
Sombrero giratorio, que con un ligero toque presenta a su usuario un monóculo, un cigarro, una cajita de perfumes, unos anteojos, una trompeta para la audición, etc., sin la intolerable molestia de sostenerlos.
Publicado en Londres en 1830, este grabado coloreado con acuarelas forma parte de La vida hecha fácil, una serie de doce láminas dedicadas a la Sociedad Utilitaria por Robert Seymour (1798-1836) —el autor famoso por las ilustraciones de The Pickwick Papers de Charles Dickens—. Una copia de este jocoso “Revolving Hat” se conserva en la Wellcome Collection, un museo y librería de Londres cuyo propósito declarado es desafiar la forma en que pensamos y sentimos la salud.
El chiste acerca de la molestia de sostener los anteojos revela una realidad histórica que quizás hoy soslayamos por resultarnos totalmente ajena. Durante siglos, el exclusivo apoyo de los lentes fue la nariz. Recién a mediados del siglo XVIII se idearon unas prolongaciones laterales que se ajustaban a las sienes o a las pelucas, de moda en ese entonces. Progresivamente, ese primer esbozo de patillas se fue alargando hasta que se descubrió que podían apoyarse delicadamente en las orejas. Pero antes de que esa solución terminara por imponerse, en el devenir de la dilatada vida de los anteojos, se propusieron otras alternativas. En enero de 1797, el óptico londinense Dudley Adams (1762-1830) —a cargo ya del establecimiento de Fleet Street fundado por su padre George— patentó un artilugio que recuerda al que Robert Seymour fantaseó con sorna unas décadas después. La concesión número 2155 le otorgó a Adams los derechos por “sus anteojos de nueva invención, basados en un principio enteramente nuevo, mediante el cual se elimina toda presión sobre las sienes y la nariz, que han de fabricarse en caparazón de tortuga, cuerno, marfil, hueso, madera, carey, nácar, cuero, hierro, acero, latón, cobre, oro, plata, metal o cualquier composición que fuere.”
El artefacto constaba de una banda para sujetarse alrededor de la cabeza, de la que descendían dos armazones de soporte para los lentes. Éstos podían abatirse y moverse en sentido vertical u horizontal, ajustándose tanto a la altura de los ojos como a la distancia interpupilar.

La invención de Dudley Adams no parece haber merecido gran aceptación. Quizás ese hecho, su excentricidad respecto del desarrollo tecnológico dominante, la sitúa muy cerca de un objeto ficticio estrafalario como el sombrero giratorio de Robert Seymour, que exageraba hasta el absurdo la comodidad —por otra parte relevante, en aquel contexto— que en verdad brindaba.
Anteojistas vacuos
Dudó por algún tiempo si llevaría anteojos, cosa que le parecía a él daba infinita autoridad al predicador, y añadía gran peso y una maravillosa eficacia a lo que decía; pensamiento que le tuvo inquieto la noche precedente, en que no fue posible pegar los ojos, que no pudiendo echarle de sí, despertó a su amigo fray Blas (porque dormían juntos en una cama) y le consultó esta duda. Pero fray Blas, que por aquella vez tuvo más juicio del que acostumbraba, se rio mucho de su ofrecimiento, diciéndole que los anteojos en un mozo, aun cuando tuviese alguna necesidad de ellos, lo que rara vez sucedía, era la cosa más ridícula del mundo, y que así los hombres de juicio como los bellacos hacían gran burla de aquella afectación, bastando ver a un rapaz muy armado de sus gafas para que todos le tuviesen por mozo de poco seso.
—Aun en los anteojos habituales de los viejos —añadió fray Blas—, son muy pocos los que creen; porque son muy pocos los que los necesitan a pasto, y más desde que se ha observado que en las religiones regularmente se echan esta gala aquellos sujetos de media braga que estuvieron consultados para perpetuo coro o cosa equivalente, y después o por empeños o por paisanaje, o en fin porque los hallaron con una arrastrada medianía, los destinaron a una de las dos carreras del púlpito o de cátedra cumpliendo con ellas entre si basta o no basta, y a sal aquí, traidor. Éstos son por lo común los mayores y los más perdurables anteojistas, vanamente persuadidos a que pueden suplir con los accidentes lo que les falta de substancia, y pretendiendo persuadir a otros que su continua aplicación a los libros los quebrantó la vista. Pocos hombres hay de los verdaderamente sabios y aplicados que usen de este mueble, sino cuando realmente le han de menester, que es para escribir y para leer; y así, amigo fray Gerundio, déjate de locuras y déjame dormir.
José Francisco de Isla
Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas alias Zotes
1758

Un caballero de la Orden de Santiago, óleo de alrededor de 1638 de José de Ribera (1591-1652), llamado “Lo Spagnoletto”, pues, aunque desarrolló su carrera en Roma y Nápoles, había nacido en Valencia. Del cuello del caballero cuelga una venera con la cruz de la Orden y exhibe la distintiva banda carmesí cruzada sobre el pecho, el bastón de mando de general en la mano derecha y la espada en la izquierda. Dentro de esta profusión barroca de símbolos, por algún motivo se ha considerado significativo que también llevase puestos sus anteojos de arco —técnicamente, dos aros unidos por un puente alto y curvo—, cuyos cristales aportan sendos destellos de luz y aumentan a nuestros ojos el tamaño de los suyos.
La complementariedad de esos atributos queda espléndidamente dilucidada en un pasaje que escribió por aquellos años otro caballero del Hábito de Santiago, don Francisco de Quevedo Villegas: “En los más ilustres y gloriosos capitanes y emperadores del mundo, el estudio y la guerra han conservado la vecindad, y la arte militar se ha confederado con la lección. No ha desdeñado en tales ánimos la espada a la pluma. Docto símbolo de esta verdad es la saeta: con la pluma vuela el hierro que ha de herir”.
Dioses, extraterrestres y antiparras

Figura maya de arcilla encontrada en Zapotal, Veracruz, datada entre 600 y 900 d.C., dentro del período denominado clásico tardío, y que se halla en el Museo de Antropología de Xalapa. El esbelto personaje —atlético— lleva puesto, entre otros elementos que parecen de protección, lo que se podría describir como unas antiparras. Pero ¿qué función tenían en verdad? ¿Se trata de un guerrero? ¿Es un jugador de pelota? ¿O son más bien atributos de vinculación con un poder sobrenatural? Sean lo que hayan sido, siglos antes de que se inventaran los anteojos, estos accesorios oculares se encuentran abundantemente en la arqueología de la costa del golfo de México y la zona maya.
Dos serpientes enroscadas, formando anillos en torno a los ojos, son las señas de identidad de Tláloc, la deidad mexica asociada con la lluvia y los fenómenos atmosféricos que favorecen la agricultura. Originaria de Teotihuacán, fue adoptada por los mayas bajo el nombre de Chaac. Unos anteojos análogos a esos atributos del dios de las aguas, fabricados con conchas marinas, se han encontrado en contextos funerarios, en restos humanos enterrados con sus armas.
La iconografía de Tláloc aporta sustento a la interpretación en un sentido religioso de los anteojos del antiguo México pero su presencia entre las reliquias de los guerreros abre conjeturas quizás divergentes. Y resulta precipitado descartar alguna función práctica que desconocemos cuando se consideran otros hallazgos. En el Museo Amparo de Puebla se conserva una figura de barro hueca que sirve como aerófono —una flauta globular—, supuestamente procedente del norte de Yucatán, que representa a un individuo regordete —nada atlético—, con armadura acolchada, orejeras con plumas y, sobre la frente, unas enigmáticas formas como de antiparras.


Jactancia y descortesía oftalmológicas
Es sabido que Goethe no siente ninguna simpatía por los anteojos.
—Es quizá una originalidad mía —me dijo en más de una ocasión— pero no puedo con ellos. En cuanto entra un amigo con sus gafas asentadas sobre la nariz experimento un malestar que no me permite sentirme dueño de mí mismo. Me molesta de tal manera que desde que aquel individuo pisa el umbral desaparece al punto una gran parte de mi benevolencia y mis pensamientos se alteran de tal manera que no cabe pensar en un desarrollo de mi mundo interior de una manera natural y desembarazada. Siempre experimento la sensación de un acto poco cortés, como si el forastero que entra me lanzase de buenas a primeras una grosería. Y esta sensación se ha hecho más viva desde que hace años anda por el mundo escrito por mí y en letras de molde lo fatales que me resultan los anteojos. Por lo tanto, si entra un amigo con ellos puestos pienso: “Éste no ha leído mis últimas poesías”… y tal idea ya es una desventaja para el recién llegado; o supongo que conociéndolas y no ignorando esta particularidad mía le importa poco… lo cual es mucho peor. El único hombre que no me molesta con gafas es Zelter; en todos los demás me parecen algo fatal. Me hace siempre el efecto de que los anteojos son un instrumento que ha de servir a los extraños para penetrar con sus miradas, armados de esta guisa, en mi interior más secreto y para acechar la más pequeña arruga de mi rostro; y al intentar estos extraños conocerme de tal manera destruyen de hecho la igualdad entre nosotros, ya que me privan en justa correspondencia que yo les conozca de la misma manera. ¿Qué debo pensar, por lo tanto, de unos hombres que cuando me hablan no les puedo mirar a los ojos porque llevan el espejo del alma oculto por el brillo de dos cristales cegadores?
—Alguien ha pretendido —añadí— que llevar anteojos da un aire de suficiencia, ya que elevan al individuo a un grado de perfección sensorial muy por encima de sus posibilidades reales y ésta es la causa de que se infiltre en los que llevan anteojos la idea de que esa fuerza artificial es un don de su propia naturaleza.
—Esta observación es muy hábil —repuso Goethe— y parece propia de un estudioso de la naturaleza. Pero bien examinada no se sostiene. Pues si las cosas fuesen realmente de ese modo todos los ciegos tendrían que ser gente muy modesta y los que tuviesen buena vista, jactanciosos y suficientes. Y sucede precisamente al contrario, ya que los hombres bien dotados tanto en lo físico como en lo moral son los más modestos y los deficientes, sobre todo en lo espiritual suelen generalmente ser los más orgullosos. Parece como si la buena madre naturaleza inspirara jactancia y orgullo a todos los que quizá con una finalidad superior han quedado retrasados, para así completar y equilibrar conciliadoramente las cosas. Por otra parte la modestia y el orgullo son valores morales y tienen poco que ver con el cuerpo. El orgullo se encuentra en los espíritus limitados y jactanciosos pues en los que tienen un espíritu claro y poseen grandes dotes no lo hallamos jamás. En éstos a lo sumo encontramos un alegre sentimiento de su propia fuerza. Pero como esta fuerza es real, su sentimiento está muy lejos de la jactancia.
Johann Peter Eckermann
Conversaciones con Goethe
1836

Autorretrato del británico Carel Weight (1908-1997) a los veintidós años, con anteojos, un desnudo y flores.
Verde embeleso de la vida humana,
loca Esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;
alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado;
el hoy de los dichosos esperado
y de los desdichados el mañana:
sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por antojos,
todo lo ven pintado a su deseo;
que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.
sor Juana Inés de la Cruz
Sonetos
1651-1695

Adelina Patti (1843-1919) aparece en una de sus muchas imágenes promocionales —una fotografía albuminada de 1874— con unos pince-nez o quevedos, un accesorio femenino muy apreciado por entonces. Fue la soprano más exitosa de su época. Había nacido casualmente en Madrid, de padres italianos, también cantantes líricos, pero se estableció poco tiempo después en Nueva York, donde inició su carrera. En el Covent Garden de Londres alcanzó su consagración como la gran diva operística del momento. Le siguieron aclamadas giras europeas y americanas. Cantó para Napoleón III, para el kaiser Guillermo y para el presidente Abraham Lincoln en la Casa Blanca. En 1888 y 1889 se presentó en el Teatro Politeama Argentino de Buenos Aires, en el marco de su periplo sudamericano. Su excepcionalidad artística y su sagacidad empresarial le permitieron recaudar cachets astronómicos y llevar un estilo de vida propio de la realeza. Adquirió el castillo Craig-y-nos en Gales y construyó allí un teatro privado para 150 personas, recreando La Scala de Milán. En ese lugar llegó a plasmar algún registro fonográfico de su voz, aunque ya en una edad avanzada. Hoy nos queda apenas columbrar su esplendor juvenil, engalanado tras unos exultantes quevedos.
Un buen matrimonio
o la tozuda determinación de no usar anteojos
Una pequeña idea se me ocurrió el otro día para un cuentito que Maupassant hubiera llamado Les lunettes, aunque temo que The Spectacles no funcionará. Una mujercita muy bonita, muy hermosa, consagrada a su belleza —que aprecia, valora y goza más que cualquier otra cosa en el mundo— está en riesgo. Se encuentra en efecto ciertamente afligida por una enfermedad en los ojos por la que consulta a los oculistas. Hace largo tiempo que la padece y le han dicho que debe usar cierta clase de grandes anteojos robustos, nada favorecedores, con una barra transversal, etc., si quiere preservar su vista. (Ligera idea de esto me la dio el ver a una mujer muy bonita con anteojos el otro día en el piso superior del ómnibus). Ella ha sido incapaz de afrontar esta desfiguración. Ha evitado y eludido la imposición —usándolos sólo en secreto y a veces cambiándolos por gafas comunes, etc.— y ha empeorado. Ella adora su belleza y ésta tiene otros adoradores. La historia debe ser contada por una tercera persona, como si fuera un espectador, un observador. Él conoce el caso —la vio a ella por primera vez en lo del oculista al que él había ido para sí mismo—. En cualquier caso él es testigo de sus relaciones con un joven adorador, a quien ella ignora, menosprecia y, du haut de son orgeuil et de sa beauté, trata como si no fuera digno de su atención. Él debe ser feo, más bien ridículamente feo, y nada extraordinario en otros aspectos. Entonces ella debe adoptar los anteojos y desfigurarse. Ella debe haber sido una mujer casada, separada de su esposo. O ella puede estar casada —¡esto es mejor!— con un hombre rico ante quien mantiene su afección en secreto. ¿No será para atraparlo, para echarle el lazo, por lo que la oculta? Ella teme perderlo si le deja saber cómo podría quedar afectada e inhabilitada en el futuro. Él se casa con ella —¿o no? ¿la abandona al final ante una sospecha?— y lo que yo veo como narrador es a una pobre ciega desvalida —pero aún hermosa en su ceguera— con el viejo amante rechazado y despreciado, ahora tiernamente consagrado a ella, dedicándole la vida; en pocas palabras, como corresponde, se ha casado con ella. Creo que se debe hacer que ella pierda al amante preferido, lo pierda a último momento por atisbar él accidentalmente el destino de ella, y quedar sola y sin fortuna, con aquella fatalidad mirándola a los ojos.
Henry James
"26 de junio de 1895,
34 De Vere Gardens, Kensington, Londres"
Cuadernos de notas
(1878-1911)
Un museo de gafas perdidas
En 1953, durante unos trabajos de restauración en el convento luterano de Wienhausen —cerca de Celle, Baja Sajonia—, al levantarse el entarimado de la capilla de las monjas se encontraron entre el polvo numerosos objetos que se habrían deslizado por entre las hendijas desde el siglo XIV en que se construyó. Además de folletos de oraciones y cánticos, imágenes sagradas, cuchillos o husos de hilar (el lugar es famoso por sus tapices), se descubrieron allí las gafas de remache más antiguas que jamás se hayan encontrado.

Con un valor de dioptrías de entre 2,25 y 3,75, sus cristales habrían sido fabricados en Venecia y están montados en aros de madera de boj o cuero, con manguitos articulados en el extremo por el remache, a modo de puente. Estos tempranos anteojos medievales están exhibidos junto a los maravillosos tapices —para cuya confección habrán sido útiles— en un pequeño museo que tiene el convento.


Impertinentes para el presuntuoso
—¡Que el cielo me asista! —grité, en el instante mismo en que el puente de los anteojos se hubo posado en mi nariz—. ¡Dios mío! ¿Qué les ocurre a estos cristales? Y, luego de quitármelos rápidamente, me puse a limpiarlos con un pañuelo de seda y me los ajusté otra vez. Pero si en la primera ocasión había ocurrido algo capaz de sorprenderme, esta vez la sorpresa se transformó en estupefacción, y esta estupefacción era profunda, extrema... y bien puede calificarse de espantosa. En nombre de todo lo horrible, ¿qué significaba esto?
Edgar Allan Poe
Los anteojos
1844

Las cuatro versiones de Retrato de un hombre con anteojos, de 1963, de Francis Bacon (1909-1992). El especialista en la obra del artista británico Martin Harrison, editor de su catálogo razonado completo, indica como modelos verosímiles para la serie las fotografías de James Joyce o Mahatma Gandhi que Bacon tenía en su estudio. Pero también menciona como muy posible referente al cirujano oftalmológico Patrick Trevor-Roper, que trató el astigmatismo del pintor. Bacon no usaba anteojos en público pero sí en su taller y compartió con su ilustre amigo oculista la frecuentación del ambiente gay del Londres de aquellos años.
Patrick Trevor-Roper (1916-2004) fue un destacado oftalmólogo, filántropo y activista por los derechos de los homosexuales, una de las primeras personalidades en revelar su orientación sexual. En 1955 su testimonio se contó entre los únicos tres ante el comité Wolfenden, designado por el gobierno británico para revisar las leyes sobre homosexualidad y prostitución. Además lo habría hecho no por estar sujeto a ninguna acusación sino para respaldar a otro de los comparecientes convicto del supuesto delito. En ese marco declaró que la mayoría de los gays llevaban una vida regular, que no representaban ninguna amenaza, que no padecían una enfermedad específica, que muchos de ellos sufrían aislamiento y depresión, con eventualidad de suicidio, debido a la homofobia imperante, y que sumado a todo eso la prohibición legal propiciaba numerosos chantajes, de los que había recolectado evidencia. El informe Wolfenden recomendó finalmente despenalizar “el comportamiento homosexual en privado y entre adultos”, cosa que ocurrió recién en 1967. En los 80, durante la epidemia de SIDA, Trevor-Roper participó en el establecimiento de The Terrence Higgins Trust, la principal organización de ayuda a los afectados en el Reino Unido.
Desarrolló su tarea profesional en los hospitales Westminster, Moorfields y King Edward VII así como en el consultorio privado. Pero en paralelo estableció en Adís Abeba, la capital de Etiopía, un hospital oftalmológico y coordinó desde la Royal Commonwealth Society for the Blind la apertura de centros similares en Sierra Leona y Lagos, Nigeria. Fue editor por 38 años de la revista Transactions of the Ophthalmological Society, que se llamó luego simplemente Eye. Se opuso a las manipulaciones pseudocientíficas de los laboratorios farmacéuticos así como al monopolio de las ópticas en la venta de anteojos ya que consideraba que liberalizar el comercio de gafas con graduaciones sencillas, sin receta, contribuiría a bajar los precios para ampliar su uso. Se dice que aparentemente el gremio de los ópticos lo perdonó, ya que siempre asistió a sus cenas anuales.
Publicó varios libros de su especialidad pero el gran público lo conoció sobre todo por El mundo a través de una vista mitigada. Una indagación sobre la influencia de la visión defectuosa en el arte y el carácter (1970), que relacionaba la obra de diversos artistas a lo largo de la historia con condiciones visuales como la miopía, el astigmatismo, el estrabismo, el daltonismo, el glaucoma o las cataratas.
Su extenso círculo de amigos incluía a notables de la cultura como el compositor Benjamin Britten, los escritores Angus Wilson y Christopher Isherwood o las actrices Julie Christie y Helena Bonham-Carter. Y el pintor Francis Bacon, quien ha declarado que en su obra siempre representó su propia psiquis. No sabemos si el modelo que posó para los cuadros del hombre con anteojos fue quien se los recetaba al artista. De todos modos vale la pena destacar la figura de Patrick Trevor-Roper, un oftalmólogo que “disfrutaba desafiando los prejuicios sociales a su alcance”, como él mismo escribió. Quizás con similar efecto liberador, Francis Bacon gustaba de capturar en su obra los perturbadores impulsos básicos que alientan en nuestro interior.
Gafas de castigo

El hermoso edificio gótico del Ayuntamiento de Oudenaarde, 60 kilómetros al oeste de Bruselas, tiene en lo alto de su campanario una figura escultórica dorada que representa, según la tradición, al mítico guardián de la ciudad, Hanske de Krijger o Hanske el guerrero. Con aspecto de soldado español, lleva en su mano derecha el estandarte local con unas curiosas gafas de puente arqueado añadidas por encima. Estos anteojos característicos se convirtieron en el emblema y el logo del municipio, famoso por el ciclismo y por la producción histórica de tapices y cerveza.
Allí nació en 1522 nació Margarita de Parma, la hija de Carlos I de España, Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico, soberano de los Países Bajos, y su amante lugareña Johanna Maria van der Gheynst. El Ayuntamiento, hoy patrimonio mundial de la UNESCO, fue construido poco tiempo después, entre 1526 y 1537, por el arquitecto Hendrik Van Pede. Sobre estos antecedentes la inventiva popular ha fabricado un relato que da sentido a las misteriosas gafas que coronan el estandarte en el extremo de la torre.
Cuenta la leyenda que en cierta ocasión Hanske había bebido demasiada cerveza como para poder cumplir cabalmente su función de vigía. De hecho, estaba dormido cuando llegó el emperador ante las murallas del centro urbano. Ofuscado porque no se le abrían las puertas, Carlos V exigió luego que se agregaran en el escudo de armas de la ciudad, como castigo y recordatorio, para que en adelante se le viera con la atención que su dignidad merecía, aquellas viejas gafas de arco.

Sombras de miramiento

Me diste un regalo
El papel era azul y verde
Lo abrí con ganas
Son los mejores lentes de sol que jamás haya visto
Puedes ser mi novia
Por siempre y un día más
Nunca creí valer mucho
Ni que alguien pudiera tratarme así
No soy
La clase de chico
Que se viste como un rey
Y un par de lentes de sol realmente buenos
Lo son todo para mí
Y la luz que encandila mis ojos
Brilla desde ti
Me hace venir en la noche
Me hace nadar de placer
Me gusta este dolor
Me gusta este espejo
Me gustan estos lentes de sol
Pude haber tenido problemas
Podría no haber salido nunca adelante
Otros chicos están en dificultades
Ellos no escucharían a una chica como tú
Estos lentes de sol indican algo
Me juego que costaron mucho
Espero no romperlos
Espero que no se rompa lo nuestro
Iggy Pop y David Bowie
"Shades"*
Blah Blah Blah
1986
Anteojos para la democracia

Instantánea de la reacción elocuente de un herrero —aún con sus anteojos puestos— ante lo que acaba de leer en el periódico. No menos ciudadano que trabajador de un oficio tradicional, la igualdad política le adjudica un papel en el debate público de la democracia pluralista. Este cuadro de 1867 se llama Política en el taller y su autor es Thomas Waterman Wood (1823-1903). La peripecia vital e intelectual del pintor revela una época y un mundo con múltiples derivaciones que aún nos conciernen.
Nacido en Montpelier, la pequeña capital del estado de Vermont, se apartó de la carpintería de su padre para formarse en bellas artes. Ya retratista profesional, contrajo matrimonio, viajó por Europa y se estableció en Nueva York. No obstante, alternó siempre su residencia en la gran ciudad con la casa que construyó en su terruño, que aún se conserva con su característico estilo rural gothic. Abolicionista, la Guerra Civil lo sorprendió tras las líneas enemigas, como pintor itinerante por los estados rebeldes de Alabama y Tennessee, aunque logró esquivar el reclutamiento. La experiencia lo marcó profundamente, como a la vida americana en su conjunto.
Meses después de ratificada la Decimotercera Enmienda que abolió la esclavitud y del fin de la guerra, pintó en 1866 una serie de tres cuadros que representaban un abanico de situaciones vividas a partir del conflicto por un joven afroamericano. Se titulan El contrabando, apelativo con que se identificaba a los esclavos fugados del sur que se unían a las tropas de la Unión; El recluta, ya uniformado, orgulloso, con el fusil al hombro, y El veterano, que ha perdido una pierna pero saluda íntegro con la venia militar.
Un cuadro de género de unos años antes, El vendedor de periódicos de Baltimore (1858) se considera la primera representación pictórica de un negro libre en el arte de Estados Unidos. La acuarela de 1867, Ciudadanos americanos (a las urnas), celebra el multiculturalismo de una fila de votación en la que se identifican a un yankee, un irlandés, un alemán y un negro notoriamente entusiasmado ante su primera experiencia en los comicios.
El coraje cívico de Waterman Wood se expresa a través de su realismo artístico. Cierto didactismo, que es propio del método, concilia muy adecuadamente con la confianza en el progreso de la joven república, fortalecida por el duro aprendizaje del trauma bélico, que contribuyó a mitigar los fanatismos y el sectarismo faccioso.
En la constelación de ideas prevalecientes a mediados del siglo XIX se asignaba a la prensa una misión fundamental en favor del asociacionismo y del estímulo de las costumbres cívicas que previenen el despotismo y vivifican la democracia. Como escribe Alexis de Tocqueville en la segunda parte de La democracia en América (1840):
Un periódico es un consejero al que no es necesario ir a buscar, sino que se presenta por sí mismo y nos habla cada día y con brevedad del asunto común, sin perturbar nuestros asuntos particulares.
Los periódicos resultan, pues, más necesarios a medida que los hombres se hacen más iguales y más temible es el individualismo. Sería disminuir su importancia creer que sólo sirven para garantizar la libertad: ellos mantienen la civilización.
Bartolomé Mitre extendía en igual sentido ese rol esencial. En una cita atribuida a Lamartine que encabeza su artículo “Profesión de fe”, publicado en Los Debates —el primer periódico que fundó en Buenos Aires en 1852, tras la batalla de Caseros—, formulaba:
Cada época tiene una pasión que la caracteriza y la domina: condición de vida si llega a ser bien comprendida, condición de muerte si es desconocida. La gran pasión de nuestros tiempos es la pasión del porvenir, es la pasión de la perfectibilidad social. El instrumento de esta pasión de actualidad del mundo moral es la prensa, primer instrumento de civilización en nuestros días. La prensa ha salido del dominio de la legislación, ha cesado de ser un derecho político y se ha convertido en una facultad, en un nuevo sentido, en una nueva fuerza orgánica del género humano, su única palanca para obrar sobre sí mismo.
Correlativamente, los anteojos se habían manifestado desde la invención de la imprenta como unas herramientas útiles a la vez que emblemáticas de la lectura. Su difusión masiva en consonancia con la de libros y publicaciones periódicas fue una condición necesaria para el desarrollo virtuoso de una sociedad democrática pujante y progresista. Hombre de su tiempo, Thomas Waterman Wood puso su pincel al servicio de esa causa.
Sus cuadros de género, aquellos que no retratan a una persona en particular sino a un personaje anónimo en una escena de la vida social, transmiten la visión de un mundo heterogéneo y en proceso de construcción, cargado de posibilidades y ligero respecto de las condicionalidades del pasado. Un episodio de la vida cotidiana se repite en varios de los trabajos del artista: la representación de lectores entusiastas con anteojos, un motivo que se constituye en indicio del futuro común al que apuesta la obra de Waterman Wood.

En Leyendo The Gazette (1885), la elegancia de tonos intensos del lector afroamericano no disimula el notorio desgaste de su sombrero. El título posiblemente aluda a un periódico editado con ese nombre por la North Carolina Industrial Association, una organización de activistas negros cuyo propósito declarado era “alentar y promover el desarrollo de los recursos industriales y educativos de la gente de color”.
Una inquietud similar por los asuntos de la comunidad muestra el hombre de larga barba blanca —reminiscente de la de Lincoln— que lee los Resultados electorales (1881).
El vendedor ambulante de manzanas y globos de Descuidando el negocio (1886) está tan abstraído con la lectura del diario que no se percata de los solícitos pequeños compradores que lo requieren, dos niñas rubias y un niño negro. Tamaña atención a la cosa pública no alcanza a ser eclipsada por la necesidad del sustento, parece alegar la obra. En términos de la tradición republicana clásica, la virtud política prevalece sobre el interés privado. Pero la intención jocosa de la escena sugiere otra interpretación más moderna: el entusiasmo por los asuntos comunes corre el riesgo de interferir en los particulares.
Las resonancias simbólicas del tópico de la lectura trascienden incluso el horizonte de la coyuntura inmediata.

La acuarela Leyendo las Escrituras (1874) estampa el momento cautivante en que un anciano afroamericano parece haber decidido hacer un alto en la tarea —el balde y la escoba del fondo denotan esa dimensión del trabajo— para calzarse sus anteojos y leer un voluminoso ejemplar de la Biblia, siguiendo las líneas con el dedo. Una imagen de costumbres cargada de implicancias acerca del pasado, de las condiciones de la existencia presente y de lo por venir.
En su conjunto, la obra de Thomas Waterman Wood expresa una configuración vital —de una cultura y una sociedad— que sugería perspectivas civilizatorias fascinantes a las nacientes repúblicas de todo el continente. Y, una vez más, los anteojos, impregnados de ese contexto, se cargaban de significados inéditos, que aún parecen encontrar eco en el propio autorretrato del pintor.

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