
Cuatro personas en un escalón, del sevillano Bartolomé Murillo, circa 1655.

Retrato de Johanna Eugenia Theadora Van Hoorn Schouwe, de la neerlandesa Thérèse Schwartze, 1918.
Qué otra cosa que pájaras
La moda que todo lo avasalla, que lo trastorna todo y que, aun cuando se extravíe, halla séquito bastante que siga sus huellas y acate sus leyes, emanadas de la exageración más risible; la moda, pues, conveniente pocas veces, ridícula las más, es casi siempre el pensamiento dominante que preocupa y sugiere a nuestras damas esos aforismos de meriñaque, esos pleonasmos en el rostro y esos apotegmas puestos sobre la nariz que, hablando con lisura y propiedad, denomínanse lentes o quevedos. Las más lindas parecen feas y éstas, demonios, no mujeres, cuando ataviadas de tal manera pasean su desfigurada fisonomía o por el Prado o por las calles de Madrid, quitando ilusiones, sembrando la consternación en los pechos más inflamables y produciendo la repugnancia en todos los hombres. Si estas damiselas conocieran en toda su extensión el efecto que producen, a buen seguro que presto veríamos desaparecer de sus trajes, afeites y adornos tales rimbombancias... ¡Ah! Pero la moda es tiránica. Y cuanto más opuesta a la razón y a la sencillez, tanto más irresistible, porque se comprende menos. Lo inverosímil, lo raro, lo extravagante tiene atractivos grandes que saborear. Y mucho más en una época como la nuestra, en que, estragado el verdadero gusto, se rinde culto, no ya a la excentricidad, sí que más bien a la fútil futilidad de todas las futilidades femeniles.
—Chico —decíale el otro día un joven que acababa de llegar a la corte a otro amigo suyo que le acompañaba del brazo—, ¡esto es pasmoso! Me parece Madrid una ciudad de pájaros que andan y no vuelan.
Idea tan original no podrá menos de extrañarte, no lo dudo, pero hay en ella algo de verosímil. Y si no, observa todas las fisonomías que encontremos al paso: obsérvalas bien y después que de su conjunto hagas un examen detenido, si no me das enteramente la razón, ya verás cómo no es tan grande disparate el creer en la metempsicosis o sea, la transmigración de las almas. Porque te repito que Madrid, más bien que una ciudad de seres humanos, me parece una ciudad de pájaros y, sobre todo, de pájaras.
—Efectivamente —contestóle el otro—, pájaros y pájaras hay de muchos calibres y en abundancia. Pajarracos políticos y pajarracas algo impolíticas, consideradas socialmente.
—No voy yo por ahí, amigo mío, aunque en ese punto estemos acordes —le replicó el primero—. Lo que yo quiero decirte y a donde voy a parar es a los mochuelos.
—¿Te has vuelto loco?
—No te diré que no me haya trastornado la cabeza el ver en los paseos, en los teatros, en todas partes, en fin, esa caterva de polluelas que han dado ahora en la manía de ponerse quevedos. Te confieso francamente que yo, que siempre he tenido el prurito de comparar a las mujeres con las palomas…
—¡Hombre! ¡Hombre!
—Sí. Porque las mujeres, ¿qué otra cosa son que aves cuando son bonitas?
—Pues hasta ahora no se me había ocurrido semejante cosa. ¡Conque las mujeres son aves!
—Ríete cuanto quieras pero yo las he mirado así siempre. Por consiguiente, ahora, en lugar de creer que parecen palomas, me parecen mochuelos. Contempla su fisonomía, su nariz sobre todo, en la cual se ostentan esos quevedos del diablo y dime tú si no encuentras en ellas algo de esas feas aves de rapiña a que aludo. Yo tengo para mí que estas tales o lo fueron así allá en tiempos muy lejanos o que después que se mueran han necesariamente de trocarse en mochuelos o cosa equivalente.
—Según eso, ¿tú crees en los disparates de Pitágoras?
—Hace algún tiempo que medio dudaba de su sistema. Actualmente creo en él a pies juntillos.
—Con que quedamos…
—En que muchas fisonomías tienen algo de pájaro. Lo que demuestra afinidad de especies. Y sobre todo, que las polluelas que llevan quevedos son, a no dudar, mochuelos que se disfrazan de mujeres para chasquearnos algún día.
—A lo menos, confiésote que en lo feo se dan mucho aire las ninfas a que te refieres a esas aves nocturnas. Unas y otras producen, sin saber por qué, instintiva repugnancia cuando se presentan a nuestra vista.
Con cuya última objeción quedó por entonces concluido el extraño diálogo de los dos amigos, no sin producir cierto efecto en una señorita fashionable, que, al oírlos, se desmayó tres veces y juró desterrar de su lindísimo rostro esos maldecidos espejuelos, que tanto amenguan la verdadera belleza. Sirva esto de lección para las demás.
La Iberia
Diario liberal de la mañana
Madrid, 28 de septiembre de 1854.



Una división de la ciudad aún más marcada es la que existe entre el barrio francés o creole y el barrio americano. La calle Canal, que separa el Primer y el Segundo distrito, es esa línea divisoria y separa dos poblaciones tan diferentes en raza, idioma, costumbres e ideas como lo pueden estar dos etnias que viven próximas y sólo están separadas por una línea imaginaria.
De este modo se describe en La guía turística creole de la ciudad de Nueva Orleans (1910) la avenida céntrica en la que se hallaba el Godchaux Building, una tienda departamental de seis plantas construida por el exitoso inmigrante emprendedor y dueño de grandes plantaciones, Leon Godchaux, el "Rey del azúcar del sur". En ese edificio comercial tenía su oficina el doctor Felix Gaudin, óptico graduado, auspiciante de la publicación consagrada a orientar a los visitantes de la ciudad de los inicios del jazz.
El anuncio publicitario del doctor Gaudin —que se encuentra en el interior de la contratapa de la guía turística— hace gala de un peculiar sentido del humor. Lo ilustra una caricatura en la que un óptico miniaturizado, quizás con intención de connotar "falsa modestia", ajusta unos anteojos sin patillas, binóculos o pince-nez, a un paciente adulado como gigante. El encabezado del texto, "He nose the eyes", podría traducirse como "Él sabe de ojos", aunque el verbo —knows— ha sido sustituido jocosamente por otra palabra —nose— que, en inglés, suena parecido pero remite al exclusivo agarre de los armazones típicos de aquellos años: la nariz. Bromas aparte, el texto enaltece con seriedad el conocimiento científico del óptico y su calidad de experto en el negocio, así como la moderación en los precios de unos productos de óptima calidad.
La vibrante multiculturalidad de Nueva Orleans, el espíritu festivo de su Mardi Gras y el flujo vital del Mississippi, que potenció y diseminó sus tradiciones, parecen haber influido en la forma en que un óptico profesional realizaba el "ajuste de los lentes exactos para que se adapten a la vista individual".

Por qué adoro mis antojos
Con las lunas contemplo, de mis antojos,
en tus ojos, suaves soles hermosos.
Bien merecen, ¡oh Laura!, que los adore,
pues les debo a sus lunas el ver tus soles.
En las lunas se miran de los espejos
pero yo, por las lunas, mi espejo veo.
Cuando miro tus ojos por medio de ellas,
recibiendo tus rayos, siempre están llenas.
De esos rayos hermosos y luz celestial,
recibiéndola ellas, me lleno yo más.
Sin romper sus cristales, pasan por ellos;
ellos más luz reciben, yo mayor fuego.
Duplicar sol y luna contempla el orbe;
yo duplico las lunas y tú los soles.
Cuando tú las retiras, tus ojos graves
son, por mal de los míos, lunas menguantes.
Tan escuras se miran sin tu belleza,
que a la sombra se hallan las lunas mesmas.
Y yo entonces me veo sin tu hermosura,
en antojos creciente, menguante en lunas.
Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo
La sabia Flora malsabidilla
1621
La óptica de Ford

Lo principal en las películas es fotografiar los ojos de la gente. Fotografiar sus ojos.
Entrevista a John Ford de Mark Haggard
1970
Un marrano con anteojos

Retrato del doctor Messenger Monsey (1693-1788), pintado por Mary Black, que se conserva exhibido en uno de los salones del Colegio Real de Médicos de Londres.
Su colega William Wadd, en su miscelánea de biografías de la profesión publicada en 1824, Nugæ Chirurgicæ (nimiedades quirúrgicas), se refirió a Messenger Monsey en estos términos:
Una rareza médica, con una cuota de agudeza mental y formación literaria. Comenzó su carrera en Bury, donde experimentó el destino común del médico rural: fatiga constante, grandes desplazamientos y honorarios escasos. Con una peluca raída, botas sucias y calzones de cuero, bien podría haber degenerado en un rutinario médico de provincias, cuyos méritos no habrían trascendido más allá de una crónica local y cuyos errores médicos habrían quedado ocultos en un cementerio parroquial, de no ser por una asistencia accidental al conde de Godolphin, en la que la naturaleza —o Monsey— tuvo éxito y el conde, agradecido, le consiguió el nombramiento en Chelsea y, en última instancia, le dejó una generosa herencia.
De un entorno rural estrecho y monótono fue repentinamente trasplantado a una tierra de promisión y refinamiento, con los condes de Chesterfield y Bath, sir Robert Walpole y Garrick como compañeros y amigos.
Incluso en esa sociedad, Monsey conservó la llaneza original de sus modales y, con una sinceridad sin reservas, a veces decía la verdad de una forma que resultaba ofensiva. Y al llegar a la vejez adquirió una aspereza en el trato y un descuido del decoro que lo hicieron objeto del desprecio de quienes lo consideraban un cínico y un misántropo.
Mary Black (c. 1737-1814) era muy joven cuando recibió el encargo de retratar al doctor Monsey y a un primo suyo, además de realizar una copia de cada uno de los cuadros. Sin embargo, consciente de su valía —que, con el tiempo, le granjearía el éxito financiero y la independencia—, solicitó £25 por el trabajo, la mitad de la tarifa habitual de su maestro, el célebre Sir Joshua Reynolds. Pero los comitentes se resistieron a abonar ese monto. Se conservan cartas en la Biblioteca Británica en las que se quejaban de tener que pagar a Mary Black por sus servicios profesionales, alegando que ya le estaban haciendo un favor por el mero hecho de posar para ella.
Además, Messenger Monsey se mostraba descontento con su imagen en la pintura: decía que parecía “un marrano con armadura”. Se veía ridículo con un atuendo pomposo. Incluso le sugirió a Mary que su padre —también artista— fuera quien la terminara o, directamente, que la quemara. Nunca tomó posesión del retrato.
Listado entre las pertenencias de Mary tras su muerte, el cuadro pasó de generación en generación, en la familia, hasta que un sobrino bisnieto lo donó al Colegio Real de Médicos, en 1877.
En el retrato del doctor Messenger por Mary Black, dos detalles contrastan con la supuesta afectación del personaje y nos recuerdan, simbólicamente, que toda presunción es vana y cualquier orden puede alterarse: el libro abierto, abandonado sobre la rodilla en un momentáneo equilibrio, y los anteojos, sostenidos apenas por un dedo del médico. Esto último era posible porque sus patillas correspondían a un modelo temprano, ideado por entonces, cuando aún no tenían por función apoyarse en las orejas y terminaban en aros que repartían mejor la presión sobre la cabeza. Por añadidura, permitían ese agarre tan peculiar observado en el retrato, con sólo un dedo, casi sin esfuerzo.


MÓNICA BEDOYA HUEYO DE PICOS PARDOS SUNSUET CROSTÓN
¿Qué te vas a poner? Yo, pantalones y blusón, para despatarrarme a gusto. Y anteojos ahumados, para dormir a patasuelta, ¿me asumís? Pero, pichona: con la vida activa que llevo —reuniones, canasta, beneficios, golf, boîte—, no tengo tiempo ni para dormir. Si no me duermo en los conciertos y en las conferencias, ¿dónde querés que duerma? ¿Sabés que Josefina Camambert se operó la nariz? Porque era tan ñata que para sostener los anteojos tenía que sacar la lengua.
"No me interrumpas, ¡tarúpido!"
JOVITA DE LAS NIEVES LEIVA PEÑA Y OBES
¡Azules! ¡Reme no usa anteojos verdes por razones de moralidad!
"La Reme se va de viaje"
Niní Marshall
Mis memorias
1985
El imposible Santo Patrón

San Jerónimo lee una carta con la ayuda de unas gafas, óleo recientemente atribuido a Georges de La Tour (1593-1652), conservado en el Museo del Prado.
Eusebius Sophronius Hieronymus, más conocido como San Jerónimo, nació en Estridón, Dalmacia, alrededor de 340, y murió en Belén hacia 420. A partir de una profunda formación en la cultura de la antigua Roma, se interesó progresivamente en el estudio de las sagradas escrituras cristianas. De su trabajo de recopilación de un cánon definitivo y su traducción del griego y el hebreo al latín resultó la llamada Vulgata, la edición para el pueblo de la Biblia, que el Concilio de Trento sancionó como la versión oficial. Por ello, orientado a la exégisis bíblica, se lo considera uno de los Padres de la Iglesia. Los traductores celebran su día el 30 de septiembre por la fecha en que se supone Jerónimo de Estridón habría muerto. Es uno de los santos más representados en la historia de la pintura occidental aunque los atributos con los que se compuso su imagen no han sido siempre atinados históricamente. Su iconografía incluye un anacrónico atuendo color escarlata de cardenal, bien en su escritorio rodeado de papeles y libros o bien en la semidesnudez penitente del desierto. Lo suele acompañar un león, para actualizar la leyenda por la que el héroe trastrueca la fiereza del animal por su fidelidad al quitarle una astilla de la pata. Se suma una calavera que remite al tópico del memento mori, el recordatorio clásico de la finitud del ser humano. Y aunque haya nacido casi mil años antes de que se fabricaran los primeros anteojos, los artistas han gustado siempre de representar al santo traductor disponiendo de ellos, como si necesitara ese añadido imposible para completar su apariencia de estudioso. De hecho, se han asociado tanto los anteojos con la figura de San Jerónimo que hasta se le ha atribuido erróneamente su invención. Y no resulta sorprendente, por todo ello, que se lo haya sindicado como santo patrón de los fabricantes.

San Jerónimo escribe semidesnudo, con tan sólo algunas prendas de color granate y unos anteojos, junto a la cruz y la calavera, en un óleo de Lionello Spada (1576-1622) conservado en el Palazzo Barberini de Roma.

San Jerónimo en su gabinete, fresco de Domenico Ghirlandaio, 1480.

Anteojos de sol para las vacas soviéticas

—Era previsible que para usted los temas de su relación con la política fueran el comunismo y el peronismo, como para toda su generación.
—El comunismo tuvo una influencia fatal, no fatal porque fueran siniestros sino que no se daban cuenta de lo que eran. Eran como una multinacional que tenía que mandar a Moscú lo que Moscú quería recibir.
—Sin embargo, su experiencia en Italia...
—Bueno, eso era aparte. Pero los comunistas eran unos sinvergüenzas. Ahora me enteré, había un señor Pablo Robotnik que había escrito cien preguntas y respuestas sobre la Unión Soviética. Recuerdo una que era deliciosa: "¿Es verdad que en la Unión Soviética las vacas usan anteojos de sol?" Y la respuesta es: "Sí, es verdad, en los prados verdeantes del Círculo Polar Ártico que ahora florecen, el resplandor es tan grande que necesitan los anteojos".
"Ya me acostumbré a la idea de que la Argentina es peronista"
Entrevista a Tulio Halperín Donghi de Carlos Pagni
La Nación
Buenos Aires, 13 de septiembre de 2008.

El escritor Lytton Strachey, leyendo con anteojos, retratado por Dora Carrington en 1916.
Lytton (1880-1932), hermano del psicoanalista James Strachey —el traductor de la obra completa de Sigmund Freud—, es autor de biografías como Victorianos eminentes (1918), La reina Victoria (1921) y Elizabeth y Essex (1928).
Carrington (1893-1932) no expuso en vida su obra pictórica. Recién a partir de 1970 comenzaron a apreciarse sus retratos y paisajes.
Lytton y Carrington mantuvieron una relación intensa y prolongada, de convivencia incluso, pese a la homosexualidad de él y el matrimonio de ella. Formaron parte del Círculo de Bloomsbury, junto a la escritora Virginia Woolf, su hermana, la pintora Vanessa Bell, el novelista E.M. Forster y el economista John Maynard Keynes, entre muchos otros. Un año después de la muerte de Lytton por un cáncer, se suicidó Carrington.

Mercader ambulante despojado por monos, un grabado de Pieter van der Heyden (c. 1530-c. 1574) a partir de la obra de Pieter Bruegel (c. 1528-1569). Los animales, burlones, orinan el sombrero del desprevenido durmiente, evidencian el hedor de su trasero y juguetean con la multitud de objetos que han extraído de su arcón, entre ellos unas gafas.

En otra de su obras —muy difundida— sobre los proverbios flamencos, Pieter Bruegel plasmó escenas figurativas de un centenar de dichos populares, con esa coralidad tumultuosa que lo caracterizaba. Algunos de los refranes o locuciones que registró todavía se usan hoy en día, como "ser llevados por la nariz", "mirar a través de los dedos" o "el pez grande se come al chico". Pero otros lucen enigmáticos para nosotros.
Carolus Tuinman explicó un significado curioso que se le daba a la expresión “venderle a alguien anteojos” todavía en el siglo XVIII: "Ya sea porque los anteojos engañan la vista o porque los vendedores de gafas, generalmente astutos, a menudo suelen ser estafadores", decía el lexicógrafo, la frase se usaba con el sentido figurado de "engañar". Es que, más allá de la decencia, en ese espacio cultural, la verdad derivaba, más bien que de lo real o de su percepción, de una realidad superior que no pertenecía a este mundo. Así, la burla de que es objeto el buhonero por parte de los monos podía entenderse, dentro de aquella peculiar cosmovisión de la época, como una sanción moral por sus consabidos pecados, magnificando así el efecto cómico de la escena.
En la exuberancia de El festival de los necios, otro grabado de Pieter van der Heyden, basado nuevamente en la obra de Bruegel, se puede detectar otro personaje con gafas.

Un pasaje de la leyenda rimada, debajo de la ilustración, contiene una alusión expresa al engaño con que se asociaban los anteojos, como registró Tuinman, pero en el contexto del tópico de la necedad. Dice:
Los necios más viles desperdician sus bienes por entre las nalgas.
Luego están aquellos que llevan a los otros por la nariz.
Algunos venden arpas de boca y otros, lentes,
Con los que engañan a muchos otros necios también.
Para colmo, en el original neerlandés, los "lentes" del tercer verso —brillen— riman con las "nalgas" del primero —billen—. Más allá de la sabiduría popular y de las connotaciones escatológicas, el presunto necio vendedor que se localiza en el grabado tiene unas gafas sujetas a su capucha. Ése era un método utilizado entonces para mantener los anteojos en la posición correcta, en una época en la que aún no se habían inventado las patillas.

De forma implícita, el prejuicio compartido respecto de las gafas puede apreciarse nuevamente en El pintor y el comprador, un dibujo a lápiz y tinta del propio Pieter Bruegel.

Pincel en ristre, con unas copiosas cejas que caen sobre su mirada potente, la varonil ancianidad del pintor contrasta con la manifiesta simpleza del comprador, quien, lampiño, hurga en su faltriquera y revela una visión disminuida que requiere de la ayuda de unas gafas. La disparidad en sus actitudes se ve realzada en la medida en que, en aquel contexto específico, ninguna verdad trascendente admitía con ventaja una corrección tan engañosa y mundana como la que ofrecían los anteojos.
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