. El destino fatal del médico y de la anciana está concebido para suscitar un salto cualitativo en la conciencia del espectador. Toda otra vía se ha clausurado. La intención no es convencer —ni conmover—, sino imponer la nueva "realidad" necesaria.

En “El muerto clama”, tercera parte de la película, los asistentes a los discursos inflamados de los oradores, que consagran a Vakulenchuk en la condición de mártir, van cerrando los puños con una tensión creciente, hasta que la energía incontenible se propaga a los brazos, que, arrebatados, se elevan “contra la tiranía”. De nuevo, la emoción no es catártica sino extática: un salto cualitativo suscitado por el pathos, un sacudimiento que da a luz la síntesis dialéctica. La expectativa estética del film es que el espectador se mimetice con ese gesto.

Todo este mecanismo quizá funcionó en una época y un contexto determinados. Reconstruirlo hoy sin menosprecio exige un trabajo intelectual que atenúa su efecto. Sin embargo, el formalismo del que parte hace que la película perdure como algo muy distinto de la propaganda burda difundida por los regímenes autocráticos, que la imponen a condición de acallar todo disenso. Pese a todo, la excesiva simpleza de la fábula de Potiómkin —su esquematismo frente a la complejidad histórica— no desmerece la fuerza de sus imágenes ni el preciosismo de su montaje sorprendente. Vale la pena calzarse unos pince-nez para volver a inquietarse con esta historia sobre la difícil hermandad entre los hombres.

La bonita óptica

"La óptica bonita"

Grabado de Louis Binet para

Nicolas Restif de La Bretonne

Las contemporáneas, o aventuras de las mujeres más bellas de la época presente

1780-1785

El silencio de los lentes negros

Italo Fasan (guión)

Roberto Regalado (dibujo)

"Los hombres de anteojos negros"

Skorpio. Libro de oro

Diciembre de 1976

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