Grace Kelly, durante unas vacaciones jamaiquinas, en 1955, lee El mundo silencioso de Jacques Cousteau. Al año siguiente, el libro serviría de base para un exitoso documental, iniciador del género de la exploración submarina, y la actriz se convertiría en princesa de Mónaco. Luce en privado los mismos anteojos con los que se la vio en The Country Girl (1954), la película por la que acababa de recibir un Oscar.

El modelo que usaba se había popularizado en aquella época. Con algunas variantes, su característica básica era que el borde superior de los aros descendía hacia el puente desde un talón más elevado de lo habitual, como remedo de unas cejas inclinadas, que bajan hacia el entrecejo, o reminiscencia de los ojos de un gato. La inspiración de ese rasgo se atribuye a una artista polifacética que incursionó en el diseño de anteojos: Altina Schinasi.

Hija de un inmigrante otomano que había hecho una inmensa fortuna como empresario del tabaco, Altina Schinasi (1907-1999) nació en la mansión familiar del Upper West Side de Manhattan que aún existe en la calle 107 y Riverside Drive.
Tras una formación en el arte, trabajó montando vidrieras de tiendas de lujo de la Quinta Avenida, incluyendo una diseñada por Salvador Dalí. En esos años asistió al taller de George Grosz, recién llegado a América huyendo del régimen nazi. La obra del artista alemán de ese período turbulento sería objeto del corto documental que Altina Schinasi produjo años después, en 1968, George Grosz' Interregnum, nominado a un Oscar por la Academia.
Así como su padre había registrado oficialmente una máquina para enrollar cigarrillos, en diciembre de 1938 Altina Schinasi solicitó una patente para aquellos anteojos de formato insólito para la época. Y aplicaría a varias más para otros tantos modelos de gafas, aunque la única que tuvo éxito en la aprobación del público, trascendiendo hasta nuestros días, fue aquella tentativa más temprana. Si bien las proporciones en los aros de aquel armazón primigenio se han ido modificando, la inclinación descendente hacia el centro del borde superior persistió como el rasgo definitorio.

El origen del modelo admite varias explicaciones, no completamente contradictorias entre sí. Para idear los anteojos Harlequin —como se los bautizó comercialmente—, Altina Schinasi habría recibido inspiración de la máscara de ese personaje de la commedia dell'arte. Esa forma estilizada de los aros añadió a los anteojos una dimensión simbólica nueva. Sin ninguna atingencia con lo funcional, los marcos adquirieron con esa prolongación un signo de elegancia, una marca de referencia a un mundo distinto que suscitaba cierto encantamiento. Una publicidad en medios gráficos de Lugene, la tienda de óptica de la avenida Madison que los comercializó inicialmente, lo explicaba así: “Y ahora ‘anteojos glamorosos’. Las damas que se quejan y lamentan por la cruel suerte que les ha dotado de mala vista estarán encantadas de saber que alguien ha estado trabajando en su beneficio para sacar los anteojos utilitarios del ámbito de la banalidad.”
La leyenda cuenta que una de las primeras en adquirir unos Harlequin en ese establecimiento fue la escritora Clare Boothe Luce. Era la autora de la exitosa obra teatral The Women, una exploración coral de las experiencias y visiones del mundo de distintas mujeres, desde el orgullo a la sujeción, que fue llevada al cine por George Cukor en 1939 con un reparto exclusivamente femenino.
Por otra parte, Altina Schinasi declaró a la prensa: "Mi primera y mejor idea fue hacer que los anteojos fueran más atractivos. Pensé en hacerlos más aerodinámicos. Después de todo, casi todo lo demás se está haciendo más aerodinámico hoy en día y ciertamente esta práctica hace que los artículos se vean más elegantes.”
La sofisticación de la cultura europea, el mundo fascinante de Broadway y Hollywood, la esfera característica de los intereses femeninos e incluso la moderna aerodinámica, todas ellas son referencias ajenas a la industria óptica. Pero de súbito, aquella forma accesoria, prescindible en términos funcionales, las atrajo como un imán para darle al modelo un sentido renovador y representativo del espíritu de la época. La operación de añadir un suplemento significativo sin justificación de utilidad no dejó de celebrarse desde entonces en el ámbito de la moda, aunque quizá rinde mejores frutos en el terreno artístico.

Décadas después, Altina Schinasi volvió a intervenir la función básica de un objeto. Una serie de esculturas suyas fusionaba la apariencia de unas sillas con la figuración de distintos personajes sentados, añadiendo a la finalidad del asiento la forma fantástica de su usuario. Las llamó Chairacters, por condensación jocosa de los dos términos en inglés, sillas y personajes. De nuevo, el objeto cotidiano se emancipaba por un momento de la racionalidad de la función para cargarse con referencias a un mundo ajeno, promoviendo la maravilla.

Compromiso sin dioptrías

    “Ignatius, ¿estás en esa cloaca?” requirió Myrna con su voz llana, directa, ligeramente hostil. Golpeó de nuevo las persianas, entrecerrando los ojos a través de sus anteojos de montura negra. Myrna no era astigmática; los cristales eran neutros; usaba los anteojos para demostrar su compromiso y la intensidad de su determinación.

John Kennedy Toole
La conjura de los necios
1980

Lincoln como que con gafas

    Después de la cena Lincoln propuso que lo acompañara a la estación de tren de Chicago & Alton, en otra parte de la ciudad, para ver quién podría llegar desde Chicago. En el camino Lincoln se detuvo en una joyería muy diminuta donde compró su primer par de gafas por 37½ centavos, según ahora recuerdo, comentándome luego que había llegado a los cuarenta y siete años y “como que” las necesitaba. Al acercarnos a la estación nos dimos cuenta de que llegábamos tarde y que los omnibuses estaban comenzando a salir llenos de pasajeros, varios de los cuales de inmediato reconocieron y aclamaron a Lincoln.

Henry Clay Whitney
Vida en el circuito con Lincoln
1892

Lujosa inutilidad óptica

Pero no valía la pena irritarse por una nimiedad. Midas sacó sus gafas del bolsillo y se las colocó sobre la nariz para poder ver más claramente de qué se trataba. En aquellos tiempos las gafas para la gente común aún no se habían inventado pero ya eran usadas por los reyes: de lo contrario ¿cómo las podría haber tenido Midas? Para su desconcierto, sin embargo, por más que los vidrios fueran excelentes, descubrió que no podía ver a través de ellos. Pero esto era la cosa más natural del mundo porque al quitárselas los cristales transparentes resultaron ser láminas de metal amarillo y por supuesto eran inútiles como gafas aunque preciadas como oro. Midas encontró como algo bastante inconveniente que, con toda su prosperidad, no pudiera nunca volver a ser suficientemente rico como para tener un par de gafas utilizables.

Nathaniel Hawthorne
"El toque de oro"
Un libro de maravillas para niños y niñas
1851

Gratitud analógica digital

El Megane-bashi (眼鏡橋) o puente de los Anteojos sobre el río Nakashima en Nagasaki, isla de Kyushu. Fue construido en 1634 por el monje budista Mokusu Nyojo, quien presidía el templo chino obaku zen Kōfuku-ji, y sería el más antiguo puente de piedra en Japón.
Los muros de contención de las márgenes del río contienen dispersos veinte pequeños bloques tallados con forma de corazón. Y la imagen de los arcos reflejados en el agua es, por analogía, lo que da nombre al puente.

Jūgatsu tsuitachi, Megane no Hi: 1 de octubre, Día de los Anteojos.
En septiembre de 1996, a partir de su objetivo básico de “contribuir a la salud visual de los consumidores y al desarrollo de la industria desde una perspectiva integral”, la asociación de organizaciones japonesas relacionadas con la actividad óptica instituyó el 1 de octubre como el Día de los Anteojos, para expresar gratitud y propagar conciencia sobre la mejora en la calidad de vida que ofrecen.
Sin un creador registrado ni héroes ni mártires que rememorar, el motivo de la elección de la fecha radica en su mera formulación numérica, 10-01, con el mes antepuesto al día, que asemeja gráficamente la forma de unos anteojos, los unos como patillas y los ceros para las lentes.

Una gruesa de baratijas

    —¡Bienvenido, Moses! Bueno, hijo mío, ¿qué nos has traído de la feria?
    —¡Les he traído a mí mismo! —exclamó Moses con una mirada socarrona, dejando la caja en el aparador.
    —¡Ay, Moses! —exclamó mi esposa— eso lo sabemos pero ¿dónde está el caballo?
    —Lo he vendido —exclamó Moses— por tres libras, cinco chelines y dos peniques.
    —Bien hecho, buen hijo mío —respondió ella—. Sabía que sacarías partido. Dicho sea entre nosotros, tres libras, cinco chelines y dos peniques no es un mal día de trabajo. Vamos, déjanos verlos entonces.
    —No he vuelto con dinero —exclamó Moses—. Lo he empleado todo en una ganga y aquí está —sacando un bulto de su pecho—. Aquí están: una gruesa de gafas verdes con marcos de plata y estuches de cuero.
    —¡Una gruesa de gafas verdes! —repitió mi esposa con una débil voz—. Y tú has salido con el potro y nos traes de vuelta nada más que ¡una gruesa de insignificantes gafas verdes!
    —Madre querida —exclamó el muchacho—, ¿por qué no escucha el motivo? Eran una completa ganga. Sino no las habría comprado. Los marcos de plata solos se venderán por el doble de dinero.
    —¡Al diablo los marcos de plata! —exclamó mi esposa en un rapto de cólera—. Me atrevo a jurar que no se venderán por encima de la mitad del dinero al valor de la plata rota, cinco chelines la onza.
    —No necesitas inquietarte por vender los marcos —exclamé yo— porque no valen ni seis peniques, que advierto que sólo son de cobre recubierto.
    —¿Cómo? —exclamó mi esposa—. ¡No son de plata! ¡Los marcos no son de plata!
    -No —exclamé yo—, no tienen más plata que tu cacerola.
    —Así que nos hemos desprendido del potro —respondió ella— y ¡hemos recibido sólo una gruesa de gafas verdes con marcos de cobre y estuches de cuero! Que la peste se lleve semejante baratija. El cabezota ha sido embaucado. Debería haber sabido mejor con quien trataba.
    —Ahí, mi amor, te equivocas —exclamé yo—. Debería no haber sabido de ellos en absoluto.
    —¡Cuelguen al idiota! —respondió ella—. Traerme semejante cosa. Si las agarrara las tiraría al fuego.
    —Ahí te equivocas de nuevo, mi amor —exclamé yo—. Porque aunque sean de cobre las conservaremos como gafas de cobre, que, tú sabes, son mejor que nada.
    A estas alturas el desafortunado Moses se había desengañado. Ahora veía que había sido en efecto embaucado por un estafador al acecho que observando su figura lo había marcado como presa fácil. Así pues le pregunté por las circunstancias de su engaño. Parece que vendió el caballo y recorrió la feria buscando otro. Un hombre de aspecto respetable lo llevó a una tienda con el pretexto de que tenía uno para vender. “Allí —continuó Moses— nos encontramos con otro hombre, muy bien vestido, que quería tomar a préstamo veinte libras sobre estas gafas, diciendo que necesitaba dinero y que se desprendería de ellas por un tercio de su valor. El primer caballero, que fingía ser mi amigo, me susurró que las comprara y me advirtió que no dejara pasar tan buena oferta. Llamé al señor Flamborough y le hablaron tan bien como a mí así que al final se nos convenció de comprar las dos gruesas a medias.”

Oliver Goldsmith
El vicario de Wakefield
1766

El rigor del vidrio

Un erudito afilando su pluma y una anciana leyendo: dos de las pinturas de Gerrit Dou (1613-1675) en las que representó a distintos personajes con anteojos.
El primer discípulo de Rembrandt, Dou vivió toda su vida en Leiden, Países Bajos. Cuenta Ian Chilvers en su Oxford Dictionary of Art & Artists que habiendo sido respetado y próspero durante su existencia, sus cuadros siguieron cotizando al alza, incluso más que los de Rembrandt, hasta la llegada del Impresionismo “que influyó en el gusto en contra de la pulcritud y precisión de su estilo.”
Gerrit Dou se había formado inicialmente en la profesión de grabador de vidrio de su padre. Quizá allí haya aprendido o desarrollado una meticulosidad extrema en su trabajo, al punto de que se dice que a veces pintaba con la ayuda de una lupa. Muchos de sus cuadros además se recrean en el trompe-l’oeil o trampantojo. Las escenas nocturnas parecen saltar de la tela al ser iluminadas con mucho efecto por apenas una vela en un mar de oscuridad. Y suele representar una ventana como un segundo marco para un interior, eventualmente con una figura transponiendo el límite, con lo que se logra una ilusión de cajas chinas, donde dudamos de cuál es el exterior de la última.
Así que no es sorprendente que alguien familiarizado con el rigor del vidrio, la meticulosidad de las lupas y los trucos de las ilusiones visuales al gusto del barroco incluyó numerosos personajes con anteojos en sus pinturas, como un hermitaño o un prestamista.

La doctrina Monroe

Marilyn Monroe luce unos vistosos anteojos gatunos, junto a Betty Grable, en una escena de la comedia que protagonizaron con Lauren Bacall, How to Marry a Millionaire (1953). Su personaje es extremadamente miope pero se autoimpone no usar lentes en presencia de hombres, lo que propicia una serie de situaciones cómicas.
Durante un viaje en avión —a un destino que luego descubriremos que ha equivocado—, se reencuentra con un presunto millonario con el que mantiene el siguiente diálogo, que parece salido de una campaña publicitaria destinada a promover el modelo de Altina Schinasi y a expandir su campo de connotaciones. El hombre dispara una pregunta perspicaz:

—¿No trajiste tus anteojos?
—¿Qué anteojos?
—¿No usas anteojos?
—¡Oh, no! ¿De dónde sacaste esa idea?
—Tienes la visión más peculiar que haya visto.
—¿Por qué dices eso?
—Estás leyendo ese libro al revés.
—¿Yo? ¡No!
—Tú no, el libro.
—¡Ay! ¡Qué ridículo! ¿No?
—¿Qué es? ¿Astigmatismo?
—No. Ciega como un murciélago.
—Yo también.
—¡Oh! ¿En serio? Entonces ¿por qué no llevas anteojos?
—Sí llevo anteojos.
—¡Vaya! Es cierto.
—Yo solía ser así. Durante años anduve chocando con bocas de incendio y dándoles la mano a farolas porque no quería que me llamasen “cuatro ojos”. Y luego pasó algo que me curó de eso para siempre.
—¿Qué fue?
—Una noche saludé a tres diferentes tipos a los que les debía dinero.
—Pero es distinto con las chicas, ¿no crees?
—¿Cómo es?
—Bueno, ya sabes lo que dicen de las chicas que usan anteojos.
—¿De qué hablas?
—Los hombres no prestan atención a las chicas que usan anteojos.
—¿Lo probaste alguna vez?
—No.
—¿Los traes contigo?
—Sí.
—Entonces ¿por qué no te los pones? Descúbrelo por ti misma.
—¿Contigo?
—¿Por qué no?
—Bueno.
—Si te preocupas por mí, te diré ahora, antes de que te los pongas, que creo que eres todo un bombón.
—¿De verdad?
—Absolutamente. Lo he pensado desde el momento en que te vi.
—Bueno. Si de verdad lo crees así...
—Adelante. Póntelos.
—Estás loca.
—¿No?
—¡Te ves mejor con ellos!
—¿Sí?
—Le dan a tu rostro cierto… misterio.
—No bromees.
—Y distinción. Una cierta clase de distinción.
—Bueno. ¡Qué te parece eso!
—Ya eres una chica muy linda, si no te molesta que te lo diga,...
—No, para nada.
—Y los anteojos... Ese modelo en particular le da a tu rostro una muy interesante… diferencia.
—¿No crees que me hacen parecer una solterona?
—Nunca en mi vida he visto alguien que me recuerde menos a una solterona.

Acaso esta escena señala un hito en la historia cultural de los anteojos. Tras un punto de inflexión en la tendencia dominante hasta entonces, una significación nueva comenzaba a adherírseles. El contraste era sintomático de la mutación: una miope atractiva como la encarnada por Marilyn Monroe, cuya presencia era intensamente afectiva antes que intelectual, parafraseaba el clásico epigrama de 1926 de Dorothy Parker: "Rara vez los hombres se insinúan a chicas que usan anteojos", una formulación algo autocompasiva y sublimadora. Un objeto que antes restaba poder de seducción a su portadora pasaba ahora, insospechadamente, a conferirle un atractivo suplementario. Esos sigilosos cambios en la cultura pueden rastrearse prestando oído a las virtudes algo caducas del CinemaScope, a las ansiedades suscitadas por la institución conyugal o al abanico de sentidos que impregna el diseño de unos anteojos.

Cegado por sus anteojos

    Estoy seguro de que no es ningún gran secreto, ni tampoco es demasiado importante, pero para la posteridad y para los siglos venideros mi verdadero nombre es Julius Henry Marx. La razón original de que se me etiquetara con ese nombre fue bastante lógica, pero, como casi todo lo que sucedía en nuestra familia, no resultó como estaba previsto.
    La mayoría de los padres que llaman Julius a sus hijos lo hacen por admiración a aquel célebre estadista romano, general y amante todoterreno. Algunos llaman Julius a sus hijos porque les pasa que tienen en casa un disco de Julius La Rosa cantando “Love Me Tonight”. Como dijo una vez John Ruskin, de las dos razones, la segunda es sin duda la más sensata. Es mejor bautizar a un chico como un cantante vivo que como un general muerto.
    A mí me llamaron Julius por una razón más práctica. Terminando el siglo XIX había en nuestra familia un tío Julius. Medía cinco pies y una pulgada en medias, agujereadas y todo. Tenía barba marrón tipo pala, anteojos gruesos y una cabeza rematada por una calva del tamaño de una torta de trigo sarraceno. Por alguna razón, a mi madre se le antojó que el tío Julius era rico y le dijo a mi padre que sería una jugada estratégica brillante hacerlo mi padrino.
    En el momento en que yo nací, el tío Julius estaba en la trastienda de una cigarrería de la Tercera Avenida, repartiendo cartas desde abajo del mazo. Cuando le llegó la noticia de que lo habían hecho mi padrino, largó todo, incluidos dos ases que tenía en la manga, y corrió a toda prisa hasta nuestro departamento.
    En un discurso tan empapado de emoción que quedó cegado por sus propios anteojos, dijo que estaba abrumado por aquel gesto sentimental de nuestra parte e insinuó que mi futuro —uno color de rosa— estaba irrevocablemente ligado al suyo. Al término de su discurso, todavía incapaz de ver a través de sus lentes empañados, besó a mi padre, dio un cigarro a mi madre y volvió corriendo a la partida de pinacle.
    Con el paso del tiempo, mi madre descubrió que el tío Julius no sólo parecía no tener un centavo sino que, lo que era peor aún, le debía a mi padre treinta y cuatro dólares.
    Mi padre propuso echarlo pero mi madre pensó que sería un error. Dijo que había leído de muchos casos en que hombres ricos llevaban una vida miserable y luego dejaban enormes fortunas a sus herederos cuando morían.
    Y bueno, se quedó con nosotros hasta que me casé. Para entonces tenía la mejor habitación de la casa y le debía a mi padre ochenta y cuatro dólares. Poco después de mi boda, mi madre admitió al fin que el tío Julius había sido un error espantoso y ordenó a mi padre que lo echara a patadas en el trasero. Pero el tío Julius resolvió todo estirando la pata y convirtiéndome en su único heredero. Su patrimonio, cuando se probó, consistía en una bola número nueve que había robado de un salón de billar, una caja de píldoras para el hígado y una pechera de celuloide.

Groucho Marx
Groucho y yo
1959

“La Franco-American Novelty Company, de Sam Oumano, encontró lo 'divertido' en el estereotipo judío cuando produjo los Beagle Puss en la década de 1970, popularmente conocidos como los ‘anteojos de Groucho Marx’”, dice Lawrence Bush en su artículo “Los judíos en la industria del juguete y las novelty” [chucherías jocosas], en Los judíos y la cultura popular norteamericana (2007, editado por Paul Buhle).

Secretos en mis ojos

I wear dark glasses to cover my eyes
There are secrets in 'em that I can't disguise
Come back, baby
If I hurt your feelings, I apologize *

Bob Dylan
"Long and Wasted Years"
Tempest
2012

* LLevo lentes oscuros para taparme los ojos, hay secretos en ellos que no consigo disimular. Vuelve, amor. Si herí tus sentimientos, te pido perdón.

Otro esfuerzo para ver

El edificio del ayuntamiento o Paeria de Cervera, en Lérida, España, frente a la plaza Mayor, es una obra barroca —del siglo XVII— del escultor Francesc Puig. Cada una de sus tres balconadas se apoya en cinco ménsulas que representan torsos humanos. Uno de los conjuntos evoca a los cinco sentidos y el personaje que corresponde a la vista sostiene en sus manos, además del balcón sobre sus espaldas, unos antiguos anteojos de arco. Las patillas, un invento que recién el siglo siguiente alumbró, lo habrían aliviado de una parte del esfuerzo.

Lo que no veía veo,
no veo lo que solía

A través de las ventanas de mis ojos
Cuando en tiempos pasados miraba
Se me ocurría, Dios me guarde,
Que cosas mucho más bellas veía
De las que ahora no veo: pero estaba
Extasiado de placer y alegría,
En manos de mi Señora Juventud.

Más ahora que me he vuelto viejo
Cuando leo el libro del Gozo
Me pongo los anteojos para ver mejor
Por lo cual las letras se me agrandan
Y ya no veo lo que solía,
No tenía esta debilidad
En manos de mi Señora Juventud.

Jóvenes, a esto llegarán
Si viven y siguen mi camino;
Porque no hay hoy bajo los cielos
Quien en algún momento no tropiece.
Entonces debe la Razón atender a la cuenta
De lo mucho derrochado en ingenuidad
En manos de mi Señora Juventud.

Dios, por gracia, en todo provee
Y lo que descuidadamente desvía,
¡A su antojo en bien rectifica
En manos de mi Señora Juventud!

Charles I d'Orléans
Balada XXII
1394-1465

Una tienda de venta de anteojos es el foco de este grabado de Jan Collaert I, hecho a partir de un diseño de Jan van der Straet “Stradanus” -ambos flamencos- y publicado en Florencia alrededor de 1590 por Philips Galle dentro de la serie llamada Nova reperta. En la enumeración de diecinueve  de estos "nuevos descubrimientos", uno en cada lámina, se equiparan celebratoriamente los anteojos con la imprenta, el molino de agua con la destilación, América con la pólvora. Se manifiesta una confianza plena en las realidades de este nuevo mundo emergente. El optimismo tecnológico respecto de las gafas, en particular, se evidencia a través de la universalización de su uso: ¡todos las llevan! Y es que hacen posible tanto la lectura como el trabajo del copista o del zapatero. Debajo del cartel indicador del comercio óptico, lejos, al fondo, se observa a un ciego con su bastón y su perro lazarillo, destacando por contraste las virtudes del producto.
Conspicilla —"anteojos", en latín— es el título de esta lámina y su poética leyenda postula: "Se inventaron los anteojos que remueven de la luz las tinieblas más oscuras".

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