
—¿Por qué llevas esos?
—Hacen que pasen cosas.
The Arrangement
(1969, Elia Kazan)
La intelectualidad bajo asedio

Ningún otro hombre público argentino de este siglo encarnó como él la imagen del político intelectual: alto, delgado aunque no frágil, cabeza inteligente, anteojos de armazón gruesa, lenguaje de ideas, pensamiento sistemático. Frondizi mismo se encargaría de recordar que en su vida enfrentó la disyuntiva entre las dos inclinaciones de su espíritu y que sacrificó una, la del cultivo metódico del saber, a los imperativos de la otra —la acción política—. Pero no es seguro que hubiera renunciado nunca y por entero a la idea de representar, en persona, la reunión del hombre de ideas y el hombre de Estado.
Carlos Altamirano
Arturo Frondizi o el hombre de ideas como político
1998
El porvenir del pasado óptico
Se ofrecen las siguientes sugerencias al gremio con el fin de atraer la atención de los jóvenes ópticos hacia estos importantes asuntos y encauzar sus investigaciones por una vía apropiada.
1. ¿Existe una prueba para determinar las diferentes calidades del vidrio?
2. ¿Podemos ilustrar mediante un diagrama cómo dos lentes cilíndricas de igual potencia, colocadas en ángulo recto, producen una lente esférica?
3. ¿Existe o puede fabricarse alguna sustancia absolutamente transparente que absorba todos los rayos calóricos y transmita al ojo únicamente la parte luminosa de la luz? (La mica no es absolutamente transparente).
4. ¿Cuál es el sustituto más económico del acero, tan inconveniente por el hecho de que se oxida?
5. ¿Pueden omitirse los tornillos y sustituirse por abrazaderas y broches sin que el resultado se vea tosco?
6. ¿Puede el puente nasal de los anteojos hacerse móvil —arriba y abajo, dentro y fuera— o telescópico, para regular su ancho según la distancia pupilar, sin perjudicar la apariencia ni la resistencia?
7. ¿Podemos construir un dispositivo que tome la forma exacta de la nariz y el ancho temporal de la cabeza como guía para un ajuste perfecto de monóculos y armazones para anteojos? La práctica de los dentistas de utilizar una pasta maleable para tomar moldes de las encías queda, desde luego, excluida; pero ¿qué decir de un aparato semejante al de los sombrereros, provisto de pequeños módulos desplazables de igual longitud, que presenten fuera el mismo relieve que dentro? Si las varillas se colocan paralelas, en ángulo recto respecto de la barra, creo que podría hacerse y aplicarse a cualquier rostro sin causar la menor incomodidad al cliente.
William Bohne
Manual para ópticos
Tratado sobre el oficio óptico
y sus operaciones mecánicas
1892
Una especie de azul
Supóngase que todos los seres humanos naciesen con gafas de cristales azules; que esos anteojos formasen parte de nuestro órgano visual, de tal manera que quitárnoslos equivaldría a arrancarnos a la vez los ojos; y supongamos, además, que no nos diésemos cuenta de que tenemos puestos tales anteojos. Entonces ocurriría que todo lo que viésemos se nos aparecería azul, lo cual nos llevaría a suponer, no que las cosas las "vemos" azules, sino que realmente "son" azules —aunque la verdad fuese que en sí mismas no son azules, sino que nosotros, en la medida en que las miramos, es decir, conocemos, estaríamos contribuyendo a otorgarles un cierto carácter, las estaríamos "azulando"—. De este modo conocer no sería ya mero reflejar las cosas, sino operar sobre ellas, transformándolas. Para Kant, según esto, conocer es ante todo "elaborar" las cosas para que estén en condiciones de constituir objetos.
Adolfo Carpio
Principios de filosofía
Una introducción a su problemática
1974
Incorrección visual

—¿Sabes? Sin tus anteojos, no te ves mal.
—¿Sabe? Sin mis anteojos, tampoco usted.
Enigma
(2001, Michael Apted)
El golpe teatral
El 15 de marzo, Washington se dirigió a los oficiales, decidido a aplastar un supuesto plan para marchar sobre el Congreso. Por primera vez, enfrentó a una audiencia hostil compuesta por sus propios hombres. Washington reprendió severamente los rumores de rebelión, advirtiendo que pondría en peligro las libertades por las que habían luchado. Una insurrección sólo “abriría las compuertas de la discordia civil y bañaría en sangre a nuestro imperio incipiente.”
Luego escenificó el más famoso coup de théâtre de su carrera. Estaba a punto de leer en voz alta una carta de un congresista cuando las palabras comenzaron a danzar ante sus ojos. Entonces hurgó en sus bolsillos por sus anteojos. “Caballeros,” dijo, “permítanme ponerme mis anteojos, pues no sólo he encanecido sino que casi he quedado ciego al servicio de mi país.”
Los soldados amotinados, indeciblemente conmovidos, se sintieron avergonzados por su oposición a Washington y recobraron la sensatez.
Ron Chernow
Alexander Hamilton
2004
La tenacidad de los rayos oculares

Ve los huesos a través de la piel.
Ve a través de la ropa...
¡Asombrosa visión de rayos X garantizada!
Nada menos prometían los “anteoxos de rayos X” o X-Ray Spex —un juego de palabras que sustituye por una X el sonido final de specs, apócope coloquial de spectacles, el término inglés arcaizante para anteojos—.
En un episodio de Los Simpson, "Perdimos a nuestra Lisa" (1998), Milhouse adquiere unos anteojos de este tipo en la tienda de chucherías jocosas Yuk-ingham Palace. Aunque con ellos no ve desnudo al vendedor, éste termina embaucándolo al asegurar que usa camisa de plomo.
El desengaño aguarda más tarde o más temprano a aquellos pequeños pervertidos crédulos que quizá todos hemos sido. Para transformar la decepción infantil en una mejor comprensión del mundo será útil remontar la historia cultural que subyace en los anteojos de rayos X.
Harold N. Braunhut fue quien lanzó los X-Ray Spex al mercado. Su firma, Honey Toy Industries, había ganado notoriedad a partir de 1960 por comercializar los huevos de unos crustáceos, Artemia salina, que pueden permanecer largo tiempo en animación suspendida y despertar al ser colocados en agua, sugiriendo la creación de una “vida instantánea”: los célebres Sea-Monkeys. Bajo una denominación evocadora se manifestaba una ficción de la maravilla basada en la ciencia biológica, una ilusión científica, por así decirlo.
En 1971, Braunhut obtuvo una patente por unos “medios ópticos para simular una imagen de rayos X, que comprenden una lente formada a partir de un material termoplástico transparente sometido a tensión”. Era una nueva “ficción científica”, que sería bautizada X-Ray Spex con notable astucia comercial. Entre los antecedentes de la invención se mencionaban dispositivos con plumas como arte previo.
A comienzos del siglo XX, Fred J. Wiedenbeck había patentado un artilugio con forma de cigarro, provisto de una perforación longitudinal continua, que permitía observar cualquier objeto a través de un fragmento de pluma instalado transversalmente en su interior. Gracias al “fenómeno de la interferencia de los rayos de luz que pasan a través de una retícula de líneas finamente trazadas”, afirmaba el documento de 1909, “el efecto general será, de hecho, en lo que respecta a lo visible, muy similar al producido por el conocido y científicamente veraz dispositivo de rayos X”. Las finas barbillas de la pluma difractaban los rayos de luz y producían fenómenos de interferencia, generando dos imágenes distintas con una zona oscura allí donde se solapaban. La manifestación visual modificada del objeto presentaba un núcleo sólido negro y un contorno luminoso.
En cambio, la patente de los anteojos de rayos X de Braunhut se enfocaba en su finalidad utilitaria y prescindía de toda especulación científica:
No se conoce con exactitud por qué esta ilusión óptica es producida por nuestro denominado “plástico sometido a tensión”. Sin embargo, se postula que su efecto operativo podría tener fundamento en la teoría de la birrefringencia. No obstante, no es intención de los solicitantes quedar restringidos a teoría particular alguna, puesto que la razón por la cual ocurre el fenómeno no constituye el eje de la invención, sino más bien el descubrimiento de que el plástico sometido a tensión, tal como se define, produce este efecto de ilusión óptica.
Honey Toy Industries, que reemplazaba así la física de la pluma por la del plástico para lograr un idéntico efecto de rayos X, publicitaba ampliamente sus productos en revistas de relatos populares e historietas orientadas a un público joven, aficionado por entonces a géneros proclives a lo extraordinario, como aventura, fantasía, terror o ciencia ficción. Quizá por contaminación con esos mundos alternativos, la referencia a los rayos X —que no intervenían en absoluto en el funcionamiento del juguete— evocaba reminiscencias de etapas preliminares en el desarrollo de la ciencia óptica. La difracción, fácilmente observable en una pluma al trasluz, había jugado un papel importante en el resultado de la controversia entre la teoría corpuscular y ondulatoria de la luz. Pero, más tempranamente y durante siglos, permaneció indefinida la discusión sobre si los ojos despedían rayos en su función visual o recibían estímulos lumínicos externos. Tanto la hipótesis de la extramisión como la de la intromisión eran plausibles en el horizonte de conocimientos de la época.
La imagen impresa en el cartón del blister de los X-Ray Spex, con los anteojos del muchacho lúbrico irradiando a través del vestido de la chica, bien podría ilustrar el pasaje del Timeo en el que Platón desarrolló, hacia 360 a. C., una concepción de la vista donde los ojos emitían un suave fuego:
Los primeros instrumentos que construyeron [los dioses] fueron los ojos portadores de luz y los ataron al rostro por lo siguiente. Idearon un cuerpo de aquel fuego que sin quemar produce la suave luz, propia de cada día. En efecto, hicieron que nuestro fuego interior, hermano de ese fuego, fluyera puro a través de los ojos, para lo cual comprimieron todo el órgano y especialmente su centro hasta hacerlo liso y compacto para impedir el paso del más espeso y filtrar sólo al puro. Cuando la luz diurna rodea el flujo visual, entonces, lo semejante cae sobre lo semejante, se combina con él y, en línea recta a los ojos, surge un único cuerpo afín, donde quiera que el rayo proveniente del interior coincida con uno de los externos. Como causa de la similitud el conjunto tiene cualidades semejantes, siempre que entra en contacto con un objeto o un objeto con él, transmite sus movimientos a través de todo el cuerpo hasta el alma y produce esa percepción que denominamos visión. Cuando al llegar la noche el fuego que le es afín se marcha, el de la visión se interrumpe; pues al salir hacia lo desemejante muta y se apaga por no ser ya afín al aire próximo que carece de fuego. Entonces, deja de ver y se vuelve portador del sueño, pues los dioses idearon una protección de la visión, los párpados. Cuando se cierran, se bloquea la potencia del fuego interior que disminuye y suaviza los movimientos interiores y cuando éstos se han suavizado, nace la calma, y cuando la calma es mucha, el que duerme tiene pocos sueños. Pero cuando quedan algunos movimientos de mayor envergadura, según sea su cualidad y los lugares en los que quedan, así es el tipo y la cantidad de las copias interiores que producen y que, al despertar, recordamos como imágenes exteriores.
Si bien alrededor del año 1000, el Kitāb al-Manāẓir —el Libro de óptica de Ibn al-Haytham— saldó la cuestión en el marco de un conocimiento guiado racionalmente, el modelo extramisivo no carece de cierta persistencia cultural hasta el día de hoy. Decimos cotidianamente que hay miradas que irradian ternura, fulminan acusando o encandilan seductoramente. Ciertos sueños platónicos todavía suelen inquietar la pretensión hegemónica de la ciencia.
Prueba de ello es la película X (1963), dirigida por Roger Corman. Quizá porque la sola letra X conlleva la carga semántica de la incógnita, se la conoce como El hombre con los ojos de rayos X, a pesar de que en ningún momento se mencionan en ella los rayos descubiertos por Wilhelm Röntgen. El título corresponde más bien a la inicial del protagonista, el doctor James Xavier (Ray Milland).

Habitado por la pulsión de Prometeo —o su versión moderna, Frankenstein—, el doctor Xavier es un héroe trágico que consuma su perdición por aspirar a un conocimiento vedado a los humanos. Su investigación se centra en unas gotitas —marcadas con la letra X— que sensibilizarían el ojo humano “para que pueda ver la radiación, hasta los rayos gamma inclusive y el viento de mesones”. El modo en que el doctor Xavier se relaciona con su invento tiene ecos de la experimentación con drogas de los beatniks o el abuso de sustancias psicoactivas en el ambiente del jazz. Expresión de ese clima de época, la hybris científica se confunde por momentos con una epifanía de la realidad profunda. Pero, a través del crimen, la trampa de la arrogancia lo arrastra de su condición de médico a la de atracción circense, de milagrero a apostador y de prófugo de la justicia a mártir místico. Un diálogo temprano en el film formula la premisa especulativa sobre la que se funda el relato, la semilla de la deriva desde la euforia al colapso:
—Piensas experimentar sobre ti mismo, ¿verdad? Está bien. Eres buen médico, sabes lo que haces. Pero sólo tienes un par de ojos.
—Y con ellos quiero ver.
—Ves perfectamente.
—Sam, ¿qué alcance tiene la vista humana?
—¿La distancia?
—No, la longitud de onda.
—Entre 4.000 y 7.800 ángstroms, tú lo sabes.
—Menos de una décima parte del espectro de ondas existentes. ¿Qué podríamos ver realmente si tuviéramos acceso al otro noventa por ciento? ¡Somos virtualmente ciegos, Sam, todos nosotros! Me dices que mis ojos están perfectos, pero no: soy ciego a todo salvo una décima parte del universo.
—Mi querido amigo, sólo los dioses lo ven todo.
—Mi querido doctor, me estoy acercando a los dioses.
La física y la fisiología implícitas en el postulado son modernas: las ondas de energía estimulan las células nerviosas que permiten la visión. Pero, como en el empaque de los X-Ray Specs, los ojos irradiantes del póster de la película sugieren el modelo extramisivo platónico, en contraste con la mayor precisión científica del film.
En la fase ascendente de la parábola, el doctor Xavier parece confiar en su capacidad para controlar el poder adquirido a raíz del éxito de su experimento. Diagnostica y opera a sus pacientes con total clarividencia de las afecciones en el interior del cuerpo humano y se divierte en fiestas involuntariamente nudistas. Incluso en el derrumbe, todavía podrá ganar dinero infalible en el casino, ya que para él no hay cartas ocultas. Pero el punto de inflexión ocurre al confrontar el juicio de los pares y la sensatez de la profesión médica, encarnados en su amigo oftalmólogo. Tras la ruptura con el orden de la disciplina, su camino no tiene retorno: la única opción es precipitarse sin freno hacia la catástrofe. La voluntad de superar la adicción a las gotitas X equivaldría a un deseo irresoluble de oscuridad, que sólo puede conducir al desenlace trágico: “Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti”, manda el Sermón de la montaña en el Evangelio de Mateo 5.

En su ensayo sobre el género de terror, Danza macabra (1981), Stephen King ha razonado sobre el tipo de monstruo que Roger Corman construyó en la figura del doctor Xavier:
Los ojos de Milland comienzan a experimentar un cambio físico: primero se inyectan de sangre y luego adquieren una extraña tonalidad amarillenta. Es en este punto cuando empezamos a sentirnos bastante nerviosos: quizá presentimos la inminencia del golpe repulsivo y, en un sentido muy real, ya ha llegado. Los ojos son una de esas grietas vulnerables de la armadura, uno de esos lugares por los que pueden poseernos. (…) Como el resto de nuestro equipamiento facial, los ojos son algo que todos tenemos en común —hasta ese viejo caca del ayatolá Jomeini tiene un par—. Pero, hasta donde sé, nunca se ha hecho una película de terror sobre una nariz fuera de control y aunque nunca hubo un film llamado La oreja reptante, sí hubo uno llamado El ojo reptante. Todos entendemos que los ojos son los más vulnerables de los órganos sensoriales, los más vulnerables de los accesorios faciales y son (¡puaj!) blandos. Tal vez eso sea lo peor…
Así que cuando Milland se pone lentes oscuros en la segunda mitad de la película, nos ponemos cada vez más nerviosos por lo que pueda estar ocurriendo detrás de esos lentes.
A través de esos lentes, la cámara subjetiva nos introduce en la experiencia lisérgica que atormenta la percepción absoluta del doctor Xavier. Esas secuencias se obtuvieron mediante la técnica de efectos fotográficos especiales Spectarama, atribuida a John Howard, consistente en sobreexponer varias veces la misma toma, desplazándola y aplicando distintos filtros de color. Se filmaron esqueletos humanos y vigas maestras de edificios en construcción para completar el efecto espeluznante. Otra ilusión científica de la visión potenciada.
El trasluz de una pluma puede respaldar la teoría ondulatoria o recrear la trasnochada emisión de rayos oculares. Todo se vuelve indistintamente válido cuando la voluntad de ver más allá se desentiende del conocimiento acumulado por la especie. En ese marco sólo hay margen para creer ciegamente en la verdad o porfiar contra la clarividencia del más fuerte. El fuego robado a los dioses produce esas pesadillas. La palabra —prerrogativa del hombre— abre el espacio de la conversación, más paciente y laboriosa, argumentativa o sensible, con un otro que igual puede seguir siendo un adversario. Ciertas películas de bajo presupuesto, los monos marinos y los anteojos de rayos X convocan nuestras fantasías más cautivantes para que el diálogo continúe.
Lecturas y postes que atender
Incluso los anteojos, duraderamente útiles como son, han estado sujetos a los caprichos de la moda. Hoy se los ve en ocasiones de oro, cosa que jamás vi en mi juventud; tampoco vi entonces a un solo joven con anteojos, ¡tan numerosos hoy! Un joven cegato o corto de vista consideraba entonces un verdadero descrédito ser tenido por tal. ¡Habría preferido chocar contra un poste de la calle seis veces al día antes que dejarse ver con anteojos! De hecho, en los remotos tiempos de antaño no se conocía el arte de usar anteojos con patillas. La anciana señora Shoemaker, que murió en 1825 a la edad de 95 años, decía que había vivido muchos años en Filadelfia antes de ver "anteojos con patillas" [temple spectacles], nombre que se daba entonces al nuevo invento, hoy tan común que ha perdido su rasgo distintivo. En su juventud, los únicos anteojos que había visto eran los llamados “anteojos de puente en arco” [bridge spectacles], sin sujeciones laterales y sostenidos sobre la nariz únicamente mediante el agarre del puente. Anteojos como estos se inventaron por primera vez en 1250. ¡Qué tiempos para aquellos con “ojos apagados por la edad” antes de esa época! Afortunadamente, entonces no tenían lecturas que atender.
John F. Watson
Anales de Filadelfia y Pensilvania en los tiempos de antaño
1887
20/20 de magia/poesía

A menudo me han preguntado: la poesía, ¿para qué sirve eso?
Con aire de decir, con sonrisa socarrona:
mi buen señor, no se tome usted tantas molestias;
con la televisión, el cine, el fútbol y la lotería, ¡ya tenemos lo que necesitamos!
Y yo no sabía qué responder,
porque la poesía ha sido siempre algo natural para mí,
como el agua del arroyo.
Pero he reflexionado mucho y hoy lo sé:
la poesía es como los anteojos.
Sirve para ver mejor.
Porque nuestros ojos ya no saben ver,
están cansados, gastados.
Créanme, toda esa gente que está a su alrededor
tiene los ojos abiertos y, sin embargo, poco a poco,
sin darse cuenta,
se está quedando ciega.
Sólo hay una solución para salvarla:
la poesía.
Es el remedio milagroso:
un poema y los ojos vuelven a ser nuevos.
Como los de los niños.
A propósito de los niños,
también tengo un consejo que dar:
las vitaminas A, B, C y D no son suficientes.
Si no queremos que, al crecer,
pierdan sus ojos mágicos,
hay que administrarles un poema al día.
Como mínimo.
Jean-Pierre Siméon
"La poesía es como los anteojos"
La noche respira
1987
* El caligrama —el poema cuya disposición tipográfica esboza la figura de unos anteojos— podría traducirse así: Soy los anteojos de sol / Veo todos los colores / Incluso verdes y no maduros / Disimulo los ojos amoratados / Oculto los ojos cerrados / Escondo los ojos / Filtro los UV
Hacer visible la visión

Mucho antes de que el oftalmólogo neerlandés Herman Snellen desarrollara, a comienzos de la década de 1860, una tabla optométrica basada en la visión veinte-veinte, la medida exacta de lo que constituía una visión “normal” o de qué hacía que un par de anteojos se correspondiera adecuadamente con las deficiencias visuales de un usuario determinado distaba mucho de ser precisa. Aun así, la eficacia de los anteojos evolucionó a la par del creciente profesionalismo de los ópticos que se especializaban en su fabricación y distribución. Sin embargo, a medida que aumentaba su disponibilidad, por cada par de anteojos correctamente prescrito por un óptico profesional había dos o tres comercializados por mayoristas, minoristas y vendedores ambulantes. Los anteojos convirtieron efectivamente la visión “normal” en una mercancía pero, al circular en ausencia de especialistas que los diseñaran y adaptaran, su producción, distribución y aplicación no reguladas complicaron los esfuerzos por establecer y mantener estándares visuales en vastas extensiones, con condiciones locales diversas y necesidades individuales. Para llegar a un público cada vez más amplio, varias empresas, como la de Benjamin Pike & Sons, que fue pionera y ejemplificó esta práctica, recurrieron a impresos de nuevo tipo para expandir tanto el mercado de sus productos como el conocimiento sobre la agudeza visual que pretendían proporcionar.
La cultura visual que promovía la incipiente industria de la fabricación y distribución de anteojos ilustraba y explicaba las propiedades de las ayudas visuales y desarrollaba las nociones de una visión correcta posibilitada por el uso adecuado de los anteojos. Grabados, textos impresos y avisos publicitarios contribuían a cultivar en los espectadores una valoración de la importancia de la visión para desenvolverse con éxito en la economía de mercado. Sin embargo, a medida que proliferaban las representaciones de los anteojos, fluctuaban los modos y los significados de la visión que manifestaban. Las pinturas al óleo en las que las figuras lucían anteojos, las estampas xilográficas y al acero de anteojos e instrumentos ópticos incluidos en catálogos comerciales y los exquisitos grabados caricaturescos hacían “visible” la visión que los anteojos proporcionaban. Al igual que los propios anteojos, estas formas visuales evidenciaban en el público de la época anterior a la Guerra de Secesión una acumulación de conocimiento sobre los mecanismos del ojo, el desarrollo tecnológico de los materiales y la pericia técnica; y la ilustración de la población alfabetizada, productiva y orientada al mercado, que, de pronto, los encontró necesarios para actividades tanto lucrativas como placenteras. Esas representaciones de los anteojos y de su utilidad establecieron una forma de la visión comercializada y convertida en mercancía y delinearon un conjunto de prácticas materiales destinadas a la creación y el mantenimiento de un ser ópticamente facultado. Pero las imágenes de los anteojos también plantearon nuevas preguntas acerca de su eficacia, fiabilidad y potencial peligrosidad cuando se los prescribía de manera incorrecta.
Peter John Brownlee
El comercio de la visión
La cultura óptica y la percepción en los
Estados Unidos anteriores a la Guerra de Secesión
2019
Una novedad antigua

Uno tiene la edad de sus anteojos...
Antiguos anteojos gruesos
con aro visible
Nuevos anteojos Nylor
con aro de nylon invisible
Al rejuvenecer sus anteojos,
el aro de nylon invisible rejuvenece su rostro.
Mañana, en su óptica, pruebe unos Nylor y descúbrase rejuvenecido ante el espejo. El secreto de la juventud de los Nylor, de su línea pura, nítida y moderna, es el aro de nylon invisible, que elimina los antiguos sistemas de sujeción, visibles y antiestéticos. Ahora, los cristales se sostienen mediante un hilo de nylon irrompible que se oculta alrededor de ellos y los une a la montura.
Más jóvenes y también más resistentes.
Los cristales están sujetos de manera “flexible” por el hilo de nylon. Ante un golpe, ceden sin romperse y luego recuperan por sí solos su posición óptica ideal.
Más jóvenes, en fin, porque son más prácticos.
Los Nylor despejan su visión a través de los cristales con gran superficie aprovechable al 100 %. Son tan livianos que no los siente. Se mantienen siempre limpios gracias a sus cristales completamente desnudos, sin tornillos encima, sin aro alrededor: nada retiene el polvo, nada engancha el paño.
El principio del aro de nylon invisible
La exclusividad de “Nylor”: un hilo de nylon rodea los cristales alojándose en una ranura practicada en todo su contorno y los une al armazón.
Sólo un óptico especializado es competente para montar y adaptar correctamente los anteojos Nylor. Chapado en oro: 4.500 francos.
Anteojos Nylor
con aro de nylon invisible
Société des Lunetiers
París
1956
La loca psicología del monóculo
—Pero, Billy, no puedo divertirme en Londres sin ti.
—¿Qué dices? ¡Serás un escándalo en Londres! Tendrás esos monóculos cayéndote en el regazo como flores.
—Oye, ¿qué tiene que ver este inglés con la chica de Billy?
—Creo que están comprometidos.
—¿Los conoces?
—A él lo reconozco cuando lo escucho: lleva un monóculo en la garganta.
Anything Goes
(1936, Lewis Milestone)
Las credenciales del óptico
Barnet, Hertfordshire
8 de marzo de 1808
Señor:
Estoy ahora en mi sexagésimo segundo año. A los cuarenta y siete años, mis ojos se encontraban en un estado tan débil, acompañado de dolor en el nervio óptico, en la parte posterior del globo ocular, que la luz del sol, la luz del fuego y la luz de las velas me resultaban tan penosas que con frecuencia me veía obligado a ir a una habitación donde apenas hubiera luz y permanecer allí un rato con los ojos cerrados, para que se recuperaran.
Asimismo, me aquejaba casi continuamente la aparición de una telaraña llena de manchas negras que se balanceaba delante de mi ojo izquierdo (que siempre ha sido el más débil) y, a menudo, también delante del derecho. Y no podía leer impresos ni escritos durante mucho tiempo sin que ello provocara el dolor ya mencionado en el nervio óptico, particularmente después de sufrir alguna decepción muy desagradable o alguna inquietud mental.
Acudí a los ópticos de mayor reputación de Londres en busca de anteojos pero nunca conseguí unos que no forzaran la vista y, por lo tanto, resultaran muy incómodos. Hasta que compré, por fortuna, el 21 de noviembre de 1806, un par de sus anteojos. Desde entonces he podido leer por largas horas sin dolor ni molestias. Las manchas negras, como las que he referido, rara vez aparecen en una medida apreciable y puedo afirmar con la mayor sinceridad que mis ojos están mucho más fuertes que antes de que tuviera la enorme satisfacción de contar con su ayuda.
Siendo yo mismo un firme partidario del bien de la humanidad, tiene mi permiso para darle a esta carta el uso que guste.
Su muy humilde servidor,
JOHN CORPE, cirujano, etc.
Bradberry's Patent Spectacles
332 Oxford Street, Londres
1815
Una fábula libertina en la que vuelan anteojos
¿En cuanto a este punto? Han oído ustedes decir que, en tiempos antiguos, el género humano tenía en el cuerpo una ventana, de modo que se podía leer muy cómodamente lo que había dentro, cosa muy útil para los médicos de entonces. Pero si era útil tener una ventana en el cuerpo, una en el corazón, por el contrario, no lo era. Sobre todo en las mujeres, pues ¿cómo habrían podido ocultar nada? Nuestra madre común, la señora Naturaleza, lo solucionó prudentemente mediante dos cordones de igual medida. Hombres y mujeres tuvieron por igual con qué cerrar semejante abertura.
A la mujer se la ciñó un poco demasiado reciamente. Fue culpa suya, ella misma se lo causó; por no estar nunca, a su gusto, suficientemente cerrada. Al contrario del hombre. Y la punta del tejido dejó a la Naturaleza perpleja con él. En suma, el cordón no se pudo ajustar a uno y otro sexo y resultó, según se dice, corto para las mujeres y un poco largo para los hombres.
Ahora es fácil adivinar qué fue lo que ató nuestro joven imprudente: ese sobrante, ese resto de máquina, la punta del cordón en los hombres excedente. Con un trozo de hilo lo sujetó, de manera que todo parecía tan plano como en las monjas. Pero ni hilo ni seda son freno bastante fuerte para contener aquello que, me temo, pronto escape. Tráiganme santos, tráiganme ángeles, si quieren: les tendré por criaturas extrañas si veinte monjas como las que se veían entonces no les hacen encontrar cuerpo a su espíritu. Me refiero a monjas que poseían todos los tesoros de aquellas tres hermanas de las que se hace servir la hija de las aguas; encantos parcos y orgullosos, que el sol sólo contempla en el Nuevo Mundo, porque no se muestran en éste.
La priora llevaba anteojos sobre la nariz, para no juzgar el asunto a la ligera. Alrededor estaban de pie las veinte monjitas, con un hábito que aparentemente los sastres del convento no habían hecho. Imagínense el caso que se le planteó al señor, no hace falta decirlo. Las matas de lirio, la proporción de los cuerpos, los encantos secretos, la redondez y la piel fina, las tetas firmes: semejantes resortes hicieron pronto mover la máquina. Ésta escapó, rompió el hilo de golpe, como corcel que rompiera su brida, y saltó directo a la nariz de la priora, haciendo volar los anteojos hasta el suelo. Faltó poco para que se viera caer a la “anteojera”.
Jean de La Fontaine
“Los anteojos”
Cuentos y novelas en verso
1665
La conjura del conejo

Ricardo Liniers Siri
Macanudo
Más historia(s)...
















