Las gafas y yo

Estas nuevas preocupaciones sobre la realidad del mundo exterior no estaban separadas de las preocupaciones sobre lo que él mismo era, debidas siempre al uso de las gafas. Amilcare Carruga no se daba a sí mismo mucha importancia, pero como sucede a veces justamente con las personas más modestas, estaba sumamente encariñado con su manera de ser. Ahora bien, el paso de categoría de los hombres sin gafas a la de los hombres con gafas parece poca cosa, pero es un salto muy grande. Si piensas que cuando alguien que no te conoce y trata de definirte, lo primero que dice es: "un tipo con gafas", ese detalle accesorio, que quince días antes te era completamente ajeno, se convierte en tu primer atributo, se identifica con tu esencia misma.

A Amilcare, tontamente si se quiere, convertirse así, de pronto, en "un tipo con gafas", le fastidiaba un poco. Pero no es tanto eso: es que basta que empiece a insinuarse en ti la duda de que todo lo que a ti se refiere es puramente accidental, susceptible de transformación, que podrías ser completamente diferente y no importaría nada, para que por ese camino llegues a pensar que, existas o no, da lo mismo, y que de ahí a la desesperación media un paso breve. Por lo tanto Amilcare cuando tuvo que escoger un modelo de montura, instintivamente optó por una de las más finas, minimizadora, apenas un par de delgadas patillas plateadas que sostienen desde arriba los cristales desnudos y con un puentecillo que los une sobre el tabique nasal.

Así anduvo un tiempo; después se dio cuenta de que no era feliz; si llegaba a verse inadvertidamente en un espejo con las gafas puestas, sentía una viva antipatía por su cara, como si fuera esa típica cara de cierta clase de personas que le era ajena. Eran justamente esas gafas tan discretas, ligeras, casi femeninas las que le hacían parecer más que nunca "un tipo con gafas", alguien que no ha hecho otra cosa que llevar gafas toda la vida, al punto de que ya no se nota que las lleva. Las gafas pasaban a formar parte de su fisonomía, se amalgamaban a sus rasgos, y así se atenuaba todo contraste natural entre lo que era su cara —una cara cualquiera pero una cara al fin— y lo que era un objeto extraño, un producto de la industria.

No le gustaban, y por lo tanto no tardaron en caer y romperse. Compró otro par. Esta vez orientó su elección en sentido opuesto: compró un par con montura de plástico negro, de dos dedos de ancho, con unas bisagras que sobresalían de los pómulos como anteojeras de caballo, con unas patillas tan pesadas como para doblar el pabellón de la oreja. Era una especie de antifaz que le ocultaba media cara, pero debajo sentía que era él mismo: no cabía duda de que él era una cosa y las gafas otra, completamente separada; estaba claro que sólo ocasionalmente se ponía las gafas y que sin ellas era un hombre totalmente distinto. Volvió —en la medida en que su naturaleza se lo permitía— a ser feliz.

Italo Calvino

"La aventura de un miope"

Los amores difíciles

1958

El almirante Peter Rainier (1741-1808), retratado por Thomas Hickey alrededor de 1800. Activo en la Guerra de los Siete Años, la Guerra por la Independencia de Estados Unidos, las Guerras Revolucionarias Francesas y las Guerras Napoleónicas, llegó a comandar la Estación Naval en las Indias Orientales y a ser miembro del Parlamento. Sumado a todo ello sería el único oficial de su época que se animó a ser representado con gafas.

El retrato del almirante Rainier permite apreciar una de las innovaciones en los anteojos postuladas por el óptico Benjamin Martin (1704-1782). Con tienda en Londres en la calle Fleet, cerca de la sede de entonces de la Royal Society, Martin añadió a los marcos convencionales un borde de cuerno o de carey con el propósito de reducir la “apertura del objetivo”.

Los Martin’s margins, como se los llamó luego, cuando otros fabricantes copiaron estos "márgenes de Martin", contribuían a excluir eventuales desenfoques periféricos en los cristales y, al reducir el diametro, permitían un menor grosor en función de la potencia. Pero la principal razón que esgrimía su inventor para ellos era que disminuían la cantidad de luz que entraba en los ojos, cuyo exceso consideraba dañino. “Pues todo el mundo sabe que la luz, por la increíble actividad de sus componentes, es la causa natural de la disolución y desintegración de las partes y contextura de los cuerpos, y en la medida en que reciben y retienen más luz, son más propensos a ser deteriorados y destruidos”, decía él.

En 1757, Martin publicó un folleto cuyo título reza: Un ensayo sobre los anteojos (vulgarmente llamados gafas), en el cual se demuestra desde los principios de la óptica y la naturaleza del ojo, que la estructura común de esos anteojos es contraria a las reglas del arte, a la naturaleza de las cosas, etc., y muy perjudicial para los ojos; se explica la naturaleza de la visión en el ojo y se proponen anteojos de una nueva construcción. En el original inglés, visual glasses era el nombre técnicamente más adecuado, que el óptico prefería al “vulgar” spectacles, distinción que en castellano reproducimos con el par anteojos / gafas.

Imbuido del espíritu —propio del iluminismo de su tiempo— de revisar el error consolidado por la costumbre, el autor explica:

Quizás ningún instrumento óptico ha sido tan poco analizado o alterado desde la primera construcción, como las gafas. El fabricante o vendedor no debe ser culpado por esta negligencia sino el óptico (me refiero a una persona experta en la teoría de la óptica) quien, aunque ha condescendido a menudo a tratar el tema, nunca ha señalado el mejor método para construirlos para su uso (…). Entre otros, yo mismo he pasado por alto la naturaleza de este instrumento, hasta que me tropecé con un interés más próximo en su uso. Antes sólo lo veía como una útil deducción de esta ciencia para los demás pero ahora que mis propios ojos empezaron a necesitar su ayuda (…) resolví de una vez por todas tener un par tan perfecto como mi habilidad en óptica y la forma y estructura del ojo pudieran guiarme a construir.

Propone en consecuencia inclinar el plano de los cristales en función de un curioso desarrollo de geometría óptica y la mencionada reducción del caudal de luz hasta la medida estrictamente necesaria, dado que “una cantidad superflua de luz constantemente refractada y arrojada sobre los globos oculares por anteojos tan grandes puede tender naturalmente a debilitarlos y volverlos acuosos”.

Además de ajustar la cantidad, Benjamin Martin argumentaba respecto de la calidad de la luz. Era mejor que fuera simple u homogénea en lugar de compuesta, como lo es comunmente. Por lo que eran recomendados los cristales de color. Tras citar a Isaac Newton, aducía que siendo los rayos o partículas de luz de magnitudes diferentes impactaban en el ojo con fuerza diferente: “De ahí que el error común de suponer que los rayos verdes producen la mejor luz para el ojo es evidente pues los colores azul e índigo son preferibles a ellos. Y así los colores amarillo, naranja y rojo son, en orden, los peores colores de luz. En conjunto entonces aprendemos tanto de la naturaleza como del arte que aquellos que deseen ver u observar objetos con la mayor comodidad y perfección deben usar anteojos de la construcción y color antes descritos.”

Concluía Benjamin Martin con un balance de la excelente repercusión entre el público de su invención, encomiando su originalidad y sus precios, en un contexto de dura competencia, y sus virtudes evidentes, asequibles para todo aquél que tan sólo admitiera hacer uso de la razón:

Desde que propuse estos anteojos me complazco en descubrir que son muy aprobados y bien recibidos, incluso más allá de mis expectativas. Las objeciones contra ellos son pocas y apenas vale la pena mencionarlas. Alguien ha dicho que no puede ver mejor para leer con estos que con los anteojos comunes ni encontrarlos más cómodos para sus ojos. (…) Muy cierto. Tampoco ven la piedra ahuecarse por el goteo del agua en media hora aún cuando ése será el caso con el tiempo. Y todo hombre sabio considera las consecuencias en el uso de cosas de naturaleza tan interesante. (…)

No tomaré en cuenta las bajas artes que se han practicado para vilipendiar esta invención. Aquellos que pretenden que la he robado de algún autor antiguo harían bien en nombrarlo. No sea cosa que se ponga en duda su veracidad y honor o, lo que quizás disputarían menos, su ingenio, por no asegurarse para sí mismos lo que piensan que en mis manos les hará tanto daño.

A aquellos que me acusan de vender a bajo precio les respondo que no conozco sus precios. Y como tengo suficiente beneficio con lo que vendo, ello prueba que ellos se han llevado demasiado . Por lo que el público debe considerarse muy agradecido a su candor y gratitud.

Por último aquellos que insinúan débilmente que los imito, debe decirse que publican una falsedad. No tengo razón para hacer eso. Sus invenciones son demasiado insignificantes y anticientíficas para merecer mi atención: vendo poco aparte de lo que he ideado yo mismo y mis instrumentos se recomendarán por sí mismos a todos los jueces de la ciencia. Y no sólo eso sino que le ahorrarán al público el cien por ciento en la compra. Sólo tengo un favor que pedir a esos dignos caballeros y es que, ya que se han tomado tantas molestias para despreciar mis invenciones, actúen consecuentemente y no las imiten.

Dejen que aquellos que no saben nada de óptica hagan anteojos. Y aquellos que profesan no usar su razón los compren. Siempre encontraré demanda para los anteojos. Y la parte generosa y juiciosa de la humanidad distinguirá fácilmente entre el autor de cualquier invención útil y aquellos que vilmente la piratean.

Célebre por los aros con bordes ensanchados y los cristales teñidos de violeta de sus anteojos tanto como por la calidad de avanzada de sus microscopios, Benjamin Martin gestionó su tienda de óptica con la ayuda de su esposa e hija hasta alcanzar el retiro y ceder la conducción a su hijo Joshua Lover Martin, quien al parecer habría carecido del sentido comercial y del espíritu racional emprendedor de su padre. La quiebra de la óptica en 1782 habría inducido al suicidio de su diligente fundador.

El óptico Benjamin Martin según un grabado coloreado de R. Page para la Encyclopædia Londinensis, de 1815.

    "Si los extranjeros nos ayudarían, entonces ¿por qué no me dejas ir al exterior? Seguramente serían aún más serviciales cuando me vieran en persona."

    Por muy buenas que fueran mis razones, nunca habrían estado de acuerdo. Todas mis discusiones con mi padre, mis tutores y los príncipes tuvieron un solo resultado: aceleraron sus preparativos para mis "Grandes Nupcias".

    Había otra razón por la que estaba tan ansioso por ir al exterior, aparte de las que mencioné a los príncipes y oficiales: me había estado cansando de todo mi medio ambiente, incluidos ellos mismos, mucho antes de que se me ocurriera la idea de un viaje al extranjero. Desde que Johnston llegó al palacio y me llenó de conocimientos sobre la civilización occidental, esto y mi curiosidad juvenil me habían hecho sentir insatisfecho con mi entorno y las restricciones que me aprisionaban. Estaba de acuerdo con el diagnóstico de Johnston de que la raíz del problema residía en el conservadurismo de los príncipes y altos funcionarios.

    A sus ojos, todo lo nuevo era aterrador. Cuando tenía quince años, Johnston notó que podría ser miope y aconsejó que se llamara a un oftalmólogo extranjero para que viniera a examinar mis ojos. Si su suposición era correcta, tendría que usar gafas. Para su sorpresa, esta sugerencia creó tanto alboroto como si hubiera volcado agua en una sartén de aceite hirviendo y la Ciudad Prohibida practicamente explotó. ¡Qué idea! ¡Que los ojos de Su Majestad Imperial deberían ser examinados por un extranjero! Su Majestad aún estaba en el vigor de la juventud. ¿Cómo podría usar gafas como un anciano? Nadie, desde las Altas Consortes hacia abajo, lo consentiría. Fue gracias a las repetidas súplicas de Johnston y a mi determinación que finalmente se hizo.

Pu Yi

De emperador a ciudadano

1964

    Los primitivos anteojos ordinarios de los viejos tiempos mejoraban la visión. Las Google Goggles reemplazarán la visión. ¿Quién querrá ver algo que no sea incesante información, entretenimiento y comunicación, todo justo delante de sus ojos? Quizás alguna clase de loco de la naturaleza.

Ursula K. Le Guin

ursulakleguin.com/blog

5 de marzo de 2012

L'opticien, óleo de Albert Guillaume (1873-1942), ilustrador famoso en la Belle Époque por los carteles publicitarios que colorearon las calles de París y sus contribuciones a revistas humorísticas como Le Rire. 

La condición antártica

    Yo sabía que era necesario el uso de anteojos y que de lo contrario se sufriría de la vista; sin embargo, como los que yo he traído no me han servido de nada por su mala calidad, jamás los usé en mis excursiones y nunca había sentido nada en los ojos; pero en estos momentos sufro mucho, lo que no es extraño si aquella teoría fuera cierta, puesto que Nordenskjöld y Jonassen, que siempre los han usado, sufren también como yo.

    Los días despejados y con sol no sentía gran cosa pero en esos días de nieblas, que tenía que forzar mucho la vista, experimentaba un gran dolor en los ojos y durante algún tiempo después de estar en la estación no dejaba de sufrir.

    El 31 llegamos a Christensen y en seguida de acampar salimos en busca de focas; matamos dos, madre e hija, que repartimos entre hombres y perros.

José M. Sobral

Dos años entre los hielos

(1901-1903)

1904

Gafas de remache en una tinta sobre papel de Antonio di Puccio Pisano, Pisanello, (1395-1455), en el Códice Vallardi, que se conserva en el Museo del Louvre.

Hombre leyendo a la luz de una vela, óleo del pintor norteamericano Rembrandt Peale de alrededor de 1805.

Sus anteojos llaman la atención sobre dos características que permiten datarlos: el color de los cristales y la doble articulación de sus patillas. Ambas peculiaridades son desarrollos que han sido atribuidos al óptico británico James Ayscough (c. 1720-c. 1760), titular de la tienda Great Golden Spectacles and Quadrant en el número 33 de la calle Ludgate en Londres, cerca de la catedral de Saint Paul.

Nacido en Wiltshire, hijo de un clérigo, James Ascough se había iniciado a los veintitrés años como aprendiz de James Mann, miembro destacado de The Worshipful Company of Spectacle Makers —la antigua corporación del gremio óptico—, de la que Ascough llegó a ser Maestro en 1752.

En 1750 publicó un librito titulado Breve descripción de la naturaleza y uso de los anteojos. Allí decía:

En cuanto al color del cristal, generalmente se ha hecho uso del más translúcido para las gafas pero me inclino por muchas razones a preferir uno de otro tipo, dado que el cristal translúcido común transmite una ofensiva luz deslumbrante, tanto que algunos aconsejan cristal verde o azul, aunque tiña cada objeto con su propio color.

El que yo recomiendo es uno ligeramente teñido de azul. Elimina la luz deslumbrante del papel y devuelve cada objeto tan cómoda y agradablemente que el ojo más delicado puede ver a través de él decididamente lo que sea sin molestia.

¿Con cuánta más comodidad y placer vemos el cielo azul al amanecer o los campos verdes en primavera que la tierra cubierta de nieve iluminada por el sol del mediodía?

En una nueva versión de su escrito, publicada en 1754, precisaba sus recomendaciones, con alguna atenuación:

La experiencia nos enseña que las mejores teorías son susceptibles de objeciones y nunca deben ser aceptadas por completo hasta que sean confirmadas por la práctica. Así se ha encontrado que los cristales de estos colores son ineficaces excepto en casos donde el defecto natural del ojo lo requiera o para trabajadores que miran objetos luminosos, para quienes son de gran utilidad, al volverlos objetos cómodos de ver. Pero para otros son muy perjudiciales, haciendo los objetos demasiado oscuros debido a la intensidad del tinte del cristal, e incluso afectando al ojo de tal manera que todos los objetos parecen del mismo tono durante algún tiempo después de usarlos.

A raíz de estas consideraciones hace algún tiempo me vi inducido a probar un nuevo tipo de cristal y recomendarlo al público, por ser más adecuado para los fines de los anteojos que cualquier otro tipo. Por estas razones: es más duro, más libre de vetas y, al ser de un tono verdoso, elimina en gran medida la luz deslumbrante, tan criticada en el cristal translúcido, aunque sigue siendo lo suficientemente transparente como para no ser susceptible de las objeciones tan justamente hechas a los de colores más intensos.

Que es más duro es evidente por la dificultad que conlleva trabajarlo, ya que los artífices pueden pulir casi el doble de la cantidad de cristales translúcidos de los que pueden hacer de este tipo en el mismo tiempo. Y, como hasta el menos versado en óptica sabe, se requiere la mayor precisión en la figura para hacer un buen objetivo en un telescopio largo, así que se sabe ahora por la experiencia de los trabajadores que este tipo de cristal hace excelentes lentes para ese propósito, mientras que es imposible hacer uno tolerablemente bueno con el cristal común.

Ayscough justificaba luego la cotización de sus productos en función de su calidad y la relación de ambos aspectos con los de la competencia, incluso los de la venta callejera y ambulante:

Que estos anteojos deben ser más caros se desprenderá del mayor costo que surge del trabajo, así como del precio más alto de los materiales. Pero el hecho de que sean tanto más convenientes bajo todo aspecto al cristal común, lo que la experiencia y la aprobación universal que han recibido confirman suficientemente, los hace más económicos en conjunto, ya que la diferencia de precio es insignificante en comparación con sus calificaciones superiores.

Pese a la oposición que se hizo a este tipo de cristal hace algún tiempo por parte de unas pocas personas del gremio, algunos de los opositores más vehementes ahora están tan convencidos de su excelencia que ellos mismos lo utilizan para los mismos propósitos.

Incluso en ese momento algunos de ellos reconocían las propiedades de este cristal aunque se oponían a él en público (como los orfebres de Éfeso que levantaban un clamor contra el cristianismo, temiendo que perjudicara el oficio al destruir el lucrativo negocio de fabricar objetos de culto), argumentando que arruinaría la venta de anteojos hechos de cristal de roca y cuarzos de Brasil, que durante algún tiempo habían sido muy elogiados por sus virtudes extraordinarias, cuando en realidad no hay nada que los recomiende más que su precio exorbitante y las ganancias nada pequeñas que proporcionaban a los artesanos. Porque a pesar de que son duros y toman un buen pulido, tienen una transparencia deslumbrante y un grano como el cristal de la isla, así como también una doble refracción. Y como se observó antes respecto del cristal translúcido, es imposible con estos materiales hacer lentes tanto para telescopios como para microscopios. Consecuentemente no podrían nunca ser buenos anteojos, aunque sus defectos no sean tan fácilmente descubiertos en un instrumento tan simple.

En resumen, el motivo de recomendar este cristal no fue otro que estar completamente convencido de sus propiedades por las razones antes mencionadas. Tampoco hubo ninguna pretensión de haberlos inventado. Sólo que, al ser el afortunado descubridor, pensé que era mi deber comunicarlo al público. Tampoco es cierto que este cristal se haya usado en todo momento y para bienes más ordinarios, como se ha insinuado falsamente. Dado que el precio no sería adecuado para los cristales vendidos por vendedores ambulantes y comerciantes callejeros comunes.

En cuanto a las patillas, recién en el anuncio intercalado al final de su folleto James Ayscough advertía de su otra innovación, adjudicándole una trascendencia extraordinaria, como en efecto tendría en la historia de los anteojos. Hasta entonces, sólo se habían ideado unas breves extensiones laterales, terminadas en espiral, para ajustarlas a las sienes —temples, en inglés, como desde entonces se denominan en esa lengua a las patillas—. Más tarde se añadieron unas presillas a sus extremos, para fijar eventualmente una cinta que pudiera rodear la cabeza. Ayscough fue más allá, agregando a las cortas temples originales una prolongación articulada mediante una segunda bisagra, que se flexionaba horizontalmente, permitiendo su apoyo sobre las orejas.

Así es como publicitaba su ingenioso adelanto dentro del amplio surtido de su óptica, como un útil agregado:

También tiene algunos marcos de doble articulación, un artilugio totalmente novedoso que es una extraordinaria mejora, considerando que eluden todas las objeciones hechas a los anteojos comunes de muelle, ya que no presionan ni sobre la nariz ni sobre las sienes, siendo la queja contra éstas la presión que causan en ese lugar, lo que detiene la circulación de la sangre y así ocasiona a muchas personas intensos dolores de cabeza.

Y además de sus más de treinta modelos distintos de anteojos, Great Golden Spectacles and Quadrant ofrecía:

Todo tipo de instrumentos ópticos, matemáticos y filosóficos. Particularmente telescopios de refracción, que, según varias pruebas recientes realizadas en el mar por los jueces más experimentados y competentes, se admite que aventajan grandemente a otros fabricados en Inglaterra. Gran selección de barómetros, ya sea portátiles o comunes, ajustados con precisión en marcos cuidados, cómodos y ornamentales, a precios muy diferentes, desde quince chelines hasta cinco guineas y más.

Desde febrero de 1755 James Ayscough contribuyó con la publicación mensual The Gentleman’s Magazine aportando un registro meteorológico diario que incluía una breve descripción general del clima, la temperatura y la presión barométrica, seguramente en uso de aquellos muy precisos instrumentos "ópticos, matemáticos y filosóficos" de fabricación propia.

Kenneth Mars en una escena de la comedia de terror Young Frankenstein (1974, Mel Brooks), protagonizada por Gene Wilder.

El actor encarna al autocomplaciente inspector Kemp, decidido contendiente del monstruo. Manco y tuerto, se sirve de un monóculo. Aunque lo lleva sobre el ojo tapado por el parche.

Anteojos con puente en X, patillas articuladas y cristales divididos que habrían pertenecido a Franz Schubert (1797-1828), exhibidos en la casa natal del músico en Viena, en Nußdorfer Straße 54, en el barrio Schubert, como se lo conoce hoy.

Se dice que incluso al dormir, el célebre compositor de lieder llevaba puestos sus anteojos para poder registrar sus ideas apenas despertaba. Habiendo vivido tan sólo 31 años, su repertorio asciende a casi mil composiciones. Así que uno tiende a aceptar la anécdota más inverosímil con tal de que sirva de excusa por carecer de tal capacidad de trabajo. Aunque respecto a los bifocales, surgen dudas sobre si una persona que murió tan joven los habría necesitado.

En este óleo temprano de Josef Abel, Franz Schubert aparece con unos anteojos parecidos a los de su casa-museo, como en casi todos los retratos que de él realizaron los pintores de su círculo de amigos, participantes en las Schubertíadas, las reuniones sociales en las que el joven músico presentaba sus obras.

Celos por antojos

A un caballero albino, que no via sin antojos, que llegando a una conversación de damas donde estaba una que él servía, se los pidieron para verlos y entre las demás miró muchas veces con ellos su propia dama.

Con mis antojos ufano,
Que son los favorecidos,
Entre tantos no cumplidos
Que han estado en vuestra mano,
Y si al viso soberano,
De la pura fe que os di,
Es pureza baladí,
La de los cristales bellos,
¿Para qué mirais por ellos
Tanto, y tan poco por mí?

Juan de Salinas y Castro

Décimas

Ferminius MCMLXXIV, autorretrato del pintor surrealista argentino Fermín Eguía (1942-2024), con unos grandes anteojos redondos.

La tendencia al museo

Unos anteojos de acetato de celulosa de alrededor de 1960, con forma de mariposa. Sobredimensionados, distraidos de consideraciones funcionales, fueron concebidos por Pierre Cardin (1922-2020), quizás como forma de autoexpresión o para amenizar algún evento social, y forman parte de la colección del Musée de la Lunette de Morez.

Lentes verdes, lentes jóvenes
y tubos en una máscara

Lentes verdes

Jueves 13 de diciembre de 1666

    Y durante estos tres o cuatro días he notado que el sobreesfuerzo de mis ojos a la luz de las velas los perjudica como lo hizo el invierno pasado. Ya que durante el día estoy bien y los tengo en buena forma pero después, con la luz de las velas, comienzan a irritarse y lagrimear. Así que planeo conseguir unas gafas verdes.

Lunes 24 de diciembre de 1666

    Detecto que realmente he sobreesforzado mis ojos por lo que ya se han vuelto débiles y propensos a cansarse y cualquier exceso de luz los irrita. Ahora que estoy obligado a sentarme a la luz de las velas, sumado a ello la nieve en el suelo todo el día, mis ojos están muy mal y estarán peor si no se les asiste. Así que Lord Bruncker me aconseja como cura segura el usar gafas verdes. Lo que haré.

    Esta tarde me compré un par de gafas verdes, a ver si ayudan a mis ojos o no.

Sábado 29 de diciembre de 1666

    Y por la noche, como hacía mucho frío, a casa al despacho. Allí estuve escribiendo hasta tarde. Pero mi ojo izquierdo muy irritado aún. Escribí con gafas toda esta noche, luego a cenar y a la cama.

Lentes jóvenes

Viernes 18 de octubre de 1667

    De allí a varios lugares para comprar un sombrero, libros, chalinas y varios recados que hice antes de llegar a casa. Entre otros, me compré dos nuevos pares de gafas de Turlington, quien, al parecer, es famoso por ellas. Su hija, ya que él no estaba, me recomendó dos lentes muy jóvenes¹, como los que más me ayudarían, y me prometió un gran alivio con ellos. Así que los probaré.

Lunes 4 de noviembre de 1667

    Desde el Exchange tomé un coche y fui por consejo a lo de Turlington, el gran fabricante de gafas, quien me disuadió de usar lentes viejos sino mejor jóvenes. Me dijo que nada puede dañar más mis ojos que usar anteojos de lectura, que magnifican demasiado.

Tubos en una máscara

Viernes 31 de julio de 1668

    El mes termina muy tristemente para mí, con mis ojos ahora casi más allá de cualquier uso. Estoy muy entusiasmado con probar el experimento recientemente publicado de los tubos de papel².

Martes 11 de agosto de 1668

    Luego a casa por el río al despacho y después a comer y de allí al despacho toda la tarde hasta la noche, muy contento con un pequeño ensayo que he hecho con mi ojo derecho del uso de un tubo de papel para la visión.

Jueves 23 de agosto 1668

    Después del almuerzo fuimos al despacho, el señor Gibson y yo, para examinar mi carta al duque de York, lo cual, para gran júbilo mío, hice muy bien con mi tubo de papel, sin molestia en los ojos. Y me gusta mucho lo que he hecho allí.

Lunes 1 de marzo de 1669

    Y luego, después del mediodía, mi esposa y yo salimos en coche de alquiler y pasamos la tarde en varios lugares, haciendo varias cosas en el ´Change y otros sitios para mañana. Entre otras cosas traje también a casa un molde de mi rostro hecho en yeso sobre el que hacer una máscara para mis ojos.

Sábado 24 de abril de 1669

    Muy contento esta noche de que Lead, el fabricante de máscaras, me haya traído a casa mi máscara con tubos fijados en ella, que espero que alivie los ojos, por lo menos en alguna medida.

Domingo 25 de abril de 1669

    Día del Señor. Arriba y a la oficina por un rato. Allí llegó Lead con mi máscara con tubos fijados dentro de ambos ojos, que, con la asistencia que él me indica, de cristales dentro de los tubos, me contenta mucho. Luego a la iglesia, donde un extraño dio un sermón aburrido aunque me complació mucho ver a las hermosas hijas pequeñas del Sr. Buckworth, y luego a casa a almorzar, donde vino W. Howe y almorzó con nosotros. Luego, cuando él hubo partido, a mi despacho para escribir mi diario de los últimos doce días. Y lo hice con la ayuda de mi máscara y los tubos fijados en ella. La encuentro muy cómoda pero qué tan útil será esta prueba para mis ojos está por revelárseme.

Sábado 8 de mayo de 1669

    Arriba y a la oficina, donde vino a verme Lead, al fin con mi máscara terminada, con los lentes que se pueden poner y quitar a voluntad. Creo que la he llevado al máximo, tanto en comodidad de uso como en provecho. Así que le pagué quince chelines por lo que le ha hecho ahora último para terminarla. Espero que me dé un enorme alivio.

    Toda la mañana en la oficina y hoy por primera vez me cambié de lado en la mesa. Después de más de ocho años sentándome en el que está cerca del fuego. Pero es que ahora no aguanto la luz de las ventanas en mis ojos. Comencé allí. Y me senté mucho más a gusto que del otro lado por un largo rato. Y en invierno el fuego no me molestará en la espalda.

Lunes 31 de mayo de 1669

    Y así termina todo lo que dudo que alguna vez pueda hacer con mis propios ojos en el seguimiento de mi diario, ya que no puedo hacerlo más. Habiéndolo hecho durante tanto tiempo que casi arruino mis ojos cada vez que tomo una pluma. Por lo tanto, sea lo que resulte de ello, debo abstenerme.

Samuel Pepys

Diario

1660-1669

¹ Mediante el contraste entre "jóvenes" y "viejas", se hacía referencia entonces a lentes cóncavas y convexas, según la edad del público que se tenía por su principal usuario.
² El “experimento de los tubos de papel” apareció en la revista Philosophical Transactions de la Royal Society, institución de la que Samuel Pepys (1633-1703) era entonces miembro y fue luego presidente. Bajo el título "Una ayuda fácil para la vista deteriorada" se transcribía allí la carta de una persona de unos sesenta años, un fabricante de telescopios, que explicaba su experiencia:
Tomé gafas que tenían los aros más grandes y sacando los cristales puse cuero negro español en forma de cono en los aros vacíos, suficientemente amplios como para abarcar todo el ojo. De inmediato vi el beneficio a través del extremo menor del cono al leer las letras más chicas, que así parecían como si fueran de un carácter grande y claro. (...)
Si me preguntan cómo se me ocurrió este dispositivo, les contaré todo lo que sé. Hace algunos años estaba ensamblando uno de los poliscopios de Hevelius. Mientras estaba probando el tubo sin las lentes dióptricas percibí que, aunque captaba muy poco y parecía apenas útil para algún propósito considerable, el objeto sin embargo me aparecía más claro y definido a través de él que a ojo descubierto. Esto lo recordé y a partir de eso hice la prueba y descubrí que el efecto respondía cumplidamente a mi caso.
En cuanto a vuestra prueba de anteojos tubulares, los tubos pueden ser de papel, sólo que coloreados de negro y pegados. Y con los pliegues internos extendidos de una a tres pulgadas, algunos de ellos sobresalidos para que la abertura sea más ancha o más estrecha, según se ajuste mejor a cada deficiencia.

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