
Una pintura de 1874 del suizo Albert Anker (1831-1910) representa al secretario de la parroquia. La pluma sostenida con la boca denota su concentración en el trabajo. Pero además sus anteojos de aros redondos tienen unas patillas rectas que le impiden una movilidad excesiva fuera de su foco de atención, a riesgo de que se le caigan. Esas straight temples, como se llamaban en inglés, se deslizaban con facilidad entre el cabello, por lo que el marco que las incorporase se denominaba también "modelo de dama". Las "patillas de inserción", adecuadas asimismo para las pelucas, estuvieron en uso desde mediados del siglo XVIII y, combinadas con distintas formas en los aros del frente, durante todo el siglo XIX.
Un artista muy reconocido en su país, identificado con rasgos atribuidos a la nacionalidad, Albert Anker supo representar mediante un realismo costumbrista la vida cotidiana de su entorno rural en Ins, una comuna en el cantón de Berna, y plasmó muchas veces escenas intimistas de personas leyendo libros o periódicos con sus anteojos.

El sastre del pueblo, que también se servía de unos anteojos para coser, no fue menos digno de ser retratado por el pintor.

¡OJO!

El uso de gafas y lentes de sol hace que el rostro parezca más agresivo porque amplía de manera artificial e involuntaria el patrón de la mirada. Si nos mira alguien que lleva anteojos, estamos recibiendo una “supermirada”. Las personas de temperamento apacible tienden a elegir gafas con montura delgada o sin montura (probablemente sin darse cuenta de por qué lo hacen), ya que esto les permite ver mejor con el mínimo de exageración en la mirada. De este modo, evitan despertar una agresión en respuesta. Una forma más intensa de "antimirada" es cubrirse los ojos con las manos o enterrar el rostro en el pliegue del codo. El simple acto de cerrar los ojos también interrumpe la mirada y resulta intrigante que ciertas personas cierren compulsivamente los ojos de manera breve y repetida cuando están frente a desconocidos y hablando con ellos. Es como si sus respuestas normales de parpadeo se hubieran alargado en momentos extendidos de enmascaramiento ocular. Esta respuesta desaparece cuando conversan con amigos cercanos en una situación donde se sienten a gusto. No siempre está claro si intentan bloquear la presencia “amenazante” del desconocido o si están intentando reducir la intensidad de su mirada o ambas cosas. Debido a su poderoso efecto intimidante, muchas especies han desarrollado manchas en forma de ojos como mecanismos de autodefensa. Muchas polillas tienen un par de llamativas marcas en forma de ojos en sus alas. Éstas permanecen ocultas hasta que los depredadores las atacan. Las alas, entonces, se abren y las brillantes manchas en forma de ojos destellan en la cara del enemigo. Se ha demostrado experimentalmente que esto ejerce una valiosa influencia intimidante sobre los posibles atacantes, quienes frecuentemente huyen, dejando a los insectos sin ser molestados. Muchos peces y algunas especies de aves e incluso mamíferos han adoptado esta técnica. En nuestra propia especie, los productos comerciales a veces han utilizado este mismo recurso (quizás conscientemente, quizás no). Los diseñadores de automóviles emplean los faros de esta manera y con frecuencia aumentan la impresión general de agresividad esculpiendo la línea del frente del capó en forma de ceño fruncido. Por añadidura, agregan “dientes expuestos” en la forma de una parrilla de metal entre las “manchas en forma de ojos”. A medida que las rutas se han vuelto cada vez más concurridas y conducir una actividad cada vez más beligerante, los rostros amenazantes de los automóviles han sido progresivamente mejorados y refinados, transmitiendo a sus conductores una imagen cada vez más agresiva. A menor escala, ciertos productos han recibido nombres de marcas con “rostros amenazantes”, como OXO, OMO, OZO y OVO. Afortunadamente para los fabricantes, estos no repelen a los consumidores: por el contrario, capturan la mirada y, habiéndola capturado, se revelan como nada más que inofensivas cajas de cartón. Pero el impacto ya ha surtido efecto, ya se ha atraído la atención hacia ese producto en lugar de hacia sus competidores.
Desmond Morris
El mono desnudo
El estudio de un zoólogo del animal humano
1967

Con tus antojos pintado
Ayer te vi retratado,
Celio, en casa de un pintor
y tiénete el buen señor
con tus antojos pintado.
Yo del pintor me reí
y aun de ti lo podría hacer,
por ver que aún pretendas ver
con tus antojos allí.
Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo
El sagaz Estacio, marido examinado
1620
Los graduados de Freud

Anteojos de carey conservados en la casa museo en Hampstead, Londres, donde vivió sus últimos días Sigmund Freud.

Anteojos de vano contentamiento
ADULACIÓN
Espantado me tiene, señora Vanagloria, y no diera crédito a las propiedades de tus anteojos, si no tuviera de ti el buen concepto que tengo.
VANAGLORIA
Dígote de verdad, que cualquiera que se los pone se les representan mil ilusiones, creyendo lo que no es, mediante que alguno lo incite.
ADULACIÓN
Dime, ¿qué oficial labró esos anteojos?
VANAGLORIA
El gran artífice Amor Propio, en el horno de la Ambición, que es más ardiente que el del vidrio.
ADULACIÓN
¿De qué les puso las lumbres? Si así se pueden llamar.
VANAGLORIA
La una es Presunción Vana, y la otra Deseo de Valer.
ADULACIÓN
¿En qué metal están engastados?
VANAGLORIA
En el oro del Vano Contentamiento y por esto casi todos los codician.
ADULACIÓN
¡Oh! Cuántos en el mundo traen estos anteojos, y cómo se les representan las cosas al contrario de lo que son, y en esto consiste nuestra ignorancia.
VANAGLORIA
Dónde no hacen mis anteojos maravillas, en público ni en secreto; y en las celdas y lugares más escondidos obran sus costumbres y acostumbrados efectos.
ADULACIÓN
¿Cómo puedes tú entrar en los monasterios?
VANAGLORIA
Si no entro descubierta, éntrome de lado rebozada; y más, que cualquiera de los mortales tiene otros anteojos en la cajuela de la Voluntad, y si la mano del Contentamiento los saca, ciertos son los toros.
ADULACIÓN
Yo dudo que en los monasterios se hallen tus anteojos.
VANAGLORIA
Miren qué mucho, habiendo estado en el cielo y en el Paraíso terrenal.
ADULACIÓN
¿Cuándo estuvieron en esos lugares?
VANAGLORIA
Cuando quiso ser Lucifer semejante al Muy Alto, la Soberbia le puso estos anteojos a él y a los que le siguieron. Y Adán y Eva con estos anteojos mismos miraron la manzana, creyendo a la Serpiente.
ADULACIÓN
De esa suerte, bien probados los tienes: cierta es su virtud.
VANAGLORIA
¿Quién piensas que hace a los reyes conquistar reinos, y a los grandes señores gastar excesivamente y estar siempre empeñados; y a los menudos presumir de ser como ellos, y a los mercaderes triunfar y quedar sin fruto, y a los mozos alabar su gentileza, y a las mujeres parecerles que son hermosas aunque tengan rostros de satanases, y a todos, en general, estimarse y contentarse de sí mismos? Sólo estos anteojos causan todas estas cosas, que sin ellas no habría policía, ni se acordarían de ella.
ADULACIÓN
Por cierto que son joya de gran señor, y que si los tuviera no me trocara por el gran Tahorlán.
VANAGLORIA
Óyete, pecadora de mí, que lo mejor del arnés se me olvidaba y quedaba entre renglones. ¿Quién hace a los letrados sustentar lo que en su vida supieron, vieron ni estudiaron, sino estos anteojos? Que la suerte de gente que más usa de ellos y más a menudo se los pone son éstos y poetas, que se contentan tanto de sus obras que con estar haciendo burla de ellas y de ellos no lo sienten ni lo ven, por ser mayor el deleite que estos anteojos les dan, que el vituperio que sus necedades ganan.
Fernán González de Eslava
Coloquios espirituales y sacramentales
1574
La artillería del binóculo

El Diccionario de la Academia define así el binóculo: “Lente de mano con dos brazos para mirar con ambos ojos a la vez”. En el Diccionario de lo Ridículo, en cambio, se lee: “Binóculo: instrumento de maledicencia, palanca de calumnia, pequeño indiscreto que te muestra la paja en el ojo de tu vecino sin hacerte ver la viga que obstruye el tuyo”.
Vestidos escotados de Suzanne en el baño chino, peinados adornados con redes, turbantes de la tienda de las bayadères, guantes de piel perfumados y binoculares con piedras preciosas ilustran este hermoso claro de luna y la otra.
Leyenda que acompaña "La artillería del binóculo", litografía satírica de Henri-Gérard Fontallard (1798-1843), publicada en 1839 junto a la revista Aujourd’hui. Journal des modes ridicules.

En 1912, con motivo de la celebración del 50° aniversario de la firma, el fotógrafo C.J. Hofker retrató al óptico A.J. Schokking Jr. junto a sus tres hijos. Con sede en Rokin 123, Ámsterdam, fueron fabricantes de barómetros, termómetros, pince-nez y anteojos con patillas. Otra imagen los muestra de pie en el umbral de su establecimiento, visto en perspectiva desde el puente sobre el canal, ubicado hoy junto a la boca de la estación Rokin del metro.

Un debate soez con cuernos y corales

Mientras escuchábamos estas noticias, Panurge entabló un debate con un comerciante de Taillebourg llamado Dindenault. La causa del debate fue la que sigue. Este Dindenault, al ver a Panurge sin bragueta y con los anteojos sujetos al gorro, comentó sobre él a sus compañeros:
—Miren ahí una hermosa señal de cuernos.
Panurge, debido a sus anteojos, oía mucho más claramente de lo habitual. Así que al escuchar ese comentario le reclamó al comerciante:
—¿Cómo diablos podría ser yo cornudo, que aún no estoy casado como tú lo estás, según puedo juzgar por tu careta mal agraciada?
—Ciertamente sí lo estoy —respondió el comerciante— y no querría no estarlo ni por todos los anteojos de Europa ni por todas las antiparras de África. Porque tengo en matrimonio a la más hermosa, más afable, más honesta y más recatada de las mujeres que haya en toda la región de Saintonge, sin que se ofendan las demás. Le traigo de mi viaje una hermosa rama de coral rojo de once pulgadas de largo, como regalo de comienzo de año. ¿Qué te importa a ti? ¿Qué te metes? ¿Quién eres tú? ¿De dónde eres? ¡Oh, anteojero del Anticristo, responde, si eres de Dios!
François Rabelais
El cuarto libro
de los hechos y dichos heroicos
del buen Pantagruel
1552
La conexión Gutenberg

La primera imagen impresa de una persona usando anteojos. De 1475, la xilografía pertenece a una especie de manual de historia universal para principiantes publicado en Lübeck por Lucas Brandis, Rudimentum novitiorum o Rudimentos de los novicios. Esta figura se usa repetidas veces a lo largo de las 474 páginas del libro para encarnar a distintas celebridades que vivieron sin embargo, todas ellas, cuando aún no se habían inventado las gafas, como Pitágoras, Empédocles, Filón de Alejandría o Séneca.
De igual modo, un grabado de un personaje con anteojos es aprovechado en La crónica del mundo de Hartmann Schedel (Die Schedelsche Weltchronik), de 1493, para representar tanto al patriarca bíblico Jacobo como al filósofo Antístenes, al historiador cristiano Julio Africano o al médico persa Al-Razi.

Una repetición rendidora en términos de eficiencia, si bien hay 1.804 ilustraciones en el libro editado en Núremberg, gracias a ella sólo se realizaron 652 planchas para su impresión. Respecto al anacronismo, debemos cuidar siempre de no incurrir en uno similar al impugnarlo. Porque no sería apropiado trasladar nuestra visión del mundo —que ha interiorizado una conciencia del devenir histórico como tiempo lineal e irreversible— a sujetos inmersos en una cultura tradicional en la que lo terreno carece de valor intrínseco y funciona, más bien, como signo de una realidad trascendente y de un plan divino en el que los ciclos se repiten, con variaciones sólo aparentes.
Documentada su invención a fines del siglo XIII, los anteojos ya se producían en masa cuando aparecieron representados en estos incunables, como se llaman los primeros libros impresos, en la segunda mitad del siglo XV. Pero ¿qué relación hay entre la invención de los anteojos y el advenimiento de la imprenta de Gutenberg? John Dreyfus, tipógrafo, diseñador, editor e historiador de la impresión británico, planteó el interrogante en un artículo publicado en 1988 en The Library, la revista de la Bibliographical Society. Más allá de las innumerables suposiciones sin suficiente corroboración fáctica, Dreyfus proyecta el marco de una posible investigación sobre el tema, con algunas hipótesis prometedoras.
Los anteojos habían extendido la vida activa de los monjes copistas y también el rango de edad del público lector. La ingeniería que Gutenberg adaptó y optimizó para la imprenta (básicamente tinta a base de aceites, tipos móviles y prensa de tornillo) provocó un incremento exponencial en la cantidad de libros disponibles. La oferta y la demanda de libros y anteojos no dejaban de expandirse y, cabe pensar, potenciarse mutuamente. Los adelantos técnicos coordinaban una fuerte caída en los precios de esa producción masiva. En el caso de los anteojos, Dreyfus sugiere además que su fabricación con un material tan abundante como el cuero habría contribuido a abaratar los costos. Aunque falta evidencia para esbozar el cuadro completo. “Ciertamente, es bastante decepcionante para los bibliografistas que disponen de catálogos y mapas que muestran con gran precisión dónde y cuándo se introdujo la imprenta durante el siglo XV, no tener nada comparable en lo que respecta a la fabricación de anteojos en la Europa contemporánea”, se lamenta.
Una teoría plausible es que el aumento en la disponibilidad de libros pudo haber tenido una relación directa, a través de la ampliación del número de los lectores, con el crecimiento en el mercado de los anteojos. La imprenta pudo ser causa de un mayor uso de gafas. Y la producción en gran escala podría haberla abaratado. Las abundantes referencias en el arte y la literatura de la época a vendedores ambulantes de anteojos abalarían esa conjetura.
Pero además, inversamente, el estilo y los métodos de producción de los libros podrían haber sido influídos por esa amplia disponibilidad de lentes. Por un lado, la certeza de que gracias a ellos el público podría leer sin dificultad caracteres pequeños habría permitido reducir costos por el ahorro en un insumo gravoso como el papel. Por otro lado, la difusión de ayudas ópticas podría haber contribuído a elevar los criterios de calidad en la impresión de libros, así como se ha especulado que el uso de lupas y gafas promovió el gusto por la ejecución y apreciación de un arte pictórico más detallista.
Dreyfus lo resume a través de las reflexiones de otro historiador de la imprenta, Harry Carter, en 1969, que “pensaba que los avances en lentes ópticas a finales del siglo XV explicaban probablemente ciertos cambios en el gusto en materia de escritura y caracteres tipográficos; en particular, una marcada preferencia por la mayor finura en la ejecución, la precisión, la nitidez y la atención al detalle.” De hecho algunas estampas de la época muestran que los joyeros, reputados como los primeros artesanos que tallaron punzones para caracteres tipográficos, eran claros beneficiarios de las ventajas de usar anteojos.
Conexiones complejas entre libros y anteojos, el enigma sigue abierto en torno a estos dos objetos culturales que sin embargo hemos naturalizado en tanto que herramientas esenciales en nuestras vidas.


La actriz y guionista Niní Marshall (1903-1996) caracterizada como Mónica Bedoya Hueyo de Picos Pardos Sunsuet Crostón, uno de los personajes que interpretaba en LR1 Radio El Mundo en diálogo con Juan Carlos Thorry.
“Mónica es la niña bien, orgullosa de su aristocrática estirpe. Snob, acepta todo lo extravagante que la moda y las costumbres imponen y critica y desecha lo común, por plebeyo, vulgar y mersa”, ha escrito la comediante describiendo su creación. Y en la fotografía, es posible apreciar que la caricaturesca silueta de los anteojos, satírica de la ampulosidad de unas gafas gatunas, es un añadido posiblemente de cartón sobre unos lentes de marco convencional.
La imagen es obra de la destacada fotógrafa de origen alemán que plasmó a todas las estrellas del cine y la radio argentinas desde los años 30, Annemarie Heinrich (1912-2005), a quien vemos con unos anteojos estilizados en uno de sus autorretratos.

En 1985 Niní Marshall publicó un libro de memorias en el que explicó —con la modestia de los genios— la cambiante recepción por parte del público, según variaban los tiempos, de las realidades que se manifestaban a través de sus personajes y cómo la escucha era un insumo de su trabajo:
¿Cómo nació Mónica? En 1956, cuando estrené el personaje y salvo durante el tiempo en que me radiqué en México, hacía años que vivía en Barrio Norte. Me bastaba salir a la puerta de mi casa para encontrar infinidad de Mónicas. Si iba a algún comercio del barrio, allí estaban comprando. Si frecuentaba reuniones en casas de amigos, las encontraba. Conversaba con ellas, las observaba, veía cómo se vestían y sobre todo, las oía. Rodeada, en cierta forma, de pitucas, pude espiarlas y después transmitir a través de mi personaje su tilinguería y su snobismo.
Mónica... ¡Perdón! Mónica Bedoya Hueyo de Picos Pardos Sunsuet Crostón —no me perdonaría olvidarme ninguno de sus apellidos— no fue copia de ninguna persona en particular. Se dijo entonces que yo me había inspirado en una familia uruguaya amiga nuestra, que era hija de Fulano, la nuera de Zutano y muchas otras invenciones más. No es cierto. Lo que ocurrió es que la mayoría conocía una Mónica, entre sus relaciones, a la que atribuían mi musa inspiradora. Todas lo fueron. Así como Catita fue producto del conventillo, descendiente de inmigrantes italianos y Cándida era ella misma la gallega importada, Mónica fue el resultado del Barrio Norte, donde abundaban y abundan como ratificación de la vigencia de mi personaje. No faltaron quienes sostuvieron que era la contrafigura de Catita. Yo pienso que más que tal, fue la venganza de todas las Catitas, a quienes por muchos años había tomado el pelo. Ahora, éstas, quizás ya no desde el conventillo, tenían de quién reírse.
Lo cierto es que el personaje lo estrené en Montevideo y esa temporada lo hice por primera vez en Buenos Aires. Un mes más tarde de su debut, Mónica amenazaba con eclipsar en popularidad a Catita y Cándida, los dos puntales de mi galería hasta ese momento. Ese reconocimiento rápido que hizo el público del personaje confirmó que había acertado al extraer y dar vida a las pitucas y que ellas eran una realidad en nuestra conformación social. Lo siguen siendo.

Moneda de oro de medio ducado acuñada por el rey Christian IV de Dinamarca en 1647.
Bajo unas gafas de arco, lleva una leyenda en latín, VIDE MIRA DOMI (posible abreviatura, esta última palabra, de domini), que se traduciría como "contempla las maravillas del Señor".
Viajeros en residencia

En algún momento de 1945, Maeve Brennan se probó unos vistosos anteojos de madera y Nina Leen estuvo allí con su cámara para capturar el instante. La escritora y la fotógrafa compartían algo más que aquella escena. De origen irlandés, la primera escribía sobre moda en Harper’s Bazaar; la segunda, nacida en el Imperio Ruso, trabajaba como fotógrafa de moda en Life. Ambas vivían en Nueva York.
En 1969, Maeve Brennan (1917-1993) reunió las notas que había firmado como "la dama prolija" para la sección "Talk of the Town" de la prestigiosa revista The New Yorker. En el prólogo del libro escribió:
Aun después de más de veinticinco años, la dama prolija no puede considerarse a sí misma una "verdadera" neoyorquina. Si tiene un título, es uno detentado por muchos otros, el de viajera en residencia.
Una fotografía de una familia de granjeros de Ozark tomada por Nina Leen (c. 1914-1995) se contó entre las imágenes y sonidos que Carl Sagan seleccionó para representar la diversidad de la vida en la Tierra en las sondas Voyager 1 y 2, lanzadas en 1977. Al presentar el proyecto, el físico señaló:
La nave espacial será encontrada y el registro reproducido sólo si existen civilizaciones avanzadas, capaces de viajar en el espacio interestelar, pero el lanzamiento de esta "botella" al "océano" cósmico dice algo muy esperanzador sobre la vida en este planeta.
"Viajeros en residencia", todos lo somos en alguna medida. Pero algunos —los más perceptivos, los más avanzados, en verdad— son quienes mejor logran captar la vida de una ciudad ajena o reflejar el espíritu de un linaje que no es el propio.

Elton John en el trono, témpera sobre pan de oro en panel imprimado con yeso, de 1978, de Suzi Malin, que se conserva en la National Portrait Gallery de Londres. El músico es famoso por la diversidad de modelos extravagantes de anteojos con que ha aparecido en público.
Ni una palabra de anteojos

Los anteojos, o más bien los cristales para anteojos que se colocan sobre la nariz o delante de los ojos para leer, escribir y, en general, para ver los objetos cercanos mejor de lo que lo permitirían los ojos por sí solos, no son en verdad una invención tan reciente como los catalejos, pues los precedieron por más de tres siglos. Sin embargo, su descubrimiento pertenece a los tiempos modernos y no los conocieron los antiguos.
Sé bien que los griegos y los romanos tenían artesanos que fabricaban ojos de vidrio, cristal, oro, plata y piedras preciosas para las estatuas, especialmente para las de los dioses. Aún pueden verse cabezas de sus divinidades con los ojos huecos, tal es el caso de un Júpiter Amón, de una bacante y de un ídolo egipcio de los cuales se conservan figuras. Plinio menciona un león de mármol cuyos ojos eran esmeraldas. Los de la Minerva del templo de Vulcano en Atenas, que según Pausanias brillaban con un color verde marino, no eran sin duda otra cosa que ojos de berilo. M. Buonarroti tenía en su gabinete algunas pequeñas estatuas de bronce con ojos de plata. Se llamaba faber ocularius al artesano que realizaba este tipo de trabajos y ese término aparece en inscripciones funerarias. Pero no se refería más que a un fabricante de ojos postizos o artificiales y de ningún modo a un fabricante de anteojos tales como los que usamos nosotros.
Sería muy sorprendente que los antiguos los hubieran conocido y que la historia jamás los mencionara en relación con ancianos o cortos de vista. Sería aún más asombroso que los poetas de Grecia y Roma no se hubieran permitido nunca un comentario satírico o burlesco al respecto, cuando no se privaron de hacerlos en tantos otros aspectos. ¿Cómo es que Plinio, que no deja escapar nada, habría omitido este descubrimiento en su obra y particularmente en el libro VII, capítulo 56, que trata sobre los inventores de diversas cosas? ¿Cómo es que los médicos griegos y romanos, que indican mil métodos para aliviar la vista, no dijeran una palabra de los anteojos? En fin, ¿cómo pudo interrumpirse su uso, que se funda en las necesidades de la humanidad? ¿Cómo podría haberse perdido con el tiempo el arte de fabricar un instrumento óptico tan simple, que no requiere talento ni genialidad? Concluyamos, pues, que los anteojos son un invento moderno y que los antiguos desconocieron este valioso recurso para ayudar y aliviar la vista.
Louis de Jaucourt
"Anteojos (Historia de las invenciones modernas)"
Enciclopedia o Diccionario razonado
de las ciencias, las artes y los oficios
Denis Diderot y Jean Le Rond d'Alembert (editores)
1765
Sombras satánicas tras el glamour ferroviario
Edgar Allan Poe inauguró una iconografía destinada a perdurar cuando, en su cuento "Bon-Bon" (1835), añadió un sugestivo detalle en la descripción del diablo que, con porte de sombría santidad, dialoga con el filósofo-gastrónomo protagonista:
Un par de anteojos verdes, con cristales laterales [green spectacles, with side glasses], protegía sus ojos de la influencia de la luz y, al mismo tiempo, impedía a nuestro héroe averiguar tanto su color como su conformación.
Simulación falaz, porque en realidad el diablo escondía un vacío más pavoroso que lo que podría ser cualquier mirada; carecía del más mínimo vestigio de ojos:
¡Ojos! ¡Mi querido Bon-Bon, ojos! ¿Has dicho ojos? ¡Oh, ah! ¡Ya veo! ¿Los ridículos grabados, eh, que circulan, te han dado una idea equivocada de mi apariencia personal? (…) Para uno de mi profesión, los ojos a los que aludes serían meramente un estorbo, susceptibles de ser arrancados en cualquier momento por un hierro para tostar o una horqueta. Para ti, lo admito, esos asuntos ópticos resultan indispensables. Esfuérzate, Bon-Bon, en usarlos bien; mi visión es el alma.
H.G. Wells llevó más allá ese vacío satánico que omite la vulnerabilidad humana, falseada tras unos anteojos. En su "novela grotesca" El hombre invisible (1897), el protagonista, que había llegado a la posada a pedir alojamiento en medio de una nevada, se niega a quitarse el sombrero y el abrigo para secarlos. Además de guantes y vendas que cubrían toda su cabeza,
llevaba grandes anteojos azules con cristales laterales [big blue spectacles with sidelights] y unas tupidas patillas que sobresalían sobre el cuello del abrigo y ocultaban por completo sus mejillas y rostro.
Avanzado el relato, en un ataque de furia, el huraño personaje se desprendió al fin de la nariz postiza que llevaba, desencadenando la revelación de su estado.
Se quitó los anteojos y todos en la barra quedaron boquiabiertos. Se quitó el sombrero y con un gesto violento arrancó sus patillas y las vendas. (…) Era peor que cualquier cosa imaginable. (…) Esperaban cicatrices, deformidades, horrores tangibles pero ¡nada! (…) Tropezaron unos con otros bajando los escalones. Porque el hombre que estaba allí gritando alguna explicación incoherente era una figura sólida que gesticulaba hasta el cuello del abrigo y luego… nada, ¡nada visible en absoluto!
Tras el éxito de Dracula y Frankenstein —en 1931— y The Mummy —al año siguiente—, Universal Studios encargó al director británico de la segunda de estas películas "de monstruos", James Whale, la adaptación cinematográfica de la novela de Wells, consolidando al estudio como el sello de los clásicos de terror. Notable en su momento por los efectos especiales, The Invisible Man (1933) mostraba en pantalla los anteojos con laterales mencionados en el libro.

El hombre invisible quedó asociado desde entonces a esos peculiares anteojos que se ajustaban con precisión a aquellos descritos tanto en la novela de Wells como en el cuento de Poe. Lejos de ser un modelo nuevo, había alcanzado cierta notoriedad en el siglo XIX. Eran los así llamados “doble D” o “anteojos de ferrocarril”.
El registro más temprano de producción de un armazón semejante data de la década de 1820 en el distrito de Clerkenwell —junto a la City londinense—, según puntualiza Neil Handley, curador del Museo de la British Optical Association en el College of Optometrists.
Los doble D eran acaso una derivación de los anteojos de cuatro lentes que el óptico John Richardson patentó en 1797. Aquel invento anexaba a los costados, mediante bisagras, dos aros de forma redondeada —la de rigor en la época—. Esos armazones articulados ofrecían varias alternativas funcionales. Tintados, los cristales laterales proporcionaban, desplegados, mayor amparo ante la luz pero también podían abatirse hacia el frente para lograr una sombra más intensa. Y, con la graduación correcta, los lentes así superpuestos se convertían en anteojos de lectura: una suerte de bifocales un poco más trabajosos que los que había popularizado Benjamin Franklin.
La novedad ulterior de la forma en D de los ojos ampliaba el grado de protección que brindaba el modelo. Ello ocurría porque, al cerrarse el intersticio dejado por la tangencia entre las curvas —sustituida por una línea recta—, se daba lugar a una bisagra doble, más firme, y se extendía al máximo posible la cobertura de los cristales, relativamente pequeños en la época.


Dado el éxito del modelo, su producción persistió a través de los cambios que se sucedieron en la forma de las patillas —otra invención, por entonces, bastante reciente y en desarrollo—. De las más anchas y articuladas que presentaban los doble D en la primera mitad del siglo, pasaron luego a otras más finas y aptas para apoyarse suavemente en las orejas.
Si bien la aparición de este tipo de anteojos ocurrió antes del auge del ferrocarril, la defensa que podían proveer ante el viento, el polvo, el hollín y las chispas —o la seguridad simbólica que prometían ante el vértigo de una velocidad inaudita— los convirtió en accesorios característicos del medio de transporte más moderno del siglo. Ese vínculo con un aura de progreso pudo influir en la ostentación que de ellos hicieron varios personajes retratados en el período.



Nathaniel Olds fue representado en 1837 con unos doble D —con los cuatro cristales tintados en verde— en un óleo pintado por su inquilino, el pintor itinerante Jeptha H. Wade (1811–1890), quien más tarde sería un rico empresario de telégrafos, bancos y ferrocarriles y abuelo del fundador del Museo de Arte de Cleveland, donde se conserva la obra.
El MusEYEum atesora un Retrato de caballero español firmado por José Buzo en 1839, cuando aún no había ferrocarriles en la península. Esa realidad no perturbó al dandy, que luce unos anteojos de protección con laterales verde azulados y frente translúcido.
Thomas Bartlett Griffith, un próspero fabricante de hornos de Carver —Massachusetts—, se hizo fotografiar en tiempos de la Guerra Civil, cuando estaba alistado como capitán en la Compañía K del 3.er Regimiento de Infantería, con una versión de los doble D con patillas y puente finos y un tinte suave en los cuatro cristales.
Un catálogo de 1853 de la óptica Lerebours & Secretan, de París, quizá ayude a iluminar la compleja parábola de los doble D. En él se distingue entre dos modelos designados con nombres diferentes, términos que luego convergieron en la denominación de uno de ellos. Por un lado, los anteojos de cuatro lentes con forma de herradura (lunettes à quatre verres, forme de fer à cheval), que costaban 15 francos en acero azulado o 20 francos en acero templado —el triple y el doble que unos comunes del mismo material—. De ellos se dice que estaban “destinados a disminuir la intensidad de la luz” y que “son muy preferibles a los ordinarios, provistos de crespón o de tafetán”. Una ilustración los identifica claramente.

El otro ítem del listado son los anteojos de ferrocarril (lunettes de chemin de fer), que costaban entre 7 y 10 francos. No se menciona ni el material con que estaban hechos ni la forma de sus ojos, pero sí que estaban provistos de mallas metálicas. Cabe conjeturar que se trataba de una suerte de antiparras semejantes a las que usaban los maquinistas de las locomotoras. Pero la proximidad con los doble D, tanto en sentido como en función, pudo haber llevado a un solapamiento de las palabras: la confusión semántica derivó en una confusión léxica.
Así como la aviación en el siglo XX, el ferrocarril aportó un toque de glamour a aquellos anteojos que se asociaron fugazmente con una necesidad práctica de protección para desempeñar una actividad específica. Más tarde, los doble D se convirtieron en objeto de lujo, quizás porque retuvieron algo de su capacidad para representar el espíritu de una época. A la vuelta del siglo, la ficción cinematográfica aprovechó esa cáscara vacía —fantasma cultural de una moda olvidada, cuyo sentido original se había perdido— para hacerla reverberar con nuevos motivos, que la literatura, por su parte, ya había insinuado. Los anteojos pueden jactarse de esa especial aptitud para atraer todo tipo de interpretaciones.




Claude Rains abrió una galería de personajes con doble D encarnando al hombre invisible, su primer rol protagónico aunque su rostro recién aparece unos segundos antes de terminar la película.
En The Tomb of Ligeia (1964) —una de las adaptaciones de cuentos de Poe dirigidas por Roger Corman— los anteojos de ferrocarril ayudan a mitigar la fotofobia de Verden Fell, el torturado viudo representado por Vincent Price; aunque no lo redimen de los horrores que lo acechan desde el más allá.
Robert Downey Jr. aparece con unos doble D similares en Sherlock Holmes: A Game of Shadows (2011), uno de los tantos modelos de la amplia y sofisticada colección de anteojos exhibida por el detective.
Y en Dark Shadows (2012) —la comedia de terror dirigida por Tim Burton—, el personaje de Johnny Depp, Barnabas Collins, tras permanecer casi dos siglos en su ataúd, trae consigo unos clásicos anteojos de ferrocarril en un viaje en el tiempo a 1972. El relato incurre en un anacronismo reiterado, porque no tenemos noticia de que existieran los doble D en el siglo XVIII, pero la dimensión propia que han adquirido como objeto cultural los exime de atenerse a la anécdota histórica. Una y otra vez, los anteojos se cargan de significado, excediendo la llana realidad. Cuando la fascinación por lo moderno los abandona, son capaces de encontrar resonancias nuevas en la literatura o el cine, que los aproximan a monstruos, demonios, seres malditos o genios excéntricos. Y quien se ponga un par de anteojos doble D, aunque no lo advierta, estará evocando toda una constelación de nuestra historia cultural.
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