Dos de las cuatro serigrafías que publicó Keith Haring en 1986 con el personaje Andy Mouse, una condensación de sus admirados Warhol y el Mickey de Disney. Las copias que se estamparon están firmadas en lápiz tanto por el autor como por el artista de The Factory.

Keith Haring (1958-1990), quien trascendió a las galerías de arte a partir de sus grafitis en el subte de Nueva York, ha escrito en su diario, publicado en 1996:

    La cultura “oficial” y la cultura “popular” a menudo se entremezclan y a veces incluso son idénticas. El artista ya no necesita permanecer fuera del público. Esto a mí no me suena como una idea nueva. ¿Recuerdan a Andy Warhol? La Era de la Información y la cámara han difuminado los límites entre el arte elevado y el arte popular.

En 1986, el mismo año en que lanzó la serie de Andy Mouse, Keith Haring inauguró una tienda propia en el Soho, Pop Shop, que comercializaba camisetas y todo tipo de objetos con sus diseños y de otros artistas amigos como Jean-Michel Basquiat. Él mismo decoró el espacio, rellenando por completo las paredes y el suelo con sus trazos. Era una forma de salir del esquema tradicional de las galerías, conectando al productor de arte con un público más amplio.

El 21 de octubre de 1987, durante su estadía en Tokio para gestionar la instalación allí de una sucursal de Pop Shop, Haring registró en su diario:

    Conocí a un fabricante de anteojos que podría estar interesado en que diseñe para ellos. Producen artículos de gran calidad y estaban muy entusiasmados por trabajar conmigo. Todavía tenemos que hablar de dinero, por supuesto.

Y en la entrada del día 29:

    Hoy salimos de Kyoto a las 9:00 a.m. y tomamos un tren a Osaka. Visitamos la empresa que fabrica anteojos y cascos deportivos (para esquí, ciclismo, motocross). Están muy interesados en hacer lentes conmigo y parece que son capaces de hacer cosas excelentes. Conocimos al presidente y quedó impresionado y dio su aprobación. Ahora tenemos que negociar los detalles exactos y los términos. También están interesados en patinetas y equipamiento y trajes para motocicletas. Fue una reunión productiva y, parece, muy prometedora. Todavía no está muy claro qué haré exactamente ni cuánto están dispuestos a pagar. En teoría la cosa podría irse por la alcantarilla cuando comencemos a negociar.

    Fuimos a almorzar con gente de la empresa y comimos shabu shabu.

Vendedor siniestro, comprador neura

    “¡No voy a comprar barómetros, mi querido amigo! ¡Vaya usted!” Pero entonces Coppola entró de lleno en la habitación y le dijo en un tono ronco mientras la boca ancha se le desfiguraba en una risa monstruosa y los ojos pequeños brillaban penetrantes bajo las largas pestañas grises: “¡Eh, nada de barómetros, nada de barómetros! ¡También tengo bellos occhios, bellos occhios!” Nathanael exclamó horrorizado: “Hombre descabellado, ¿cómo puedes tener ojos? ¿Ojos, ojos?” Pero en ese momento Coppola apartó sus barómetros, metió la mano en los amplios bolsillos de su abrigo y sacó impertinentes y anteojos que colocó sobre la mesa. “Cristal, cristal, puestos su la nariso, esos son míos bellos occhios.” Y con esto sacó más y más anteojos, de modo que toda la mesa comenzó a centellear y resplandecer de forma extraña. Mil ojos miraban y parpadeaban espasmódicamente y escrutaban a Nathanael pero él no podía desviar su mirada de la mesa y Coppola ponía más y más anteojos y miradas llameantes, cada vez más y más salvajes, saltaban unas sobre las otras y lanzaban sus rayos rojo sangre al pecho de Nathanael. Superado por un horror frenético gritó: “¡Detente, hombre terrible!”, sujetando a Coppola, que justo metía la mano en el bolsillo para sacar más anteojos, a pesar de que ya toda la mesa estaba cubierta. Coppola se soltó suavemente con una risa ronca y repugnante y dijo: “¡Ah! Nada para ti. Pero bellos prismáticos aquí.” Recogió todos los anteojos, los guardó y sacó del bolsillo lateral de su abrigo un montón de largavistas grandes y pequeños.

E.T.A. Hoffmann

El hombre de arena

1817

    —Si usted cree —dijo— que un sacerdote se acercará a un hombre que tiene las gafas del Diablo aquí mismo, bajo su almohada, y que sólo tiene que ponerse esas gafas para ver a través de la ropa del sacerdote, de su carne y de qué otra cosa no y leer todo lo escrito en su mente secreta tan claro como si estuviera impreso, tráigalo, señor Alfred, ¡tráigalo!

    Pensé que al sacerdote podría no gustarle eso y por consiguiente retiré mi sugerencia. Lo menos que podía hacer, como una cuestión de normal cortesía, después de renunciar al sacerdote, era pedirle si podía ver las gafas del Diablo.

    —¡Escuche primero cómo me hice con ellas! —dijo Septimus.

    —¿Llevará mucho tiempo? —indagué.

    —Llevará mucho tiempo y le pondrá los pelos de punta.

Wilkie Collins

Las gafas del Diablo

1879

Las innecesarias gafas
de un profeta en la tormenta

    Se inclinó ante mí e incluso estrechó mi mano (algo que no había hecho antes), pero no se sentó a mi mesa, como si se avergonzara de sus ropas completamente raídas y de su deshilachado sombrero; además, le devoraba —o al menos así me lo pareció a mí— una impaciencia inquieta, nerviosa. Su rostro parecía aún más enjuto; sus labios y sus mejillas brincaban arriba y abajo; sus ojos inflamados apenas se veían bajo las gafas, que ajustaba continuamente a la nariz con sus cinco dedos. En esa ocasión me convencí de lo que ya antes había sospechado: los cristales de sus gafas eran cristales corrientes; en realidad no tenía ninguna necesidad de ellos; por eso miraba con tanta frecuencia por encima de sus bordes. Las gafas eran para él una especie de máscara. En toda su figura se dibujaba la ansiedad, esa ansiedad peculiar del vagabundo hambriento y sin hogar. El aspecto casi miserable de ese hombre enigmático me dejó perplejo. Si en realidad era un agente, ¿por qué era tan pobre? Y, si no era un agente, entonces ¿qué era?

Iván S. Turguénev 

"El hombre de las lentes grises

(Recuerdos del año 1848)"

Páginas autobiográficas

1869-1883

El paisajista norteamericano George Cope (1855–1929) produjo además naturalezas muertas en las que buscaba generar la ilusión de que los objetos colgaban directamente sobre la pared. En este óleo de alrededor de 1900, cuando, en una mirada más atenta, percibimos la sombra y el reflejo de los anteojos sobre el fondo, su imagen duplicada en el plano parece devolverle al objeto tridimensional otra vuelta de tuerca de realismo. Como si, al replicarse su silueta, se potenciara la verdad de las gafas.

La sociedad del espectáculo

Los magic glasses de Polaroid: los anteojos mágicos de cartón que se distribuyeron a los espectadores para que vieran la película Bwana Devil (1952, Arch Oboler) con la ilusión de tres dimensiones. El fotógrafo J.R. Eyerman registró escenas del estreno para la revista Life. Los lentes, que prometían una "natural vision", llevaban sin embargo una leyenda que advertía que no servían para protegerse del resplandor del sol o para conducir de noche.

Meses después de llegar a París, en 1926, el fotógrafo norteamericano de origen húngaro André Kertész (1894-1985) visitó el estudio de Piet Mondrian y, quizás conmovido por la tendencia abstracta del pintor neerlandés, registró su pipa y sus anteojos depositados sobre el ángulo de una mesa.

Lentes como un cuchillo en tu cráneo

Lentes de sol que permiten ver el mundo en blanco sobre negro. Lentes que permiten reconocer el espantoso aspecto no humano de una porción de la sociedad que explota al resto. Lentes que permiten atisbar los mecanismos mediante los cuales el poder establecido afianza y reproduce el orden. Lentes que permiten leer en la comunicación social los mensajes subliminales ocultos que manipulan la conciencia de los ciudadanos para dominarlos. Lentes que son un llamado a despertarse. Ése fue el elemento clave que incorporó el director John Carpenter en el guión de la película They Live (1988) para adaptar el cuento Eight O'Clock in the Morning de Ray Nelson, publicado en 1963 en The Magazine of Fantasy & Science Fiction. En el texto original sólo se hablaba de hipnotizados y “fascinadores”, dos clases sin ningún artilugio material que pudiera alterar la relación entre ellas. Un cuarto de siglo había transcurrido entre el cuento y la película, entre el auge de la guerra fría y el mccarthismo, por un lado, y la crisis de finales de la reaganomics y el apogeo de los yuppies, por otro.

Recién llegado a Los Angeles, un migrante desempleado de apellido Nada consigue trabajo en la construcción. Se aloja en un campo de indigentes siguiendo a su nuevo amigo Frank, que ha dejado atrás una familia en Detroit y se muestra abatido ante los despidos y los cierres de fábricas. “La regla de oro es que el que tiene el oro hace las reglas” se enoja Frank. Nada le recomienda paciencia. “Yo creo en América”, lo alienta.

Esporádicas interferencias en la señal de televisión propalan un discurso de un aparente profesor que advierte: “Vivimos en un estado de conciencia artificialmente inducido.” Los rebeldes operan desde una iglesia próxima al campo que es una mera fachada: allí funciona un laboratorio donde se fabrican unos lentes de sol que permiten “ver la realidad”. Aunque las fuerzas policiales arrasan el lugar, Nada consigue extraer una caja de anteojos y descubre, cuando se los pone, el verdadero aspecto reptiliano de los invasores alienígenas, encubierto para los demás por una señal que —luego sabremos— se emite desde un estudio de televisión. Los medios distorsionan la realidad, literalmente. Y ellos están entre nosotros, aliados de las clases privilegiadas para explotarnos. "La tierra es su tercer mundo”, el que integran los países emergentes, dependientes, en términos de la época. Ellos están aclimatando el planeta para acomodarlo a su atmósfera. “Ellos viven, nosotros dormimos”. Y ese estado de cosas se sostiene por la coacción de los mensajes subliminales que, inadvertidos al ojo desnudo, se imparten desde los carteles de propaganda y que ahora Nada alcanza a leer: “No cuestiones a la autoridad”, “Obedece”, “Ningún pensamiento independiente” , “Mira TV”, “Consume”, “Trabaja, trabaja, trabaja”, “Mantente dormido”, “Cásate y reprodúcete”. El dinero lleva la leyenda “Éste es tu dios”. Los reptilianos de a pie denuncian a Nada ante los agentes del orden: “Tenemos uno que puede ver”. Una nueva línea de frontera se erigió entre "ellos" y "nosotros", así que la guerra santa está habilitada.

“Vine a masticar chicle y patear culos. Y el chicle se me acabó” es la frase célebre que pronuncia Nada antes de comenzar el tiroteo, masacrando selectivamente a los desprevenidos invasores. Su brutalidad deriva naturalmente del esquema dual con que el mundo se le ha manifestado. Y es que en última instancia They live es una película de género. Aunque parte desde cierto realismo social, llega a la acción mediante un andamiaje que tiende a reducir la complejidad de las cosas. Esa filosofía de soporte narrativo, sin embargo, ha venido enamorando a quienes han querido ver en ella una sencilla confirmación de sus creencias, desde diversos sesgos, de izquierdas y derechas.

Sin embargo hay un indicio de complejidad que no debiera desatenderse. La pelea más larga de la película ocurre entre los amigos Jack y Nada (el actor Roddy Piper que encarnó a este último personaje era luchador profesional). El combate se prolonga por más de cinco minutos y si bien su coreografía es en sí misma entretenida, respecto de la trama del film puede resultar absurda y hasta distractiva. El motivo de la disputa es que Nada quiere obligar a Jack a que se ponga los anteojos, para que "contemple la verdad", mientras él se resiste. “Todos están por su cuenta y buscan perjudicarte” había expresado Jack. Su desaliento lo ha llevado a percibir un mundo insolidario de "todos contra todos". Cambiar esa visión de las cosas sería una tarea ardua. Y una facticidad que impugne las propias ideas, tan entrañables, puede ser algo doloroso de ver. La mera posibilidad suscita violencia. Nada no quiere reñir pero Jack reacciona con furia. La pelea satisface apetitos básicos al mismo tiempo que sanciona la paridad entre los contendientes. Y la discordia también puede consolidar una nueva comunidad de intereses cuando, derrotado Jack, Nada le pone los anteojos y se alza la amenaza de un “ellos” fuerte que cohesiona y redefine un "nosotros". La causa de la pelea era la voluntad de que el otro vea lo mismo que uno, una suerte de "batalla cultural" cuyo resultado final no puede ser otro que la generalización de un despiadado binarismo: “ellos contra nosotros”.

"La ilusión es la maleza más tenaz de la conciencia colectiva; la historia enseña, pero no tiene alumnos", escribió Antonio Gramsci en la época del ascenso fascista, cuando lamentaba la insistencia en pretender resolver problemas económicos mediante la violencia. En la era postglobal —de los diversos populismos y las redes sociales, de la polarización y la segmentación de audiencias, de la cultura woke y las utopías retrospectivas, de las democracias bajo asedio y los estados impedidos de proveer soluciones— todavía podrían derivarse nuevos corolarios de los anteojos para despabilar conciencias de aquella vieja peli de John Carpenter.

Al célebre pianista de tango, compositor y director de orquesta Carlos Di Sarli (1903-1960) se lo vio siempre en público usando unos característicos anteojos oscuros. Una leyenda no comprobada explicaba que había perdido un ojo en la armería paterna, en su Bahía Blanca natal, cuando, aún adolescente, a un dependiente se le escapó un tiro. Las habladurías, sin embargo, también atribuían la lesión a una riña ocurrida en un cabaret.

Años después, otra anécdota con tintes melodramáticos relataba una discusión que habría protagonizado Di Sarli en el Café Germinal de la avenida Corrientes al 900, en Buenos Aires. Uno de los propietarios del lugar le habría objetado aquellos lentes, achacándoles ser una mera expresión de esnobismo. Su presentación allí, con el primer sexteto, fue agriamente suspendida por ello. Posteriormente, como consecuencia del episodio, el músico habría regresado a Bahía Blanca para tocar allí por un tiempo.

Toda esta atmósfera de persistente misterio y palabrerío infundado, con escasos visos de verosimilitud, quizás haya contribuido a fomentar la imputación de mufa que tiempo después padeció el autor de Milonguero viejo. Por más que supo ser ponderado como una de las más grandes figuras del tango en su época dorada, la difusión de su obra sufrió una suerte de cancelación al asignársele el poder de atraer eventos desafortunados. Una capacidad que, en casos similares, ha podido revertirse con facilidad a lo contrario: el mismo objeto que antes auspiciaba desgracias devenía, de pronto, en un reaseguro de la buena suerte.

Lo que quizás pueda afirmarse con certeza, respecto de Carlos Di Sarli, además de sus distintivos anteojos oscuros, es que nos ha legado una obra cuyo estilo cultivan y honran las nóveles orquestas, varias generaciones después.

Prince hizo historia en noviembre de 2014 con su deslumbrante presentación de ocho minutos en el segmento musical del programa de la cadena NBC Saturday Night Live. Usó allí unos anteojos muy singulares que en la tapa del reciente disco Art Official Age habían dado la impresión de ser un mero agregado de diseño gráfico. Eran unos lentes de sol redondos con un tercer ojo sostenido por sobre el puente, en triángulo con los otros dos, en referencia quizás al chakra hinduísta o a la superación del pensamiento dual. Su ostentosa inutilidad sugería la pertinencia de una percepción más allá de lo ordinario.

En aquella ocasión acompañaba a Prince el trío 3rdeyegirl integrado por la canadiense Donna Grantis en guitarra, la danesa Ida Nielsen en bajo y la americana Hannah Welton en batería: las “chicas del tercer ojo”. El álbum Plectrumelectrum, publicado en aquel mismo año, acredita esa formación más reducida, desgajada de la gran banda que lo había acompañado desde 1990, New Power Generation.

Los lentes de sol del tercer ojo o los Tres, tal como se bautizó el modelo, fueron desarrollados por la firma Coco & Breezy, de las gemelas Corianna y Brianna Dotson, diseñadoras y además productoras musicales y DJs oriundas de Apple Valley, un suburbio de Minneapolis.

Yoga y gafas sexis

    Las redes nos inundan de terapias alternativas a las lentes; es decir, no quieren que te pongas gafas para corregir los problemas de refracción. Y ellos cuentan con la solución para no hacerlo. Una de estas pseudoterapias que campan a sus anchas por las redes es el “yoga ocular” ofrecido tras pagar un cuantioso canon por sus cursos, DVDs, sesiones presenciales, charlas, etc. Según sus defensores, la miopía se cura haciendo ejercicios de forma rutinaria con los ojos, pero sólo los que ellos te dicen y, para que los hagas bien, tienes que pasar por caja, claro. Bueno, pues esto es un timo. No hay método natural que corrija problemas visuales como la miopía o la hipermetropía. Carece de sentido. Ya sabéis que estos problemas son de refracción; es decir, en el caso de la miopía, el ojo es más largo de lo normal y, entonces, la imagen se proyecta delante de la retina, no en ella. La hipermetropía se produce, por el contrario, porque el ojo es más pequeño de lo normal y, entonces, la imagen se proyecta detrás de la retina. La única forma de corregirlo es con lentes, lentillas o con una operación correctora. Sus defensores se aprovechan de que, al practicar tales ejercicios propuestos, de forma transitoria, la acomodación del ojo y el ajuste que hace nuestro cerebro mejoran. Pero cabe recalcar que dicha mejoría es temporal; la miopía no “se cura” con ejercicios. Existen varios problemas asociados a esta pseudoterapia. El primero es que se crecen y empiezan diciéndote que no vas a tener que usar gafas para la miopía y siguen convenciéndote de que, con los ejercicios, evitarás también que, en un futuro, tengan que operarte, que no vas a padecer presbicia o incluso que previene contra el glaucoma. Otro de los problemas estriba, no obstante, en que se anima a los propios padres a que los niños con miopía no lleven gafas y a que hagan los ejercicios —porque es natural..., como si una lente no lo fuera— y la consecuencia directa es que los niños verán mal, en casa o en el cole, sin necesidad alguna. No llevar gafas para la miopía no hará que aumenten tus dioptrías; sencillamente percibirás las cosas peor. Es importante detectar estas anomalías pronto y corregirlas. No hay nada de malo en llevar gafas. Las gafas son sexis.

Conchi Lillo

¡Abre los ojos!

Ni Bowie tenía cada iris de diferente color

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Descubre la (verdadera) ciencia detrás de tu mirada

2023

Una tendencia decimonónica

Llevaba una camisa de lino, una gorra de paño y un par de gafas verdes que probablemente había adoptado no tanto para la protección de sus ojos como por la dignidad que conferían a su rostro.

Nathaniel Hawthorne

"La cabeza de la gorgona"

Un libro de maravillas para niños y niñas

1851

Esconder sin ocultar

Cuanto más pensaba en el audaz, decidido y característico ingenio de D., en que el documento debía hallarse siempre a mano si pretendía servirse de él para sus fines y en la absoluta seguridad proporcionada por el prefecto de que el documento no se hallaba oculto dentro de los límites de las búsquedas ordinarias de dicho funcionario, más seguro me sentía de que, para esconder la carta, el ministro había acudido al más amplio y sagaz de los expedientes: el no ocultarla.
Compenetrado de estas ideas, me puse un par de anteojos verdes y una hermosa mañana acudí como por casualidad a la mansión ministerial. Hallé a D. en casa, bostezando, paseándose sin hacer nada y pretendiendo hallarse en el colmo del aburrimiento. Probablemente se trataba del más activo y enérgico de los seres vivientes pero eso tan sólo cuando nadie lo ve.
Para no ser menos me quejé del mal estado de mi vista y de la necesidad de usar anteojos, bajo cuya protección pude observar cautelosa pero detalladamente el aposento, mientras en apariencia seguía con toda atención las palabras de mi huesped.

Edgar Allan Poe

La carta robada

1844

Gafas remachadas a los pómulos

El Museo de las Armerías Reales en Leeds, West Yorkshire, alberga la colección británica de armas y artillería. Entre sus objetos más afamados se encuentra el yelmo con cuernos de carnero y gafas de remache que Maximiliano I de Habsburgo, kaiser del Sacro Imperio Romano Germánico, le regaló en 1514 al rey Enrique VIII de Inglaterra.

La pieza formaba parte de una armadura fabricada por el célebre maestro Konrad Seusenhofer en su taller de Innsbruck. Se conservó el casco, de tipo almete, es decir, con una visera abatible, que, en este caso, representa un rostro con rasgos grotescos, al gusto del siglo XVI en Alemania y Austria, como para ser exhibido en torneos, festivales o desfiles, en combinación con los cuernos y las gafas de remache. Esos anteojos primigenios, por su propia constitución, presentaban serias dificultades para ser colocados a la altura correcta ante los ojos. Con estas gafas de latón, el inconveniente se subsanó muy fácilmente: al perno habitual que unía el extremo de los manguitos de los aros, se añadió otros dos remaches para sujetar el armazón en las mejillas metálicas de la máscara.

Reingeniería de anteojos

Tras convalidar su condición de ingeniero durante una breve estadía en Venecia, hacia 1674, el neerlandés Cornelius Meyer (1629-1701) recibió del papa Clemente X el encargo de proteger a la Vía Flaminia, en Roma, de las inundaciones del Tíber. La tarea fue ejecutada con éxito y con un costo menor que los proyectos alternativos, así que se le encomendó implementar mejoras en la navegación del curso fluvial. De resultas de ese trabajo publicó en 1683 L’arte di restituire a Roma la tralasciata navigatione del suo Tevere, un libro que le valió cierta celebridad.

Nuovi ritrovamenti es el título de otra de sus obras, que apareció en dos partes, en 1689 y en 1696. Los nuevos descubrimientos que allí recoge Cornelius Meyer manifiestan la gran heterogeneidad de sus intereses: máquinas para elevar cañones y postes o romper piedras debajo del agua, métodos para la fundición de metales, procedimientos para la canalización y otras obras hidráulicas, arquitectura de las fortificaciones, la descripción de los carruajes óptimos para la tracción animal, el eclipse de un satélite de Júpiter, el diseño confortable del hogar, el molino hidráulico, la producción de seda o la provisión de agua para la ciudad. Y en cada uno de los dos volúmenes de Nuovi ritrovamenti hay también una sección dedicada a los anteojos.

El libro de 1696 contiene un grabado de Gomar Wouters que representa a un grupo de probadores de gafas alrededor de una mesa. El tono del texto es celebratorio pero formula algunas observaciones sobre el mejor aprovechamiento de los anteojos.

    En verdad estamos grandemente obligados tanto a los primeros inventores de los anteojos como también a aquellos que los han perfeccionado posteriormente. (…) Y debido al gran uso y práctica se ha llegado a un buen estado de perfección en el trabajo de los cristales de los anteojos, sólo nos resta dar algunos consejos sobre cómo utilizarlos.

    En primer lugar se debe saber que cuando los rayos visuales no pasan directamente a través del anteojo hacia el objeto sino que se dispersan hacia los lados del mismo, en ese momento la vista recibe más daño que beneficio. (…)

    Además se debe tener en cuenta que los anteojos sean de cristal fino bien trabajado y limpio porque si fueran de cristal impuro dañarían más pronto la vista; así como también es bueno advertir de poner siempre la misma parte de los anteojos hacia la vista, lo que se puede notar con algún pequeño signo, porque girarlos ahora hacia un lado y ahora hacia el otro puede causar alguna variación en la vista.

El tomo de 1689 de Nuovi ritrovamenti incluye un grabado realizado por el propio Cornelius Meyer y las consideraciones que expone son bastante exhaustivas. Pero además se incluyen propuestas concretas para algunos avances y mejoras.

    Aunque la industria humana ingeniosamente ha inventado los anteojos para suplir las deficiencias de la vista y su uso es muy familiar, creemos, sin embargo, que un defecto de los mismos radica en su forma, al hacer los cristales tan pequeños que el eje del cono visual, que pasa por el medio de la pupila, no pega en el centro del cristal, que es el más puro para transmitir las imágenes. (...) Por lo tanto, sería mi opinión que los cristales de los anteojos deberían hacerse de modo que la pupila del ojo pegue en el centro del cristal, como se muestra en la figura número 2, porque de esta manera las imágenes transmitidas se alinearán más perfectamente en ángulo recto dentro del ojo y la vista se conservará mejor, como cualquiera puede experimentar, como ya hemos experimentado nosotros.

    Y porque alguien podría inferir que al usar anteojos grandes se tendrían que desechar tantos anteojos pequeños ya hechos, se muestra en el número 4 que al hacer los anteojos pequeños con almohadillas, como en la letra A, se pueden ensanchar hasta que el centro de los cristales coincida con la pupila del ojo, lo que los hará aún utilizables. Otra cosa en la que deben reflexionar aquellos que usan anteojos es que, dado que la mayoría de las personas no tienen la nariz recta sino torcida, deben usar los anteojos de manera que estén horizontales con los ojos y, debido al defecto de la nariz, no se inclinen más hacia un lado que hacia el otro. En el número 3 se muestra que en ausencia de cristales se puede hacer un anteojo tanto de lata como de una lámina delgada de latón o de papel negro, haciendo un pequeño agujero en el centro que coincida con la pupila del ojo y reciba los rayos rectos, que forman la visión perfecta, y esto tendrá el mismo efecto que los anteojos de cristal. El mencionado anteojo también puede ser útil para aquellos que son tuertos, ya que al usarlo, sin duda mejorarán la deficiencia. (...) El medio anteojo del número 9 también puede servir como espejo incendiario, habiéndose observado que los cristales similares incendian más rápido el papel negro que el blanco, de lo que creo poder deducir las verdaderas razones en momento más oportuno.

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