
Evolución del rostro a lo largo del tiempo, una serie de retratos de Suzi Malin, realizados con témpera sobre paneles imprimados con yeso, del pintor británico David Hockney. Cada cuadro lleva un título jocoso en relación con la obra del artista. Après Splash hace referencia al famoso chapuzón en una piscina californiana que representó en 1967, reflejado en sus anteojos espejados. Après Dachs alude a las pinturas que realizó al cumplir 50 años, en 1987, con Stanley y Rupert como modelos, sus dos perros salchicha (Dachshund). Y Après Ash remite a sus paisajes con fresnos (ash trees) de 2008.
Après Splash / Après Dachs / Après Ash.

Conforme el rostro de David Hockney evolucionaba, entre esos intervalos de dos décadas, su obra y sus anteojos también cambiaban aunque conservaran ciertas continuidades, como la forma redonda de sus lentes. Esas persistencias en el tiempo, cuando se ponen de manifiesto, al ser representadas, generan una ilusión de identidad. Sin embargo, el arte pop se planteó precisamente deconstruir esa visión de las cosas, propia de una consciencia plena y sin fisuras, y enfatizar en cambio el carácter efímero de lo real, su inasibilidad y su plenitud siempre escurridiza. En particular, Hockney se refirió en estos términos al chapuzón de su famosa pintura californiana:
Cuando lo ves así en una pintura es incluso más llamativo que en una fotografía porque sabes que una fotografía se toma en un segundo o menos. De hecho, si es un chapuzón y no hay desenfoque en él, sabes que se tomó en una sesentava de segundo, menos tiempo del que el chapuzón realmente existió. La pintura A Bigger Splash llevó mucho más tiempo en hacerse que el tiempo que el chapuzón existió, por lo que tiene un efecto muy diferente en quien la contempla.
Y, en un sentido próximo, a partir de sus obras de cuatro décadas después, apuntaba sobre la naturaleza:
Los árboles son la mayor manifestación de la fuerza vital que vemos. Ningún árbol es igual a otro, como nosotros. Todos somos un poco diferentes por dentro y lucimos un poco diferentes por fuera. De ello te das cuenta más en invierno que en verano. No son tan fáciles de dibujar, especialmente cuando tienen follaje. Si no estás allí en el momento adecuado, es difícil ver las formas y los volúmenes en ellos. Al mediodía, no puedes hacerlo... Los árboles se vuelven amigos. Un camino que me gusta especialmente tiene árboles que deben haber sido plantados hace doscientos años. Siempre me han gustado los árboles pero estando aquí te fijas realmente en ellos. Notas cosas. Los fresnos siempre son los últimos en brotar.

Retrato realizado alrededor de 1830 por Ralph Eleaser Whiteside Earl de Andrew Jackson (1767-1845), séptimo presidente de los Estados Unidos, en el que exhibe unos anteojos redondos dorados con las anchas patillas típicas de la época.
Una pintura de Edward D. Marchant, en cambio, lo muestra al fundador del Partido Demócrata con unos anteojos de cuatro lentes. Este modelo tenía dos aros adicionales, sujetos por bisagras a los lados, que les permitían plegarse para convertirse eventualmente en gafas de lectura.

En The Hermitage, la casa-museo cerca de Nashville, Tennessee, donde Andrew Jackson vivió hasta el fin de sus días, se han conservado unos anteojos de plata con aros redondos, puente en C y patillas deslizantes.

En el interior de su patilla izquierda tienen grabada la leyenda "Gen. A. Jackson" y en la derecha la marca del óptico: "M'ALLISTER / PHILADᴬ".


Washington, 12 de noviembre de 1806.
Señor:
Usted me ha proporcionado anteriormente gafas reducidas en tamaño para facilitar la visión por encima de ellas sin tener que moverlas. Esto es una gran comodidad. Pero la reducción no ha sido suficiente para hacerla completa. Por lo tanto, le envío un dibujo n° 1 tan reducido en amplitud como para alcanzar esa comodidad por completo y dejar, sin embargo, campo suficiente para cualquier propósito. Le agradeceré un par de monturas hechas fielmente según el dibujo y un conjunto de lentes como se menciona en el mismo papel.

Aquellos que deben usar gafas saben lo conveniente que sería tener diferentes aumentos en la misma montura. El doctor Franklin probó esto con lentes semicirculares unidas horizontalmente, los semicírculos superiores e inferiores con diferentes potencias, lo que me dijo que funcionaba perfectamente. Me gustaría probarlo, por lo que le envío un dibujo n° 2 de acuerdo con el cual le pediré que haga otro par de monturas y un juego completo de lentes semicirculares como se menciona en el papel. Éstas, por necesidad, renunciarán en parte a la otra conveniencia de mirar por encima de ellas. Con estos anteojos, le ruego me envíe un par de gafas con vidrio claro y un pequeño estuche con tres lupas de diferentes potencias que se cierran en un único estuche de cuerno. Se usan principalmente para leer las divisiones finas de instrumentos astronómicos o geométricos y se encuentran comúnmente en las tiendas. El dibujo en el margen da una idea del objeto cuando las tres lupas están desplegadas. Presumo que estas piezas, colocadas entre dos cartones, pueden llegar de manera segura por correo. El importe le será remitido tan pronto como lo sepa. Acepte mis saludos y mejores deseos,
Th. Jefferson
Esta carta inicia la correspondencia entre Thomas Jefferson (1743-1826), entonces tercer presidente de los Estados Unidos, en Washington D.C., y John McAllister, óptico de Filadelfia, y brinda testimonio de cómo se realizaban entonces, a distancia, los sucesivos ajustes en las medidas y prescripciones para los anteojos.
Las gafas de lectura que el redactor original de la Declaración de Independencia ayudó a diseñar se conservan hoy en Monticello, su casa-museo en las cercanías de Charlottesville, Virginia, una residencia en cuya planificación también participó.

Los anteojos de plata de Jefferson tienen aros ovalados, puente en Ω (omega), patillas plegables horizontalmente y, en el interior de la derecha, aparece grabada la marca del óptico: "M'ALLISTER / PHILADᴬ".
M'ALLISTER / PHILADᴬ
El escocés John McAllister (1753-1830) llegó a América en 1775, cuando comenzaba la guerra por la independencia de las Trece Colonias. De oficio ebanista, empezó produciendo látigos y bastones pero hacia finales del siglo tuvo ocasión de comercializar un surtido de anteojos importados. A la vuelta del siglo siguiente ya los fabricaba y habían pasado a ser su principal ocupación. Terminaría por ser considerado el primer óptico de profesión del país y el iniciador de todo un linaje.

El retrato de John McAllister que ha llegado a nosotros, de 1812, es obra de James Peale, hermano de Charles Willson Peale y tío de Rembrandt Peale, una familia de pintores que plasmó las imágenes icónicas de George Washington, John Adams, Alexander Hamilton, Benjamin Franklin o Thomas Jefferson, es decir de algunos de los Padres Fundadores de los Estados Unidos. Que un óptico de Filadelfia, cuna de la Independencia y de la Constitución, llegara a ser recordado a través de tan célebre pincel probablemente se deba a la prominencia que su profesión le aseguraba, como pionero en una actividad esencial que lo vinculaba con la élite de la joven federación, más allá, por supuesto, de la prosperidad resultante de su propia actividad.
En una de sus cartas al presidente Thomas Jefferson, fechada el 14 de noviembre de 1806, con el propósito de convencerlo de la necesidad de tomar de nuevo la medida de su distancia interpupilar, ya que consideraba errónea la que le había suministrado, John McAllister menciona que anteriormente había provisto de bifocales ( “el método del doctor Franklin”) a aquellos hermanos artistas:
He hecho cantidad de gafas con foco cercano y lejano en cada ojo, recientemente ajusté dos pares para los señores James y Charles Peale para pintar miniaturas, que funcionan extremadamente bien.
En dos pasajes más de esa correspondencia, que iba y venía entre la nueva capital, Washington, y Filadelfia, la ciudad que hacía muy poco había dejado de serlo, se pone de manifiesto la pericia adquirida por John McAllister en el oficio y su destreza para salir airoso ante los desafíos que se le planteaban. El 1 de diciembre le escribía al presidente:
Los ojos con doble enfoque han representado un desafío particular para mí debido a lo pequeñas que son las lentes y a la dificultad de ajustar tantos pares divididos en mitades. La unión central ha tenido que ser ligeramente redondeada. De haberse unido completamente planas o cuadradas, habrían corrido el riesgo de astillarse al apretarlas con los tornillos. Por esta razón, la unión debe ser mayor de lo que se podría esperar. Para lograr el ajuste adecuado, puede ser necesario colocar un poco de papel suave en el borde del cristal. Los he hecho para permitir eso con facilidad. Además, existe el riesgo de que las lentes se rompan si se aprietan demasiado.
Y respondiendo a una inquietud manifestada por Jefferson, le confiaba el 25 de noviembre de 1808:
Cuando pongo lentes dobles circulares, para evitar que giren, preparo un poco de pegamento aguado con tiza hasta obtener la consistencia de una crema espesa, que aplico en el borde del cristal. En pocos minutos se endurece y asegura el cristal. Si los que le envío ahora son demasiado pequeños y los otros no se pueden ajustar, enviándolos de vuelta puedo darles forma ovalada y adaptar las lentes en ellos.
Según el relato sobre el pasado de la empresa familiar que aparece en uno de sus catálogos, muchos años después, el comercio de ramos diversos establecido por John McAllister en 1783 se encontraba en la calle Market. Pero en 1796, ya abocado de lleno a la óptica, la fotografía y el instrumental científico, se mudó al 48 (hoy 206) de la calle Chestnut, a unas pocas cuadras del Independence Hall y la agrietada Campana de la Libertad.
En 1807, tras graduarse en la Universidad de Pensilvania, se incorporó al negocio el único varón de los tres hijos del iniciador, el homónimo John McAllister (1786-1877). Desde 1811, la sociedad pasaría a llamarse John McAllister e hijo.
Se conserva un retrato al óleo de John hijo realizado por Thomas Sully en 1831.

Casado con la hija de un prestigioso impresor y librero de Filadelfia, el heredero y nuevo líder de la empresa familiar tuvo diez hijos. El destinado a hacerse cargo del negocio fue el primogénito William Young McAllister (1812-1896), que se incorporó en 1830, en coincidencia con el fallecimiento de su abuelo fundador. Un daguerrotipo realizado por Marcus A. Root en 1850 lo muestra, al tercero de la dinastía, con todo el circunspecto aire de seguridad que, uno puede suponer, requeriría la conducción de una firma ya bien asentada.

Otro daguerrotipo, realizado unos años antes por William G. Mason, el titular de la papelería y taller de grabados lindero, de 46 Chestnut St., registró en 1843 el aspecto de algunas de las tiendas de ese lado de la calle.

En una marquesina todavía se descubre la leyenda "J. McAllister & son". Aunque, para entonces, el corresponsal de los primeros presidentes de la nación ya había fallecido; su hijo John, el individuo de galera que posa en el centro de la imagen, en la vereda del negocio, se había retirado —al cumplir cincuenta años— y era su nieto William quien presidía McAllister & Co. desde hacía casi una década.
La figura de John McAllister hijo es reconocible porque nos han llegado varios retratos suyos, realizados en distintos formatos a lo largo de su vida.



Una miniatura en el Museo de Arte de Filadelfia lo representa en sus treinta. Es una acuarela sobre marfil de 1817, obra de Anna Claypoole Peale, hija de James Peale, el célebre pintor que había retratado a su padre unos años antes.
Pasados los cincuenta, en 1840, John McAllister fue el primer cliente del estudio de Robert Cornelius, el autor del primer daguerrotipo en Estados Unidos, realizado tan sólo un año antes.
Y en 1859, con la dignidad de sus setenta años cumplidos, acentuada por unas grandes patillas encanecidas, muy al gusto de la época para adoptar un aire de honorabilidad, posó ante el fotógrafo Benjamin F. Reimer, quien plasmó su imagen utilizando una técnica de impresión en papel salado. John McAllister hijo, fue siempre un hombre de su tiempo.
En 1855, para ampliar sus instalaciones, la tienda familiar se trasladó unas cuadras calle arriba, al 194 (hoy 728) de la misma Chestnut St., "casi enfrente del Templo Masónico". El volante que advertía de la mudanza ilustra de los objetos comercializados en la casa: por sobre todo, anteojos, pero también linternas mágicas, instrumentos matemáticos, telescopios, binoculares de ópera y globos terráqueos. Los carteles que se observan en el frente del edificio representado en el impreso volvían a enumerar instrumentos matemáticos y anteojos y añadían además microscopios, catalejos y termómetros.
Y en un país que estaba expandiendo su mercado de consumo en una inmensidad territorial cada vez más vasta, en la que las ventas a distancia adquirían una entidad creciente, el folleto concluía con una información relevante:
Nuestro catálogo de instrumentos ópticos, matemáticos y filosóficos, con precios adjuntos e ilustrado con 150 grabados, se proporciona previa solicitud y se envía por correo sin costo alguno.

Una copia en papel a la albúmina de 1860, conservada en la Biblioteca del Congreso, muestra el amplio interior del nuevo local de McAllister & Brother en 728 Chestnut St. La numeración se observa en el vidrio de la banderola, al fondo, sobre la entrada. Entre la clientela y los empleados, detrás de los dispositivos ópticos y científicos exhibidos sobre la mesa en primer plano, hacia la derecha, se descubren las frondosas patillas albas de John McAllister hijo.

Otros dos hermanos de William se incorporaron al negocio hacia mediados del siglo, John Allister McAllister (1822‐1896) y Thomas Hamilton McAllister (1824‐1898), salteando a las tres féminas intermedias, Frances, Agnes y Sarah. Diez años menor que el primogénito, John Allister parece haber desempeñado un rol subalterno, casi como empleado. Desde 1853, sólo William y Thomas figuraron como socios en los papeles de McAllister y hermano, así en singular. Aunque, finalmente, el segundo dejaría la ciudad para instalar su propia óptica independiente en Nueva York, en 1865.
La transición de una generación a la siguiente había sido apacible hasta entonces, facilitada por la exclusión patriarcal de las mujeres en la sucesión. Sin embargo, la convivencia entre los varios hermanos, nietos del fundador, en la óptica pionera de la Ciudad del Amor Fraternal no parece haber discurrido exenta de conflictos. Como indicio de ello, se conserva en un álbum de recortes de la familia, un texto escrito por William a principios de la década de 1890, en el que describe como problemático e inconstante a su hermano John Allister, quien, no obstante, también ya había abandonado Filadelfia unos años antes. El designado como jefe natural por orden de nacimiento y género se expresa en términos bastante duros respecto de su hermano menor, de fortuna más esquiva. Tras referirse a sus diversos emprendimientos, todos resultantes en fracasos, protesta:
Él tenía una cómoda herencia de su padre pero la dejó esfumarse. Al momento de la muerte de [la sobrina] Elizette causó muchos problemas con su testamento y publicó artículos en la prensa al respecto. No hemos tenido diálogo en años. Ha roto la unión familiar y no se ha beneficiado en nada.
Al parecer, Elizette había fallecido en un asilo para enfermos mentales, donde estaba internada bajo un diagnóstico controversial. John Allister incluso inició un proceso judicial, alegando que su muerte fue consecuencia de un presunto maltrato. Aunque el veredicto no encontró evidencias suficientes para una condena, dejó abiertas algunas dudas, al alertar sobre el perjuicio que puede sufrir una persona al encerrársela sin razón valedera.
La herencia que John Allister McAllister sabemos que efectivamente honró —no "dejó que se esfumara" y, por el contrario, acrecentó con entusiasmo— fue la pasión por el coleccionismo, que también había alentado a su padre. Producto de ella, John Allister llegó a donar en vida a la Library Company de Filadelfia —la biblioteca pública fundada, entre otros, por Benjamin Franklin— una importante colección de libros antiguos, fotografías, grabados, periódicos, manuscritos, mapas y todo tipo de papeles efímeros, como folletos, carteles, panfletos, invitaciones, autógrafos, postales, tarjetas de San Valentín, correspondencia, recibos y facturas comerciales, incluidos los de la propia empresa familiar. El material acumulado en relación con la Guerra Civil es especialmente importante. Allí se ha descubierto, además, en cartas y avisos de reunión, que John Alllister participó en el Comité Supervisor para el Reclutamiento de Regimientos de Color. Por otra parte, se conserva un acuerdo firmado por comerciantes de la calle Chestnut, en el que convenían en cerrar a las cuatro de la tarde para que dueños y empleados pudieran asistir a ejercicios militares, así como un acervo cuantioso de correspondencia con pedidos ópticos provinientes de soldados durante el conflicto. Un reverendo de Michigan, que pedía a los McAllister unas copias de su retrato fotográfico, cerraba su epístola bromeando amargamente sobre otra de las especialidades de la casa:
Si tienen telescopios que puedan ver el fin de la guerra —o el efecto final de la Proclamación— me gustaría echar un vistazo a través de ellos hacia el futuro. Por ahora, su humilde servidor se encuentra envuelto en la niebla más densa. Y si estuviese algo más claro en Fila[delfia] o Washington, se inclina mucho a ponerlo en duda.
El futuro se despejó finalmente y en 1882, al retirarse William Young McAllister, la empresa llegó a ser administrada por dos de sus nueve hijos, una cuarta generación de ópticos, bisnietos del fundador: William Mitchell McAllister (1843‐1912) y James Cook McAllister (1856-1928).
Pero Filadelfia no impide la desavenencia fraternal y hacia 1884 James se distanció de William para instalar su propia tienda en el 1226 de la calle Chestnut. Hasta 1950 hubo un comercio McAllister Optical en la ciudad, propiedad de terceros que habían adquirido el negocio a los herederos de la tienda original fundada por el primer óptico de los Estados Unidos.

Al repasar la tercera edición del catálogo de McAllister & Brother, de 1855, año de la mudanza más hacia el oeste de Chestnut St., "a nuestro nuevo y espacioso edificio", llama la atención la diversidad de productos ofrecidos, con más de mil artículos para científicos, ingenieros, médicos, artistas, educadores o el público en general, clasificados en un centenar de categorías. Aparecen también, disponibles para la venta por correo, más de una veintena de libros, entre los que se encuentra el manual de divulgación La vista y la audición. Cómo se conservan, cómo se pierden, por el doctor en medicina J. Henry Clark.
Orgullosos de haberse establecido en 1796, McAllister y hermano declaran: "Nuestro objetivo será mantener la reputación adquirida por el establecimiento y así asegurar la continuación del apoyo que se le ha brindado durante tanto tiempo".
Ocho de las ochenta y cinco páginas del catálogo, la décima parte apenas, abarca la sección dedicada a anteojos. Y la mitad de ese espacio está ocupada por un texto explicativo y didáctico sobre la vicisitud de quienes requieran de su uso, quienes deberían, se dice, si fuera posible, acercarse para encargarlos personalmente. De lo contrario, se les solicita, a aquellas personas que se encuentren a distancia, enviar las últimas gafas que se hayan utilizado, o al menos una de sus lentes, junto con el dato del tiempo transcurrido desde que fueron adecuadas. Porque, según aclaran, “la edad por sí sola no es una guía suficiente”.
Para prevenir daños, recomiendan usar anteojos tan pronto como se constate que la vista está fallando, momento que se verifica por medio de tres señales:
1. Cuando, para obtener una visión clara, es necesario mantener un objeto pequeño más lejos de los ojos que antes.
2. Cuando se requiere más luz para leer por la noche y, con el fin de obtener mejor luz, se sostiene la vela entre los ojos y el libro.
3. Cuando las letras de un libro parecen fundirse y, por lo tanto, no se pueden distinguir fácilmente.
A continuación se exponen los principios de la óptica oftálmica y la categorización de las lentes convexas en función de su “enfoque”, mayoritariamente utilizadas en el rango de 5 a 36 pulgadas:
El enfoque es el número de pulgadas entre el lente y una representación clara formada por él de un objeto, el cual está a una distancia de entre 50 y 100 pies; así, tome un lente de, por ejemplo, 6 pulgadas de enfoque, y póngase en la parte de atrás de una habitación, frente a una ventana; luego, al sostener el lente a una distancia de seis pulgadas de la pared, se verá sobre él una imagen clara de un objeto afuera. Si el lente se sostiene a una distancia mayor o menor a seis pulgadas de la pared, la imagen sería confusa e indistinta; lo mismo ocurre con un cristal de cualquier otro enfoque: la imagen, formada por refracción, indicará el enfoque de acuerdo con el número de pulgadas entre el cristal y la pared, cuando la imagen sea clara.
Las distintas lentes cóncavas, en cambio, más convencionalmente, se clasifican designándolas mediante números:
Este modo ha sido siempre la práctica en Inglaterra y se ha adoptado en este país. No parece haberse basado en ningún principio y la consecuencia ha sido que los números utilizados por diferentes ópticos en Inglaterra no son exactamente los mismos. El número 1 es un grado muy leve de concavidad, tan leve que muy pocos lo usan. El rango de probablemente tres cuartas partes de todas las personas miopes está entre el número 3 y el número 8. Aquellos números mayores al 8 o 10 generalmente se denominan números altos. Por encima del número 12, se requieren pocos, comparativamente. Sin embargo, hay personas que requieren tanto como hasta el número 20 o incluso más.
Ante esta realidad, la optometría por vía postal parecía traer mayores complicaciones:
Las personas miopes que residan a distancia del lugar donde se consiguen anteojos cóncavos pueden proporcionar alguna idea del grado que requieren enviando la información sobre qué tan cerca deben sostener la letra pequeña para leerla con claridad. Sin embargo, esto es sólo una aproximación. Sería mucho mejor, incluso a costa de algo de inconveniencia o gasto, realizar un viaje con el propósito de hacer la selección de entre una variedad completa.
Contra las recomendaciones de algunos ópticos europeos, los McAllister no declaran predilección por el cristal de roca sobre el vidrio puro, ya que, según alegan, el recambio frecuente de las lentes relativiza la objeción de que el segundo se raya más fácilmente.
Afirman que existe un rango en la visión de cada persona por el cual varias medidas de lentes podrían funcionar aceptablemente bien, lo que alentaría en el lector una mayor confianza para realizar su pedido de anteojos por correo.
Y un párrafo del catálogo de los McAllister se pronuncia en contra de una extendida moda de entonces, el uso de cristales entintados para la lectura bajo luz artificial, como registró Rembrandt Peale en uno de sus óleos:
Las lentes de colores —azules, verdes, etc.— pueden usarse para proteger los ojos de la luz brillante intensa, como la del sol o el fuego ardiente. Sin embargo, no se recomienda usarlas para leer o trabajar, ya que su empleo habitual bajo luz moderada, se ha comprobado que tiene un efecto perjudicial, volviendo a los ojos demasiado sensibles.
Y concluyen con una referencia a los anteojos con lentes divididas, los tempranos bifocales, que habían sido una especialidad de la casa desde los tiempos del fundador:
Algunas personas mantienen dos pares de anteojos, para proveerse así tanto para la visión de cerca como de lejos. Y otras tienen ambas vistas en los mismos anteojos, mediante dos lentes de medio cristal. La mitad superior es para la visión de lejos y la inferior, para la de lectura. El doctor Franklin tenía la costumbre de usar gafas adaptadas de esta manera y el señor Jefferson también adoptó el mismo método.
Estos anteojos compuestos con dos cristales para cerca y lejos costaban entre 2,5 y 3 dólares, según se puede cotejar en el apartado siguiente del catálogo, un muestrario, ilustrado con grabados, de los distintos modelos, en los diversos materiales y con sus precios. Se aclara en una nota al final que estos valores de los anteojos incluyen los cristales habituales pero que variarán siempre que se requieran "enfoques" o "números" altos, lentes verdes o azules, "cilíndricas", "periscópicas" o de cristal de roca.
Para hacerse una idea relativa de qué tan caros eran estos anteojos, podría compararse su costo con los datos de ingresos que brinda el censo norteamericano de 1850. En el ámbito rural del estado de Pensilvania, el salario mensual de un peón con alojamiento era de unos 11 dólares; la paga diaria de un carpintero, de 1 dólar con 20 centavos y la semanal para una empleada doméstica con alojamiento, de 80 centavos. Un trabajador en la manufactura de algodón o lana del mismo estado ganaba 18 o 19 dólares mensuales, mientras que los operarios en altos hornos o fundiciones de hierro percibían entre 22 y 28 dólares. Las mujeres empleadas en esas industrias ganaban poco más de la mitad de esas cifras.




Los aros de los armazones que aparecen en los grabados tienen las formas habituales en esa época. O bien son ovalados o bien son rectangulares, estos últimos con las esquinas biseladas, lo que les da una traza octogonal, o redondeadas. Siempre los talones de las patillas están colocados en la media vertical, alineados con el centro del ojo.
Pero hay dos excepciones. Las lentes semicirculares, con los talones bien arriba, que ostentan los anteojos "de púlpito" o "pantoscópicos", que “permiten al usuario mirar por encima de ellos, un estilo muy conveniente para oradores públicos”, que costaba entre 1,25 y 1,50 dólares. Y los llamativos ojos en forma de herradura o doble D, con cristales laterales suplementarios en tono verde o azul, de las llamadas "gafas de ferrocarril", muy conspicuas en la época, inicialmente para protección del viento y el hollín y luego, quizás, por mero lucimiento, que valían de 1 a 4 dólares.
Todos los modelos ilustrados muestran un único tipo de puente, en forma de Ω (omega), pero se presentan alternativas para elegir entre cuatro diseños distintos de patillas: el modelo de dama en una pieza, las de dos tramos deslizantes anchas, las deslizantes angostas y las plegables.
Los materiales en los que se fabricaban los anteojos eran el oro, en distintos quilates, con valores entre 5 y 17 dólares; la plata, entre 1,75 y 4 dólares; o el acero elástico, en calidad media o alta, entre 1 y 3,50 dólares.
Los cristales se podían encargar con los siguientes costos:
Convexo, blanco…
Convexo, catarata…
Convexo, cilíndrico…
Convexo, periscópico…
Convexo, verde o azul…
Convexo, lentes divididas…
Cóncavo, blanco, hasta nº 12…
Cóncavo nº 12 a nº 34…
Cóncavo cilíndrico…
Cóncavo periscópico…
Cóncavo verde o azul…
Planos verdes o azules…
Cristal de roca convexo…
Cristal de roca cóncavo…
0,37
0,75
0,87
0,50
0,62
0,75 a 1,00
0,50
0,62 a 1,50
0,87
0,75 a 5,00
0,75
0,50
2,00
2,00
El catálogo de McAllister & Brother ofrece también antiparras con bandas elásticas y cristales verdes o azules —un “artículo excelente para viajar en ferrocarril”— y anteojos de protección para mineros o torneros, con marcos simples, ojos grandes y cristales neutros, “para proteger los ojos de las virutas”. Estaban a la venta además unas lupas montadas en cuerno —"ideales para examinar mapas o grabados"— y cubreojos de seda o pergamino "para ojos débiles".
Unas ayudas ópticas sin patillas alcanzaban los precios más altos: los impertinentes de oro sólido para ostentar en el teatro llegaban a costar 35 dólares. Sin embargo, tanto esos anteojos de mano como los que se sujetaban a la nariz —binóculos, quevedos o pince-nez— y aún los monóculos podían conseguirse en materiales alternativos más accesibles: enchapados, de plata, carey, cuerno o acero.
En los estuches se registra la mayor variación de precios. Según un amplio espectro de materiales disponibles —cuero marroquí, metal martillado, plata alemana, papel maché, acero, plata u oro—, podían valer desde unos austeros 12 centavos hasta los más suntuosos 75 dólares. Un carpintero habría tenido que destinar aproximadamente dos meses y medio de su salario, en caso de que se le antojara guardar sus anteojos a todo lujo.
Atendiendo a la distribución comercial en un territorio tan extenso, difícil de cubrir por completo mediante el correo y que debía complementarse con la venta ambulante, el catálogo de los McAllister ofrecía también un surtido de anteojos por docena a 3,50 dólares, “con cristales de buena calidad, un excelente artículo para comerciantes de zonas rurales”.
Gato con gafas
Los gatos tienen oficinas
y gafas sobre la nariz.
Los gatos son los capitanes
de París.

María Elena Walsh
"Los gatos de París"
Tutú Marambá
Ilustraciones Pedro Vilar
1960
Psiquímicos como los anteojos o los tranvías

Hoy descubrí la principal diferencia entre los antiguos humanos y los nuevos. El concepto clave ahora es la psiquímica. Vivimos en una psivilización. La palabra "psíquico" ha dejado de existir; ahora se dice "psiquímico".
La computadora explicó que la humanidad estuvo atormentada por las contradicciones entre el cerebro antiguo, heredado de los animales, y el cerebro nuevo. El cerebro antiguo es impulsivo, irracional, egoísta y muy agresivo. El cerebro nuevo tiraba hacia un lado mientras el antiguo hacia otro. Todavía tengo dificultades para entender cosas muy complicadas. El antiguo siempre luchaba con el nuevo. Ahora es el nuevo el que gestiona al antiguo.
La psiquímica eliminó esas luchas internas, que desperdiciaban tanta energía mental en vano. Los psiquímicos hacen por nosotros lo que se debe hacer con el cerebro antiguo, armonizando, suavizando y persuadiendo desde dentro, de forma amable. No está permitido confiar en los sentimientos espontáneos. Quien lo hace es considerado indecente. Siempre hay que ingerir la sustancia adecuada para las circunstancias, la que ayuda, sustenta, orienta, mejora y suaviza.
De hecho, no es una entidad externa sino una parte de uno mismo, como los anteojos que, con el tiempo, se integran en uno porque sin ellos la visión es defectuosa. Estas enseñanzas me impresionan. Tengo miedo de entrar en contacto con los nuevos humanos. No quiero tomar psiquímicos. Según el preceptor, estas resistencias son típicas y naturales. Un hombre de las cavernas también se habría resistido a subir a un tranvía.
Stanisław Lem
Congreso de futurología
1971
El óptico pasado de copas

Anteojos, más o menos en serio, de mediados de los 60, atribuidos a un diseñador de Ámsterdam, Jan Oostman. La frescura irrepetible de la experimentación, un rasgo distintivo de la época.
Anteojos de observador interviniente
Si en la Ciudad hubiera habido anteojos, el soberano 19 habría tenido que usarlos, para parecerse a sí mismo. Solía decir que se consideraba un observador —un espectador, también decía— y que poco a poco iba descubriendo que los observadores tienen, quizá, más posibilidades de intervenir que los que creen estar en el ojo del huracán.
Martín Caparrós
La Historia
1999
La falsa arrogancia del pince-nez

Un dandy con pince-nez, lazo celeste y guantes amarillos, el pintor francés Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901) retratado con pasteles en 1890 por Giovanni Boldini (1842–1931). Aunque ambos artistas compartieron la bohemia parisina de finales del siglo XIX, el italiano se abocó a representar el mundo de la alta sociedad aristocrático-burguesa, de la que provenía por su parte el modelo. Lejos de la arrogancia, el pince-nez, al carecer de patillas que lo sujeten, para mantener su equilibrio parece imponer por sí solo una pose altiva en quien lo lleva.
Virgilio renacido
En el Museo del Bardo, en Túnez, se conserva un mosaico procedente de las ruinas de la ciudad de Hadrumetum (Susa) que representa a Virgilio entre dos musas, vistiendo toga, sentado y sosteniendo sobre sus rodillas un rollo con un verso de la Eneida. Data de finales del siglo III, por lo que difícilmente podría reflejar los rasgos del poeta, que vivió en el siglo I antes de nuestra era.

Sin embargo, Pierre Grimal ha planteado la plausibilidad del parecido en Virgilio o el segundo nacimiento de Roma (1985), a partir de una reveladora experiencia personal:
Hemos tenido la sorpresa, un domingo, de descubrir en Pietola, delante de un café del pueblo, hombres de la aldea, campesinos, muchos de los cuales —sorprendente visión— se parecían línea a línea al retrato de Susa. ¿Constancia de un tipo humano después de veinte siglos? Eso no es inverosímil. Sólo una sesentena de generaciones separa a los hombres que viven hoy en Pietola, sobre los bordes del Mincio, largo como un brazo del mar, y los contemporáneos del poeta.
El historiador describe aquel tipo humano: "cabellos rasurados, frente amplia, pómulos salientes, cara grande y huesuda; los ojos son inmensos, hundidos bajo el arco de las cejas".
De muy distinta forma, alrededor de 1538, Ludger Tom Ring el Viejo retrató a Virgilio. Aunque el cuadro comparte con los bustos romanos antiguos, más coetáneos del poeta, la vocación por representar las marcas ideales del personaje antes que su existencia física conjeturable.

Su vestimenta —un sayo ornado con franjas, guardas y letras góticas, casi tan oscuro como la camisa que lleva debajo, y una capucha a modo de turbante— y sus largos bigotes y barba bífida le confieren un aire exótico, como del Cercano Oriente. En lugar de un rollo, Virgilio sostiene aquí un libro, aparentemente manuscrito, de hechura claramente renacentista.
Debajo del cuadro, un epígrafe que simula estar grabado en piedra, lo destaca como el “más excelente de los poetas” y cita dos versos de la "Égloga IV" de las Bucólicas: “Ya llega la última era anunciada en los versos de la sibila de Cumas / Ya empieza de nuevo un orden de siglos magno”. Palabras que si se contextualizan en la transición turbulenta de Roma al imperio, en tiempos de Augusto, sin duda, resonarán distinto que al ser evocadas en pleno renacimiento germánico.
Y contra toda verosimilitud, como culminación de su sentido arquetípico, el Virgilio de Ludger Tom Ring sujeta sobre su nariz, entre el índice y el pulgar de su mano derecha, unas gafas de remache, en un gesto que, aunque completamente ajeno a la realidad histórica del poeta de Mantua, debió ser habitual entre los eruditos en la época del pintor de Münster.

Anteojos o lógica graciosa

Me parece que hay dos enfoques básicos en cualquier tipo de comedia y los llamaré, en un arranque de simplificación, el enfoque del Sombrero Gracioso y el de la Lógica Graciosa. La diferencia es sencilla: en el primero, se supone que nos reímos porque el cómico usa un sombrero gracioso y en el segundo, son graciosas las razones que tiene para usar ese sombrero gracioso.
Roger Ebert, el crítico de cine del Chicago Sun-Times, ganador de un Premio Pulitzer, ha explicado así, a partir de su preferencia por el segundo enfoque, por qué no le divirtió mucho The Jerk, el primer rol protagónico de Steve Martin, en 1979. Para él, es una película hecha casi enteramente de bromas, que no surgen de un personaje ni contribuyen con su carácter, una película con muy poca comedia. “Todos estos gags se exprimen para risas momentáneas. (…) Y The Jerk eventualmente se vuelve agresiva y casi hostil en la forma en que nos lanza un Sombrero Gracioso tras otro.” Aunque Roger Ebert admitía que la risa es muy personal y una reacción, a menudo, involuntaria, acerca de la cual nadie puede convencer al otro.
Uno de esos Sombreros Graciosos que aparecen en The Jerk son, en realidad, más bien unos Anteojos Graciosos. Navin Johnson, el "idiota" del título que encarna Steve Martin, encargado de una estación de expendio de combustible, se ofrece a arreglarle unos lentes a un comprador histérico que no logra retenerlos en su lugar. Mientras se retira a usar el baño, el hombre, frustrado y carente de una mejor opción, se los arroja, maldiciéndolos. Mientras los anteojos se elevan, contra el fondo del cielo, —otro chiste— escuchamos unos acordes de Así hablaba Zaratustra de Richard Strauss, en referencia al lanzamiento análogo del hueso/herramienta/arma en la secuencia inicial de 2001: A Space Odyssey, con aquella música como banda de sonido.
Tras una breve faena en el taller, Navin explica la modificación, un tanto absurda, que ha introducido en los anteojos para solucionar el problema y se los devuelve al cliente, quien, encantado, promete sacar provecho del invento:
—Estaba ahí atrás pensando ¿por qué los anteojos se resbalan y caen? Y es porque al ponérselos y quitárselos, se ejerce presión sobre el armazón, eso hace que las patillas se abran. Así que puse una pequeña asa justo aquí en el centro, que aplicará la presión sobre el puente. Como las barras de dirección de un Buick del 72. Además puse un pequeño freno nasal aquí para prevenir que se deslicen. Pruébelos. Use el asa.
—Bien. ¡Funciona! Yo me gano la vida bastante bien vendiendo mierda como ésta; le diré algo: si puedo desarrollar este artilugio, lo dividiremos en partes iguales.
El extravagante manguito que Navin insertó en el puente permite manipular los anteojos sin forzar sus partes y ofrece un apoyo adicional en la nariz. Bautizado como Opti-Grab por el comerciante emprendedor, en referencia a "agarre óptico", se convierte, como sabremos después, en un éxito de ventas. Y aunque en su momento también se revelan graves efectos adversos asociados con la innovación, a corto plazo, el idiota se transforma en millonario gracias a aquellos Anteojos Graciosos.

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