La mujer entre las dos edades o Los anteojos, óleo anónimo de alrededor de 1570 que se encuentra en el Museo del Prado. Representa una escena de la commedia dell'arte, el teatro popular italiano: la innamorata Lucia le retiene los anteojos al vecchio avaro Pantaleone para que no se percate de su preferencia por el joven Horacio.

Fotografías de John Lennon tomadas por Bob Gruen el 29 de agosto de 1974 para el álbum Walls and Bridges, que finalmente llevó en portada unos dibujos realizados por el propio músico cuando era niño.

Días después del asesinato de John Lennon, su primera esposa, Cynthia Powell, recordó en declaraciones a la prensa: "Durante 1966 Dick Lester le dio a John la oportunidad de demostrar su valía propiamente como actor en la película Cómo gané la guerra. La apariencia de John cambió drásticamente después de Cómo gané la guerra."

"En la película debió tener rapados sus largos y hermosos mechones —continúa Cynthia Powell—. Unas gafas redondas con montura metálica del Servicio Nacional de Salud descansaban de forma poco favorecedora sobre su nariz. Lucía como todo lo contrario de un adorado ídolo pop. De hecho, en el pasado John había experimentado con las lentes de contacto pero ellas habían probado ser un riesgo laboral, por los cuerpos extraños y en particular por las gomitas Jelly Babies que eran arrojadas por el aire durante sus conciertos. Una y otra vez los perdía en el escenario o recibía un golpe en el ojo, lo que le provocaba un dolor insoportable cuando la lente le arañaba el globo ocular. Ahora, John amaba sus gafas del Servicio Nacional de Salud, por feas que fueran. Eran particulares, como él, y desencadenaron una locura por los lentes de John Lennon."

Paul McCartney, en cambio, atribuyó el que John haya superado su inseguridad adolescente con los anteojos a un motivo más ligado al mundo de la música: “Hasta el advenimiento de Buddy Holly nunca hubiera sido visto fuera con anteojos. Buddy Holly, que era uno de nuestros grandes favoritos, usaba anteojos así que John se sintió entonces un poco mejor al usarlos pero normalmente era como 'Vaya, hay chicas aquí' y sus anteojos se desprendían".

En el verano de 2023 la National Portrait Gallery de Londres expuso 250 fotografías que Paul McCartney había sacado con su Pentax entre fines de 1963 y principios de 1964, entre Liverpool y la exitosísima gira de los Beatles por Estados Unidos. El libro que compila esas fotos, 1964. Eyes of the Storm, fue presentado en esa ocasión por Paul en una charla con Stanley Tucci. Cuando apareció una foto de John con anteojos el actor observó: "Eran anteojos que sólo usaba en privado, ¿verdad?". Paul reiteró que normalmente John se los quitaba en público, que le daba vergüenza usarlos. Y añadió: “Era bastante corto de vista y eso llevó a algunos momentos divertidos. Normalmente, si había chicas cerca, se los sacaba bruscamente. Era un poco tímido con ellos así que si estaba fuera de casa simplemente se los quitaba. Una vez cayó por mi casa. Vivía como a una milla de distancia y escribíamos algo de música. Terminamos alrededor de la medianoche así que iba a caminar a casa. Se quitó los anteojos y caminó a casa. Al día siguiente dijo: 'Conoces a esa gente allá en la esquina de avenida Booker, están locos'. Le dije: '¿De qué hablas? ' Entonces dijo: 'A medianoche, cuando te dejé, estaban en el pórtico de su casa jugando a las cartas'. Le dije: 'Me estás tomando el pelo'. Así que tuve que ir e investigar. Di la vuelta y eché un vistazo a ver qué era. Era un pesebre navideño. No estaban jugando a las cartas. Estaban todos inclinados sobre el niño Jesús. Así es que es por eso que necesitaba anteojos”.

Seis meses después del asesinato de John Lennon, su última esposa Yoko Ono publicó el álbum Season of glass. Algunas de sus canciones están muy notoriamente relacionadas con el duelo en proceso, como "Goodbye Sadness" o "I Don't Know Why". Pero la fotografía en la portada de "Temporada de vidrio" fue lo que suscitó la controversia. En ella se ve un vaso de agua puesto junto a los anteojos ensangrentados que John Lennon usaba al momento de los disparos y al fondo, a través de la ventana, el Central Park. Recordemos que en inglés el plural de vidrio glasses refiere a los anteojos y que el crimen ocurrió en la entrada del edificio Dakota donde John y Yoko vivían, que queda justo enfrente de ese parque, donde además Yoko esparció las cenizas de John, en el lugar de lo que hoy es el memorial Strawberry Fields.

Cuando la discográfica objetó la fotografía, atribuyéndole "mal gusto", Yoko Ono dice haber contestado: "No voy a cambiar la portada. Esto es lo que es John ahora". Y aclara: "Me sentí como una persona empapada en sangre que entra a una sala llena de gente e informa mi esposo está muerto, se han llevado su cuerpo y los anteojos son lo único que he logrado salvar; y la gente me mira diciendo que es de mal gusto mostrarles los anteojos."

En el aniversario de 2013 Yoko Ono posteó aquella misma vieja foto, excluyendo el vaso y añadiéndole el texto: "Más de 1.057.000 de personas han sido asesinadas con armas de fuego en Estados Unidos desde que John Lennon fue baleado y asesinado el 8 de diciembre de 1980".

¿Qué hacer con el mal gusto que de todos modos nos deja la imagen?

Quizás encontremos alguna pista para trascenderla si relacionamos el vidrio de aquella temporada con las piedras mencionadas en un texto que Yoko Ono incluyó en su libro Acorn de 1997:

La limpieza II

Haz una lista numerada de tristezas en tu vida.

Apila piedras que correspondan con esos números.

Con cada nueva tristeza, agrega una piedra.

Quema la lista y aprecia el montón de piedras por su belleza.

Haz una lista numerada de tus alegrías.

Apila piedras que correspondan con esos números.

Con cada nueva alegría, agrega una piedra.

Compara ese montón de piedras con el de la tristeza. 

A poco de cumplirse un año del asesinato de John Lennon, el bisnieto del fundador de la centenaria firma óptica Hokusan Megane vio en una disquería del distrito de Shibuya, en Tokio, un poster con la portada del álbum Season of Glass de Yoko Ono. Recién entonces, al ver los lentes manchados de sangre, Masami Shirayama supo que el músico llevaba en el momento del crimen los anteojos Mayfair  que él mismo, en persona, le había vendido en agosto de 1979. Enseguida decidió que se retiraría ese modelo de la venta. Según declaró a la prensa años después, no soportaba la idea de beneficiarse de la muerte de John Lennon.

El bisabuelo de Masami Shirayama había establecido en 1883 una próspera tienda de anteojos en el barrio de Ningyocho, en el distrito Nihonbashi, Tokio. Tras la destrucción causada por la guerra, Hokusan fue reinaugurada en 1946 en su sede del distrito Ueno, famoso por su parque con cerezos, su mercado callejero, sus templos y museos. A partir de 1975, aunque con cierta reticencia por parte de su padre, Masami impulsó el desarrollo de nuevos anteojos con diseños propios.

En 1966, el joven Masami Shirayama había asistido entusiasmado al primer concierto de los Beatles en Tokio. Grande fue su sorpresa cuando en agosto de 1979 un óptico amigo lo llamó para decirle que John Lennon, de visita en Japón, había pasado por su tienda y estaba interesado en el último de los modelos de celuloide, que Hokusan había lanzado en 1978, el así llamado Mayfair. Le pidió si podía acompañarlo para mostrárselos al músico en el hotel Okura donde se hospedaba, lejos de los trastornos de la fama. Allí fue Masami Shirayama a entrevistarse con su héroe musical, llevando, nervioso, el muestrario de sus cuatro modelos originales, en sus distintas variantes de color, quince anteojos en total. John Lennon eligió tres Mayfair, en celuloide marrón, ámbar y transparente. A Masami le quedó la impresión de que Lennon estaba buscando un cambio, dado que los anteojos viejos que entonces le vio eran de metal. Y se ilusionó con poder asistir a algún próximo concierto en el que hiciera gala de ese nuevo aspecto que le proporcionaban los modelos de su creación.

Cuatro décadas después, en 2021, cuando otras empresas ya venían reproduciendo el estilo del Mayfair, perdió sentido la negativa a comercializarlo y Hokusan, recreando su propio diseño, esta vez en acetato, lo repuso en su catálogo. Eran los mismos anteojos pero diferentes, como distintas eran las circunstancias. Diversas formas de ver el mundo.

Gafas para entender francés

Tus ojos [deben continuar] muy buenos desde que puedes escribir tan pequeño a mano sin gafas. Yo no puedo distinguir una letra ni siquiera impresa grande. Pero estoy feliz con la invención de las gafas dobles, que sirven tanto para objetos lejanos como para los cercanos y hacen mis ojos tan útiles para mí como siempre lo fueron. Si todos los demás defectos y achaques fueran remediados tan fácil y económicamente, valdría la pena para los amigos vivir un buen trecho más. Pero considero que la muerte es tan necesaria para nuestra constitución como el sueño. Nos levantaremos renovados por la mañana.

Al decir el señor Dolland que mis gafas dobles sólo pueden servir a determinados ojos, dudo que haya sido correctamente informado de su construcción. Me imagino que en general se encontrará bastante cierto que la misma convexidad del cristal a través de la cual un hombre ve más claro y mejor a la distancia adecuada para leer no es la mejor para distancias mayores. Por lo tanto, yo tenía anteriormente dos pares de gafas, que cambiaba ocasionalmente, como cuando al viajar a veces leía y con frecuencia quería mirar el panorama. Al encontrar este cambio problemático y no siempre adecuadamente dispuesto, me cortaron los cristales y asociaron la mitad de cada tipo en el mismo círculo, así:

De esta manera, como uso mis gafas permanentemente, sólo tengo que mover mis ojos hacia arriba o hacia abajo según quiera mirar claramente de lejos o de cerca, teniendo siempre listo el cristal correcto. Esto lo encuentro aún más particularmente conveniente desde que estoy en Francia. Las gafas que mejor me sirven en la mesa para ver lo que como, no son las mejores para ver las caras de quienes al otro lado de la mesa me hablan; y cuando los oídos de uno no están bien acostumbrados a los sonidos de un idioma, ver los movimientos de las facciones del que habla ayuda a elucidar, de modo que entiendo mejor el francés con la ayuda de mis gafas.

Benjamin Franklin

Cartas a George Whatley

Passy, París.

21 de agosto de 1784 y

23 de mayo de 1785.

El óptico que salvó a un presidente

Cuando el presidente Theodore Roosevelt compró sus gafas de estilo pince-nez en E.B. Meyrowitz, la óptica en Nueva York, desconocía el alcance de la función protectora del estuche de metal forrado en cuero que las acompañaba.

La óptica, existente hasta el día de hoy, había sido fundada por el prusiano Emil Bruno Meyrowitz en 1875. Pronto abrió sucursales en Londres y París y en los años 30 desarrolló las Luxor Goggles, que, según alegan los actuales propietarios, serían las conspicuas antiparras usadas por los aviadores sir Douglas Douglas-Hamilton y David McIntyre al sobrevolar el monte Everest y las de Charles Lindbergh y Amelia Earhart, al cruzar el Atlántico. Pero aquella futura gloria del prestigioso comercio no podría haber hecho menos sorprendente el milagro ocurrido en 1912.

Asmático desde niño, Teddy Roosevelt, a lo largo de su vida se mostró inclinado a probarse en la exigencia física. En la Universidad de Harvard se orientó a la historia, especializándose en temas navales, y practicó boxeo. Tras desempeñarse como miembro de la Asamblea del Estado de Nueva York se retiró un tiempo de la política para hacer vida de ganadero en un rancho en Dakota del Norte, que había conocido como cazador de bisontes. A su regreso emprendió una cruzada contra la corrupción en la ciudad de Nueva York. Habiendo accedido al cargo de subsecretario del Departamento de la Armada, renunció para formar un regimiento de voluntarios, los célebres Rough Riders, que combatió en la Guerra Hispano-estadounidense por la independencia de Cuba. Al volver fue electo gobernador del Estado de Nueva York y en 1991, en una carrera meteórica, vicepresidente de los Estados Unidos. Pocos meses después, un anarquista asesinó al presidente William McKinley y Roosevelt debió sucederlo. El año siguiente, un tranvía a toda velocidad atropelló el carruaje tirado por caballos en el que se desplazaba, resultando muerto un guardaespaldas. Los giros inesperados, con el potencial de cambiar un destino, abundan en su biografía. 

La política de Theodore Roosevelt durante su mandato puede esquematizarse mediante dos fórmulas: big stick y square deal. La expresión big stick, como premisa de su política exterior, deriva de un proverbio africano: “habla suave y lleva un gran garrote: llegarás lejos”. Poseer una flota que garantice el control de los mares era la clave para ejercer un poder de policía internacional que justificaba la intervención armada. La independencia de Panamá y el domino sobre el canal construido allí son aplicación e inspiración de esos principios, conocidos como el “corolario Roosevelt de la doctrina Monroe”. Su política interior se resumía en el lema square deal. "Trato justo" implicaba fortalecer un poder federal para preservar la competencia empresaria en contra de los monopolios, mediar en los conflictos entre capital y trabajo, garantizar la defensa del consumidor y promover la conservación de la naturaleza. Roosevelt fue reelecto en 1905 y concluyó su segundo mandato en 1909 para ir de safari por África.

En 1912, al perder la nominación por el Partido Republicano, Roosevelt fundó el Partido Progresista. Aunque finalmente el demócrata Woodrow Wilson obtuvo la presidencia, los progresistas quedaron en segundo lugar, batiendo a los republicanos. El hecho ocurrió en el transcurso de aquella campaña por su tercer mandato, cuando en la noche del 14 de octubre, Theodore Roosevelt salía del Hotel Gilpatrick en Milwaukee, Wisconsin, para dirigirse a un acto en el auditorio de la ciudad, y una multitud rodeó su descapotado. Roosevelt se detuvo a saludar, sombrero en alto. Fue entonces que recibió el disparo, desde muy corta distancia. Su secretario Elbert Martin, un ex jugador de fútbol, se arrojó al instante sobre el agresor y logró reducirlo. Por mucho que se le insistiera, Roosevelt no desistió de ir a dar su discurso, que se prolongaría por más de una hora. Con un pañuelo sobre la ensangrentada herida de la bala que se había alojado en una costilla, pidió teatralmente el mayor silencio posible, ante las que podían ser sus últimas declaraciones públicas. Entre otros conceptos, Roosevelt advirtió que si el gobierno descuidaba el bienestar de los ciudadanos, una violencia como la que acababa de ocurrirle se convertiría en cosa común. Al terminar dejó que lo llevaran al hospital donde estuvo ocho días internado.

El asesino frustrado del candidato se llamaba John Schrank. Declaró que había soñado que el presidente McKinley se levantaba de su ataúd para señalar al vicepresidente Roosevelt como el responsable de su muerte con la intención de suplantarlo. El fantasma clamaba por venganza. Su asesino no debía llegar de nuevo a la presidencia, había que impedir a toda costa un tercer mandato suyo. Schrank fue declarado demente y confinado de por vida.

Posteriormente se supo que aquella noche, cuando Roosevelt abandonó el hotel de Milwaukee, llevaba en el bolsillo interno de su sobretodo, a la altura del pecho, los papeles de su discurso de cincuenta páginas, doblados para que entraran allí, y el estuche metálico de sus gafas pince-nez de E.B. Meyrowitz. Los dos objetos se encontraron perforados y son los que habrían frenado el impulso de la bala que podría haber sido mortal de otro modo.

Los más tempranos antojos

Este dezir fizo e ordenó el dicho Alfonso Álvarez para el Rey nuestro señor:

Mal oyo e bien non veo.
¡Ved, señor, qué dos enojos!
¡Mal pecado! sin antojos*
ya non escrivo nin leo;
pero todo el mi desseo
es amar por lealtança
vuestra vida e segurança:
non me plaze otro torneo,
lo ál todo es devaneo.

Alfonso Álvarez de Villasandino

Cancionero de poetas antiguos que fizo é ordenó e compuso é acopiló el indino Johan Alfon de Baena

1379-1425

(*) Según el Corpus Diacrónico del Español de la Real Academia Española esta poesía recogida en el Cancionero de Baena contiene la más temprana mención que se haya impreso en nuestra lengua de los antojos, la palabra usual para referirse a los anteojos hasta por lo menos el siglo XVIII. La existencia de la otra acepción del término, "deseo apremiante y pasajero", que aún hoy usamos, propiciaba sugerentes juegos de sentido por parte de los poetas.

Lampião,
el infame cangaceiro de anteojos

    Resulta extraño a primera vista encontrarse con bandoleros que no sólo practican el terror y la crueldad hasta un extremo que no puede explicarse simplemente por la sola reincidencia sino que además este terror forma parte de su imagen pública. Son héroes, no a pesar del pánico y el horror que inspiran sus acciones, sino debido en cierto modo a ellos. No se trata tanto de hombres que eliminen los abusos, como de vengadores, de brazos ejecutores; su atractivo no es el de agentes de la justicia sino el de unos hombres que demuestran que incluso los pobres y los débiles pueden ser terribles.

   No es fácil decidir si hemos de considerar a estos monstruos públicos como un subtipo especial del bandolerismo social. El mundo moral al que pertenecen (y que se manifiesta en las canciones, poesías y coplas escritas sobre ellos) contiene tanto los valores del "ladrón noble" como los del monstruo. Como escribió el poeta popular sobre el gran Lampião:

Mataba como distracción

No por pura perversidad

Y daba comida al hambriento

Con amor y caridad.

Eric Hobsbawm

Bandidos

2000

Cuando los almacenes al sur de la calle Upper Thames, en Blackfriars, fueron demolidos para construir nuevos edificios, el Museo de Londres se apresuró a iniciar un proyecto de investigación arqueológica que pudo desarrollarse entre 1974 y 1976. Los revestimientos de madera que protegían la ribera de la marea y de la corriente del río habían sido reparados por los carpinteros medievales una y otra vez, hasta que otro nuevo debía ser construído angostando el cauce. Así ocurrió hasta alrededor de 1440 en que se levantó un frente de piedra más duradero. En los espacios entre una línea costera y la siguiente, a lo largo de los siglos, se acumuló basura, que para los arqueólogos es valiosísima fuente de información sobre la vida de la ciudad en el pasado. Allí, en las excavaciones de la calle Trig Lane propiciadas por el Museo de Londres, junto con cientos de miles de objetos que se han venido estudiando hasta el día de hoy, se descubrieron las gafas más antiguas jamás encontradas en Inglaterra.

Por el sitio donde se hallaron, tras el muro de piedra, sin duda datan de mediados del siglo XV. Son los restos quebrados de unas gafas de remache construidas en hueso. El doctor Philip Armitage ha establecido que provienen de un metacarpiano de toro, dado que ningún otro hueso de animal en la Edad Media tenía tamaño suficiente. De 2,5 mm de espesor, los aros tienen unos manguitos que en su extremo se sujetaron mediante un remache de hierro. En el extremo opuesto tiene cada uno una protuberancia con tres dientes, que, cortada al medio, se volvía a cerrar enroscándole un alambre de cobre para aprisionar las lentes en la canaleta en V. Aunque los cristales, de unos 30 mm de diámetro, no fueron recuperados, sí uno de los alambres, que estaba milagrosamente en su sitio.

Respecto de las gafas de remache de madera encontradas en 1953 en el convento de Wienhausen en Alemania, las gafas de hueso de Trig Lane representan una superación. Son más fuertes, más durables y apenas más pesadas. Se presume que podrían ser originarias de los Países Bajos. Los registros aduaneros atestiguan que grandes cantidades de anteojos venían siendo importadas a Londres desde fines del siglo XIV y tanto los nombres de los barcos como los de los comerciantes que pagaban los aranceles son neerlandeses en su mayoría. Como lo es también el del fabricante de anteojos más antiguo que se conozca en Inglaterra, el inmigrante Paul van Bessen, activo en Southwark hacia 1458. Como para corroborar la procedencia, en el poema satírico The London Lyckpenny, de ese mismo siglo, de John Lydgate, se menciona a un vendedor ambulante flamenco ofreciendo en la puerta de Westminster “sombreros de fieltro fino o gafas para leer”.

Casi seis siglos después David Cox, un fabricante artesanal de anteojos, que trabajó desde joven en grandes empresas del gremio, fue comisionado por el Museo de Londres para elaborar una réplica de las gafas de Trig Lane, usando los mismos insumos: una placa de hueso de toro, un remache de hierro y alambre de cobre.

Anteojos moderan enojos

    Tratando de dar cumplimiento a una real orden sobre desamortización de bienes eclesiásticos, tropezó Avilés con serias resistencias, que el prudente virrey calmó dando largas al asunto y enviando consultas y memoriales a la corona. No fue esta la primera vez en que el virrey apeló al expediente de dar tiempo al tiempo para libertarse de compromisos. En 1804 interesábase la ciudad por que el virrey dictase cierta providencia, mas él, creyendo que la cosa no era hacedera o que no entraba en sus atribuciones, decidió consultar al monarca. El pueblo, que lo ignoraba, se echó a murmurar sin embozo, y en la puerta de palacio apareció este pasquín:

    ¡Avilés! Avilés!

    ¿Qué haces que por la ciudad no ves?

    El virrey no lo tomó a enojo, y mandó escribir debajo:

    Para dar gusto a antojos

    he mandado hasta España por anteojos.

    Respuesta que tranquilizó los ánimos, pues vieron los vecinos que su empeño estaba sujeto a la decisión del rey.

Ricardo Palma

Tradiciones peruanas

1874

Hans Sachs*

"El fabricante de anteojos"

Descripción fidedigna de todos los estamentos en la tierra, altos y bajos, eclesiásticos y seculares, de todas las artes, oficios y negocios, etc, desde el más grande hasta el más pequeño, también acerca de su origen, invención y uso

Xilografía Jost Amman

1568

(*) Hans Sachs (1494–1576) es el más famoso de los maestros cantores de Núremberg, el zapatero poeta que inspiró al protagonista de la ópera Die Meistersinger von Nürnberg (1868) de Richard Wagner. Desde la Baja Edad Media los maestros cantores pertenecían a gremios de artesanos o comerciantes a la vez que cultivaban la música y la poesía apreciadas por el pueblo en el marco de una norma tradicional. La Descripción fidedigna... honra con sus versos y xilografías a una cantidad sorprendente de distintos fabricantes y personas que desarrollaban una increíble variedad de oficios. 

Autorretrato de alrededor de 1788 de sir Joshua Reynolds (1723-1792), miembro fundador y primer presidente de la Royal Academy of Arts de Londres, con peluca y wig spectacles.

En el siglo que asistió a la invención de las patillas para apoyar los anteojos ya no sólo en la nariz, se había extendido, paralelamente, el uso de pelucas, investidas entonces con la dignidad y el prestigio de las elites. Ante ese desafío adicional, se diseñaron patillas puntiagudas, que podían deslizarse con facilidad por entre el cabello postizo. Los anteojos que las llevaban se llamaron luego "modelos de dama", dado que resultaron prácticos también para ellas. Alternativamente, para abarcar la peluca por fuera, se idearon patillas de metal con una prolongación, que se deslizaba o se articulaba mediante una bisagra y que solía terminar en unas presillas donde podía fijarse, eventualmente, un lazo de sujeción. En Inglaterra, estos anteojos aptos para un uso tan peculiar se conocieron en algún momento como wig spectacles, es decir “gafas de peluca”.

Un constituyente en la ópera

Toma el anteojo, si quieres arrancarle algún defecto; ella ganará con esta prueba; verás que [de] sus ojos brotan rayos de amor; que de sus labios destila una sonrisa, dulce como la miel de sus movimientos. Y no es otro que éste el secreto de la superioridad del artista: es que ella goza mejor que los espectadores del encanto de su propia ejecución; bailaría con el mismo amor aunque se viese sin testigos.

Juan Bautista Alberdi

Veinte días en Génova

1845

Los impertinentes o anteojos de ópera, como los mencionados por Juan Bautista Alberdi en su diario de viaje, fueron de uso muy extendido en los teatros del siglo XIX. Aunque no es seguro que hayan servido siempre para apreciar la perfección. El Museo Casa Histórica de la Independencia o, como mejor se la conoce, la Casa de Tucumán conserva unos anteojos de este tipo, con empuñadura de carey y armazón de oro, que habrían pertenecido al gran impulsor de la organización del Estado-nación argentino. El estuche de cartón tiene una inscripción: "Cam Opticien / 24 Rue de la Paix 24 / Paris / Près le boulevard". Al menos desde 1859, Óptica Cam aparece en los directorios de París con esa misma dirección, cerca del boulevard. Además de anteojos de ópera, comercializaba prismáticos, barómetros, fotografías de presentación —como era moda en la época— y hasta imágenes estereoscópicas. La etiqueta en algunos de sus productos recordaba: Cam Opticien, spécialité de verres de lunettes en cristal de roche.

La región de mis deseos

    ¡Maldita sociedad! —exclamó Alonso—. Figúrate una mujer pálida, bellísima, de risa despreciativa, atrevido peinado y talle delicioso... Añade, para colmo de tortura, unos impertinentes quevedos sobre su nariz delicada; una cara que se levanta con osadía para mirar por los lentes; una mano fina que cae a lo largo del cuerpo; una mirada que nunca se fija, que todo lo desdeña... ¡Oh! Y el lacayo de esa mujer será acaso mi pariente, mi amigo... ¡Y esa mujer no puede ser mía! ¡Desesperación! Pues que ella no pertenece a la región de mis deseos, al mundo de mis esperanzas, ¿por qué hace gala ante mí de unos tesoros que no me ha de conceder?

Pedro Antonio de Alarcón

Soy, tengo y quiero

1854

De inferencias y mofas a que dan lugar los anteojos

    Si los hombres distinguiesen el uso del abuso y el hecho del derecho, no serían tan frecuentes, tercas e insufribles sus controversias en las conversaciones familiares. Lo contrario, que es lo que se practica, causa una continua confusión, que mezcla mucha amargura en lo dulce de la sociedad. Las preocupaciones de cada individuo hacen más densa la tiniebla, y se empeñan los hombres en que ven más claro mientras más cierran los ojos.

    Pero donde se palpa más el abuso de esta costumbre es en la conversación de las naciones, o ya cuando se habla de su genio, o ya de sus costumbres, o ya de su idioma. —Me acuerdo de haber oído contar a mi padre —dice Nuño hablando de esto mismo— que a últimos del siglo pasado, tiempo de la enfermedad de Carlos II, cuando Luis XIV tomaba todos los medios de adquirirse el amor de los españoles, como principal escalón para que su nieto subiese al trono de España, todas las escuadras francesas tenían orden de conformarse en cuanto pudiesen con las costumbres españolas, siempre que arribasen a algún puerto de la península. Éste formaba un punto muy principal de la instrucción que llevaban los comandantes de escuadras, navíos y galeras. Era muy arreglado a la buena política, y podía abrir mucho camino para los proyectos futuros; pero el abuso de esta sabia precaución hubo de tener malos efectos con un lance sucedido en Cartagena. El caso es que llegó a aquel pueblo una corta escuadra francesa. Su comandante destacó un oficial en una lancha para presentarse al gobernador y cumplimentarle de su parte; mandole que antes de desembarcar en el muelle, observase si en el traje de los españoles había alguna particularidad que pudiese imitarse por la oficialidad francesa, en orden a conformarse en cuanto pudiesen con las costumbres del país, y que le diese parte inmediatamente antes de saltar en tierra. Llegó al muelle el oficial a las dos de la tarde, tiempo el más caluroso de una siesta de julio. Miró qué gentes acudían al desembarcadero; pero el rigor de la estación había despoblado el muelle, y sólo había en él por casualidad un grave religioso con anteojos puestos, y no lejos un caballero anciano, también con anteojos. El oficial francés, mozo intrépido, más apto para llevar un brulote a incendiar una escuadra o para abordar un navío enemigo, que para hacer especulaciones morales sobre las costumbres de los pueblos, infirió que todo vasallo de la Corona de España, de cualquier sexo, edad o clase que fuese, estaba obligado por alguna ley hecha en cortes, o por alguna pragmática sanción en fuerza de ley, a llevar de día y de noche un par de anteojos por lo menos. Volvió a bordo de su comandante, y le dio parte de lo que había observado. Decir cuál fue el apuro de toda la oficialidad para hallar tantos pares de anteojos cuantas narices había, es inexplicable. Quiso la casualidad que un criado de un oficial, que hacía algún género de comercio en los viajes de su amo, llevase unas cuantas docenas de anteojos, y de contado se pusieron los suyos el oficial, algunos que le acompañaron, y la tripulación de la lancha de vuelta para el desembarcadero. Cuando volvieron a él, la noticia de haber llegado la escuadra francesa había llenado el muelle de gente, cuya sorpresa no fue compatible con cosa de este mundo cuando desembarcaron los oficiales franceses, mozos por la mayor parte primorosos en su traje, alegres en su porte y risueños en su conversación, pero cargados con tan importunos muebles. Dos o tres compañías de soldados de galeras, que componían parte de la guarnición, habían acudido con el pueblo; y como aquella especie de tropa anfibia se componía de la gente más desalmada de España, no pudieron contenerse la risa. Los franceses, poco sufridos, preguntaron la causa de aquella mofa con más gana de castigarla que de inquirirla. Los españoles duplicaron las carcajadas, y la cosa paró en lo que se puede creer entre el vulgo soldadesco. Al alboroto acudió el gobernador de la plaza y el comandante de la escuadra. La prudencia de ambos, conociendo la causa de donde dimanaba el desorden y las consecuencias que podía tener, apaciguó con algún trabajo las gentes, no habiendo tenido poco para entenderse los dos jefes, pues ni éste entendía el francés ni aquél el español; y menos se entendían un capellán de la escuadra y un clérigo de la plaza, que con ánimo de ser intérpretes empezaron a hablar latín, y nada comprendieron de las mutuas respuestas y preguntas por la grande variedad de la pronunciación, y el mucho tiempo que el primero gastó en reírse del segundo porque pronunciaba ásperamente la j, y el segundo del primero porque pronunciaba el diptongo au como si fuese o, mientras los soldados y marineros se mataban.

José Cadalso

Cartas marruecas

1793

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