
Harold Lloyd y Mildred Davis, una pareja en la pantalla y en la vida real.
El comediante había alcanzado ya cierta celebridad con su personaje Lonesome Luke —una imitación del Charlot de Charles Chaplin—, pero en septiembre de 1917 sorprendió a todos con el estreno del corto Over the Fence, en el que aparecía como el “chico de las gafas”. Era un empleado de una sastrería que, por error, se convertía en jugador de béisbol y, al desempeñarse con éxito en ese rol, recuperaba el favor de su chica. La fábula de un hombre común que aceptaba un reto superior a sus posibilidades aparentes —y lograba así empoderarse a los ojos de su pareja y de la sociedad en su conjunto— captó una pulsión profundamente arraigada en el espíritu de la época. Prescindiendo de todo disfraz o apariencia grotesca, el personaje no requería más caracterización que unos anteojos comunes, del tipo que podría haber usado cualquiera de los espectadores. En su autobiografía Una comedia americana (1928), Lloyd lo explicaba así:
Los anteojos servirían como mi marca registrada y al mismo tiempo sugerirían el personaje: tranquilo, normal, juvenil, limpio, simpático, no imposible de enamorar. No necesitaría maquillaje excéntrico, bigote o ropa graciosa. Sería un joven estadounidense promedio y reconocible y dejaría que las situaciones se encargaran de la comedia. La comedia debería ser mejor al no depender de una nariz de plastilina o su equivalente y las situaciones deberían ser mejores al no estar atadas a los aciertos de la baja comedia... La exageración es el aliento de las comedias cinematográficas y obviamente no pueden ser fieles a la vida pero pueden relacionarse reconociblemente con ella.
Esa premisa básica del personaje no impedía variaciones de una película a la otra; el chico podía ser rico o pobre, marinero o médico, estudiante o empleado, pero siempre con los anteojos característicos, que por cierto no tenían cristales, para no producir brillos o reflejos ante la cámara. Así, al abandonar un terreno seguro y afrontar riesgos, Harold Lloyd llegó a conquistar un lugar muy personal y de prestigio en el cine de comedia de aquellos años, junto a otras grandes figuras como Buster Keaton.
Safety Last! (1923) quizá sea la más famosa de sus películas. En ella, Lloyd encarna a un dependiente voluntarioso de una tienda departamental que finge en las cartas a su novia en el pueblo (Mildred Davis) una posición económica que aún no ha conseguido. Cuando ella visita la ciudad, la continuación de la mentira obliga al joven —para prosperar de verdad— a aceptar el desafío del gerente: concebir un evento capaz de atraer multitud de clientes. La simbólica proeza que se propone cumplir es nada menos que escalar los doce pisos del edificio de la tienda. La inquietud por el vértigo se intercala con una persecución policial, en virtud de un argumento bien tejido. Por un instante, el chico de las gafas queda suspendido en el vacío, agarrado apenas de la aguja de un gran reloj, que para peor se desprende de su fijación. Es un momento icónico en la historia del cine. Tras el alivio de la tensión y como remate de la alegoría del ascenso, Mildred recibe a Harold en la terraza para un hermoso beso final. ¡La seguridad es lo último!, decía el título de la película. El héroe de esta nueva épica del hombre común, al asumir el peligro, podrá perder el sombrero y hasta los zapatos pero jamás sus anteojos.
Domar la bicicleta
Señor Presidente: no estoy seguro de tener voz suficiente para hacerme oír sobre un paisaje humano tan extenso como éste pero haré lo que pueda. Me han pedido que cuente brevemente cómo es andar en bicicleta desde el punto de vista de un principiante. Supongo que esto es para la instrucción de los ochocientos invitados, dispersos por esta vasta asamblea, que no son “hombres del rodado”; ya que es poco probable que pueda contarle al resto de ustedes algo sobre el ciclismo que ustedes no sepan ya. Como me seguirán doce oradores y como además el clima está muy cálido y pesado, seré cuidadoso en asegurarme de una cosa al menos: me mantendré bien dentro del límite de los diez minutos permitidos a cada orador.
Fue el 10 de mayo de este año cuando un par de eventos curiosamente opuestos se sumaron al monto de mis experiencias; porque en ese día confesé mi edad montando anteojos por primera vez y en la misma hora renové mi juventud, al menos en apariencia, montando una bicicleta por primera vez.
Los anteojos se quedaron puestos.
Mark Twain
Discurso en el banquete del Congreso Internacional de “Hombres del Rodado”
Springfield, Massachusetts.
Septiembre de 1884.

"Megane-ya" (眼鏡屋, "Tienda de anteojos"), estampa de la serie humorística Nazo kake giga-shū (Colección de acertijos ilustrados), realizada hacia 1812 por Katsushika Hokusai (1760-1849). El grabado plantea la pregunta de en qué se parecen una óptica y un monje adivino. La respuesta se basa en un juego de palabras intraducible con el verbo kakeru, que en japonés se usa tanto para "ponerse los anteojos" como para "plantear un acertijo".
Hokusai, figura destacada de la era Edo, es autor de la serie de grabados Treinta y seis vistas del monte Fuji, entre los que sobresale la célebre "Gran ola de Kanagawa".

Retrato de la condesa Cecilia Auersperg, nacida Billichgrätz, fechado a principios de la década de 1820, cuando el pintor Jožef Tominc residía ocasionalmente en Ljubljana, Eslovenia, y los vestidos blancos comenzaban a ponerse de moda.
Jožef (o Giuseppe) Tominc (1790-1866) fue un retratista prestigioso entre la alta burguesía del Imperio Austríaco. Había nacido en Gorizia, Friuli, ciudad limítrofe donde coexistían la cultura eslovena y la italiana. Entre los diversos artículos de lujo representados con gran detalle y virtuosismo en la pintura de la condesa —como el vestido de noche, el turbante con plumas, el chal de cachemira y las joyas—, se destacan sus anteojos dorados con cadenita.

En la colección de arte popular del Museo Shelburne, en Vermont, se conservan carteles comerciales que aluden icónicamente a las distintas tiendas a las que pertenecieron, como un sombrero de copa de modista, unas botas de zapatero, un reloj de bolsillo de joyero, un mortero de farmacéutico o este letrero de la óptica H.L. Adams, con sede en Manchester Center.
Anteojos mágicos contra su creador
La forza degli occhiali. Comedia. Embrollo extravagante, sin pies ni cabeza; la acción confundida en episodios, o por mejor decir, muchas acciones juntas, sin conexión ni verosimilitud. Hay un Contino que pasa la vida haciendo anteojos; pero deben de ser anteojos mágicos, según las propiedades que les atribuye; con motivo de los anteojos todo es en esta pieza metafórico, todo ambiguo y los anteojos hacen moralizar al dicho Conde, pero de un modo tan fastidioso y tan necio, que es único en su género. Al fin de la comedia regala un par de anteojos a los catorce o quince personajes que en ella se introducen, y aparecen colocados en fila con sus anteojos puestos, a fin de ver con ellos sus defectos, sus vicios y extravagancias. Si tales anteojos hubiera, no estarían mal empleados en las narices del autor, para darle a conocer que su obra es un hacinamiento de despropósitos y que no le parió su madre para hacer comedias.
Leandro Fernández de Moratín
Viaje a Italia
1867

Un verdadero catálogo de los distintos tipos de ayudas ópticas disponibles en 1821 aparece en Les lunettes, un grabado coloreado de François-Séraphin Delpech (1778-1825) realizado a partir de un original de Louis-Léopold Boilly (1761-1845), quien se destacó por representar con agudo realismo y humor la vida cotidiana de la clase media en Francia. En sus autorretratos de 1832, Boilly lleva sus anteojos con un desenfado que todavía no era habitual en las representaciones iconográficas de la época.

La ilusión de la verdad
Toda mente abunda en su propio sentido.
Así estamos hechos, no excluyamos a nadie.
La forma en que veo y la forma en que siento,
la manera en que razono,
te afirmo que es la correcta;
mientras que según tú veo al revés.
Lo que me parece verdadero, te parece un error extremo;
en nada estamos de acuerdo:
pero, por favor, ¿cómo demuestras que estoy equivocado?
Diciendo: tengo razón. Te digo lo mismo:
la confianza es nuestra fortaleza.
¿Quién de nosotros es el terco?
Yo no cedo, ¿cedes tú?
Lo repito de nuevo, todos nos parecemos:
de su opinión cada uno es idólatra.
Un día Júpiter, en el extremo del néctar,
quiso hacer un regalo a la naturaleza humana.
Momo es el portador. En un carro rápido
atraviesa por el aire la llanura.
Venid, exclamó, venid, afortunados humanos;
Júpiter os abre sus benévolas manos;
os dio la vista un poco baja
pero aquí hay algo para remediar esa falta.
Abre su bolsa de inmediato
y los anteojos caen al suelo:
que los humanos recojan. Había suficientes para todos.
Cada uno se llevó su par,
dando gracias a Júpiter por haber encontrado para nosotros
ese suplemento a nuestra iluminación.
Sin embargo, los anteojos hacían ver los objetos
bajo apariencias engañosas.
Aquél los ve azules; éste, violetas;
quien blancos; quien negros; en fin, de todas las tonalidades.
Pero, a pesar de la diversidad,
cada uno encantado con sus anteojos,
creía haber obtenido los más claros
y saboreaba en la falsedad
el placer de la verdad.
Antoine Houdar de La Motte
"Los anteojos"
Fábulas nuevas
1719
El sujeto liberado de la oftalmología
Siempre pienso en lo que significa usar anteojos. Cuando te acostumbras a los lentes no sabes hasta dónde puedes ver realmente. Pienso en toda la gente antes de que se inventaran los anteojos. Debe haber sido extraño porque todos veían de diferentes maneras según lo mal que estaban sus ojos. Ahora los anteojos estandarizan la visión de todos a 20-20. Ese es un ejemplo de cómo todos nos volvemos más parecidos. Todos podríamos estar viendo a diferentes niveles si no fuera por los lentes.
Andy Warhol
La filosofía de Andy Warhol
(de A a B y de nuevo atrás)
1975

La óptica de Napoleón
Los contemporáneos de Napoleón Bonaparte han destacado sus ojos claros, profundos y penetrantes, de una singular movilidad: su mirada de águila. Sin embargo, se conserva en los Archivos Nacionales una factura de 230 francos por la compra de unos impertinentes "en nácar de perla, con manguito de oro, adornado con cristal de roca", en la Maison Lerebours.
Édouard Foucaud cuenta en Los artesanos ilustres (1841):
En 1804, cuando Napoleón planeaba visitar el campamento de Boulogne, expresó al astrónomo Delambre un gran deseo de tener un excelente telescopio.
—Señor, le dijo el erudito, podemos darle el telescopio de Dollond que está en nuestros gabinetes y su Majestad haría un gran favor a los astrónomos si, a cambio, nos concediera un excelente telescopio de 5 pulgadas que acaba de construir el señor Lerebours.
—¿Éste es por lo tanto mejor?
—Sí, señor.
—Entonces lo tomo.
El óptico a quien Napoleón compró tanto los anteojos de ópera como el telescopio para los astrónomos se llamaba Noël-Jean Lerebours (1761-1840). Originario de Normandía, tras cumplir el reglamentario período de aprendiz comenzó pronto a ejercer de manera independiente como idóneo proveedor de lentes para diversas ópticas de París. En 1789 abrió su propia tienda en la isla de la Cité, en el número 69 del Quai de l’Horloge, conocido también entonces como Quai des Lunettes, por el gran número de comerciantes y artesanos del ramo que lo habitaban. Unos años más tarde se trasladó a la vuelta de la esquina, a un local del edificio que aún existe en el número 13 de la Place du Pont-Neuf, frente a la estatua ecuestre de Enrique IV.

En 1805, se publicó un folleto: Instrucción sobre la manera de limpiar los cristales de anteojos, "por Lerebours, óptico del Emperador y de la Marina, impreso por orden del Ministro de la Marina". Un aval suficiente como para considerar en serio el consejo que, de paso, promovía las ventas. De todos modos, la calidad de sus lentes e instrumentos ópticos le valía la obtención de importantes premios en sucesivas exposiciones industriales. "Lerebours fue uno de los artistas eminentes que situaron a Francia al nivel de Inglaterra en la fabricación de grandes telescopios acromáticos", dice Foucaud.
Asimismo, en colaboración con Noël Paymal (1807-1873), el hijo de su mujer que había adoptado como propio —según algunas versiones, mero empleado predilecto—, Lerebours perfeccionó el microscopio de tambor inventado por el británico Benjamin Martin. Al hacerlo portátil, la nueva versión tuvo un éxito enorme.
Paymal llegó a ser un experto y activo divulgador de la por entonces novedosa técnica del daguerrotipo. La casa de óptica comercializó con excelentes resultados un modelo mejorado de la cámara de Daguerre.
Cuando el fundador N.J. Lerebours murió, en febrero de 1840, Paymal quedó a cargo del negocio. Entre 1840 y 1844, la publicación de sus Excursions daguerriennes fue recibida con entusiasmo. El álbum presentaba imágenes de monumentos y paisajes de todo el mundo con un realismo sorprendente para la época, gracias a una técnica de reproducción por grabado de los daguerrotipos.
En 1845, Paymal incorporó como socio a un matemático y óptico suizo, Marc Secretan (1804-1867), con quien había escrito un Tratado sobre fotografía. En 1854, finalmente se retiró de la empresa, quizá para disfrutar de la prosperidad que le habían asegurado los distintos desarrollos inmobiliarios emprendidos a lo largo de los años. Sin detener la marcha, la Maison Secretan alcanzó más adelante un acuerdo con el físico Léon Foucault para desarrollar y comercializar su telescopio reflector portátil, otro hito comercial.
A la muerte de Marc Secretan, lo sucedió su hijo Auguste; luego su sobrino Georges Secretan —miembro fundador de la Sociedad Astronómica de Francia en 1887— y después los hijos de este último. Curiosamente, una fotografía de 1900 muestra todavía un cartel "Lerebours" residual a la altura de la tercera planta y otro "Secretan" en la segunda, como si el espíritu de la Maison Lerebours & Secretan persistiera en la institución.

El negocio fue adquirido por terceros en 1911 pero continuó con el rubro en su sede de la isla de la Cité hasta bien entrada la década de 1960, culminando una larga historia para un comercio especializado en productos de óptica. Mucha agua había corrido bajo el Pont-Neuf desde la "miopía de águila" de Napoleón Bonaparte.
Nuestras mejores invenciones

A poco de haber trabado relaciones con ellos, habían hecho suyas nuestras mejores invenciones; pero creo que pasará mucho tiempo antes de que imitemos sus instituciones, que son, no obstante, muy superiores a las nuestras. Y ésta es la causa de que su Estado —aunque no seamos inferiores a ellos en inteligencia ni en riqueza—, esté mejor organizado que los nuestros y se desarrolle en medio de la mayor felicidad.
Thomas More
Libro áureo, no menos saludable que festivo, de la mejor de las repúblicas y de la nueva isla de Utopía, por el insigne Thomas More, ciudadano y vice-sheriff de la ínclita ciudad de Londres
1516
Pequeñas cosas como los anteojos

El detective privado Phillip Marlowe (Humphrey Bogart) cruza la calle, rumbo a la librería Acme, para averiguar algo más sobre el propietario del comercio de libros del que viene sin haber podido recabar mayores datos. Pero la hermosa librera de grandes anteojos (Dorothy Malone) se muestra reticente a responder preguntas. El sabueso desvía la charla a los libros raros; le consulta por dos títulos. La joven duda ante el primero pero responde que el segundo no existe. Marlowe la elogia; la empleada del negocio de enfrente no sabía eso.
—Comienzas a interesarme, vagamente —reacciona la mujer y Marlowe se explica:
—Soy detective privado en un caso. Quizás estoy preguntando mucho…
La librera, ahora más cooperativa, describe con lujo de detalles al sujeto pesquisado. Su gestualidad y sus miradas dan a entender que el interrogatorio ha devenido en un juego de seducción.
—Harías una buena policía —la halaga otra vez Marlowe, que anuncia que esperará hasta que salga el propietario de la librería de enfrente.
—No cierran hasta dentro de una hora aproximadamente. Y llueve bastante —aventura la librera.
—Tengo mi auto —se apresura Marlowe pero al instante manifiesta tener en el bolsillo una botella de buen whiskey:
—Preferiría mucho más mojarme aquí.
—Bien —dice ella, que cierra la puerta del comercio y baja la cortinilla—. Parece que estaremos cerrados por el resto de la tarde —y se desplaza para sacar unos vasos de su escritorio. Marlowe le estaba diciendo que no hay mucho que decir acerca de su profesión cuando hace un silencio abrupto mientras la mira con atención.
—¿Qué pasa? —se inquieta la librera. Marlowe suelta:
—Me preguntaba si tienes que… —y, levantando sus dedos índice y medio, se señala los ojos.
—¡Oh! —sonríe la joven—. No necesariamente —y se saca los anteojos. Además, se suelta el cabello.
—Pequeñas cosas como ésa hacen… —estaba diciendo Marlowe cuando nuevamente se calla de golpe al verla sin los lentes, gratamente sorprendido:
—¡Hola!
—¡Hola! —repite, complacida, la librera.
Una escena de la película The Big Sleep (1946), dirigida por Howard Hawks, basada en la novela de Raymond Chandler. William Faulkner —más tarde premio Nobel— fue uno de los guionistas, aunque se dice que las líneas más rudas y cínicas, típicas de la novela negra o hard-boiled, fueron escritas por una mujer: Leigh Brackett. Si bien en el texto original los anteojos de la librera sólo se mencionan de pasada, sin presentarlos como un elemento que pudiera disminuir su encanto femenino, el tópico está presente en la literatura de Chandler. Su detective —como ha señalado Travis Elborough—, "al igual que muchos de su género y de su generación, y en el oficio de ver mejor que los demás, sencillamente encuentra más atractivas a las mujeres sin anteojos".
Ella los prefiere présbitas
FROSINE
¡Ah, qué mal la conoce! Esa es otra particularidad que pensaba decirle. Tiene un rechazo espantoso por todos los jóvenes y sólo siente amor por los ancianos.
HARPAGON
¿Ella?
FROSINE
Sí, ella. Quisiera que la hubiera oído hablar de eso. No puede soportar en absoluto la vista de un joven pero siente el mayor contento, dice ella, cuando logra ver a un apuesto anciano con una barba majestuosa. Los más viejos son para ella los más seductores y le aconsejo que con ella no se haga más joven de lo que es. Quiere cuando menos que sea sexagenario; y no hace todavía cuatro meses, estando a punto de casarse, rompió el compromiso matrimonial porque su amante mostró que sólo contaba cincuenta y seis años y que no usaba anteojos para firmar el contrato.
HARPAGON
¿Solamente por eso?
FROSINE
Sí. Dice que no es satisfactorio para ella no tener más que cincuenta y seis años y que tiene preferencia, sobre todo, por las narices que sostienen anteojos.
Molière
El avaro
1668
La clarividencia de los anteojos falaces

Uno de los paneles del altar de la iglesia de San Nicolás, en Bad Wildungen —una pequeña ciudad en el distrito de Waldeck-Frankenberg, al norte del estado de Hesse, Alemania—, obra de Conrad von Soest (c. 1360-1420), representa el episodio bíblico de Pentecostés. La Virgen María ocupa el centro de la escena; el Espíritu Santo desciende sobre ella bajo la forma de una paloma y, más abajo a la izquierda, uno de los dos apóstoles que leen —presumiblemente— las Sagradas Escrituras utiliza unas gafas de remache. Pintada hacia 1400, la obra se destaca como la representación más antigua de unos anteojos al norte de los Alpes.
Había transcurrido apenas un siglo desde la invención de aquellos nuevos dispositivos ópticos cuando ya se los incorporaba en la figuración de sucesos ocurridos un milenio atrás. ¿Habían alcanzado los anteojos, en tan poco tiempo, tal grado de naturalización que se los suponía de origen inmemorial? ¿Cómo explicar semejante anacronismo?
Como objeto predilecto de la cultura, los anteojos han estado siempre sujetos a la cosmovisión de cada época. La verosimilitud realista a la que estamos habituados desde la Modernidad quedaba fuera de las consideraciones posibles en la Edad Media. En aquel tiempo, la verdad trascendente que se buscaba transmitir era ajena a este mundo de simples apariencias, de modo que no era raro que cronistas, cartógrafos o historiadores recurrieran a mitos y fábulas —sin desdeñar a los animales imaginarios— para ilustrar mejor el plan dispuesto por el Creador. La corroboración de los hechos o la veracidad de las imágenes quedaban fuera de cuestión, pues el mero devenir visible palidecía frente a la esencia inteligible.
La paloma sobre María en lugar de las lenguas de fuego bíblicas, los rasgos étnicos incompatibles con supuestos nativos de Judea o los imposibles anteojos del apóstol son todos elementos de un código de representación suficientemente validado por el orden superior al que remite. La verdad celestial de la clarividencia y el entendimiento del apóstol se revela aquí de manera más que elocuente a través de sus anteojos, por más anacrónicos que sean.
Distinto es nuestro terrenal deleite por el desliz de un reloj en la muñeca de un legionario en las viejas películas de romanos.

Anteojos excepto en la cama

Harry Palmer (Michael Caine), un agente de inteligencia del Ministerio de Defensa británico, de dudoso pasado, anteojos permanentes y flema imperturbable, que por poco se inclina al engreimiento, está cocinando en su departamento para la bella compañera en el servicio, Jean Courtney (Sue Lloyd).
—¡Champignons! Sólo lo mejor para nuestro Palmer —ironiza la joven, con una lata en la mano, tras servir whisky y compartirlo.
—Trabajas para Ross. Él te envió aquí —dispara Harry sin inmutarse.
Ross es un exjefe, en otra sección, que lo envió a su puesto actual y que se había mofado de él en el mercado por pagar más caros los hongos franceses sólo por su etiqueta. Harry sabe que se arriesga en un juego de dobles traiciones, vigilancias cruzadas, intenciones no develadas y fidelidades inciertas, en una trama que incluye científicos secuestrados, lavado de cerebros y bombas nucleares. Para Harry, definitivamente, es el sabor, no sólo la etiqueta.
—No seas tonto. Tú trabajas para Ross —contraataca Jean.
Harry replica con firmeza pero se calla en medio de la frase. Jean sonríe, como quien sabe más de lo que puede decir.
—¡Qué diablos! Courtney, voy a cocinarte la mejor cena que hayas comido.
Jean sonríe de nuevo, ahora complacida. Brindan.
Otro brindis. Jean reconoce que fue la comida más deliciosa. Harry se le acerca en silencio.
—Bien —dice. Y la besa.
—¿Siempre llevas tus anteojos? —pregunta Jean sin atisbo de reproche.
—Sí —repone Harry con sosiego—. Excepto en la cama.
Ella le quita los anteojos.
Una escena de la película The IPCRESS File (1965), dirigida por Sidney J. Furie, basada en la novela de Len Deighton.
Nadie podría acusar de afectación a Michael Caine: los anteojos con los que encarnó a Harry Palmer, en esta primera película y en las otras dos de esta serie de espionaje, son los mismos con los que se lo veía en fotografías de su vida pública por aquellos años. El propio autor de los libros usaba un modelo idéntico.

Era un marco que la empresa Curry & Paxton venía proveyendo al Servicio Nacional de Salud británico desde su creación, en 1948. El modelo, conocido como Yvan Optical, antes que un objeto de ostentación, era una solución de diseño bella y útil para el hombre común. Tenía armazón de acetato de celulosa italiano y llevaba unas robustas bisagras aseguradas con remaches, cuyas cabezas configuraban, entre el talón y la patilla, por el lado externo, un característico hexágono.
Michael Caine usó también unos Yvan Optical —aunque con cristales oscuros— en The Italian Job (1969), la película de culto con los Mini Cooper como parte esencial de la trama. En aquellos tiempos de relativa austeridad, tanto los anteojos de Curry & Paxton como el automóvil fabricado por British Leyland eran el resultado de una producción atenta a lo estético pero a la vez orientada por la función.
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