En Southbridge, Massachusetts, en el 12 de la calle Crane, se puede visitar desde 1982 el Optical Heritage Museum. En esa pequeña ciudad, un aprendiz de joyero de nombre William Beecher había comenzado, en 1833, a fabricar anteojos de plata. Hacia el fin del siglo, la compañía a que dio origen, American Optical, empleaba a 800 personas que producían millones de anteojos y lentes. Durante las dos grandes guerras mundiales se convirtió en un importante contratista proveedor de las fuerzas armadas y sus diseños y desarrollos pasaron a formar parte de la cultura global hasta nuestros días. El museo inaugurado en el 150° aniversario de la empresa da cuenta de esa historia.

American Optical acredita la producción, en 1874, de las primeras gafas sin montura. Hacia 1930 presentó el Ful-Vue, un modelo que llevaba las patillas hacia arriba —desde la posición usual hasta entonces, en el centro del ojo— para brindar una más amplia visión periférica. En 1942, introdujo en el mercado las lentes de sol polarizadas. El estándar de los lentes de aviador, que se había desarrollado durante la guerra, se popularizó tras el conflicto, en el caso de las de American Optical, con el nombre de General. Son los que usó Marlon Brando en la película emblemática The Wild One (1953). El presidente John F. Kennedy supo elegir el Saratoga, otro de los modelos clásicos de American Optical, mientras que el Sirmont quedó asociado icónicamente a la figura de Malcolm X. Una variante más cuadrada de los aviadores, los denominados Original Pilot, fueron los primeros anteojos en la luna: la NASA los adoptó para los astronautas de la misión Apollo 11. En Taxi Driver (1976), la película de Martin Scorsese, se lo puede ver también a Robert De Niro con unos de estos Original Pilot.

El director ejecutivo del Museo del Patrimonio Óptico, Dick Whitney, ha ido atesorando material para sumar a su valiosa colección de instrumental oftalmológico, anteojos antiguos, planos, documentos, fotografías y pinturas. Los anuncios publicitarios gráficos de American Optical ostentan algunas firmas ilustres. Para ellos, en 1929, se le comisionaron seis pinturas a Norman Rockwell. Y en la exhibición del museo pueden apreciarse tres cuadros encargados en 1942 a Herbert Morton Stoops, ilustrador de la popular revista Blue Book. Representan diferentes escenas de comercialización de anteojos de alrededor del 1900 y denotan cierta nostalgia por un tiempo ido. Stoops había nacido en 1888 y creció en un rancho de Idaho donde asistió al ocaso del viejo Oeste. Esa conciencia de los cambios que se produjeron en la sociedad en el lapso de una vida y el contraste entre las virtudes objetivas del presente respecto de una idealización embellecida del pasado eran tópicos muy apreciados en la cultura de esos años. Lejos de considerárselas anticuadas, estas láminas pudieron verse habitualmente en los comercios de óptica de la época.

Una de las imágenes representa a un vendedor ambulante ofreciendo solícito a una mujer de un ámbito rural su muestrario de anteojos. En otra, asistimos al interior de una joyería y relojería en la que, mostrador de por medio, el comerciante expende también unas gafas pregraduadas a una joven madre. En la última, una anciana se prueba en una oficina de correos los lentes que, presumimos, ha encargado por catálogo. En los tres casos resalta la preocupación por llegar al cliente a la vez que la ausencia de una debida prescripción oftalmológica y el asesoramiento de un profesional óptico, ventajas que el espectador sabría apreciar como propias de su presente. Entre tanto, la empresa postulaba un papel importante en esa larga historia.

Las chicas de Hitch

Las mujeres son objeto preferente de observación en las películas de Alfred Hitchcock. El espectador puede acomodarse en la admiración de una estrella de Hollywood o inquietarse al verla atacada por cientos de pájaros. Ya en el plano mismo de la ficción, uno de sus personajes espía furtivo el misterio femenino antes de sacrificarlo a cuchilladas en la ducha. Otro obliga a su acompañante a travestirse al dictado de sus fantasías. Sin embargo, sobresalen algunos roles femeninos que desafían la pasividad, como la psiquiatra encarnada por Ingrid Bergman en Spellbound (1945) o la jovial diseñadora de ropa interior personificada por Barbara Bel Geddes en Vertigo (1958). Ambas son profesionales, ambas usan anteojos. Y la crítica feminista ha querido leer en ellas una rebelión contra el "patriarcalismo del cine clásico". En cualquier caso, los anteojos parecerían acompañar una especial capacidad de comprensión en estas jóvenes, que no están ahí sólo para ser vistas sino también para ver.

En Strangers on a Train (1951), adaptación de la novela de Patricia Highsmith, un psicópata enreda en un pacto de asesinato cruzado a un desprevenido tenista con quien se ha encontrado casualmente. El trastornado cumple su parte del plan, liquidando a la esposa molesta del otro, y vuelve para obligarlo a pagar el servicio prestado, dando muerte a su odiada madre. Dos mujeres usan lentes con marcos ostensiblemente idénticos en este film, propiciando cierta simetría adicional.  La expresión de espanto de una de ellas, representada por la propia hija del director, Patricia Hitchcock, nos indica que percibe la naturaleza criminal de quien, sin embargo, se muestra encantador para los demás. Esta chica que usa anteojos ve lo que otros no ven.

La otra mujer con lentes en Extraños en un tren es la propia víctima. De hecho, es justamente a través del reflejo en los cristales de sus anteojos, que cayeron al suelo durante el forcejeo, que atisbamos la pavorosa escena del estrangulamiento. Mediante este artificio visual y narrativo, Hitchcock opta por no presentar el horror más que en forma indirecta, de modo que, lejos de atenuarlo, así lo acrecienta aún más, hasta la intensidad máxima que la imaginación del público esté preparada para alcanzar. En ese juego barroco de reflejos cruzados, el espectador deviene parte activa del espectáculo. Ahora que, mediante el artilugio del espejo, se ha duplicado en la pantalla la representación de la ignominia, el horror ya es el nuestro. Un hábil procedimiento de la ficción lo "realizó". De esa manera, puede llegar a arrastrar, desatadas, nuestras emociones más recónditas y, quizás, en la catarsis, eventualmente, sanarnos un poco.

Utilidad sin precio

Tengo tres cosas inapreciables más que al principio: un reloj hermético de acero comprado en Trinidad; una brújula de verdad con su doble caja de suspensión, y muy precisa y con rosa de los vientos, y unas gafas negras de celuloide.

Henri Charrière

Papillon

1969

El indeleble monóculo del conversador efímero

    Eugenio de Méricourt dice en sus biografías, bocetos o siluetas, como ustedes quieran, que por tan poca cosa no hemos de reñir, queriendo bosquejarIo a Thiers: que sólo está callado cuando tiene la navaja del barbero en el pescuezo.

    Y esto prueba, como se prueban tantas otras cosas, que yo no me parezco a Thiers, porque este orador se hacía afeitar y yo me afeito personalmente, con mi propia mano y muy bien —mejor de lo que me suele afeitar, allá por muerte de un obispo, Mantel, que es el peluquero de los grandes hombres de este país; grandes como Gorostiaga, don Benjamín Quintana, don Manuel y otros; y el único de los peluqueros habidos y por haber, al cual yo le he reconocido el derecho de cortarme.

    El lector no se afeita probablemente. Se hace afeitar. Hace mal. Las sensaciones o fruiciones de la navaja son inefables. He llegado a pensar alguna vez que no ha de ser tan desagradable que a uno lo degüellen, si lo hacen artísticamente, con instrumento finísimo, bien afilado. Desgraciadamente, el punto quedará sin solución, por aquello de que “muertos no hablan”.

    Repito que hace mal el lector si se hace afeitar, porque además de lo dicho, esa parte de la toilette tiene la ventaja de ser una economía de tiempo y de dinero, a lo que se agrega que mientras uno se afeita piensa, al paso que cuando lo afeitan se mira o está con el Jesús en la boca, de miedo de que lo corten. Mi secretario exclama: “cuántas veces he pensado yo… ¿y si este animal se volviera loco ahora?”

    Pero si yo no me parezco a Thiers en este detalle ni en el talle ni en la talla ni en otras circunstancias, como que él usaba binóculo y yo uso monóculo, hay un pequeñísimo detalle, en el que nos parecemos con el grande hombre y es éste: que yo soy muy conversador, rayando a veces mi charla en solo, o no tiene razón el soi-disant crítico imparcial, que el año pasado dijo que soy algo aficionado al palique.

    ¡Ah! ¡Y qué lástima que no esté en edad de corregirme de ninguno de mis defectos!

Lucio V. Mansilla

"El dedo de Rozas"

Entre nos. Causeries del jueves

1890

La primera portada de Anteojito, revista infantil que apareció en Buenos Aires en octubre de 1964. Tomaba su nombre de un popular personaje que había protagonizado antes diversas publicidades animadas de televisión, un niño muy diligente que llevaba unos anteojos enormes. Su creador era el ilustrador de origen español Manuel García Ferré.

Anteojito llegó a vender cientos de miles de ejemplares en la década de 1970 y albergó a muchos otros personajes como Hijitus, Larguirucho, el profesor Neurus o Petete que fueron transpuestos muy exitosamente al cine y la televisión. Exteriorizaba cierta candidez enmarcada en un estilo de vida austero que priorizaba el valor del conocimiento, la técnica y el culto de la nacionalidad, entendiéndose siempre como un auxiliar de la educación escolar. Y en ese sentido se constituyó en sí misma como una muy eficiente herramienta de reproducción social. Su último número, el 1.925, apareció en enero de 2002.

En su historia pueden atisbarse muchos de los más profundos cambios sociales, económicos y culturales vividos por los argentinos.

Autorretrato con gafas de Francisco de Goya y Lucientes. Fue pintado alrededor de 1800, cuando trabajaba en La familia de Carlos IV, cuadro en el que el propio artista aparece a un costado, detrás de la realeza, en idéntica postura aunque sin los anteojos, reservados a este ámbito más íntimo. Se conserva en el Museo Bonnat-Helleu de Bayona pero existe una versión del mismo en el Museo Goya de Castres.

Autorretrato con modelos oftalmológicos, óleo de alrededor de 1929 de Herbert Ploberger, conservado en el Museo Lenbachhaus de Múnich, nítidamente adscripto a la Nueva Objetividad de la República de Weimer. El foco de la observación se posa sobre la mirada misma, justo cuando lo representado tiende a convertirse en una visión incómoda, una realidad cada vez más opresiva.

Distracción por exceso de enfoque

A veces los asuntos públicos pueden distraernos de lo particular. O, para ilustrarlo simbólicamente: la llama de la vela que ilumina el periódico con las noticias del mundo puede incendiar, por descuido, el propio sombrero. La crítica de costumbres alcanza también a los anteojos, que facilitan la abstracción en la lectura. La escena está representada en un grabado de 1775, The Politician, realizado a partir de un óleo satírico del artista británico William Hogarth (1697-1764).

En la partitura del Dúo para viola y violonchelo en mi bemol mayor de 1796 Ludwig van Beethoven añadió un título jocoso y enigmático: Duet mit zwei obligaten Augengläsern o Dúo con dos obligados anteojos.

La pieza tiene asimismo una dedicatoria a un funcionario húngaro en Viena que fue uno de los más tempranos amigos de Beethoven en esa ciudad, el conde Nikolaus Zmeskall von Domanovecz. La relación se prolongó hasta el fin de sus días y ha sobrevivido abundante correspondencia entre ellos. "Encontrémonos a las 6 en punto en la posada Schwann y bebamos algo de su espantoso vino tinto" le dice en una nota. Todavía en 1816 le dedicó el Cuarteto "Serioso" para cuerdas n° 11 en fa menor.

Zmeskall también era músico, tocaba el chelo, y celebraba en su casa habituales sesiones de música de cámara. Así que aceptando que Beethoven se  hiciera cargo de la viola, la broma contenida en el título del dúo referiría a que ambos amigos necesitaban anteojos para tocar juntos la partitura.

El 20 de octubre de 1944 el general Douglas MacArthur, al mando de las fuerzas aliadas, desembarcaba en la isla de Leyte para iniciar la batalla por la recuperación de Filipinas, bajo ocupación japonesa. Se lo vio llevando unos anteojos de protección que se hicieron muy populares después de la guerra, una de tantas extensiones civiles de adelantos realizados en el marco del esfuerzo bélico.

El estándar AN6531 había sido aprobado poco tiempo antes, en 1941, para que distintos contratistas de la industria óptica lo produjeran masivamente para la aviación del ejército y la marina, tal como lo indican las letras iniciales de Army y Navy en el código.

Pero nada comienza sin historia. El diseñador y coleccionista Moss Lipow propone una genealogía muy plausible de las lentes de aviador —como las conocemos—. Ligándolas con el desarrollo desde el siglo XIX de distintos anteojos de protección para trabajadores y deportistas, Lipow rastrea su característica forma de gota, que se manifiesta incipiente en patentes de 1891. Con lentes de mica, estas gafas habían sido pensadas para la seguridad visual de artesanos de los más diversos oficios tanto como para conductores, maquinistas, bomberos, navegantes y ciclistas.

El diseño del aviador ya es claramente reconocible en los anteojos para automovilistas AutoGlas, de 1910, aunque llevaban un amplio puente articulado por bisagras.

Cuando las cabinas de los aviones dejaron de ser abiertas, después de la Primera Guerra, ya no fueron necesarias las antiparras, razona Moss Lipow. Y aquellos anteojos pensados en un primer momento para los ciclistas y tiempo después para los automovilistas pudieron ser entonces perfectamente funcionales para los aviadores.

Paralelamente a la evolución de la forma de los ojos ocurrió la de su puente de unión. Dado que los anteojos de seguridad debían cubrir al máximo posible el área de los ojos, tenían un tamaño mayor que los habituales de mera corrección. Eso llevó a que ya a mediados del siglo XIX se desarrollara un puente doble que permitía dar estabilidad estructural a la unión de esos dos grandes aros, evitando que se retuerzan. Lipow nos muestra unos vastos anteojos para protección solar de 1910 que aprovechaban esa idea de un puente reforzado por una barra.


Al modelo D1 fabricado por American Optical para el U.S. Air Corps en 1935 sólo le faltaba ese doble puente para que podamos considerarlo nuestro aviador. Llevaba patillas envainadas en plástico y todavía un puente articulado por bisagras. Pero todos los elementos estaban ya disponibles, desarrollados a lo largo de décadas, para que alguien pudiera reunirlos en un diseño único que habría de resultar exitoso.


Diversas empresas como American Optical, Bausch & Lomb, The Chas. Fischer Spring Co., Willson Optical y Rochester Optical Co. Frame fabricaron inicialmente el estándar de los lentes de aviador AN6531 de 1941, que especificaba la forma de los ojos, el puente y el tinte verde 50% de sus cristales —insuficiente, según pronto se demostró—. Aunque otras características variaban según el contratista, como por ejemplo las “comfort cables” que algunas versiones traían, unas patillas curvas elásticas que se ajustaban a la curva de la oreja.

Desde entonces los lentes de aviador han afianzado un espacio propio en la cultura global, que como todo en ella está sujeto a constante reformulación. Así a principios de los 70 la activista y escritora feminista Gloria Steinem los adoptó en desafío de algunas de las connotaciones arquetípicas que cargaban y que vedaban su uso a las mujeres.

Dá-me os óculos, os meus óculos!

    Las últimas palabras de Fernando Pessoa tuvieron el mismo sentido pero un tono más atemperado que el rotundo "luz, más luz" de Goethe. En la frontera con la muerte, el poeta portugués solicitó con humildad: "denme mis anteojos". La narrativa de Sergio Pitol se funda en el principio opuesto: no busca aclarar sino distorsionar lo que mira. Según relata en El arte de la fuga (1996), extravió los anteojos a su llegada a Venecia, la ciudad de sus antepasados. La teatralidad de los puentes y los canales venecianos cobró en la nublada vista de Pitol un carácter aún más espectral. Horas después, cuando ya resultaban inservibles, los lentes aparecieron en la maleta donde habían sido olvidados con toda conveniencia.

Juan Villoro

"Los anteojos perdidos"

Sergio Pitol. Los territorios del viajero

2000

    Está escrito que las desdichas nunca llegan solas: al consignar mi maleta en el depósito de equipajes descubrí que había perdido mis lentes; registré mis bolsillos, corrí hacia los andenes con la esperanza de encontrarlos en el suelo, pero la multitud de viajeros y cargadores que se movían por ellos me hizo desistir de cualquier búsqueda. Lo más seguro, pensé, era que los hubiese olvidado en el hotel de Trieste o en el vagón de donde había salido con tanta precipitación.

    Todo esto tiene que haber ocurrido a mediados de octubre de 1961. De pronto me encontré en la Piazzeta, dispuesto a comenzar mi recorrido. Mi miopía de ningún modo atenuó el deslumbramiento. Llegué a la Plaza de San Marcos y tomé mi primer café en Florian, el legendario lugar reseñado por todos los escritores y artistas que alguna vez visitaron Venecia. Compré, a un lado de Florian, una guía turística. Ver de cerca, leer, por ejemplo, no me presentaba mayor problema. Después del café, guía en mano, comencé a caminar. Se me escapaban los detalles, se desvanecían los contornos; por todas partes surgían ante mí inmensas manchas multicolores, brillos suntuosos, pátinas perfectas. Veía resplandores de oro viejo donde seguramente había descascaramientos en un muro. Todo estaba inmerso en la neblina como en las misteriosas Vedute de Venezia, coloreadas por Turner. Caminaba entre sombras. Veía y no veía, captaba fragmentos de una realidad mutable; la sensación de estar situado en una franja intermedia entre la luz y las tinieblas se acentuó más y más cuando una fina y trémula llovizna fue creando el claroscuro en el que me movía.

    A medida que la niebla me velaba aún más la visión de palacios, plazas y puentes mi felicidad crecía. Caminé tanto que aún hoy me queda la impresión de que aquel día incorporó una inmensa multitud de días.

Sergio Pitol

"Todo está en todas las cosas"

El arte de la fuga

1996

Cruzando la plaza, frente a la "Iglesia Redonda", en diagonal a los jardines del Museo de Arte Español Enrique Larreta, en Cuba y Juramento, funciona en la ciudad de Buenos Aires desde 1938 el Museo Histórico Sarmiento. Es un hermoso edificio italianizante construido hacia 1870 por el gran arquitecto de la generación del 80 Juan Antonio Buschiazzo para ser la casa municipal del entonces pueblo de Belgrano. Pero allí funcionó temporariamente, en el convulso año 1880, el Congreso Nacional que dictó la Ley de Federalización de Buenos Aires. La colección del museo dedicado principalmente a Domingo F. Sarmiento se constituyó a partir de la donación de su nieto y albacea Augusto Belín y consta de muebles, porcelanas, trajes y uniformes, libros y periódicos, documentos y correspondencia, la banda y el bastón presidencial, fotografías y óleos de su nieta Eugenia Belín.

Pero entre los objetos más personales del autor de Facundo o Civilización y barbarie nos sorprenden dos pares de anteojos. Unos, que según Augusto Belín su abuelo usaba cotidianamente, son del tipo pince-nez, con marco de carey y puente metálico. Los otros, un poco más ostentosos, tienen armazón de oro, puente doble y patillas y se conservan con su estuche.

¡Miopes del mundo, uníos!

¿Han considerado ustedes alguna vez las posibilidades latentes para situaciones dramáticas de la miopía? ¿Saben cómo se nublan los anteojos cuando se entra en una habitación cálida para protegerse del frío? Bueno, imaginen a su héroe en esa posición. Ha estado esperando fuera de la guarida del asesino previo a precipitarse al interior y salvar a la heroína. Se lanza. "Manos arriba, sinvergüenzas", grita. Y entonces sus anteojos se empañan y ahí está, temporalmente ciego, con un criminal de tamaño natural retrocediendo y midiendo la distancia para darle con una piqueta.
¿O preferirían ustedes algo menos sensacionalista, algo más en la línea romántica? Muy bien. El héroe, de camino al baile de la duquesa viuda, se resbala con una cáscara de banana y rompe su único par de gafas. No se atreve a faltar al baile porque la querida duquesa nunca lo perdonaría; entonces entra y le propone matrimonio a una chica, que detesta especialmente, porque viste de rosa y la heroína le había dicho que iba a usar el rosa. Pero el vestido rosa de la heroína tardó en llegar de la modista y tuvo que presentarse de azul. La heroína entra justo cuando la otra chica lo está aceptando y ahí tienen ustedes un arranque simpático, vivo y alegre para su relato de pasión e interés humano.
Pero ya he dicho suficiente para mostrar que ha llegado el momento en que los novelistas, si no quieren quedarse atrás en la carrera, deben adaptarse a las condiciones modernas. Uno desearía no amenazar pero, como digo, nosotros los astigmáticos somos una gran minoría y si nos unimos podemos hacer sentir nuestra presencia. Arengados por este artículo en un sentimiento de injusticia por el trato que reciben, el gran ejército de ciudadanos que llevan anteojos podría muy fácilmente hacer entrar en razón a los novelistas. Un boicot a los héroes sin anteojos lograría pronto la reforma necesaria. Quizás no sea necesario dejar que las cosas lleguen tan lejos. Espero que no. Pero si esta advertencia se descuida, si tenemos más de esas novelas sobre hombres con agudos ojos grises o penetrantes ojos negros o alegres ojos azules, de hecho, cualquier clase de ojos que carezca de alguna afección muscular, sabremos qué hacer.

P.G. Wodehouse

"En defensa del astigmatismo"

Un alegato a favor de gafas, quevedos y antiparras

1916

El arbitrio femenino

La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien y porque cuando el hombre está así, en tensión de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

Horacio Quiroga

"La muerte de Isolda"

Cuentos de amor de locura y de muerte

1917

Travis Elborough ha publicado varios ensayos de historia cultural, entre ellos The Bus We Loved (2005, sobre los típicos autobuses londinenses), The Long-Player Goodbye (2008, sobre los álbumes de canciones), Wish You Were Here (2010, sobre las tradicionales ciudades costeras de vacaciones) o The Writer’s Journey (2022, sobre autores ilustres en situación de turistas).

En Through the Looking Glasses. The Spectacular Life of Spectacles (2021) su objeto de interés son los anteojos. El título jocoso podría traducirse, de manera quizá demasiado llana, como A través de los anteojos. La vida espectacular de los anteojos. El original retoma el de la secuela de Alicia de Lewis Carroll —Through the Looking-Glass—, pero en plural, de modo que “espejo" deviene “anteojos”. El subtítulo juega con la fuente etimológica común, siempre en inglés, del adjetivo "espectacular" y la designación tradicional de los anteojos. El humor y los entusiasmos personales orientan esta indagación sobre el sentido de un elemento que nos acompaña culturalmente desde hace más de siete siglos y que, al mismo tiempo, incide de manera profunda, articulado con la psicología, en nuestra experiencia biográfica particular.

Con esa disposición, el autor encuentra una buena metáfora del origen histórico perdido de los anteojos en el propio recuerdo brumoso de sus primeros lentes, provistos por el Servicio Nacional de Salud británico (NHS). Y a la inversa, la temprana advertencia de que la policía no aceptaba aspirantes sin visión 20/20 le remite a la persistente antipatía de la profesión médica y la sociedad, antaño, respecto de las gafas. Como si los anteojos fueran algo antinatural o deshonesto o una forma de engaño por el que sus usuarios vieran algo de otra forma escondido. El fundador de la oftalmología moderna, Georg Bartisch —apunta Elborough— escribió en 1583 que era mejor preservar dos ojos sin nada enfrente de ellos que tener cuatro. Y Guy de Chauliac, cirujano de la corte papal y el primero en referirse a los anteojos en sus escritos, prescribe baños con agua de hinojos antes que recurrir a ellos, como último recurso. Sin embargo Travis Elborough, un adolescente obligado a usar anteojos en los años 80, se sintió convalidado ante la imagen de una estrella pop como Morrissey, que incentivó a llevarlos aún a quienes no los necesitaban. Y la aceptación social se incrementó, en la medida en que fueron incluidos en la imitativa esfera de la moda.

El recorrido del libro llega al “20/20 en el siglo 21” pasando por los ópticos británicos del siglo XVIII o el seductor espía con anteojos permanentes encarnado por Michael Caine en The IPCRESS File (1965). Se propone con modestia como un divertido relato personal sobre distintas aristas de un objeto cotidiano, cuya dimensión histórica se nos ha vuelto casi invisible, pero esconde sin embargo altos méritos. Como, por ejemplo, la descripción compleja del contexto en el que se produce la anónima chispa de arranque de la historia de los anteojos. 

En otros recuentos más atolondrados aunque solemnes se acumulan antecedentes para el supuestamente necesario alumbramiento. Por ejemplo, la lente de Nimrud, un disco de cristal de roca pulido encontrado cerca de Mosul, Irak, datado alrededor del 750 a.C., perteneciente a la capital neoasiria de Nínive. Elborough dice que el consenso actual es que pudo haberse usado como incrustación en un mueble pero muy difícilmente en un telescopio. Los antiguos griegos pulían sí cristales pero con fines bélicos: los llamados espejos ustorios se habrían usado para incendiar barcos enemigos. Plinio el Viejo en su Naturalis historia (77) atribuye al mirar a través de piedras traslúcidas, como el berilio o la esmeralda, la propiedad de curar o dar alivio a ojos débiles o enfermos. Menciona que Nerón era corto de vista y asistía a los combates entre gladiadores con una piedra de este tipo a mano. Pero Elborough resalta que no hay en el texto ninguna sugerencia acerca de una mejora de la percepción del objeto a la manera de una lente. Quien sí menciona que los objetos se agrandan al verlos a través del agua es Séneca. Pero como una mera comprobación curiosa. Es que de hecho en Roma ya existía un sistema práctico y eficiente que disuadía de la necesidad de usar anteojos, hasta de levantar una pluma o siquiera de leer. “En una cultura donde la declamación y el dictado eran la norma, la elite romana tenía ejércitos de jóvenes secretarios, estenógrafos y literatos esclavos a quienes acudir”, dice el autor. Y eso no cambiaría sino hasta la Edad Media.

Tampoco era propicia para proyectar un dispositivo tan simple y obvio como el de las gafas la idea predominante sobre cómo funciona la visión. Por un lado, la teoría extromisionista defendida por Platón o Euclides postulaba que el ojo era activo y emitía un rayo de luz o calor que aprehendía el objeto. En contra, los intromisionistas como Aristóteles o Epicuro consideraban al ojo como recipiente de algo que provenía del objeto, algo como su simulacro en miniatura que se transportaba por el aire, según imaginaban. Aristóteles refutaba a Platón: ¿si nuestros ojos emiten luz por qué no vemos en la oscuridad? Sin embargo aún Galeno, el primero que hizo una descripción de la anatomía y la fisiología del ojo, se inclinó por la idea de la extromisión. Tenía más sentido para él que el ojo asiera activamente la enormidad de la montaña que el que ésta se encogiera para entrar en la pupila. Más allá de Ibn al-Háytham y Roger Bacon, fue recién la Astronomiæ Pars Optica, de Johannes Kepler, en 1604, que demostró al fin los principios del funcionamiento de las lentes correctivas.

“La llegada de las gafas, casi cuatro siglos antes, en la Edad Media tardía, parece deberse más a las habilidades prácticas de los fabricantes de vidrio que a los médicos y filósofos” concluye Travis Elborough. “Lo que sigue, sin embargo, es un relato sobre la vida y los tiempos de las gafas, uno guiado por mis propias debilidades y preocupaciones miopes. Es una guía para el usuario, si se quiere, y está sujeta al capricho de mi propia perspectiva acortada. Su campo de visión quizás sea en ocasiones borroso e incluso fuera de foco pero ojalá permita que las gafas aparezcan como los dispositivos verdaderamente sorprendentes y reveladores que son.”

Siglos de viajantes estafadores

Mercaderes que venden anteojos son objeto de representación en estas pinturas de distintas épocas y lugares de Europa. Sus autores son, de izquierda a derecha y de la más reciente a la más antigua: Krzysztof Lubieniecki (c. 1715), Rembrandt van Rijn (c. 1624) y Andries Both (c. 1600).

Los artistas parecen guardar alguna suspicacia respecto de los vendedores ambulantes, si no también acerca de la propia entidad de los anteojos. El óleo de Rembrandt representa a un buhonero oriental ofreciendo gafas de su atiborrado baúl a una pareja de ancianos. Forma parte de una serie de cinco alegorías pintadas sobre pequeños paneles de roble, de 21 por 18 centímetros, dedicadas a cada uno de los sentidos. Las cuatro que nos han llegado son las obras conocidas más tempranas del artista, que tenía dieciocho años cuando las produjo, quizás algo inexperto aún.

Según el lexicógrafo Carolus Tuinman, en su Origen y explicación de los proverbios neerlandeses de uso diario, de 1726, la expresión “venderle a alguien anteojos” tenía el significado figurado de "engaño", "ya sea porque los anteojos engañan la vista o porque los vendedores de gafas, generalmente astutos, a menudo suelen ser estafadores". En cualquiera de los dos casos se usaba con el sentido de hacerle creer algo a alguien o imponerle otra perspectiva de las cosas. Por otra parte, en el contexto del barroco eran muy apreciados los trampantojos y las ilusiones ópticas, que inducían a desconfiar de la realidad percibida, evidenciando que lo real no coincide siempre con lo aparente. O que la verdad no debe buscarse en el orden de lo terreno. Rembrandt elegió una escena de dudosa reputación como la del comercio de gafas para alegorizar el sentido de la vista, el más sospechado de los cinco. Toda una declaración de principios.

Los amantes mal emparejados (c. 1515), una pintura de Jacob Cornelisz. van Oostsanen, lleva las cosas aún más allá. Refiere explícitamente un fraude. 

La perfecta simetría en la que dos parejas, alternadas en dos planos, se acomodan en la composición habilita a que entendamos el relato de lo ocurrido. A la izquierda del cuadro aparece un par de jóvenes mercachifles vestidos de rojo, el hombre al fondo. A la derecha, un matrimonio de burgueses mayores, con atavíos en tonos pardos, en este caso al fondo la mujer. En el primer plano la muchacha comerciante está restituyendo a su caja unas gafas mientras recibe una moneda en pago de las que el anciano conserva en su mano. Mientras tanto, en el segundo plano, el compañero de la vendedora seduce a la señora de la casa y le roba sin que ella parezca advertirlo u oponerse. En un tercer plano, por encima de la escena, un bufón se ríe del conjunto.
El tópico del engaño se reconoce todavía casi tres siglos después en Le marchand de lunettes, grabado de Isadore S. Helman de 1776, a partir de una pintura de Jean-Baptiste Le Prince.

En una época de incipientes adelantos científicos, el vendedor de instrumentos ópticos desvía de manera aún más poderosa la mirada del hombre de la casa mediante un catalejo: cuanto más lejos se esfuerza uno por ver, más ciego resulta ante lo que ocurre cerca, parece advertir la crítica de costumbres implícita en la estampa.

A lo largo de siglos, los artistas han puesto en entredicho el buen nombre de los viajantes del comercio óptico.

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