La imagen de John F. Kennedy con sus anteojos de sol modelo Saratoga es una de las más reconocibles del presidente. Robert De Niro llevaba en Taxi Driver (1976, Martin Scorsese) unos Original Pilot, que —adoptados por la NASA para los astronautas de la misión Apollo 11— habían sido los primeros anteojos en la Luna. Eran una variante más cuadrada de los lentes desarrollados durante la Segunda Guerra Mundial para proteger la vista de los aviadores de la Marina. Denominado General, ese diseño redondeado caracterizó al motociclista rebelde interpretado por Marlon Brando en The Wild One (1953). Los Sirmont, con una montura que combinaba acetato y metal, quedaron asociados a la figura de Malcolm X. Los modelos Saratoga, Original Pilot, General y Sirmont, emblemas reconocibles de una cultura global, tienen en común haber sido fabricados por una empresa casi bicentenaria: American Optical.

El director ejecutivo del Museo del Patrimonio Óptico, Dick Whitney, ha ido atesorando material para sumar a su valiosa colección de instrumental oftalmológico, anteojos antiguos, planos, documentos, fotografías y pinturas. Los anuncios publicitarios gráficos de American Optical ostentan algunas firmas ilustres. Para ellos, en 1929, se le comisionaron seis pinturas a Norman Rockwell. Y en la exhibición del museo pueden apreciarse tres cuadros encargados en 1942 a Herbert Morton Stoops, ilustrador de la popular revista Blue Book. Representan diferentes escenas de comercialización de anteojos de alrededor del 1900 y denotan cierta nostalgia por un tiempo ido. Stoops había nacido en 1888 y creció en un rancho de Idaho donde asistió al ocaso del viejo Oeste. Esa conciencia de los cambios que se produjeron en la sociedad en el lapso de una vida y el contraste entre las virtudes objetivas del presente respecto de una idealización embellecida del pasado eran tópicos muy apreciados en la cultura de esos años. Lejos de considerárselas anticuadas, estas láminas pudieron verse habitualmente en los comercios de óptica de la época.

El director ejecutivo del Museo del Patrimonio Óptico, Dick Whitney, ha ido atesorando material para sumar a su valiosa colección de instrumental oftalmológico, anteojos antiguos, planos, documentos, fotografías y pinturas. Los anuncios publicitarios gráficos de American Optical ostentan algunas firmas ilustres. Para ellos, en 1929, se le comisionaron seis pinturas a Norman Rockwell. Y en la exhibición del museo pueden apreciarse tres cuadros encargados en 1942 a Herbert Morton Stoops, ilustrador de la popular revista Blue Book. Representan diferentes escenas de comercialización de anteojos de alrededor del 1900 y denotan cierta nostalgia por un tiempo ido. Stoops había nacido en 1888 y creció en un rancho de Idaho donde asistió al ocaso del viejo Oeste. Esa conciencia de los cambios que se produjeron en la sociedad en el lapso de una vida y el contraste entre las virtudes objetivas del presente respecto de una idealización embellecida del pasado eran tópicos muy apreciados en la cultura de esos años. Lejos de considerárselas anticuadas, estas láminas pudieron verse habitualmente en los comercios de óptica de la época.

Una de las imágenes representa a un vendedor ambulante ofreciendo solícito a una mujer de un ámbito rural su muestrario de anteojos. En otra, asistimos al interior de una joyería y relojería en la que, mostrador de por medio, el comerciante expende también unas gafas pregraduadas a una joven madre. En la última, una anciana se prueba en una oficina de correos los lentes que, presumimos, ha encargado por catálogo. En los tres casos resalta la preocupación por llegar al cliente a la vez que la ausencia de una debida prescripción oftalmológica y el asesoramiento de un profesional óptico, ventajas que el espectador sabría apreciar como propias de su presente. Entre tanto, la empresa postulaba un papel importante en esa larga historia.

En 1772, el rey George III del Reino Unido comisionó al pintor de origen alemán Johan Joseph Zoffany para que retratara a su proveedor de microscopios, un óptico de la calle Fleet llamado John Cuff. La representación de este taller londinense de fabricación de lentes para telescopios, microscopios y anteojos, atesorada por la Royal Collection en el castillo de Windsor, muestra al óptico con un cristal en la mano y a su asistente con la debida protección de un delantal y mangas de cuero, rodeados de diferentes herramientas de pulido y vidrio crown y un torno operado a pedal. La composición recuerda a la escuela holandesa por la paleta de colores y una intensa luz natural proveniente de una única ventana.

Hijo de un relojero, John Cuff había nacido en 1708. Fue aprendiz de James Mann, miembro destacado de The Worshipful Company of Spectacle Makers, la antigua corporación del gremio óptico. Fue admitido en 1729 como afiliado de pleno derecho a la Compañía y, en 1737, estableció su tienda bajo el letrero Reflecting Microscope & Spectacles. Falleció casi cuatro décadas después, en 1772, el mismo año en que fue retratado, tal como lo vemos, en su taller de óptica de la calle Fleet.

Modelos del 80

Monóculo

Lucio V. Mansilla

(1831-1913)

Anteojos sin montura

Francisco P. Moreno

(1852-1919)

Quevedos o pince-nez

Eduardo L. Holmberg

(1852-1937)

El dandy con que Rea Irvin ilustró la portada inaugural de The New Yorker, en febrero de 1925, interponía un monóculo entre su figura y una mariposa. Sofisticación europea y masividad democrática, elegancia establecida y moda efímera, aristocracia cultural y naturaleza indómita, tradición moderna y belleza americana expresaban en sus tensiones todo un programa. Tiempo después el personaje fue bautizado Eustace Tilley y se convirtió en el emblema de la revista que es versionado una y otra vez en sus tapas y hasta es objeto de un concurso abierto a los lectores.

La española Ana Juan lo dibujó como Eustacia Tilley, mujer, sosteniendo unos anteojos de sol, en Début on the beach, publicado en 2005.

Brooklyn's Eustace, del australiano Simon Greiner, ganó el concurso en 2013 mientras que la canadiense Anita Kunz se hizo cargo de una portada de 2015 con su Eustace Trippy, ambos, hipster y hippie, con sus anteojos identitarios puestos.

Y en 2019 Kadir Nelson le dio impertinentes con forma de mariposa a su mujer retratada en Spring blossoms, condensando así el instrumento para la visión con el objeto observado.

Las gafas delatoras

Después se despertó, le pidió dinero a Nespola y se fue al cine de al lado, donde echaban una película cómica americana. Yo estaba en la sala y lo vi en primera fila, sin gafas, riéndose de vez en cuando, sacudiendo todo el cuerpo encajado en la butaca, como si tosiera. En pocas palabras: a la salida del cine, los agentes, que ya habían estado en su casa, lo arrestaron y se lo llevaron en vilo a la comisaría. A la mañana siguiente todos los periódicos publicaban la noticia: Natale había ido a pagar el alquiler y había aprovechado la ocasión para matar a martillazos al casero, viejo y gotoso. Si no hubiera sido un hombre tan preciso quizás no lo hubieran descubierto nunca. Pero, para asestar mejor los martillazos se había quitado antes las gafas, dejándolas en el antepecho de la ventana; luego, con la excitación, las había olvidado, y allí las encontró la policía.

Alberto Moravia

"Las gafas"

Cuentos romanos

1954

Al norte de los Alpes, a orillas del río Bienne, en Morez —Jura, Bourgogne-Franche-Comté—, justo enfrente del centenario Hôtel de Ville se haya el moderno edificio del Musée de la Lunette. El pequeño poblado francés fue sede de talleres metalúrgicos a partir del siglo XVI y desde el XIX se fabrican allí armazones para anteojos. El museo está dedicado al patrimonio histórico de esa industria local pero desde 2002 alberga también la importante colección reunida por el óptico y diseñador Pierre Marly a lo largo de su carrera, que consta de unas 2.500 gafas e instrumentos ópticos de todas las épocas y las más diversas procedencias.

Al frente de una tienda instalada en París desde la posguerra, Marly atesoró todo tipo de anteojos, notorios no sólo por su propia materialidad y su valor histórico o su rareza sino también por el renombre de su propietario, como los impertinentes de Sarah Bernhardt o las gafas de Victoire de France, la hija de Luis XV.

Los propios diseños de Pierre Marly quizá también deban algo de celebridad a la fama de sus usuarios. Audrey Hepburn lució unos anteojos de sol suyos, mucho más grandes que lo usual hasta entonces, en la película Charade, de 1963, dirigida por Stanley Donen. Y tras ello fueron un enorme éxito de ventas. Sophia Loren apareció tiempo después con otra de sus creaciones, novedosa por su forma cuadrada, reminiscente de la de la pantalla de televisión de la época, y también, de súbito, muy popular. Pierre Marly no fue el último en darle lustre a sus productos con el aura de un nombre estelar.

Y no sólo la innovación impulsaba a la avant-garde de aquellos años sino también el hecho de que lo desacostumbrado, incluso lo insólito de sus creaciones escandalizara a las conciencias burguesas, cuando ello aún era posible. El sujeto creador ocupaba en ese paso el centro de la escena, tanto así como la personalidad del modelo. Un poco más recientemente, en las últimas vanguardias comenzó a apreciarse sobre todo la pura diversión y la instantánea belleza de una ocurrencia sin consecuencias. Bajo la concepción de un sujeto no trascendente y de un mundo desencantado, esa inclinación que dejaba atrás a la modernidad dio lugar al extendido gesto de la cultura pop. Así lo vemos a Elton John en un plano del videoclip de I’m Still Standing usando unos extravagantes anteojos pergeñados otra vez por Pierre Marly con forma de nota musical. Pero la sorpresa que vuelve exagerada suscita ahora nuevos sentidos. Del glamour del cine a la humorada camp, no hay vanguardia que sirva para otra guerra.

Un chiste andaluz

Como se acercaba el día de San Isidro, multitud de gente rústica había acudido a Madrid desde las pequeñas poblaciones y aldeas de ambas Castillas, y aun de provincias lejanas.
Llenos de curiosidad circulaban los forasteros por calles y plazas e invadían las tiendas y los almacenes para enterarse de todo, contemplarlo y admirarlo.
Uno de estos rústicos entró por acaso en la tienda de un óptico en el punto de hallarse allí una señora anciana que quería comprar unas gafas. Tenía muchas docenas extendidas sobre el mostrador; se las iba poniendo sucesivamente, miraba luego en un periódico, y decía:
—Con éstas no leo.
Siete u ocho veces repitió la operación, hasta que al cabo, después de ponerse otras gafas, miró en el periódico, y dijo muy contenta:
—Con éstas leo perfectamente.
Luego las pagó y se las llevó.
Al ver el rústico lo que había hecho la señora quiso imitarla, y empezó a ponerse gafas y a mirar en el mismo periódico; pero siempre decía:
—Con éstas no leo.
Así se pasó más de media hora, el rústico ensayó tres o cuatro docenas de gafas, y como no lograba leer con ninguna, las desechaba todas, repitiendo siempre:
—No leo con éstas.
El tendero entonces le dijo:
—¿Pero usted sabe leer?
—Pues si yo supiera leer, ¿para qué había de mercar las gafas?

Juan Valera

"Las gafas"

Cuentos y chascarrillos andaluces

1896

Cordones cardenalíceos

En este óleo de Doménikos Theotokópoulos, El Greco, de alrededor de 1600, el cardenal lleva unos anteojos sujetos a las orejas con cordones.  Trescientos años después de su invención, todavía faltaba un siglo y medio para que se ideara el modo de sostén más eficiente y cómodo que usamos hoy en día: las patillas.

Canción florentina de carnaval
(principios del siglo XVI)

Somos todos artesanos expertos en anteojos,
de los perfectos y naturales.

Con nosotros hay anteojos diversos
para cada vista y para cada edad;
con gusto enseñamos el arte
a solteras y casadas
y a viudas con velo
que quieran aprender a hacer anteojos.

Si hubiera algún joven
que también quisiera aprender
le enseñaremos el arte completo:
primero aplanar los cuernos,
después aserrarlos y taladrarlos,
hasta que sepa hacer anteojos.

Porque son hechos por arte
nigromántico de los planetas
Mercurio, Júpiter y Marte,
infusiones de hierbas y muchos secretos,
hacen a los hombres prudentes
cuando usan tales anteojos.

Se mete el cuerno en remojo
porque así se curva mejor;
hecho esto, la médula
de allí se tira y luego se asierra;
después se limpia y entonces se ajusta
dentro el cristal y son anteojos.

Para la edad de treinta y cuarenta
éstos son nítidos;
y éstos otros para cincuenta
y sesenta, limpios y finos;
para setenta son de cerca,
señoras, estos grandes anteojos.

Quien tenga esposo que sea viejo
y celoso necesita
ciertos anteojos espejados
a través de los que no se ve su vergüenza:
harán parecer como quien sueña
cuando ante los ojos tenga esos anteojos.

Charles S. Singleton (Ed.)

Canciones de carnaval del Renacimiento

1936

Anteojos anticonceptivos

Men seldom make passes

At girls who wear glasses.*

Dorothy Parker

"Artículo de actualidad"

Cuerda suficiente

1926

* Rara vez los hombres se insinúan a chicas que usan anteojos.

Las club de los coleccionistas

Los autores de Spectacles, Lorgnettes and Monocles, Derek Davidson y Ronald MacGregor, fueron reputados coleccionistas, fundadores en 1982 del Ophthalmic Antiques International Collectors' Club, que, con más de 200 miembros en todo el mundo, realiza todos los años, en mayo, en el College of Optometrists de Londres, una subasta y un encuentro general. 

Óptico de formación, Derek Davidson sirvió durante la Segunda Guerra en un cuerpo de logística del ejército británico y de regreso estableció su propio comercio en el rubro. Comenzó a coleccionar objetos oftálmicos, escribió la primera versión de este libro y presidió el Club hasta su muerte.

Ronald MacGregor, hijo de un farmacéutico de Ardrossan —North Ayrshire, Escocia—, tras servir como óptico durante dos años para la Royal Air Force en Chipre, volvió a su tierra y, en 1960, compró un local en la vecina Saltcoats, donde instaló una óptica que dirigió durante treinta y cinco años. Se retiró, sucedido por su hijo, y fue editor por casi veinte años de Ophthalmic Antiques, la publicación trimestral del Club. Asesoró a la casa de subastas Christie’s y al British Optical Association Museum, para el que restauró varios anteojos antiguos. Es autor de Restoring Ophthalmic Antiques (1990) y Collecting Ophthalmic Antiques (1992). Fue consultado para diseñar los anteojos de Scrooge y de Marley en la versión de Un cuento de Navidad de 2009, la película dirigida por Robert Zemeckis, y revisó y actualizó este libro.

Ronald MacGregor dice que una colección equilibrada puede constar de diez elementos o de dos mil pero debe tener un tema y contar una historia. Muchos elementos similares son una mera acumulación, a menos que se persiga el objetivo particular de mostrar un desarrollo y las variaciones.

Spectacles, Lorgnettes and Monocles (Gafas, impertinentes y monóculos) cuenta efectivamente una historia que avanza desde la escasez a la abundancia de su objeto en el mercado. Comienza con piezas raramente vistas entre coleccionistas ya que los pocos ejemplares existentes están en museos: las gafas de remache (rivet spectacles), básicamente dos lupas cuyos manguitos, asegurados juntos por el perno, se apoyaban en la nariz y que fueron inventadas en el norte de Italia alrededor de 1286.

Aunque son muy caras ocasionalmente pueden encontrarse las gafas que se desarrollaron algún tiempo después, fabricadas en una sola pieza de madera, cuerno, hueso o cuero y con un puente en forma de arco (bow spectacles).

Definitivamente es más fácil toparse con alguno de los anteojos que aparecieron unos cuatrocientos cincuenta años después, cuando se idearon, recién hacia 1725, unas sujeciones laterales, al principio cortas, para las sienes (temples), que se fueron prolongando hasta apoyarse, ya como patillas, en las orejas.

También hay en el mercado bastantes impertinentes (lorgnettes), surgidos alrededor de 1785: unas gafas con manguito pero más que nada un accesorio para exhibir en la ópera; y pince-nez, que aparecieron a fines del siglo XIX, de nuevo sin patillas.

El cuarzo era el material preferido al principio, aun cuando ya se había desarrollado el vidrio con calidad óptica, y a principios del siglo XX aparecieron los plásticos y las lentes de contacto. Se atribuye a Benjamin Franklin, a mediados del XVIII, la concepción de los bifocales.

Este pequeño libro de cuarenta páginas recorre ocho siglos de desarrollo de los anteojos, ilustrados con piezas y pasión de coleccionista.

Lágrimas sobre los impertinentes

Fernando se puso de pie y empezó a calzarse los guantes de piel de Suecia. Titubeó nuevamente:
—¿No tienes nada que decirme, Mercedes? ¿Nada… sobre ti… sobre Miguel…?
Ella sintió una vez más que el paisaje oscilaba alrededor y creyó que le iba a dar un mareo. Pugnó por descubrir en la sombra la expresión de Fernando, pero no pudo distinguirla:
—No… nada más…
—Entonces saluda a Alejandro de parte mía. Dile que lo encontraré en el Círculo. Y saluda también a Miguel.
—Sí… sí… —respondió Mercedes— a Miguel… a Miguel y a su padre.
Vio perderse entre los talas, encorvado y fino, al caballero de San Gregorio cuyo rostro ignoraría siempre. Alzó los impertinentes y las lágrimas le empañaron los cristales. Luego quedó sola junto a la casa en ruinas.

Manuel Mujica Láinez

"Regreso (1918)"

Aquí vivieron. Historias de una quinta

de San Isidro (1583-1924)

1949

Las gafas de Luca

El Museo del Prado conserva un retrato al óleo de principios del siglo XVIII, cuya autoría se desconoce y que representa a un personaje de grandes gafas con un puente en arco especialmente elevado. Ese rasgo distintivo constituye una pista para identificarlo plausiblemente con el portador de un modelo idéntico: el pintor napolitano Luca Giordano (1634–1705).

El taller de Carl Zeiss

A partir de un conjunto de microscopios y algunos otros instrumentos ópticos coleccionados por los empleados de la compañía Carl Zeiss se inauguró en 1922 en Jena, Thüringen, el Deutsches Optisches Museum. A esa base inicial se fueron sumando otras colecciones privadas de instrumental oftalmológico, lentes, gafas y telescopios pero también de gráfica, obras de arte y monedas con representaciones del objeto de interés del museo así como una biblioteca que alcanzó a contener alrededor de 5.000 volúmenes. Durante la Segunda Guerra se procuró resguardar en una mina abandonada el patrimonio del museo pero sufrió igualmente serio deterioro. La exhibición recién volvió a abrirse al público en sedes dispersas en 1965, tras los trabajos de restauración. Y poco más de una década después se reunió definitivamente en las amplias instalaciones que eran usadas como depósito de Carl-Zeiss-Platz 12.

El taller histórico de Carl Zeiss se incorporó a la muestra en 1988,  en coincidencia con el centenario de la muerte del fundador. De la colección de alrededor de 20.000 objetos atesorados por el Deutsches Optisches Museum más de dos mil pueden apreciarse en su exhibición permanente.

El óleo de Norman Rockwell que apareció el 19 de mayo de 1956 en la portada de la revista The Saturday Evening Post contraponía la autocomplacencia de un profesional óptico al fastidio de un joven catcher, inminente "cuatro ojos".

Un grabado de Jacques Callot, de 1616, perteneciente a la serie Diversas figuras grotescas, que representa a Pantaleone, el viejo avaro y lúbrico de la commedia dell'arte, caracterizado siempre por llevar anteojos.

La historieta Cuernovisión de Mauro Vargas (Bariloche, 1979) tiene por artilugio fantástico central, impulsor de una trama con giros imprevistos, unos anteojos que permiten visualizar los tradicionales cuernos que, simbólicamente, se dice, portan las víctimas de la infidelidad amorosa. Son los lentes "detecta-cornudos". La tira mereció en 2016 el primer premio del Concurso de Historieta organizado por la Biblioteca Nacional, ese año en homenaje al gran ilustrador argentino Carlos Nine.

Gafas de tres duros
(droguerías contra ópticas en el Madrid de posguerra)

Seoane, antes de ir a tocar el violín al Café de doña Rosa, se pasa por una óptica. El hombre quiere enterarse del precio de las gafas ahumadas; su mujer tiene unos ojos cada vez peor.
—Vea usted, fantasía con cristales Zeiss, doscientas cincuenta pesetas.
Seoane sonríe con amabilidad.
—No, no, yo las quiero más económicas.
—Muy bien, señor. Este modelo quizá le agrade; ciento setenta y cinco pesetas.
Seoane no había dejado de sonreír.
—No, no me explico bien; yo quisiera ver unas de tres a cuatro duros. *
El dependiente lo mira con profundo desprecio. Lleva bata blanca y unos ridículos lentes de pinzas, se peina con raya al medio y mueve el culito al andar.
—Eso lo encontrará usted en una droguería. Siento no poder servir al señor.
—Bueno, adiós; usted perdone.
Seoane se va parando en los escaparates de las droguerías.
Algunas un poco más ilustradas, que se dedican también a revelar carretes de fotos, tienen, efectivamente, gafas de color en las vitrinas.
—¿Tiene gafas de tres duros?
La empleada es una chica mona, complaciente.
—Si, señor, pero no se las recomiendo; son muy frágiles. Por poco más, podemos ofrecerle a usted un modelo que está bastante bien.
La muchacha rebusca en los cajones del mostrador y saca unas bandejas.
—Vea, veinticinco pesetas, veintidós, treinta, cincuenta, dieciocho (éstas son un poco peores), veintisiete...
Seoane sabe que en el bolsillo no lleva más que tres duros.
—Éstas de dieciocho, ¿dice usted que son malas?
—Sí, no compensa lo que se ahorra. Las de veintidós ya son otra cosa.
Seoane sonríe a la muchacha.
—Bien, señorita, muchas gracias, lo pensaré y volveré por aquí. Siento haberla molestado.
—Por Dios, caballero, para eso estamos.

(…)

Seoane coloca su violín sobre el piano, acaba de tocar "La cumparsita". Habla con Macario.
—Voy un momento al water.
Seoane marcha por entre las mesas. En su cabeza siguen dando vueltas los precios de las gafas.
—Verdaderamente, vale la pena esperar un poco. Las de veintidós son bastante buenas, a mí me parece.
Empuja con el pie la puerta donde se lee "Caballeros": dos tazas adosadas a la pared y una débil bombilla de quince bujías defendida con unos alambres. En su jaula, como un grillo, una tableta de desinfectante preside la escena.
Seoane está solo, se acerca a la pared, mira para el suelo.
—¿Eh?
La saliva se le para en la garganta, el corazón le salta, un zumbido larguísimo se le posa en los oídos. Seoane mira para el suelo con mayor fijeza, la puerta está cerrada. Seoane se agacha precipitadamente. Sí, son cinco duros. Están un poco mojados, pero no importa. Seoane seca el billete con un pañuelo.
Al día siguiente volvió a la droguería.
—Las de treinta, señorita, deme las de treinta.

* El billete de veinticinco pesetas, equivalente a cinco "duros", nombre informal de la moneda de cinco pesetas.

Camilo José Cela

La colmena

1951

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