
El 11 de septiembre de 1967, Miljenko Barić, capitán de un barco que trasladaba turistas en la costa dálmata de la entonces Yugoslavia, mostró a un grupo de especialistas en Zadar varios objetos de interés arqueológico hallados por recolectores de esponjas cerca del islote rocoso de Gnalić, a 3,3 millas náuticas de Biograd na Moru. Entre los pescadores de la isla de Murter se hablaba de los restos de un naufragio en ese punto del Adriático desde principios de la década, cuando —se decía— fueron descubiertos por uno de ellos, Celestin Pleslić, apodado “Šele”. Circularon rumores de que buceadores belgas habían expoliado el sitio, llevándose una importante colección.
Apenas tuvieron noticia del hallazgo, el profesor Ivo Petricioli (de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales) y Valentin Uranija (director del Museo Nacional) viajaron desde Zadar para establecer la ubicación precisa del yacimiento, con la guía de los recolectores de esponjas, quienes sacaron a la superficie una bolsa con diversos objetos y hasta un pequeño cañón de bronce. Pocos días después, la novedad llegó a los periódicos: “Galera del siglo XVI, ¿buque mercante o nave pirata?”
Antes de que se cumpliera un mes, un equipo coordinado por Petricioli y la experta en conservación Ksenija Radulić (del Departamento de Protección de Monumentos Culturales), asistido por la Marina Yugoslava e integrado por arqueólogos, historiadores del arte y voluntarios de un club de buceo de Šibenik, recuperó lo que se hallaba en la capa superficial del sitio: ocho cañones, dos anclas de hierro, gran cantidad de objetos de vidrio y metálicos, partes de candelabros de latón y un arcón revestido de hierro que se convirtió en el foco de atención de los periodistas.
Pocos días después el cofre se abrió en el Museo de Zadar y la fascinación de los especialistas fue equiparable a la decepción de los medios: de la masa de fango que contenía, Radulić extrajo ocho gorros de lana, tres camisas de lino, una pequeña caja de madera con una balanza de precisión y 54 metros de damasco de seda teñido de púrpura con motivos florales.
Los hallazgos del naufragio constituían un verdadero tesoro en el ámbito de la historia cultural —la carga intacta de un mercante antiguo colmado de cestas, cajas, cofres y barriles— y, gracias a ello, un grupo de personas de origen y formación diversa daba sus primeros pasos en el campo de la arqueología submarina.

Con creciente rigor metodológico, las sucesivas campañas de ese año y el siguiente tendieron cuadrículas de cuerdas en el lecho marino, a unos 25 metros de profundidad, y tomaron croquis y fotografías durante los trabajos de exploración y rescate. En 1970, un primer artículo científico, fruto del procesamiento de los objetos recuperados, destacaba la importancia del sitio. En 1971 se habilitó un Museo del Patrimonio Local en Biograd para almacenar y exhibir —con la disposición a cargo de Sofija Petricioli, la esposa de Ivo— los restos del naufragio de la isla de Gnalić.
Las limitaciones presupuestarias no permitieron avanzar sino esporádicamente en las investigaciones. Recién en 1972 y 1973, un equipo liderado nuevamente por Radulić, junto a Marijan Orlić, abrió trincheras para explorar estratos más profundos y encontró gran cantidad de vasos de vidrio desperdigados en una vasta área hacia el sudoeste.
En 1972 la Televisión de Belgrado produjo "La galera de Gnalić", un documental de la serie Secretos del Adriático en el que el especialista en conservación de la madera Božidar Vilhar aparece trabajando en uno de los conjuntos de objetos más sorprendentes recuperados del fondo del mar. Para especialistas como él, representaba otro tesoro por lo extraordinario del hallazgo: un cargamento de anteojos de cuero.

Entre las mercancías perdidas en el naufragio se encontraron 432 pares de anteojos con puente en arco y armazón de cuero decorado con franjas en relieve. Estaban distribuidos a razón de doce unidades en ocho cajas pequeñas de madera y de veinticuatro unidades en otras catorce más grandes, guardadas todas juntas dentro de un contenedor del mismo material. Algunas de las lentes mejor conservadas tienen una potencia refractiva de +3,0 a +3,5 dioptrías, según ha establecido Vjekoslav Dorn —oftalmólogo e investigador de la Universidad de Zagreb, autor de varios trabajos sobre historia de los anteojos en Croacia—. El contenido de potasio en el cristal sugiere una procedencia alemana.

Durante los siglos XVI y XVII, el cuero parecen haber sido el material predominante en la fabricación de los armazones para anteojos —junto con el cuerno—. Según conjetura el historiador Vincent Ilardi en La visión renacentista. De los anteojos a los telescopios (2007), en la manufactura se utilizaba la técnica del cuir bouilli (“cuero hervido”), ampliamente difundida desde la Edad Media:
Los trozos de cuero deben hervirse en cera mezclada con resina y cola. Una vez hervido de esta manera, el cuero conserva, mientras permanece húmedo, suficiente flexibilidad para poder ser moldeado; y cuando se seca adquiere una dureza y rigidez casi iguales a las de la madera, a la que aventaja por su ligereza. Como el cuero húmedo se dilata, las lentes, cuidadosamente ajustadas a la medida, pueden colocarse en la montura mojada, que al secarse se contrae y las sujeta firmemente.

Al ponderar la relevancia del hallazgo en el mar Adriático, Neil Handley, conservador del MusEYEum —el museo de la British Optical Association—, declaró: “Antes de descubrirse este naufragio sólo se habían identificado unas pocas docenas de ejemplares de anteojos de cuero en museos y colecciones privadas de todo el mundo”. Uno de esos objetos excepcionales pertenece a Roberto Vascellari, óptico y coleccionista veneciano, quien lo conserva en su estuche original.

Los anteojos hallados en el naufragio, por haber permanecido sumergidos en condiciones anaeróbicas, se conservaron mejor que en cualquier otro ambiente, que habría acelerado su descomposición. Esta circunstancia fortuita contribuyó a ampliar la exigua evidencia disponible acerca de un capítulo significativo en la historia de los anteojos.
El misterio en torno a qué le sucedió al navío en las aguas frente al islote de Gnalić, de dónde procedía, qué ruta llevaba y quiénes protagonizaron el drama comenzó a tomar la forma de una hipótesis en 1973, mientras la última campaña liderada por Radulić exploraba el lecho marino. El historiador italiano Astone Gasparetto encontró aquel año en los archivos de Venecia dos documentos notariales que hacían referencia al naufragio, en la misma zona, de un barco al mando de Alvise Finardi: una póliza de seguro fechada el 24 de octubre de 1583 y una cesión de derechos del 10 de noviembre que daba fe de la pérdida del cargamento en el interín. En enero de 1584 quedó además consignado el envío de una galera para proteger del pillaje los bienes más valiosos que habían podido recuperarse de la nave hundida, identificada en las fuentes con el nombre de Gagliana grossa.
¿Pertenecían los restos hallados en la década de 1960 a aquel naufragio de 1583? En 2011, los investigadores convocados a una mesa redonda en Biograd aún procuraban responder ésa y otras muchas preguntas. Participaron en ella algunos de los pioneros en el estudio del naufragio de Gnalić, como Sofija Petricioli y Dalibor Martinović, uno de los jóvenes voluntarios aficionados al buceo que terminó por convertirse en experto en conservación y restauración. Concurrió también Zdenko Brusić, quien en 1967 fue el primer arqueólogo en descender hasta el sitio y más tarde dirigió la campaña de 1996, cuando se descubrió la banda de estribor, bien conservada bajo 1,5 metros de sedimentos. Al reanudarse las exploraciones, los trabajos arqueológicos contaban con nuevas tecnologías que permitieron, por ejemplo, realizar un relevamiento fotogramétrico del campo.
La confirmación de la hipótesis de Gasparetto llegó a finales de junio de 2012. Mauro Bondioli y Mariangela Nicolardi realizaban un examen sistemático de los documentos procedentes de las más de sesenta notarías públicas activas en Venecia entre 1583 y 1584, cuando hallaron una referencia al embarque en el Gagliana grossa de 5.000 paneles circulares de vidrio para ventanas destinados al sultán Murad III. Este dato de archivo se correspondía con la extraordinaria cantidad de objetos precisamente de este tipo observada en el yacimiento. El trabajo de los historiadores comenzaba a aportar algunas respuestas a los interrogantes abiertos por la extraordinaria evidencia material descubierta en el fondo del mar, que aludía ahora a un pasado menos brumoso.

Los documentos permitieron reconstruir la secuencia del relato. El 23 de mayo de 1583, el bailo o representante oficial de la República de Venecia en Constantinopla, Giovanni Francesco Moresini, informaba al Senado en una nota reservada, en clave, que un incendio accidental había destruido el harén del sultán. Tres semanas más tarde trasladaba el encargo de los vidrios circulares, recibido del gran visir Siyavush Pasha el Croata, para las ventanas del edificio en proceso de reconstrucción. A finales de septiembre el Senado respondió que el pedido sería transportado por el Gagliana Grossa junto con otros bienes de mercaderes particulares destinados a la plaza de Constantinopla, además de tres bultos de la más fina seda como obsequio para la madre del sultán, Nūr Bānū, co-soberana del Imperio Otomano y figura de gran afinidad con la Serenísima República. De hecho, dos meses antes el mismo navío había llevado al dux Niccolò da Ponte dos trajes de brocado enviados por ella. En el marco de una rivalidad estructural, coexistía una intensa interdependencia comercial y diplomática entre las dos potencias que competían por la hegemonía en el Mediterráneo oriental.
Una carta del comerciante flamenco judío Wilhelm Helman comunicaba a su corresponsal comercial en Constantinopla, Antonio Paruta, el embarque, a último momento, de un cofre de hierro y un baúl sellado en lino —que contenían monedas, perlas, diamantes y esmeraldas peruanas, tanto engastadas como en bruto: los valiosos bienes que serían recuperados inmediatamente después del hundimiento—. Por ese intercambio epistolar sabemos que el Gagliana Grossa emprendió su último viaje poco antes del 29 de octubre de 1583, casi al inicio de la temporada de veda invernal de la navegación en el Adriático —que se extendía de mediados de noviembre a enero, cuando la travesía se tornaba peligrosa—.
El adjetivo “grossa” en el nombre del barco indica su gran capacidad de carga, que según los documentos alcanzaba los 1.200 botti o barriles (755 toneladas), lo que descarta la posibilidad de clasificarlo como galeón, ya que estos no superaban los 400 botti. Tampoco podemos representarnos al Gagliana Grossa como una galera, una embarcación relativamente veloz, larga y estrecha, propulsada predominantemente por remos. Tanto los datos recogidos en archivo como los vestigios hallados en el sitio apuntan, por el contrario, a caracterizarla como una nave mercante artillada, de gran porte, ancha, de casco redondo, que navegaba principalmente merced al viento en sus velas.

Algún parecido debió de tener el Gagliana Grossa con los barcos de tres y cuatro palos que pueden verse en uno de los grabados de la serie Los navíos de vela, realizada hacia 1563 por Frans Huys a partir de diseños de Pieter Bruegel el Viejo.
El nombre de “Gagliana” se debe a su último dueño. Construida en los astilleros venecianos para el comercio con el Mediterráneo oriental, fue botada en septiembre de 1569. Sus primeros propietarios fueron Benedetto da Lezze, Piero Basadonna y Lazzaro Mocenigo. En 1570 llevó tropas de la República de Venecia a Chipre. Al año siguiente cayó en manos del corsario Uluç Alí, gobernador de Argel y luego gran almirante de la flota otomana. Transcurrida una década, fue vendida a un comerciante de ancestros sicilianos establecido en Constantinopla: Odoardo da Gagliano. Todos los barcos de su flota llevaban, añadida al nombre de la familia, una identificación especial —por lo general, en homenaje a un santo— que, en el caso del Gagliana Grossa, permanece como incógnita al no haber quedado plasmada en los documentos oficiales.
Debido a esta larga historia, el navío no figura en los registros venecianos y ninguno de los cañones encontrados tenía el número romano X, símbolo del Consejo de los Diez, que identificaba las piezas de artillería fabricadas oficialmente en el arsenal de la ciudad. Su último dueño lo reparó y equipó con el armamento de procedencia diversa que supo conseguir en su plaza. Dos de los cañones, no obstante, tienen marca en relieve de la fundición veneciana de Giovanni II Alberghetti y el año: 1582. Ese hallazgo había fijado desde el principio un terminus post quem para el análisis histórico: el hundimiento no pudo haberse producido antes de esa fecha.
El patrone del Gagliana Grossa, Alvise Finardi, antiguo almirante de la flota militar, sobrevivió al naufragio y al año siguiente volvió a comandar una nave mercante tras asociarse con otros cinco empresarios en una compañía de comercio marítimo. Murió en 1587, a los 80 años, y sus restos yacen en la iglesia de San Giuseppe di Castello en Venecia.
Los otros miembros conocidos de la tripulación, los mercaderes y los artesanos involucrados en los intercambios y la carga misma del Gagliana Grossa provenían de las más diversas regiones del continente —como los anteojos de cuero transpirenaicos—. Por eso, el hallazgo arqueológico de los restos del navío en las cercanías del islote rocoso de Gnalić pudo caracterizarse como un “microcosmos del mundo del Renacimiento tardío” y reinterpretarse, al momento de la adhesión de Croacia a la Unión Europea como miembro pleno, en julio de 2013, como un recordatorio de la importancia civilizatoria de los vínculos multiculturales y comerciales.
El hermoso documental The Voyages of Gagliana Grossa (2021), dirigido por Mirela Krneta y basado en el libro El naufragio de Gnalić. Un espejo del mundo renacentista (2019), de Mariangela Nicolardi y Irena Radić Rossi, concluye con una reflexión de esta última:
Te sumerges a 27 metros bajo la superficie y te enfrentas a objetos de cuatro siglos de antigüedad. Comienzas a descubrir, paso a paso, el sitio arqueológico y, al mismo tiempo, a profundizar en los archivos y a encontrar los documentos que cuentan la historia. De repente, te das cuenta de que todo está entrelazado, que todo es inseparable y que nuestro presente, en realidad, refleja nuestro pasado.
Monstruos y adivinos del manga

Katsushika Hokusai (1760-1849) incluyó dos singulares ayudas ópticas en la duodécima entrega del Hokusai manga, titulada Transmisión del espíritu (1834).
En una de las xilografías aparecen dos yōkai, seres sobrenaturales del folclore japonés: una rokurokubi —la mujer que durante la noche puede alargar el cuello y convertirse en una amenaza— y un mitsume-kozō —el muchacho con un tercer ojo en la frente—. Un monje encanta con la música de su shamisen al primer monstruo, mientras un supuesto óptico ofrece al segundo unos anteojos de tres ojos, adaptados especialmente para el endemoniado paciente.
En la otra lámina, un funcionario de la administración parece estar oficiando el seppuku —el suicidio ritual samurái— ante un grotesco sapo. Debajo, en la misma página, un presunto adivino examina la fisonomía de una mujer con un tengan-kyō, literalmente “lente del ojo celestial”, una lupa muy grande que para el observador no sirve más que para magnificar, de manera jocosa, la zona entre los ojos y la nariz de la dama.
Lentes verdes para el sol maltés
No hay invierno en esta isla ni necesidad de calentarse; por el contrario, siempre se bebe con hielo. El aire es muy sutil y saludable para los ancianos, que apenas pueden morir. Los dolores de cabeza allí son peligrosos y las afecciones de los ojos son comunes, a causa de la blancura del terreno, lo que obliga a varios Comendadores y Caballeros a llevar anteojos verdes; no sé, sin embargo, si el vidrio, al recibir el calor del sol, no quema los ojos.
Jean de Thévenot
Relación de un viaje al Levante
1665
La dualidad de la Naja naja

La cobra de anteojos es a la vez liberal y conservadora. Su liberalismo consiste en llevar anteojos. Todos sus demás rasgos deben atribuirse al conservadurismo.
Antón Chéjov
"Mis ocurrencias y sentencias"
1883

Anteojos de buen ver
Vingt méprises ici n’auraient pas été faites,
Si je n’avais cassé ce matin mes lunettes.*
Paul de Kock
“Los anteojos de la partera”
Pequeños cuadros de costumbres
o macedonia crítica y literaria
1836
* Veinte malentendidos no se habrían producido aquí,
si esta mañana no hubiera roto mis anteojos.
La prefiguración esperpéntica

El Generalito acababa de llegar con algunos batallones de indios, después de haber fusilado a los insurrectos de Zamalpoa: Inmóvil y taciturno, agaritado de perfil en una remota ventana, atento al relevo de guardias en la campa barcina del convento, parece una calavera con antiparras negras y corbatín de clérigo.
Ramón del Valle-Inclán
Tirano Banderas
Novela de tierra caliente
1926
Après l’opticien

J.-J. Grandville
"Hola, gafas; adiós, muchachas"
Cien proverbios
1845
Espectáculos espurios

Un par de gafas
J.D. llega a Washington desde el sur soleado.
J.D. parte de Washington hacia un clima más cálido.
Un par de gafas o un par de espectáculos: la palabra spectacles tiene en inglés ese doble sentido, a causa de su derivación del latín spectare, “contemplar”.
“J.D.” remite a John Doe, equivalente a nuestro “fulano”, y puede conjeturarse que el infierno es lo más caliente que puede aguardarle después de la horca.
Este alarde burlesco de crueldad procede de un “sobre patriótico” de la época de la Guerra Civil en Estados Unidos, entre 1861 y 1865. Muy apreciados hoy por los filatelistas, esos singulares envoltorios para la correspondencia común se imprimieron durante aquellos años con una iconografía plagada de banderas, concebida para promover el fervor por la causa. Se vendían en papelerías; en este caso, la de S.C. Upham, en el 310 de la calle Chestnut.
Tras servir un tiempo en la Marina, Samuel C. Upham (1819-1885) fue empleado administrativo, buscador de oro y periodista. En 1878 publicó el libro Notas de un viaje a California por el Cabo de Hornos. A su regreso, instaló en Filadelfia la tienda de papelería y artículos de tocador de la calle Chestnut que vendía sobres patrióticos como el del par de gafas. Por esos años comenzó a ofrecer también, por un centavo, los “Recuerdos de la Rebelión”, reproducciones del papel moneda emitido por el gobierno secesionista del Sur, con la salvedad de un aviso inferior que decía: “Facsímil de billete confederado —vendido al por mayor y al por menor por S.C. Upham, 403 Chestnut Street, Filadelfia”.
Al recortarse la banda de advertencia, los souvenirs se convertían en billetes falsos que, introducidos por los contrabandistas de algodón —entre otros canales—, llegaron a inundar la circulación monetaria sureña. Esta emisión espuria aceleró la depreciación ya en curso. El gobierno unionista temía que esa práctica pudiera volverse en su contra, pero, dado que no reconocía como válidas las instituciones de la secesión, decidió que tampoco podía prohibir la falsificación de su moneda sin reconocer implícitamente al gobierno confederado.
Tras la guerra, Upham se jactó de que un senador rebelde había declarado que él “había hecho más por perjudicar a la causa confederada que el general McClellan y su ejército”.
En 1863, el "Honesto Sam" optó por poner fin al lucrativo fraude, embellecido por el hecho de victimizar al enemigo, y se abocó al comercio de útiles de escritorio, perfumes, remedios para el asma, eliminadores de granos y tintes japoneses para el cabello, aunque no se privó de incursionar en la escritura de letras de canciones y farragosos versos sobre temas de actualidad.
Un aviso publicitario en la prensa advertía a los consumidores desprevenidos:
Cuidado con los artículos espurios. Solicite en la tienda o pida por correo el “Polvo Depilatorio de Upham” y no acepte ningún otro. Ninguno es genuino sin la firma, en la etiqueta de cada frasco, de
Samuel C. Upham
Hay espectáculos —por más patrióticos que luzcan— que conviene examinar muy detenidamente y siempre con los anteojos puestos.
Una nota incongruente
Se dirigieron hacia el pequeño corrillo de hombres que se encontraba a la izquierda, la mano del viejo aferrada a la manga de su hijo. Ellery Queen se elevaba seis pulgadas por encima de la cabeza de su padre. Había un corte cuadrado en sus hombros y un balanceo plácido en su cuerpo al caminar. Vestía de gris Oxford y llevaba un bastón ligero. Sobre la nariz se posaba lo que parecía una nota incongruente en un hombre tan atlético: unos pince-nez sin montura. Pero la frente por encima, las largas y delicadas líneas del rostro y los ojos brillantes eran los de un hombre de pensamiento más que de acción.
Ellery Queen
(Daniel Nathan y Emanuel B. Lepofsky)
El misterio del sombrero romano
1929
El respeto

En 2007, Oogmerk Opticians lanzó en Bélgica una campaña publicitaria en medios gráficos. Las simpáticas ilustraciones —unas viñetas de trazos limpios y colores planos— provocaban gracia de inmediato. En ellas, bastaba la incorporación de unos anteojos para que un personaje etiquetado como carnicero se transformara en artista; un motociclista forajido, en diseñador de modas; una chica fácil, en una chica seria; y un camionero, en un docto profesor. El lema añadía un matiz adicional al sentido implícito en las imágenes: “Consigue el respeto que mereces”.
Podría conjeturarse que el aviso extrae su eficacia humorística, al menos, de dos canteras: por un lado, la obsesión contemporánea por clasificar a las personas en identidades superficiales —"poner etiquetas”—; por otro, el prejuicio jerárquico, que supone una democracia en la que los límites pueden transponerse, al menos en apariencia —a través de cierta “movilidad súbita”—.
Esas etiquetas jerarquizadas ordenan un campo de coordenadas simbólicas en el que los anteojos encajan particularmente bien, ya que durante siglos han funcionado como portadores de significados tales como la intelectualidad, la agudeza en la observación o la mera pedantería investida de autoridad.
“Mirar a los ojos es un síntoma de la falta de deferencia entre los de abajo y los de arriba” escribe Juan Carlos Torre en su ensayo Naides es más que naides. El impulso igualitario en la trayectoria de la sociedad argentina (2025). La clave del chiste de la publicidad belga es esa fugaz mirada no deferente, normalizada por la oftalmología, que, sin embargo, no señala el rango social más que de un modo reversible y formal, sin llegar a impugnarlo, sino más bien consintiendo en sus fundamentos y haciéndonos partícipes, subrepticiamente, del bullying.
Los anteojos evocan con frecuencia realidades que van más allá del mero cuidado de la vista. Suscitan incluso una hilaridad saludable cuando pretenden imponerse como magnos accesorios, capaces de conferir un supuesto perfil esencial. Como si se porfiara en cimentar los fundamentos en un accidente. Como si bastara una fachada para disipar la interpelación del “¿quién se cree usted que es?”.
Consigan los anteojos, por su sola y simple función —esencial y nada accesoria—, “el respeto que merecen”.
Un monopolio espectacular
Una milla o dos por encima de Eberbach vimos una ruina peculiar que sobresalía del follaje que cubría la cumbre de una montaña alta y muy empinada. Esta ruina consistía meramente en un par de masas desmoronadas de muros que tenían un grueso parecido con rostros humanos. Éstos se inclinaban hacia adelante y se tocaban la frente y tenían el aspecto de estar absortos en una conversación. La ruina no tenía nada de imponente o pintoresco y no era gran cosa, sin embargo, se la llamaba la "Ruina Espectacular".
Leyenda de la “Ruina Espectacular”
El capitán de la balsa, que estaba tan lleno de historias como pudiera absorber, dijo que en la Edad Media el más prodigioso de los dragones de los que escupen fuego solía vivir en aquella región y causaba más problemas que un recaudador de impuestos. Era tan largo como un tren y tenía por todas partes las acostumbradas escamas verdes e impenetrables. Su aliento esparcía pestilencia y conflagración y su apetito esparcía hambre. Comía hombres y ganado con ecuanimidad y era eminentemente impopular. El Emperador alemán de entonces hizo la oferta habitual: concedería al destructor del dragón cualquier cosa que pidiera. Porque tenía hijas de sobra y era costumbre que los asesinos de dragones tomaran una hija por pago.
Así que vinieron los caballeros de más renombre de los cuatro rincones de la tierra y se retiraron por la garganta del dragón uno tras otro. Surgió y se propagó el pánico. Los héroes se volvieron cautelosos. La procesión cesó. El dragón se volvió más destructivo que nunca. El pueblo perdió toda esperanza de socorro y huyó a las montañas para refugiarse.
Finalmente Sir Wissenschaft, un caballero pobre y oscuro, de un país lejano, llegó para dar batalla contra el monstruo. Daba lástima con su armadura colgándole andrajosa y su extraña mochila atada a la espalda. Todo el mundo lo miró con desdén y algunos se burlaron abiertamente. Pero él estaba tranquilo. Sólo preguntó si la oferta del Emperador seguía vigente. El Emperador dijo que sí pero caritativamente le aconsejó que fuera a cazar liebres y no pusiera en peligro una vida tan preciosa como la suya en un intento que había traído muerte a tantos de los héroes más célebres del mundo.
Pero este vagabundo sólo preguntó: “¿Era alguno de estos héroes hombre de ciencia?”. Esto provocó risa, por supuesto, porque la ciencia era despreciada en esos días. Pero el vagabundo no se molestó en lo más mínimo. Dijo que podría ser un poco adelantado para su época pero no importaba: la ciencia llegaría a ser respetada en algún momento o en otro. Dijo que marcharía contra el dragón por la mañana. Entonces por compasión se le ofreció una lanza adecuada pero él la rechazó y dijo: "las lanzas serían inútiles para hombres de ciencia". Le permitieron cenar en la sala de los sirvientes y le dieron una cama en los establos.
Cuando salió por la mañana miles se habían reunido para verlo. El Emperador dijo:
—No seas temerario, toma una lanza y deja tu mochila.
Pero el vagabundo dijo:
—No es una mochila —y siguió adelante.
El dragón estaba esperando y preparado. Exhalaba grandes volúmenes de humo sulfuroso y espeluznantes ráfagas de llamas. El caballero andrajoso se deslizó con cautela hasta una buena posición y entonces se desabrochó la mochila cilíndrica —que era sencillamente el común extintor de incendios conocido en los tiempos modernos— y en la primera oportunidad que tuvo encendió su manguera y disparó al dragón justo en el centro de su boca cavernosa. Los fuegos se apagaron en un instante y el dragón se acurrucó y murió.
Este hombre se había servido de la inteligencia. Había criado dragones desde los huevos en su laboratorio, los había cuidado como una madre y los estudió pacientemente y experimentó con ellos mientras crecían. Así había descubierto que el fuego era el principio vital de un dragón. Apaga los fuegos del dragón y éste ya no podrá echar vapor y morirá. No podía apagar un fuego con una lanza así que inventó el extintor. Muerto el dragón, el Emperador acogió agradecido al héroe y dijo:
—Libertador, nombra tu petición —al mismo tiempo que hacía señas con el talón para que se formara un destacamento de sus hijas y avanzara. Pero el vagabundo no les hizo caso. Sólo dijo:
—Mi petición es que se me confiera el monopolio de la fabricación y la venta de gafas en Alemania.
El Emperador saltó y exclamó:
—¡Esto supera toda la insolencia que jamás haya escuchado! ¡Una demanda modesta, cielo santo! ¿Por qué no pedías directamente los ingresos imperiales y terminábamos con esto?
Pero el monarca había dado su palabra y la cumplió. Para sorpresa de todos, el desinteresado monopolista redujo inmediatamente el precio de las gafas a tal grado que se eliminó una gran y aplastante carga para la nación. El Emperador, para conmemorar y dar testimonio de su aprecio por este acto generoso, emitió un decreto ordenando a todos que compraran las gafas de este benefactor y las usaran, las necesitasen o no.
Así se originó la extendida costumbre de llevar gafas en Alemania. Y como costumbre una vez establecida en estas antiguas tierras es imperecedera, sigue siendo universal en el imperio hasta hoy. Tal es la leyenda del otrora majestuoso y espléndido castillo del monopolista, ahora llamado la "Ruina Espectacular".*
Mark Twain
"Por qué los alemanes usan gafas"
Un vagabundo en el extranjero
1880
* En el original inglés hay un juego de palabras entre spectacles y spectacular que se traiciona en la traducción a "gafas" y "espectacular", las palabras más aproximadas en castellano.
Spectacles es la opción formal o anticuada para designar a los anteojos; eyeglasses o glasses son formas más coloquiales, hoy predominantes.
Tanto spectacles como spectacular provienen del latín spectaculum, que deriva de spectare, "contemplar".
Así, en inglés, "ruina espectacular” suena muy parecido a "ruina de las gafas” y ambas expresiones comparten un sentido próximo.
Secreto y sustento sobre la nariz

El inventor de las gafas fue probablemente un laico que, al tener que subsistir con el propio trabajo, quiso sacar un buen provecho de la invención. Por eso intentó conservar el secreto. Aún en 1445 el pacto de silencio es expresamente mencionado en un acta muy interesante estipulada en Pisa entre tres orfebres, ante el notario micer Francesco da Ghezzano. Simone, hijo del difunto Antonio Nerucci, se comprometía a enseñar a sus dos colegas —que habrían aportado a la sociedad su contribución laboral— el arte de hacer gafas con vidrio y hueso, procurando también el equipamiento necesario. Durante el tiempo del acuerdo (cuatro años y medio), Nerucci no habría enseñado a otros la fabricación de las gafas, pero los dos socios, a su vez, se obligaban a no traicionar el secreto formando a discípulos y futuros competidores: el pacto fue sancionado solemnemente con un juramento sobre los Evangelios. La habilidad necesaria para construir gafas debía de ser considerada verdaderamente extraordinaria. Para subrayarla, además de las capacidades técnicas, el notario menciona el conocimiento de la alquimia: "Firmaverunt inter se ad invicem societatem ad faciendum, construendum et archimandum dicta occhialia". [Sellaron entre sí, de manera recíproca, una sociedad para fabricar, construir y ajustar —con conocimientos alquímicos— dichas gafas].
En cambio, Alessandro della Spina, al vivir en el convento, no tenía problemas ni de balances ni de sustento. Por eso —además, quizás por su natural generosidad— estaba dispuesto a divulgar altruistamente sus habilidades ("a todos de buen corazón hizo partícipes").
Chiara Frugoni
La Edad Media sobre la nariz
Gafas, botones y otras invenciones medievales
2001
Anteojitos para el monstruo

Aproximadamente veintidós años más tarde, tuve oportunidad de volver a ver Creature from the Black Lagoon, no en la tele, donde cualquier progresión dramática o atmósfera se rompe por anuncios de autos usados, compilados K-Tel o pantimedias Underalls, sino —gracias a Dios— completa, sin cortes e incluso en 3-D.
Los que usamos anteojos la pasamos para el diablo con el 3-D. Pregúntenle a cualquiera que lleve lentes qué opina de esos fabulosos anteojitos de cartón que te entregan al entrar. Si el 3-D alguna vez regresara en serio, pienso ir al Pearle Vision local e invertir setenta dólares en un par de lentes graduadas especiales: una roja y la otra azul.
Anteojos molestos aparte, debería añadir que llevé a mi hijo Joe conmigo: tenía entonces cinco años, más o menos la edad que yo tenía aquella noche en el autocine. Imagínense mi sorpresa —mi avergonzada sorpresa— al descubrir que la película que tanto me había aterrorizado aquella noche lejana había sido clasificada como apta para todo público por la MPAA, tal como las películas de Disney.
Stephen King
Danza macabra
1981

Mercantes padecientes de antojos

Varios anteojos de arco cuelgan dentro de la caja de mercancías de un vendedor ambulante boloñés del siglo XVII, junto a tijeras, cordones, cuentas y otras baratijas. El personaje aparece como acoramaglietti en la serie de grabados al cobre que Simon Guilino Parigino —es decir, Simon Guillain, de París— realizó a partir de originales de Annibale Carracci (1560-1609) para el libro Diversas figuras en número de ochenta, dibujadas a pluma en las horas de recreación (1646), que registra exhaustivamente los distintos oficios de artesanos y mercaderes de la ciudad de Bolonia en aquella época.
De ese mismo año de publicación del libro, 1646, se ha datado asimismo otro grabado del neerlandés Adriaen van Ostade (1610-1685) que conserva el Museo Estatal de Arte de Dinamarca. En él, un presunto brillesælgeren —es decir, un vendedor de anteojos—, aunque con una caja parecida a la del acoramaglietti, repleta de productos, de la que sobresalen unos cordones colgantes, ofrece gafas a una anciana en el umbral de su vivienda.

En Europa, por esos años, los anteojos ya se producían en masa y su tamaño reducido facilitaba el traslado en lote junto a otras pequeñas mercancías que los buhoneros podían distribuir con provecho. No obstante, paralelamente, comenzaba a constituirse una profesión que acopiaba un conocimiento específico de óptica oftálmica, desarrollado a partir de la práctica. Un hito inaugural en la historia de la optometría es la publicación de un libro debido a un notario del Santo Oficio en la opulenta ciudad de Sevilla, centro administrativo del imperio español de ultramar. Benito Daza de Valdés (1591-1634) fue el primero en compendiar el nuevo saber técnico en su libro Uso de los antojos para todo género de vistas (1623). Recordemos que el término antojo era el preferido para referirse en español a los anteojos y lo fue al menos hasta el siglo XVIII. El largo subtítulo de la obra reza:
En que se enseña a conocer los grados que a cada uno le faltan de su vista y los que tienen cualesquier antojos. Y asimismo a qué tiempo se han de usar y cómo se pedirán en ausencia, con otros avisos importantes a la utilidad y conservación de la vista.
El texto entrelaza su objetivo técnico-científico con cierta pretención literaria y religiosa. Dedicado a Nuestra Señora de la Fuensanta, a la que el autor atribuye la cura de diversas afecciones padecidas, un romance transcripto al inicio da cuenta de su aparición en la ciudad de Córdoba. A continuación, la primera parte se ocupa de la naturaleza de los ojos, mientras que la segunda explica la utilidad de los anteojos como remedio para las deficiencias en la vista. Por último, para facilitar la comprensión, la tercera parte presenta cuatro diálogos filosóficos en los que intervienen distintos "padecientes" que acuden por diversos motivos al “maestro de labrar anteojos”. Dos prósperos indianos, recién llegados, son los protagonistas del segundo de ellos:
DON ESTEBAN
Una de las principales causas que nos ha traído a España, al señor don Jorge y a mí, es por veros y gozar de lo mucho que entendéis en esto de antojos. Porque nuestras vistas vienen muy menesterosas dellos y pendieres de sólo vos.
MAESTRO
Yo os beso las manos, señores, por esa merced que me hacéis. Pero una de las mayores señales que yo hallo para saber si los mercantes tienen dificultad en la vista es venir loando al maestro. Porque esto me dice a mí que todo lo han andado y no han hallado antojos con que ver. Y también conozco, por otra parte, que por no saber el camino yerran muchos. Pues con ir a cualquier maestro que sepa bien hacer antojos basta para que les dé lo que les conviene, que al fin tiene más experiencia en ello que los merceros. Pues, en vez de darlos ellos, entriegan al pobre padeciente una caxa llena de antojos, para que busque y pruebe, quien menos sabe, los que le vienen.

Un aguafuerte de David Deuchar (1743-1808), ya en un nuevo siglo, basada igualmente en una obra de Adriaen van Ostade, ilustra aún la escena denostada por Benito Daza de Valdés. Pero añade una dimensión que explica la persistencia de aquella realidad representada. La anciana que prueba los anteojos, posando la vista en un paño, está sentada junto a una rueca, instrumento de su trabajo y sustento. La extendida necesidad del uso de anteojos se contraponía a la reducida velocidad de los intercambios y a la escasez de centros de producción. Además de Sevilla, Daza sólo menciona a Madrid y Lisboa. La sistematización de la optometría que plantea su tratado —que facilitaría el eventual pedido a distancia mencionado en el subtítulo de la obra— recién estaba en sus inicios y tardaría siglos en desarrollarse.
Se observan, por lo tanto, dos tipos de tensiones. La primera: entre los “maestros”, que detentaban la experticia para dar una prescripción correcta, y los merceros ambulantes, que abastecían de anteojos a “padecientes” tan excluidos como ellos del campo de este nuevo saber. La segunda: entre la oferta focalizada en las ciudades, donde se elaboraban, y su efectiva adquisición por los “mercantes”, distribuidos en un vasto territorio mayormente rural, distantes entre sí pero con urgencias impostergables.
Por muy desacreditados que fueran los mercachifles, su existencia respondía a necesidades objetivas dentro de un orden de cosas muy duradero, aunque con variaciones sustantivas.

Los avances tecnológicos que acompañaron el ascenso de la burguesía ampliaron la variedad de bienes con nuevos productos, que impusieron cambios en la especialización comercial. Un aguafuerte coloreada de fines del siglo XVIII, realizada a partir de los Dibujos del pueblo llano, en especial de los pregones en Viena (1775) de Johann Christian Brand (1722-1795), representa a un vendedor ambulante de anteojos. El título en francés de la ilustración remite particularmente a ellos —vendeur de lunettes— pero lleva también otro en alemán —Perspektivhändler— que alude mejor al surtido más amplio de mercancías observadas en su canasta: "vendedor de perspectivas". Ese rótulo englobaba por entonces una heterogeneidad de instrumentos no exclusivamente ópticos sino, más generalmente, científicos: telescopios, catalejos, lupas, brújulas, termómetros, barómetros, perspectógrafos —para uso de los pintores—, estampas para observar en el zograscopio o caja de perspectivas —un dispositivo con una lente convexa y un espejo que aumentaba la ilusión de realidad de ciertas imágenes iluminadas—. En el grabado, alguna clase de aparato de medición yace en el suelo con un tubo de vidrio roto para consternación del comerciante vienés. Los anteojos compartían distribución ahora ya no con las menudencias de los merceros sino con otros desarrollos técnicos e invenciones más recientes para un público consumidor igualmente renovado.
En 1855, el catálogo impreso de la óptica McAllister & Brother, en Filadelfia, ofrecía una amplia variedad de artículos para científicos, ingenieros, médicos, artistas, educadores o el público en general, clasificados en un centenar de categorías. Menos de la décima parte del volumen está dedicada a los anteojos. En ella, se explica el procedimiento a seguir en caso de querer ordenarlos por vía postal, de no serle posible al interesado acercarse al establecimiento. De hecho, ha quedado registro en la correspondencia cruzada de cómo, en 1806, el presidente Thomas Jefferson había encargado a John McAllister —el fundador del establecimiento— unos anteojos de lectura con diseño original bajo esa modalidad a distancia. Eran soluciones perfeccionadas por la experiencia que daban una nueva respuesta a la antigua preocupación planteada por Daza de Valdés dos siglos antes.
Pero, alternativamente, el catálogo de la óptica indicaba tener disponibles —a 3,50 dólares la docena surtida— anteojos chapados en plata alemana “con lentes de buena calidad, un artículo excelente para comerciantes de zonas rurales”, y “gran variedad de anteojos de acero y otros, en docenas surtidas, a precios bajos para el comercio”. Eran las prácticas que Daza, en nombre de la fórmula ideal, había objetado pero que se imponían para la conquista de un territorio vasto y en acelerada expansión.
La vida de los anteojos ha recorrido un largo y complejo curso a través del persistente entrecruzamiento entre las polaridades del saber y del mercado.
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