
El retablo del Altar de los Doce Apóstoles en la iglesia gótica de St. Jakob, Rothenburg ob der Tauber, Baviera, de 1466, es obra del carpintero Hans Waidenlich, contiene tallas atribuidas a artesanos de la escuela de Ulm y pinturas de Friedrich Herlin. Dado que representa figuras y escenas de los Evangelios, nuestra cosmovisión historicista nos veda la expectativa de detectar allí un personaje con anteojos. Sin embargo, no hay uno, ¡sino dos!
La bien conservada ciudad medieval bávara atrae hoy a numerosos turistas que recorren la “Ruta Romántica” del sudeste de Alemania. En la Edad Media, en cambio, era un punto de atracción para peregrinos a Santiago de Compostela. La iglesia comenzó a construirse en 1311 y se dedicó más de un siglo y medio después, en 1485. En función de su origen católico, ya que la Reforma no se introdujo sino hasta 1544, con la consecuente descalificación de las reliquias, que Lutero asociaba con la concesión de indulgencias, se entiende que, para alojar un relicario en el coro occidental, se encargara el Altar de la Santa Sangre, otro deslumbrante retablo tallado en madera por Tilman Riemenschneider. En él, dentro de una cápsula de cristal de roca, engastada en el punto de intersección de los brazos de una cruz, se guarda un trocito de tela que se decía embebido en una gota del vino de la Última Cena.
Un hilo invisible une a este relicario del segundo altar con las gafas del primero. Se ha señalado que el traslado a Venecia de diminutas reliquias tras el saqueo de Constantinopla en 1204 pudo haber tenido alguna incidencia indirecta en la invención de los anteojos. La ciudad flotante se había convertido en un importante centro comercial después de las cruzadas. Y en ese contexto, los artesanos descubrieron nuevas técnicas para fabricar un vidrio de mejor calidad a la vez que desarrollaron una maestría creciente en el pulido de los cristales, al punto de que, a partir de entonces, no sólo permitieron contener y exhibir sino también magnificar visualmente los supuestos fragmentos minúsculos de huesos de santos o astillas de la Santa Cruz de Cristo. Antes de que terminara el siglo, a alguien habría de ocurrírsele unir con un remache los manguitos de un par de aros, cada uno ciñendo una de esas lentes, porque habían demostrado ser también útiles para la corrección oftálmica. Existiría entonces una conexión secreta entre hechos en apariencia desvinculados entre sí, como la fabricación de los relicarios y la ideación de los anteojos.
Además de favorecer el atesoramiento de una reliquia dentro de un cristal pulido, el pasajero carácter católico de la iglesia de St. Jakob en Rothenburg ob der Tauber también ayudó, por la negativa, a preservar en buen estado las pinturas del Altar de los Doce Apóstoles con sus dos anacrónicas gafas. Porque es probable que el retablo se haya mantenido cerrado a partir de la Reforma, debido a la reticencia que ésta introdujo respecto a las imágenes, consideradas desde entonces una distracción de la palabra bíblica.
La estructura del Altar consta de una predela o banco de base, sobre la cual se apoya un gran panel central que contiene un crucifijo y varias esculturas. Las dos alas rebatibles por medio de bisagras duplican la forma del panel central y, en un principio, solían abrirse los domingos y los días festivos. La predela y los cuatro paneles que conforman cada una de las alas están decorados de ambos lados, de frente y dorso, con las pinturas de Friedrich Herlin. Por la parte trasera, el lado de los días laborables, se puede ver la representación más antigua de la plaza del mercado de la ciudad, así como escenas de la vida de Santiago y de los peregrinos. El panel inferior derecho del ala izquierda reproduce la circuncisión de Jesús.

El oficiante encargado de realizar el corte ritual lleva una capa suntuosa bordada en dorado, un gorro puntiagudo con capucha blanca y un gran broche sobre la frente y, quizás en consideración de la precisión requerida por su tarea, unas gafas de remache.
Los otros anteojos que aparecen en esta obra de Friedrich Herlin son los de San Pedro, quien se encuentra al lado de Jesús, en el centro de la predela. El apóstol sostiene las gafas con la mano, utilizándolas para leer un libro, presumiblemente la Biblia.

Las dos gafas están representadas con mucho detalle. Frente a los manguitos que se unen en el extremo por el remache, se observa claramente en los aros el corte seguido de la prolongación, que servían para introducir los cristales y sujetarlos con alambre o hilo textil. Parecen ser de hueso, más costosas y de mejor calidad que las de madera o cuero disponibles en la época. Aunque ninguna de ellas existía al comienzo de la era cristiana.

La óptica Theodore Hamblin, Ltd. de Londres, con sucursales provinciales, publicita unos anteojos plegables bajo la marca comercial Speclettes, un neologismo derivado del diminutivo de spectacles, "gafas" en inglés. Rigidez, alineación y resistencia, ninguno de estos elementos esenciales de los anteojos, ha sido sacrificado para lograr la "elegancia" de hacerlos no más grandes que un reloj, dice el anuncio.
Y con espíritu pedagógico, puntualiza en una nota aparte:
En interés del público, Theodore Hamblin, Ltd. desea señalar que la importancia de una prescripción absolutamente precisa está siendo cada vez más reconocida como una necesidad para enfrentar las exigencias de la vida moderna y que sólo se puede alcanzar con confianza a través de un oftalmólogo. Theodore Hamblin, Ltd. sólo dispensa prescripciones a personas que las hayan obtenido.
En 1936, la misma firma Hamblin lanzó los Bed Glasses.

Equipados con un sistema de espejos, similar al de los periscopios de los submarinos, los "anteojos de cama" permitían leer a 45°, con la cabeza reposando cómodamente sobre una almohada baja, sin necesidad de inclinar excesivamente el cuello.
Como L.P. Hartley señala al comienzo de El mensajero (1953): "El pasado es un país extranjero: allí hacen las cosas de forma distinta".
En auxilio del poeta
Me tocó un cuerpo juvenil, no de grandes fuerzas pero sí de mucha destreza. No presumo de una apariencia excelente pero sí de una que era capaz de agradar en años más lozanos: con una tez saludable entre blanca y morena, ojos vivaces y una vista muy aguda durante mucho tiempo, que inesperadamente me abandonó al superar el sexagésimo año de edad, de modo que, a mi pesar, tuve que recurrir a la ayuda de unos anteojos.
Francesco Petrarca
A la posteridad
1351

Autorretrato de fines de la década de 1960 de Antonio Berni (1905-1981). El artista plástico más celebrado del siglo XX en la Argentina utilizó una plancha ovoide e irregular de madera para representar una mano que sostiene su propio retrato, en una estructura anidada, de encuadres sucesivos, que distancia al espectador del referente aludido, al tiempo que resalta la materialidad de la obra. La divergencia respecto del realismo se manifiesta también en el desdén por la regularidad y la simetría industrial en la forma de sus anteojos.
Lentes cyberpunk

Ella sacudió la cabeza. Él advirtió que los anteojos estaban implantados quirúrgicamente, sellando sus órbitas. Las lentes plateadas parecían crecer de una piel pálida y suave sobre sus pómulos, enmarcadas por un cabello oscuro cortado en estilo desgreñado. Los dedos cerrados en torno a la pistola eran delgados, blancos, terminados en granate brillante. Las uñas parecían artificiales.
William Gibson
Neuromante
1984
Muletas de los ojos
Los antojos —¡caso fuerte!—
me quitas. ¿Hay quien tal crea?
Mandarme es que no te vea,
que sin ellos llegue a verte.
No me vedes los antojos,
que en mí son, bella Dorista,
suplemento de la vista
y muletas de los ojos.
Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo
El sagaz Estacio, marido examinado
1620
La mujer cuando sueña

Serena, lejos de sí misma gracias al alcohol, mientras el taxi avanzaba por el semidesierto Zanjón rumbo al centro, se preguntó qué haría si, en el Sheraton, alguien la reconocía a pesar de su disfraz. Negaría la evidencia, atiplando la voz, poniendo la entonación acaramelada y huachafa de las tipas ésas: "¿Lucrecia? Yo me llamo Aída. ¿Nos parecemos? Alguna parienta lejana, tal vez". Mentiría con total desfachatez. Se le había evaporado el miedo, totalmente. "Estás encantada de jugar a la puta, por una noche", pensó, contenta de sí misma. Advirtió que el chofer del taxi a cada momento alzaba la vista para espiarla por el espejo retrovisor.
Antes de entrar al Sheraton, se puso los anteojos oscuros de montura de concheperla y terminados en forma de tridente que había comprado esa misma tarde en una tiendecita de la calle La Paz. Los eligió por su chocarrero mal gusto y porque, dado su tamaño, parecían un antifaz. Cruzó el lobby con paso rápido, rumbo al Bar, temiendo que uno de los porteros uniformados, que se la quedaron mirando afrentosamente, se le acercara a preguntarle quién era, qué buscaba, o a echarla, sin preguntas, por su aparatosa apariencia. Pero nadie se le acercó.
Mario Vargas Llosa
Los cuadernos de don Rigoberto
1997
Días de cartelería óptica

Justo antes de los días de la radio, hubo un tiempo en que los carteles en la vía pública, posters o affiches, dominaban la publicidad comercial. El ilustrador neerlandés Charles Verschuuren (1891-1955) trabajó para la imprenta Kotting alrededor de 1920, antes de emigrar a Estados Unidos, y produjo al menos un par de obras relacionadas con la óptica. A través de ellas, M. van Os, de Róterdam, promocionaba la venta de anteojos americanos, mientras que Hütter, de Ámsterdam, indicaba sus direcciones para compras minoristas y al por mayor.

Los antojos delegados
Ese antojo que tenéis
Dejalde y tomad el mío;
Veréis, Inés, yo lo fío,
Más de lo que agora veis.
Y cuando el antojo sea
Común a entrambos a dos,
Yo veré más: lo que vos
No habéis querido que vea.
Baltazar del Alcázar
Poesías
1530-1606

Anteojos de plata con puente en X, patillas plegables y cristales azules conservados en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires que habrían pertenecido al médico y naturalista Aimé Bonpland (1773-1858).
El tinte azulado en las lentes fue propuesto por el óptico londinense James Ayscough a mediados del siglo XVIII —y se volvió muy popular hasta bien avanzado el siglo XIX— para atenuar el efecto deslumbrante del papel bajo la iluminación artificial de las lámparas, en ese entonces generalmente de aceite de ballena.
No obstante, quienes celebran la reliquia como “los anteojos de sol de Bonpland”, por más que sus lentes luzcan demasiado pequeñas para ese fin, tienen un buen punto a su favor si se considera lo indispensables que habrían sido para alguien que llevó una vida aventurera, desarrollada en buena parte al aire libre.
El médico francés llegó a Buenos Aires en 1817 y se asentó unos años después como productor de yerba mate en la antigua misión jesuítica de Santa Ana, Misiones. Pero en diciembre de 1821, el Dictador Supremo de la República del Paraguay, José Gaspar Rodríguez de Francia, arrasó con el establecimiento y confinó al científico en su país, en Santa María, por casi una década. Fuera, como se lo acusó, un supuesto espía o, más llanamente, un competidor tácito en un cultivo hasta entonces monopólico, los gobiernos de Francia y Gran Bretaña protestaron por el atropello. Y en octubre de 1823, también Simón Bolívar escribía desde Lima al mandatario paraguayo, rogándole por la libertad del prisionero:
Desde los primeros años de mi juventud tuve la honra de cultivar la amistad del señor Bonpland y del barón de Humboldt, cuyo saber ha hecho más bien a la América que todos los conquistadores.
Yo me encuentro ahora con el sentimiento de saber que mi adorado amigo, el señor Bonpland, está retenido en Paraguay por causas que ignoro. Sospecho que algunos falsos informes hayan podido calumniar a este virtuoso sabio y que el gobierno que V.E. preside se haya dejado sorprender con respecto a este caballero.
Aimé Bonpland había acompañado al gran naturalista Alexander von Humboldt en la travesía de exploración científica de quince mil kilómetros, recorridos entre 1799 y 1804, que dio por resultado los treinta volúmenes de su monumental obra conjunta, publicada en París en 1807: Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente.
Hayan sido útiles para el trabajo de gabinete o para las jornadas de campo en la naturaleza, hayan o no pertenecido a Aimé Bonpland, los anteojos de plata con puente en X, patillas plegables y cristales azules conservados en el Museo Histórico de Buenos Aires abren una ventana a una fascinante aventura intelectual y existencial.

Una nube de colores deshonestos
Es un rito que comienza en setiembre y se renueva puntualmente todos los años: la compra de anteojos para el sol no es una mera comodidad. Hace por lo menos un lustro que los elegantes los transformaron en un signo de exquisitez, en un objeto que permite las fantasías más delirantes. Sin embargo, en Buenos Aires, la verdadera revolución acaba de empezar: los modelos confeccionados en plástico amenazan con destituir a los tradicionales. Entre otras cosas, el cambio es la muerte de los honestos vidrios verdes, marrones o sepias. Ahora, las ópticas fulguran con diseños confeccionados en una nube de colores: rojo, azul, amarillo rosado y celeste son los nuevos elegidos para ocultar miradas y enfrentar el sol.
Los oftalmólogos —alertados por tanto entusiasmo— se empeñan en frenar esos fervores: “la nueva moda —aseguran los expertos— provocó una proliferación de engendros de mala calidad técnica. Es aconsejable un asesoramiento previo a la compra”. Desde que aparecieron los primeros anteojos de vidrios plásticos, en Europa, se vendieron exclusivamente en boutiques y disquerías, nunca en ópticas. En Francia, centro de las creaciones más disparatadas que ahora cautivan a los argentinos, esos anteojos se ofrecen en stands especiales que se arman en las calles del Barrio Latino, durante los meses de verano. Los compradores son casi siempre jovencitos à la page, que invierten de 50 a 100 pesos en modelos que hacen juego con los trajes y que se tiran después de cuatro o cinco posturas.
Los idóneos advierten que los anteojos de plástico que cuestan alrededor de 2.500 pesos abundan en defectos. “Los prismas y estrías —pontificó Lucio Berni, jefe de ópticos de Lutz Ferrando— producen aberraciones visuales.” El oftalmólogo Mauricio Brodsky, 39, reveló, la semana pasada, la fórmula para descubrir la calidad de un cristal o un plástico: “Hay que localizar un objeto, y mirarlo minuciosamente a través de los cristales del anteojo, sujeto con una mano mientras se balancea. Si el objeto se mueve, los lentes son desechables”. Brodsky también desgranó su teoría acerca de los nuevos colores que engalanan al espectro: “El color —dijo— tiene por objeto absorber los rayos infrarrojos y ultravioletas que despide el sol. Esta misión es cumplida defectuosamente por los naranjas, celestes, amarillos y rojos”.
Acusados de imperfectos y poco científicos, la mayoría de los anteojos de plástico que inundan Buenos Aires adolecen de otro defecto, quizá decisivo para algunos compradores: se rayan con facilidad, una condición que los vuelve, obviamente, perecederos.
"Las miradas plastificadas
pueden terminar dañadas"
Primera Plana
Sección Vida moderna
5 de noviembre de 1968.

Anna Dorothea Therbusch, por el apellido de su breve matrimonio, y Lisiewski por el de su padre —un artista polaco del séquito de Federico I en Charlottenburg, el palacio real prusiano en Berlín— fue una celebridad en su época. Entrenada como niña prodigio, fue acogida por distintas cortes y academias europeas. Realizó veinte autorretratos como éste de 1777 y en varios ostenta con orgullo su curioso monóculo con lente convexa, sostenido por una tira de cuero o quizás de metal, afianzada en la parte superior de su cabeza, posiblemente a algún agarre oculto, a modo de sombrero o diadema.

Gafotas y Orejones
A mí me gusta que me llamen Gafotas. En mi colegio, que es el Diego Velázquez, todo el mundo que es un poco importante tiene un mote. Antes de tener un mote yo lloraba bastante. Cuando un chulito se metía conmigo en el recreo siempre acababa insultándome y llamándome cuatro ojos o gafotas. Desde que soy Manolito Gafotas insultarme es una pérdida de tiempo. Bueno, también me pueden llamar Cabezón pero eso de momento no se les ha ocurrido y desde luego yo no pienso dar pistas. Lo mismo le pasaba a mi amigo el Orejones López; desde que tiene su mote ahora ya nadie se mete con sus orejas. Hubo un día que discutimos a patadas cuando volvíamos del colegio porque él decía que prefería sus orejas a mis gafas de culo de vaso y yo le decía que prefería mis gafas a sus orejas de culo de mono.
Elvira Lindo
Manolito Gafotas
1994

Tríptico de Suzi Malin, con espejos venecianos laterales y, en el panel central, un retrato a témpera de Elton John, con anteojos a tono.
Autorretratos con adaptación


Hasta 1770 el pintor Jean-Baptiste-Siméon Chardin (1699-1779) se había aplicado a los óleos de naturalezas muertas tan celebrados por su representación realista. El deterioro progresivo de la vista, atribuido al plomo presente en los pigmentos y aglutinantes de la pintura, lo llevó a adoptar el pastel como nuevo material de trabajo. Realizados con esa técnica de reciente incorporación, sus dos autorretratos con anteojos merecieron, sin embargo, ser exhibidos en el Salón de la Academia de Bellas Artes de París y hoy pueden apreciarse en el Museo del Louvre: Autoportrait aux bésicles (1771) y Autoportrait à l'abat-jour et aux lunettes (1775).
Dos palabras del francés se usan en los títulos para referirse a los anteojos: bésicles y lunettes. La primera deriva del latín beryllus ("berilo", por las lentes talladas en ese mineral) y suele emplearse para designar las gafas antiguas de sujeción nasal que aparecen en el primer cuadro. Junto con verres (del latín vitrum, "vidrio"), lunettes es la forma usual en el francés actual. Diminutivo de "luna", proviene de una referencia metafórica a la redondez tradicional de los cristales.
Una protección complementaria para los debilitados ojos de Chardin es la abat-jour, una pantalla o visera que sujetó con una cinta, solución práctica aplicada también a los anteojos, carentes de patillas. Ese añadido funcional les habría concedido ciertas credenciales de modernas lunettes.
Dispositivos ópticos complementarios
—¿Entonces estamos de acuerdo, hermano Sam?
—¡Como siempre, hermano Sib!
—¿Incluso en la elección del tutor?
—¿Podríamos encontrar a alguien más simpático y más del gusto de Helena que ese joven sabio que nos ha manifestado sentimientos tan correctos en diversas ocasiones?
—Y tan serios hacia ella.
—Sería, en efecto, difícil. Instruido, graduado de las Universidades de Oxford y de Edimburgo.
—Físico como Tyndall.
—Químico como Faraday.
—Que conoce a fondo la razón de todas las cosas en este mundo, hermano Sam.
—Y al que no se tomaría por sorpresa en ninguna cuestión, hermano Sib.
—Descendiente de una excelente familia del condado de Fife y, además, poseedor de una fortuna suficiente.
—Sin mencionar su aspecto muy agradable, a mi parecer, ¡incluso con sus anteojos de aluminio!
Los anteojos de este héroe podrían haber sido de acero, de níquel o incluso de oro y los hermanos Melvill no habrían visto allí un defecto insalvable. En verdad, esos dispositivos ópticos les van bien a los jóvenes sabios, a quienes complementan perfectamente la fisonomía algo seria.
Jules Verne
El rayo verde
1882
La Enciclopedia en el taller

Un taller de óptica del siglo XVIII, animado por cuatro operarios que se ocupan de distintas tareas. El más cercano gira la manivela de un dispositivo que permite a otro, que presiona la muela sobre el recipiente, pulir una lente. El artesano del fondo realiza el pulido manualmente mientras que el de la derecha utiliza un torno accionado por pedal. En un extremo, se observa parcialmente —recortada por el borde derecho— una máquina para cortar monturas de anteojos, que también podía servir para pulir cristales.
El grabado se encuentra en la primera de las cuatro páginas dedicadas al fabricante de anteojos —lunetier, según el original francés— en El arte del vidrio, uno de los volúmenes (de Recopilación de láminas sobre las ciencias, las artes liberales y las artes mecánicas, con su explicación) que aparecieron como suplementos de la obra más famosa de su siglo: la Enciclopedia, publicada entre 1751 y 1772 por Denis Diderot y Jean Le Rond d'Alembert.
Desde una perspectiva filosófica, Diderot había abordado el tema de la visión en su Carta sobre los ciegos para uso de los que ven (1749), obra que motivó su encarcelamiento. Pero, en sus aspectos vinculados con las "artes mecánicas", la óptica forma parte de un campo de conocimientos que exigió un método especial de indagación y registro por parte de los responsables de la Enciclopedia, tal como explica d'Alembert en el “Discurso preliminar de los editores”:
Se ha escrito mucho sobre las ciencias; no se ha escrito suficientemente sobre la mayoría de las artes liberales; no se ha escrito casi nada sobre las artes mecánicas. Porque ¿qué es lo poco que se encuentra en los autores comparado con la extensión y la fecundidad del tema? (…) Todo nos llevaba, pues, a recurrir a los obreros.
Nos hemos dirigido a los más hábiles de París y del reino. Nos hemos tomado la molestia de ir a sus talleres, de interrogarlos, de escribir a su dictado, de desarrollar sus ideas, de sacar de ellos los términos propios de sus profesiones, de trazar cuadros y de definirlos, de conversar con aquellos que habían proporcionado testimonios y —precaución casi indispensable— de rectificar, en largas y frecuentes conversaciones con unos, lo que otros habían explicado de manera imperfecta, oscura y a veces poco fiel. (…)
Pero hay oficios tan particulares y maniobras tan delicadas, que a menos que trabaje uno mismo, que se mueva una máquina con las propias manos y se vea formar la obra ante los propios ojos, es difícil hablar de ella con precisión. De modo que más de una vez ha sido necesario procurarse las máquinas, construirlas, poner manos a la obra; hacerse, por decirlo así, aprendiz y realizar por sí mismo obras malas para enseñar a los demás cómo se hacen buenas.(…)
Pero la poca costumbre que hay de escribir y de leer escritos sobre las artes hace difícil explicar las cosas de manera inteligible. De ahí nace la necesidad de figuras. (…)
Enviamos dibujantes a los talleres. Se tomaron croquis de las máquinas y las herramientas. No se omitió nada de lo que pudiera mostrarlas distintamente a la vista.




Las ilustraciones desglosan con gran detalle aquello que no podría apreciarse en una visión de conjunto del taller. Con el ánimo de divulgar un saber lo más completo posible respecto de un oficio especializado, se representan minuciosamente productos terminados o en proceso, las herramientas utilizadas y dos máquinas de corte y pulido.
Además de lentes cóncavas y convexas de distintos tipos, se observan unos anteojos redondos con puente en arco de cuerno o de carey —conocidos como bésicles en francés—, un monóculo —unido mediante un perno a su estuche—, una lupa con montura de madera, una “óptica” —una lente montada sobre una base frente a un espejo abatible sujeto por una cremallera—, un lorgnette de ópera, un espejo ustorio y otros cristales y espejos de formas varias.
Entre los útiles, junto a martillos, pinzas y limas o compases de corte y medida, aparecen recipientes con distintas medidas para garantizar las diversas distancias focales, así como muelas montadas en un berbiquí para ser giradas manualmente o con un angostamiento entre bordes para hacerlo mediante un arco, cuando no se utilizaban en las máquinas, las cuales se representan pormenorizadamente, con cada uno de sus componentes.
La Enciclopedia define al lunetier —digamos, "anteojero"— como el “trabajador que fabrica anteojos y los vende”. No obstante, aclara: “Como en París los maestros espejeros son quienes los fabrican, han asumido el título de maestros espejeros-anteojeros. Los merceros también los comercializan pero no los fabrican.” En la entrada correspondiente a miroitier —"espejero"— se explica el régimen gremial tradicional que regía el oficio:
La comunidad de los espejeros está compuesta por la de los bimblotiers [unos fabricantes de ciertos pequeños productos de metal, como se verá] y la de los doradores sobre cuero. Debido a esta unión, los espejeros ostentan el título de “Espejeros, anteojeros, bimblotiers, doradores sobre cuero, adornadores y engalanadores de la ciudad, suburbios, vizcondado y prebostía de París”.
Cuentan con cuatro jurados, de los cuales se eligen dos cada año, de modo que cada uno permanece en el cargo durante dos años consecutivos. Ellos gobiernan la comunidad, otorgan las obras maestras, reciben a los nuevos maestros y realizan inspecciones, de las cuales, en caso de incautación de mercancía, deben presentar un informe en un plazo de veinticuatro horas.
Nadie puede vender espejos, anteojos o bimblots sin ser maestro y sin haber realizado una obra maestra en uno de estos tres oficios, requisito obligatorio para todos, excepto los hijos de maestros, quienes sólo deben realizar una experiencia simple, aunque siguen obligados a pagar los derechos del rey y de los jurados.
Cada maestro sólo puede tener un aprendiz a la vez. Aunque se permite tomar un segundo durante el último año del primero.
El aprendizaje dura cinco años completos y consecutivos, al término de los cuales, el aprendiz puede aspirar al título de maestro y solicitar la realización de una obra maestra, la cual se le asigna según la especialidad del oficio que haya elegido y aprendido.
Los oficiales, incluso los que han sido aprendices en París, no pueden trabajar por cuenta propia sino únicamente para los maestros. Y los maestros tampoco pueden darles trabajo para hacer en su hogar ni en ningún otro lugar que no sea su taller.
Las viudas tienen derecho a mantener abierta su tienda y a emplear oficiales y aprendices en ella.
Los productos permitidos a los maestros de esta comunidad, con exclusión de todos los demás, son: los espejos de acero y de todos los demás metales, así como espejos de vidrio, cristal y cristalino, con sus monturas, bordes, coberturas y adornos; botones igualmente de vidrio y de cristal; anteojos y gafas de todo tipo, montados en cobre, cuerno y carey, unos y otras de cristal de roca, de cristalino o de simple vidrio; finalmente, todo lo que pueda llamarse trabajo de bimblotterie en estaño mezclado con aleación, como botones, campanillas, anillitos, agujas y otros pequeños juguetes para niños, que ellos llaman su ménage y su chapelle —incluso frascos de estaño para contener vino y agua, cucharas, saleros y otras ligeras bagatelas de estaño de poco peso, con la condición de que los saleros, entre otros, no superen medio dedo de alto y no pesen más de una libra y media la docena.
Los jurados están obligados a inspeccionar las obras traídas por comerciantes foráneos y a ocuparse del loteo de esas mercancías y materiales propios del oficio que lleguen a la ciudad de París. Por esta razón, durante los dos años de su ejercicio como jurados, quedan exentos del cuidado de lodos y faroles.
Toda esta regulación gremial, con la consecuente reserva de los saberes profesionales, entraba en cierta tensión con la divulgación masiva propugnada por los enciclopedistas de la Ilustración. Su voluntad de dominio racional del mundo mediante el conocimiento los había impulsado a describir el taller de un óptico y el orden institucional del oficio. No faltaba mucho para que la libertad comenzara a erigirse como un ideal posible en el horizonte. El progreso y la innovación se acelerarían entonces de un modo no visto en siglos. Un paso más, y los tradicionales bésicles, fabricados sin alteraciones durante generaciones, darían paso a la explosión de diseños, materiales nuevos y adelantos funcionales de las lunettes.
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