Buena vista detrás de los anteojos

Henry Bemis usa.




Los anteojos en la dimensión desconocida

Henry Bemis usa anteojos para corregir una visión muy disminuida pero apenas tiene tiempo para cumplir su modesta ambición de leer un libro. Un evento cataclísmico, al que se añadirá un accidente menor, terminará por invertir, en una simetría perfecta, ese estado de cosas.
Sobre ese planteo —que convierte en chiste la ecuación entre un equilibrio inicial y otro resultante— se construye el relato "Time Enough at Last", publicado en la revista If: Worlds of Science-Fiction en enero de 1953. Lo firmaba Lynn Venable, seudónimo ambiguo respecto del género de su joven autora, Marilyn Venable. El feminismo todavía no se contaba entre las utopías más fácilmente admitidas en el ambiente por entonces exclusivamente masculino de la sci-fi.
Emitido en noviembre de 1959, el octavo episodio de la primera temporada de The Twilight Zone, la serie creada por Rod Serling, adaptó el cuento al formato del programa de televisión.
La Guerra Fría era todavía el contexto ineludible, junto con la amenaza de las armas atómicas. En 1949 la Unión Soviética había logrado detonar su réplica de la bomba nuclear norteamericana y en 1952 Estados Unidos llevaba a cabo las pruebas de la bomba de hidrógeno. La Guerra de Corea se prolongaría hasta el armisticio de 1953.
Pero poco podía enterarse Henry Bemis de las realidades del mundo en que vivía porque no tenía tiempo propio para ello: su esposa Agnes “era dueña de esa parte que su empleador, el señor Carsville, no había comprado”, en el Eastside Bank & Trust. Esa configuración personal tenía raíces antiguas:
Por un lapso, cuando era muy pequeño, sus padres habían creído que era un idiota. Cuando descubrieron que el problema eran sus ojos, le consiguieron anteojos. Pero nunca logró ponerse al día del todo. Nunca había tiempo suficiente.
El deseo de leer libros, periódicos o revistas se exagera ilustrativamente en la transposición televisiva y deriva en una verdadera manía lectora, que impide a Henry entregar el monto correcto en la caja del banco por estar abstraído en una novela de Dickens. El jefe lo emplaza a dedicar su tiempo al trabajo y se muestra aliado de la esposa, quien lo priva del diario y arruina su antología de grandes poetas, una pérdida de tiempo, según ella. La desesperación de Bemis llega al punto de encontrar consuelo en leer las etiquetas de los frascos de condimentos sobre la mesa.
Hay realidades que terminan por alcanzar aun a aquellos que las rehuyen. Ocurrió cuando Henry Bemis leía a escondidas en la bóveda del banco. En el cuento era el artículo de una revista: “Las nuevas armas y lo que harán contigo”. En el programa de televisión era el diario con un gran titular: “Bomba H capaz de destrucción total”. Una conmoción inaudita sobrevino enseguida. Los anteojos la soportaron intactos y, ocupado con ellos, Henry seguía absorto en las vicisitudes del estilo de vida que en ese instante estaba siendo aniquilado:
Tomó nota mental de escribirle al doctor Torrance para que le hiciera un par de repuesto y se los enviara por correo. Condenada molestia no tener la receta archivada localmente, pero Henry no confiaba en nadie más que en el doctor Torrance para tallar aquellos gruesos lentes de acuerdo con su complicada graduación. Henry se quitó los pesados anteojos. Al instante, la habitación se disolvió en una borrosidad neutra. Vio una mancha rosada que sabía que era su mano y una masa blanca que se acercó a la rosada cuando sacó el pañuelo del bolsillo y limpió cuidadosamente los lentes. Al volver a ponérselos, se deslizaron un poco hacia abajo sobre el puente de la nariz. Había estado pensando desde hacía algún tiempo en hacer que se los ajustaran.
La bóveda había servido a Henry de refugio contra la explosión nuclear que había devastado la ciudad. Las condiciones de su existencia anterior se habían disuelto en el aire. Pero el desastre tenía para él un costado apreciable: solo en el mundo, al fin tendría tiempo suficiente.
Una segunda catástrofe, cómicamente equiparable a la primera, ocurrió entonces. El desajuste de las patillas, cuya solución Henry había procrastinado, igual que la adquisición de los anteojos de repuesto, fue la causa de que en las ruinas de la biblioteca pública, cuando ya se disponía a aprovechar el tiempo libre para leer sin restricciones, los lentes cayeran y se hicieran añicos.
Martin Heidegger dice en Ser y tiempo (1927):
Perdiéndose a sí mismo en sus múltiples quehaceres, el irresoluto pierde en ellos su tiempo. De ahí procede ese decir que le es tan característico: “no tengo tiempo para nada”. Y así como el que existe en forma impropia pierde constantemente el tiempo y nunca “tiene” tiempo, así también el carácter distintivo de la temporeidad de la existencia propia es que esta existencia, en su resolución, nunca pierde el tiempo, y que “siempre tiene tiempo”. Porque la temporeidad de la resolución tiene, por lo que respecta a su presente, el carácter del instante.
Como irresoluto, Henry Bemis lleva una existencia impropia, tanto cuando disponía de anteojos pero carecía de tiempo como después, cuando una circunstancia ajena a su voluntad le regaló todo el tiempo del mundo y otra le arrebató los anteojos.
La trampa maldita de la verdad

La leyenda Veritas inscrita en el puente de los anteojos también resultaba interesante.
No los aburriré con mis investigaciones. Aunque a veces provechosa, la pesquisa de un aficionado es un procedimiento monótono. Baste decir que emprendí una indagación privada que me condujo a una tienda de artículos de segunda mano y finalmente a una casa parcialmente demolida en la calle Edison. Una consulta a la sociedad histórica local me permitió establecer que los anteojos habían pertenecido originalmente a Dirk Van Prinn, un individuo de reputación turbia. Las leyendas sobre su interés por la hechicería son de dominio público y pueden corroborarse fácilmente en cualquier volumen dedicado a la historia temprana de esta ciudad. No hace falta subrayar lo obvio.
En cualquier caso, mi investigación, bastante cuidadosa, dio frutos. Pude, tomándome ciertas licencias basadas en pruebas circunstanciales, “reconstruir” los pensamientos y acciones de las diversas personas que habían usado desprevenidamente los anteojos desde su descubrimiento en el cajón secreto del antiguo escritorio de Dirk Van Prinn.
Esos pensamientos y acciones han constituido la base de este relato, en el cual me tomé la libertad de representar los personajes del señor Joseph Henshaw, la señora Miriam Spencer Olcott y el señor Percy Dean, todos ellos fallecidos.
Por desgracia, queda por escribirse un capítulo final. No tenía idea de que sería necesario cuando abrí mi investigación. De haberlo sospechado, la habría abandonado de inmediato. Pues sabía, como sabía Dirk Van Prinn cuando guardó los anteojos en aquel cajón, que eran objetos malditos; que su herencia de sabiduría, proveniente de su antepasado, el infame Ludwig Prinn, era abominable; que las lentes habían sido talladas casi literalmente en el Infierno.
Sí, yo sabía que la verdad no ha sido concebida para que los hombres la vean; que conocer los pensamientos de los otros sólo conduce a la locura y la destrucción.
Reflexioné sobre lo trillado y evidente de esta moraleja y por nada del mundo habría emulado al pobre Joe Henshaw o a la señora Olcott o a Percy Dean, poniéndome los anteojos para escrutar a otros hombres y otras mentes.
Pero la soberbia precede a la caída. Y mientras escribía sobre el trágico destino de esos pobres necios cuya búsqueda de sabiduría terminó en desastre, no pude dejar de pensar en el propósito real para el cual habían sido creados esos singulares anteojos.
Veritas.
La verdad.
La verdad sobre los otros trajo consecuencias funestas.
Pero ¿la verdad sobre uno mismo?
“Conócete a ti mismo”.
¿Podría ser ése el propósito secreto de los anteojos? ¿Permitir al portador mirar hacia adentro?
Seguramente no podía haber daño en ello. No en manos de un hombre inteligente.
Me figuraba que me “conocía” a mí mismo en el sentido ordinario de la palabra; que quizá, por inclinación natural e introspección, era más consciente de mi propia naturaleza que la mayoría de los hombres.
Me lo figuraba. Cavilaba. Creía.
Pero tenía que saberlo.
Sí, tenía que saberlo.
Y por eso me los puse, hace un momento. Me los puse y me miré en el espejo del vestíbulo.
Me miré a mí mismo. Y me vi. Y me conocí. Completa y absolutamente.
Hay cosas acerca de la inteligencia subliminal, acerca del llamado “subconsciente”, que la psiquiatría y la psicología anhelan descubrir. Yo conozco ahora esas cosas pero jamás hablaré de ellas. Y sé mucho más.
Sé que la agonía real padecida por Henshaw, por la señora Olcott y por Percy Dean al leer las mentes de otros no es nada comparada con la que nace de leer la propia mente.
Me quedé ante el espejo y miré dentro de mi mente: viendo allí los recuerdos atávicos, los deseos, los miedos, el autoengaño, la locura en germen, la inmundicia y la crueldad acechantes, las viscosas formas secretas que reptan y no se atreven a alzarse ni siquiera en sueños; viendo, bajo todo el barniz de conciencia e intelecto, la indecible sordidez que es mi verdadera naturaleza. La naturaleza de todo hombre. Tal vez pueda reprimirse y controlarse. Pero el mero hecho de comprender que está ahí constituye el horror supremo.
No debe permitirse.
Terminaré este relato dentro de poco. Luego tomaré los “anteojos tramposos”*, como tan acertadamente los llamó Joe Henshaw, y los destruiré para siempre.
¡Los tramposos!
Para ello usaré un revólver, apuntándolo con firmeza y deliberación a esos instrumentos malditos y haciéndolos añicos de un solo disparo.
Y en ese momento los llevaré puestos.
Robert Bloch
"Los tramposos"
Weird Tales
Noviembre de 1947
* En lugar de “anteojos tramposos”, en el original solamente ”cheaters” —plural de cheater, “tramposo”—, un término informal del inglés norteamericano para referirse a los anteojos, documentado desde 1908 por The Routledge Dictionary of Modern American Slang and Unconventional English (2009).
El diccionario aporta una segunda acepción de cheaters que acota la referencia a los anteojos con lentes oscuros. En A Jazz Lexicon (1964), Robert S. Gold adscribe ese uso particular al argot de los juegos de azar y señala que estuvo vigente entre los músicos de jazz desde alrededor de 1930 hasta 1950, cuando fue reemplazado en gran medida por shades —plural de shade, “sombra”—. Cita como ejemplo la canción Jeepers Creepers, compuesta por Harry Warren para la película Going Places (1938), con letra de Johnny Mercer y versionada inicialmente por Louis Armstrong: "¡Jesucristo!, cuando enciendes esos ojazos, / ¡pobre de mí!, tengo que ponerme los lentes de sol [cheaters]".
Volanderas o inexorables de carey
Esas grandes gafas que se usan ahora compuestas de dos grandes ojos de buey, de concha, y dos antenas de concha son, por su más primitivo origen, japonesas y chinas. Los grandes poderes del Japón, los sabios y los sacerdotes, usan, desde siempre hasta ahora, esas gafas imponentes.
Cuando el hombre más refinado y que huye de los atributos de ritual halla los lentes transparentes de los Estados Unidos, lentes que llega un momento que se confunden con el ojo y se convierten como en las alas invisibles de la mirada, otros hombres pretenciosos, primitivos, recargados y fatuos sacan a relucir estas gafas, que meten al individuo que las lleva en una verdadera hornacina.
Así como en el Japón pueden tener el profundo sentido de lo tradicional, de lo consagrado por los siglos, y son, desde luego, una cosa seria, reposada, llena de categoría, en nuestra tierra son sinónimas de frivolidad, de vanidad, de subrayación de la miopía que padece el que las lleva y son como las hijas de las grandes gafas de chauffeur, para los que no son sino chauffeurs de sus pies, porque generalmente esos falsos automovilistas que las llevan no tienen automóvil.
¿Qué pensar de esos hombres que nos fisgan como a través de unos gemelos o como a través de unas ventanitas? Bueno es que nos miren pero esa cosa excesiva que son hace que generalmente se piense mal de ellos. Aunque hay excepciones en que aparece detrás de esas gafas el gran sabio o el gran escritor, digno huésped de las selvas japonesas, de la sabiduría y de los dioses, tan japoneses como el que más y tan español y tan todo como el que más también.
Muchas veces hemos visto al jovencito simple y reblandecido adoptar ese medio antifaz, un poco parecido a esos lentes o gafas de carnaval que tienen unidos a ellas unos bigotes, una nariz y muchas veces unas cejas. Esas gafas determinan ya fijamente, casi siempre, que ese jovencito se quedará en un imbécil consagrado toda la vida.
No hay nada que obceque más que ellas y nada que ponga mayores anteojeras a la mirada, dando una marcada visión unilateral de las cosas. Temible ser, ser equivocado, fanático, testarudo y terminante, el que use esas gafas en definitiva a lo largo de su vida.
Los ojos, que deben disimularse y difuminarse en la vida, que deben ser los ojos perdidos, volanderos y fugaces, que miran desde la luz más que desde los cuévanos del cráneo, ¡son encerrados y agravados en esas gafas alardeantes y gruesas!
¡Abajo esas gafas que hacen a los ojos chicos, insignificantes, impertinentes y que ni siquiera tienen la originalidad de la novedad, pues proceden del Japón!
Aunque ha habido un momento que se han usado en nuestro país, hace muchos años, unos gruesos quevedos; recordemos la sensación que hicieron en nuestros espíritus de niños esos retratos oscuros, como hechos en una mazmorra, y en los que resultaba enconado, sombrío, incomprensivo, su retratado, el inquisidor con quevedos gruesos. El mismo Quevedo, por el que tenemos tanta simpatía, parece que fue víctima en su empaque y hasta en su prosa por ese rostro recargado y opaco que tiene —sus grandes lentes, su bigote, su perilla—. Hasta en su obra se tropieza con el marco oscuro y opaco de esos lentes, repetido y repetido.
Hay que ir por los lentes de papel de seda de cristal, con agarradero a la nariz, de cristal también, y si hay que recurrir a las gafas, porque es molesto para el pensamiento o para la mirada ese pellizco en la nariz que tienen que dar los lentes, debe recurrirse a las gafas finas, de una montura transparente de oro, esas gafas que, aunque parezcan jesuíticas, eso mismo no les es tan perjudicial como a las otras su burdo empaque, pues el fino cerco de oro quiere decir que son sutiles, vivaces, pícaras.
¡Fuera esos dos servilleteros puestos sobre los ojos y que les ponen unos marcos disparatados! ¡Fuera esas gafas relicarias de las miradas frescas del presente!
“No sea tan pretenciosa y farfullera vuesarced y quítese tan gran estorbo de la cara”, les diríamos —dándoles el tratamiento antiguo que están pidiendo sus gafas— a esos enmascarados con gafas de carey, gafas grotescas, que bien se podían vender con nariz y bigote como las de carnaval.
Acabe ese gesto de ir a ver grandes cosas que tienen los que usan gafas con gran montura de carey, pues resulta impertinente que parezcan ir descubriendo cosas profundas y tremendas que nosotros, los que no tenemos gafas ni lentes de ninguna clase, no acabamos de ver.
Sólo los ciegos sienten un parecido desdén hacia los que tienen buena vista.
Las gafas de carey no sólo privan a la vista de espontaneidades esclarecedoras sino que parece que privan de oír y comprender.
¡Qué difícil discusión la que podamos tener con un hombre dotado de esa clase de gafas!
No nos entenderá. Tendremos que repetir las primeras premisas veinte veces y sólo en ese momento humano en que se quita las gafas para limpiarlas cachazudamente con su pañuelo es cuando se da cuenta de algo de lo que se le ha querido decir:
—¡Ah! ¡Vamos! Sí, eso sí.
—¡Acabáramos! Pues eso es lo que le he estado diciendo desde el principio, sino que hasta ahora ha tenido las gafas puestas...
Los adolescentes con gafas de carey son más adolescentes aún y sus locuras, sus ínfulas, su equivocada idea de la vida, su pretensión de que padre les debe dar mucho más dinero del que les da, serán cosas más violentas y llenas de un instinto más fuerte.
Todo padre que ame su tranquilidad debe prohibir en su casa las gafas o los lentes de carey.
Dejemos a unos cuantos seres privilegiados, de reconocida prosapia intelectual, que usen las solemnes gafas sacerdotales, tan litúrgicas como las mucetas o las cruces pectorales. Que sea atributo concedido al talento que se destaque con la anuencia de bastantes.
Respetemos desde luego las de don Ramón del Valle-Inclán, magnífico señor de horca y cuchillo, obispo y claro varón galaico, que tan gran eminencia es en el arte del decir y del sugerir. Las gafas de carey de don Ramón son tan terribles que llegan a ser las gafas de un fantasma.
Don Ramón sabe mirar a través de ellas como a través de misteriosos catalejos de brujo y se las quita y se las pone con gesto cigüeñil o gesto de pelícano de fábula, de aquellos que dibujaron en actitud de charlar y leer un libro los grandes ilustradores de los libros de premio para los niños.
Las gafas de carey de don Ramón miran como lupas, investigan, observan al reo. Y por eso don Ramón alterna con sus miradas a través de las gafas otras miradas por encima de los arcos de carey, como queriendo ver con más ternura lo que ellas ven descarnadamente y como queriendo ver con curiosidad ingenua lo que las gafas ven de un modo inexorable.
Que permanezcan muchos años sobre la faz de don Ramón las gafas de carey, porque don Ramón merece esa excepción, ¡caray!
Ramón Gómez de la Serna
“Esas gafas”
Ramonismo
1923
La visión renacentista

Vincent Ilardi
Antojos para el hambre
No sirvo —dijo— a pelones,
como vosotros, cuitados,
sino a un extranjero rico,
miserable por el cabo;
y advertid que, siendo aquestos
hombres míseros y avaros,
veréis que se llaman todos
o Césares o Alejandros:
la paja me da por libras,
la cebada, por puñados,
y para engañar mi hambre,
este artífice de engaños,
unos antojos me pone
de unos vidrios tan doblados,
que hacen de una paja ciento,
y cuatrocientos, de un grano.
Luis de Góngora
"Murmuraban los rocines"
1593
Metáfora + gafas
Al sacar sus lentes del estuche, el doctor se pone el termómetro de mirar, la clave del diagnóstico.
Al fruncir el entrecejo parece que nos ponemos los lentes invisibles de la perspicacia y de la gravedad.
El ademán que hace el que limpia sus gafas, levantándolas hacia el cielo, es un ademán de astrónomo.
Eclipse: momento que el sol o la luna se ponen un rato gafas ahumadas.
Ramón Gómez de la Serna
Total de greguerías
1955
La rebelión de las gafas
Ante esa posición en que quedan sobre la mesa las gafas del que las usa, he pensado en las de un sabio que las deja así todas las noches sobre el libro, leyendo el mismo pasaje toda la noche, con sus antenas de fina langosta embobadas y quietas, llegando a suceder que de estar tantas noches en la misma posición, bizqueando por estar tan cerca de las palabras, se vuelven sabias y el sabio ve que al llegar él a coger las gafas llevadas por sus sutiles patas de araña se le escapan y el sabio se queda completamente tonto.
Ramón Gómez de la Serna
Libro nuevo
1920
Un accesorio insolente
Usaba lentes y este detalle irritó a Iván Fiodorovitch, que lo ignoraba. "¡Llevar lentes, ese desgraciado!" Smerdiakov levantó la cabeza, miró al visitante y se quitó los lentes. Después, se puso en pie sin apresurarse, menos por respeto que por observar las reglas de urbanidad.
Iván advirtió al punto estos detalles y, sobre todo, la hostilidad y altivez que había en su mirada.
Fiódor Dostoyevski
Hermanos Karamazov
1880
Luneta vigilante
Doña Rita tenía una verdadera corte de primos: unos que se contentaban con serlo y otros que envidiaban la suerte del marido. El más atrevido no osaba mirarla a la cara cuando ella lo escrutaba a través de la luneta, con tal altivez y burla que no sería incorrecto decir que la luneta de Rita Preciosa era la más vigilante centinela de su virtud.
Camilo Castelo Branco
Amor de perdición
1862
Una cortesía en desuso
El viejo oficial leía atentamente un pequeño folleto, acaso el libreto de la ópera, con unos grandes anteojos. En cuanto me senté, se quitó los anteojos y, guardándolos en un estuche de zapa, los devolvió junto con el libro a su bolsillo. Me incorporé a medias y le hice una reverencia.
Traducid esto a cualquier lengua civilizada del mundo y el sentido es el siguiente: “He aquí a un pobre extranjero que ha entrado en el palco; parece no conocer a nadie y, aunque fuera a permanecer siete años en París, es probable que nunca llegue a conocer a nadie si cada hombre al que se acerca conserva los anteojos puestos sobre la nariz. Eso es cerrarle absolutamente las puertas de la conversación en la cara y tratarlo peor que a un alemán”.
Laurence Sterne
Viaje sentimental
1768
La órbita lunar
La Luna tiene un deseo voraz de gastar monóculo y ya ha pensado en el anillo de Saturno, porque ella no sabe que la iba a venir demasiado grande. Se sospecha que al correr de los tiempos se desprenderá un anteojo de telescopio, con tan buena puntería, que irá a parar a la órbita de un ojo de esa pálida corta de vista, en cuya faz redonda y bobalicona haría bien un monóculo.
Ramón Gómez de la Serna
"Cifras de ahora"
Blanco y Negro
n.° 2081
5 de abril de 1931
Manía óptica

El hombre al que le da por tener la coquetería de la óptica compra las gafas más extrañas y encuentra los cristales que tienen "diatrías" especiales, no sólo para poder mirar a lo lejos o a lo cerca, sino para las miradas de reojo, que son verdaderas miradas intermedias entre lo lejos y lo cerca.
Pero cuando el hombre que tiene la coquetería óptica llega a su acto más maniático es cuando adquiere esos lentes que son dos cristales recortados en forma de media lunilla y que son como dos lágrimas bajo sus ojos atónitos.
—¡Límpiese usted esas lágrimas de cristal de roca! —le gritaríamos al hombre de los lentes sintéticos.
Ramón Gómez de la Serna
"Cifras de ahora"
Blanco y Negro
n.° 2067
28 de diciembre de 1930
La maldición mojada
(En la óptica. Durante el examen de la vista, la paciente rememora. La profesional se limita a dar indicaciones breves.)
—Nadie podía saber lo miope que era. Supo esconderlo con una habilidad increíble.
—Gracias.
—Y era mi amiga.
—Apóyese, por favor.
—Imagínese eso, a esa edad. Fea, con la cara llena de granos y con el aparentemente irreprimible deseo de ser mi mejor amiga. Y yo, la verdad, tenía otras cosas en la cabeza entonces. Ya se lo podrá imaginar.
—Mire hacia arriba, por favor.
—Bueno, en todo caso, un día viene así nomás con unos anteojos grotescos de un centímetro de grosor.
—Mire al frente, por favor.
—Con ellos realmente parecía una rana. Quiero decir: me daba pena. Pero ya sabe cómo son los niños. “¿Qué te parecen los anteojos de tu nueva amiga del alma?” “Un espanto”, dije. Me miró... Esa mirada no la olvido más. Y entonces, con su acento alemán...
—Mire hacia abajo, por favor.
—...que nadie soportaba, llena de odio, dijo: “¡Ojalá todos tengan que usar anteojos!” Por supuesto, nos morimos de risa. Ella se quedó ahí parada, sin saber qué hacer, y de pronto se hizo encima. Quiero decir: se orinó. Digo, imagínese: parada ahí en medio del aula y, de pronto, un charquito en el suelo.
—¿Y qué fue de esa maldición?
—Bueno, ¿qué quiere que le diga? En el examen final, todos llevábamos anteojos.
—¿Toda la clase?
—Toda la clase.
Der siebente Kontinent
[El séptimo continente]
(1989, Michael Haneke)
Rembrandt

Arnold Tholinx, Rembrandt
Monóculo para el cadalso
—Aquí tienen: entradas para el ahorcamiento, dos para cada periódico.
—¿Cómo que dos?
—¿Qué quieren, llevar a la familia?
—Oye, Pete. El jefe quiere un par para el departamento de publicidad.
—Le prometí un par a…
—No estamos en las Follies, ¿saben?
—¡Ay, Pinky, tan generoso!
—Me cansé de que sus editores usen estas entradas para conseguir anunciantes.
—¡Qué cara dura! Todo el mundo sabe que tú las usas para trepar socialmente.
—¡Sí! Llevaste al Union League Club completo al último ahorcamiento.
—Tratando de ganarte a los estirados, ¿eh? Apuesto a que mañana por la mañana llevarás monóculo.
The Front Page
(1931, Lewis Milestone)
B

Henry Bemis usa.
Museo dell'Occhiale

Museo en Pieve di Cadore.
Una moda demasiado duradera
Los anteojos fueron durante mucho tiempo meros objetos de curiosidad y se los utilizaba como una innovación ostentosa, así como hace algunos años todo dude, hombre o mujer, tenía que usar lentes azules por una cuestión de moda. En España formaban parte del atuendo de toda persona educada. Este uso absurdo de los anteojos tenía por objeto aumentar la gravedad de la apariencia y, en consecuencia, la veneración con que era visto quien los llevaba. Los lentes eran proporcionales en tamaño al rango de su portador. Los que usaban los nobles españoles medían a veces tres pulgadas de diámetro. El marqués de Astorga, al hacerse esculpir su busto en mármol, exigió especialmente al artista que no olvidara sus hermosos anteojos.
Después de esta primera adopción ridícula de los anteojos, volvieron a caer en desuso por casi trescientos años, durante los cuales no se hizo ninguna mejora digna de mención. ¡Cuán diferentes eran las personas de aquel tiempo de las de la generación presente!
William Bohne
Manual para ópticos
Tratado sobre el oficio óptico
y sus operaciones mecánicas
1892
Anteojos jodidamente grandes

—Esos son Anteojos Jodidamente Grandes, Michael.
—Exactamente.
ANTEOJOS JODIDAMENTE GRANDES®
Por Michael Caine™
Michael Caine sabe un par de cosas sobre los anteojos gigantes. “Son una cuestión de poder, ¿no es cierto?”, dice Michael, “y de los jodidos tipos poderosos que los usan. Yo soy uno de esos jodidos tipos poderosos, ¿no?”.
Pero Michael sabe que no sólo los jodidos tipos poderosos quieren Anteojos Jodidamente Grandes. “Las chicas también los necesitan y no quiero acabar pareciendo tan exclusivo. Dejen que las jodidas mujeres usen los Anteojos Jodidamente Grandes si se les da la jodida gana, jodidos imbéciles.”
Los "Alfie" — $250 (tal como se muestran $275)
Los "The Italian Job" — $225
Disponibles en los Centros Fuxall de Atención Oftalmológica Sin Bajar del Auto.
Distribuidos en EE. UU. exclusivamente por Wham-O®.
Esta imitación burlesca de una publicidad gráfica de anteojos es obra del ilustrador Cris Shapan, quien, tras una carrera en el ámbito corporativo, ha colaborado como director de arte en diversos programas y series de comedia y difunde unos esmerados trabajos de parodia de avisos comerciales del pasado desde su página personal (facebook.com/cris.shapan).
“A menudo me obsesiono con el texto del anuncio, porque quiero conseguir que esté perfectamente equivocado”, ha declarado. Ese detallismo rinde intuiciones reveladoras como la que ofrece a través de la figura de Sir Michael Caine acerca de la psicología de los anteojos. El léxico popular utilizado en el aviso y el acento cockney —propio de los londinenses de clase trabajadora— caracterizan al protagonista de Alfie (1966), aunque el actor no lució anteojos en esa película, una de las primeras con que logró reconocimiento público. En el otro film mencionado, emblemático de aquellos años, The Italian Job (1969), se lo ve con un modelo distinto del de la imagen: unos "Yvan Optical" de sol, fabricados por Curry & Paxton. Caine usó ese mismo armazón —uno de los que proveía el Servicio Nacional de Salud británico— para encarnar con anteojos permanentes al agente Harry Palmer en The IPCRESS File (1965).
En marzo de 2022, la casa Bonhams subastó una selección de carteles de películas, obras de arte, muebles y artículos personales pertenecientes al actor. Entre los nueve anteojos del lote, además de piezas de Dunhill, Persol, E. B. Meyrowitz o American Optical, se encontraba el modelo que Cris Shapan agigantó jocosamente en su parodia: un "Cordoka 135 petro" de Rodenstock, de apenas 150 mm de distancia auricular.

El filo del monóculo
Madame de Bargeton no quiso verlo, la marquesa lo miró de reojo y no respondió a su saludo. La reprobación de la aristocracia parisina no era como la de los "soberanos" de Angulema: al esforzarse por herir a Lucien, los hidalgüelos admitían su poder y lo tenían por un hombre, mientras que para madame d’Espard ni siquiera existía. No era una sentencia sino una denegación de justicia. Un frío mortal se apoderó del pobre poeta cuando de Marsay lo escrutó a través de su monóculo*; el león parisino dejó caer la lente de un modo tan singular que a Lucien le pareció la cuchilla de la guillotina.
Honoré de Balzac
"Un gran hombre de provincias en París"
Las ilusiones perdidas
1843
* Lorgna y lorgnon en el original francés. Mirar de reojo, escrutar a través del monóculo.

* Lorgna y lorgnon en el original francés. Mirar de reojo, escrutar a través del monóculo.
El valor de las conservas azules
Boniface, hombre seco y magro, de rostro amarillo como un cirio y jaspeado con manchas rojas, boca apretada y ojos que se parecían a los de los gatos, jamás se descontrolaba; escuchaba los insultos más duros con la calma de un devoto y respondía con voz suave. Iba a misa, se confesaba y comulgaba. Ocultaba bajo sus modales patelinescos, bajo un exterior casi blando, la tenacidad, la ambición de un sacerdote y la avidez de un negociante devorado por la sed de riquezas y honores. Ya en 1820, el gran Cointet quería todo lo que la burguesía acabaría alcanzando con la revolución de 1830. Lleno de odio contra la aristocracia, indiferente en materia de religión, era devoto como Bonaparte fue montañés. Su espina dorsal se doblaba con una maravillosa flexibilidad ante la nobleza y la administración, ante las cuales se hacía pequeño, humilde y complaciente. En fin, para retratar a este hombre con un rasgo cuyo valor apreciarán bien quienes están acostumbrados a ocuparse de los negocios, llevaba anteojos* con cristales azules con los cuales ocultaba su mirada, bajo el pretexto de preservar su vista del brillante reflejo de la luz en una ciudad donde la tierra y las construcciones son blancas y donde la intensidad del día se ve aumentada por la gran elevación del terreno.
Honoré de Balzac
"Ève y David"
Las ilusiones perdidas
1843
* Conserves en el original francés, "conservas". En 1680, el Dictionnaire françois de Pierre Richelet registra por primera vez esta acepción del sustantivo en plural: “Especie de anteojos que no aumentan los objetos y que se usan solamente para conservar la vista”. Y ejemplifica: “unos conserves verdes”. El término continuó en uso durante los dos siglos siguientes, pero ya la novena edición del Dictionnaire de l’Académie française (1992) lo califica de “muy anticuado” y consigna un desplazamiento en el significado, en consonancia con el avance del conocimiento científico: “Anteojos poco graduados, destinados sobre todo a descansar la vista”. De ningún aumento a poca graduación, de la conservación al descanso.
Para jalonar en un punto intermedio el sentido que conserves tenía en el horizonte cultural de la época de Balzac, será útil citar un artículo publicado en 1861 en los Archivos Generales de Medicina por el astrónomo Jules Janssen —descubridor del helio en la cromosfera solar—, en colaboración con el cirujano Eugène Follin —autor de Lecciones sobre la exploración del ojo y, en particular, sobre el uso del oftalmoscopio en el diagnóstico de las enfermedades oculares (1863)—. El trabajo se titula “Consideraciones fisiológicas sobre la iluminación y aplicaciones al examen oftalmoscópico”.
Follin y Janssen comienzan por distinguir los efectos fisiológicos causados por las diversas especies de rayos del espectro lumínico. A partir de la observación experimental, sostienen “que cuando su ojo se encuentre sumergido en el azul o el verde no experimentará ninguna fatiga y, al mismo tiempo, la pupila se mantendrá ampliamente dilatada; pero a medida que hagamos penetrar en el órgano los rayos amarillos y anaranjados aumentará la irritación, la pupila se contraerá y este efecto alcanzará su máximo en los rayos rojo-anaranjados”. Los científicos concluyen que “los rayos que parecen ser los más apropiados a las condiciones de nuestra visión” se encuentran en la región del espectro más próxima al verde.
Este análisis les permite explicar el efecto irritante de las lámparas de aceite —una atribución causal ampliamente difundida en la época— por el predominio de los rayos rojos y anaranjados en la luz que despedían. Asimismo, la luz del gas —muy utilizada por entonces—, aunque más rica en la franja de azules y violetas, todavía contenía una proporción elevada de rayos perjudiciales. Determinados ámbitos y profesiones sufrían especialmente las consecuencias:
Estas condiciones desfavorables, sumadas a la abundante cantidad de esta luz en las tiendas, donde los objetos blancos reflejan los rayos luminosos en todas direcciones, bastan para explicar la fatiga y las afecciones de la vista de las personas que viven en estos establecimientos tan espléndidamente iluminados. Esta fatiga de los ojos producida por la luz de gas resulta aún más evidente entre los compositores de imprenta, que trabajan por la noche delante de un papel blanco que refleja hacia el ojo una parte muy considerable de esta luz irritante.
La luz eléctrica, de uso incipiente entonces, se presenta como prometedora para los autores por contener mayor proporción de rayos violetas. En todos los casos, se recomienda procurar devolver una composición normal a la luz, absorbiendo los rayos perjudiciales mediante la utilización de filtros adecuados. Siguiendo esa tesis, el artículo propone mejoras en el uso del oftalmoscopio, que se extienden a la protección visual del público en general, mediante la recomendación de los anteojos idóneos, que no son otros que los llamados conserves:
Las observaciones precedentes pueden aplicarse muy bien a la elección, a menudo tan irracional, de los vidrios de las conserves. El médico rara vez es consultado sobre esta elección, librada casi siempre al capricho de cada cual, y así se han introducido en la práctica errores que conviene señalar.
Actualmente se emplean para las conserves dos clases de vidrios: 1.º, los vidrios coloreados de azul de cobalto, de verde, etc.; 2.º, los llamados vidrios ahumados, que deben su color a algún óxido de hierro. Estos últimos incluso tienden a sustituir en gran medida a los primeros, para gran perjuicio de los enfermos, según creemos.
Las conserves verdes, que antes se usaban con frecuencia, fueron poco a poco abandonadas por la moda y hoy sería bastante difícil conseguir que un enfermo las usara. Los vidrios coloreados con azul de cobalto las han reemplazado casi en todas partes y, de acuerdo con las indicaciones expuestas más arriba, es fácil comprender que resultan muy convenientes para las personas sensibles a la luz y expuestas a las fuentes luminosas habituales, siempre ricas en rayos rojos, anaranjados, etc. El médico deberá aconsejar en primer lugar vidrios poco coloreados.
Si alguien estuviera expuesto a sufrir la acción de la luz eléctrica, debería recurrir a los vidrios de uranio, que, como se sabe, absorben los rayos químicos del espectro.
Se podrían obtener excelentes conserves combinando estas dos clases de vidrio, pegando, por ejemplo, mediante los procedimientos conocidos por los ópticos, una lámina de vidrio azul de cobalto sobre una lámina de vidrio coloreado con óxido de uranio. Despojada así de sus rayos rojos, anaranjados y amarillos por el vidrio de cobalto y de sus rayos químicos por el vidrio de uranio, la luz que llegaría al ojo sería perfectamente adecuada incluso para los ojos más sensibles. Bastaría una lámina muy delgada de vidrio de uranio para obtener este resultado, pues las luces de que nos servimos son poco ricas en rayos químicos y resultan sobre todo fatigantes por los rayos rojos y anaranjados que contienen en exceso.
En cuanto a los llamados vidrios ahumados, no ejercen sobre la luz ese útil tamizado propio de los vidrios de los que acabamos de hablar y resultan menos adecuados que estos para las conserves. Se limitan a absorber una cantidad mayor o menor de los rayos luminosos y colocan así al enfermo en una oscuridad relativa que puede, en ciertos casos de inflamación aguda del ojo, resultar de alguna utilidad pero que, para la generalidad de quienes usan conserves, es más perjudicial que beneficiosa. En efecto, la oscuridad relativa creada por estas conserves exige una atención más sostenida y, por consiguiente, impone cierta fatiga al órgano para distinguir los objetos. Luego, la retina, habituada a un medio oscuro —a un verdadero calabozo—, adquiere una sensibilidad molesta que no tiene bajo la influencia de la luz tamizada pero todavía muy brillante de los vidrios de azul de cobalto.
Todas estas razones nos hacen pensar que los vidrios ahumados pueden reservarse para ciertos casos de inflamación aguda del ojo, pero en el uso habitual de las conserves, deben preferirse los vidrios de azul de cobalto.
En la jerga científica de la época, los llamados rayos químicos eran los ultravioletas, invisibles para el ojo humano pero capaces de impresionar placas fotográficas. No se tenía conocimiento entonces del carácter nocivo de la radiación del uranio utilizado para filtrarlos. Se trataba de prevenir con los medios disponibles en ese momento los supuestos perjuicios causados por la iluminación artificial, principal sospechosa de todas las afecciones oculares. Balzac, en cambio, atribuía el ocultamiento de la mirada bajo las conserves a la peculiar psicología de un personaje, que excusaba esa conducta con el injustificado pretexto de proteger la vista de los rayos del sol.
Más historia(s)...

De los puentes que persisten | Un comienzo inadvertido | Suficiente razón para los anteojos | El MuseOJO de Londres | Diseño revelador/encubridor | Verdes de góndola y alla Goldoni | Finalmente Pugliese | Esplendor en la nieve | Anteojos de prever | El binóculo precioso | Quevedo y los quevedos | Si hay un Dios de anteojos | Los primeros aviadores | Arqueología de las sienes | Anteojos de vista | La furia del temeroso | La lupa sobre las gafas

El patrimonio óptico de Massachusetts | Las chicas de Hitch | Objetivamente, Weimar | El foco del político | Lo inapreciable para Papillon | Beethoven jocoso | El monóculo paliqueador | El origen perdido del aviador | La muerte de Anteojito | Goya con gafas | Os meus óculos! | En Venecia y sin anteojos | Civilización y anteojos | La sorprendente vida de las gafas | El manifiesto miope | Un arbitrio femenino | Siglos de viajantes estafadores

El taller de un óptico real | Modelos del 80 | Mariposa dandy/hippie/hipster | Anteojos anticonceptivos | El club de los coleccionistas | Las gafas delatoras | De las estrellas al museo | Lágrimas sobre los impertinentes | Anteojos anónimos | Un chiste andaluz | El taller de Carl Zeiss | Cordones cardenalíceos | El catcher cuatro ojos | Una canción de carnaval | Anteojos de comedia | Lentes detectacornudos | Gafas de tres duros

Infidelidad oftálmica | Cómo llegó Lennon a ser un modelo | Las gafas para entender francés | Un tesoro en la basura de Londres | El óptico que salvó a un presidente | Anteojos moderan enojos | El maestro cantor del gremio | Gafas de peluca | Los más tempranos antojos | Alberdi, de la óptica a la ópera | El infame cangaceiro de anteojos | Bellísima y para colmo gafas | Mofas ilustradas

El genio tras los cuatro lentes | ¡Anteojos! ¡Lero! ¡Lero! | La continuidad de los anteojos | Anteojos antipeste | ¿Llevó anteojos Magallanes a Borneo? | El cuidado visual del guerrero | Sombras de la ética cool | El óptico solícito con el peinado | Miguilim necesita anteojos | Mariposa de cristal | Los malogrados quevedos de Potiómkin | Dos perfiles de un pintor | Cerezas, espinas y antojos | La bonita óptica | El silencio de los lentes negros

El ascendente chico de las gafas | Domar la bicicleta | Una comedia muy mala | Anteojos con desenfado | ¿En qué se parecen una óptica y un monje adivino? | Gafas de oro para la condesa de blanco | El cristal con que se mira | Los ojos en el cartel | 15 minutos de 20/20 | La óptica de Napoleón | Ella los prefiere présbitas | La clarividencia de los anteojos falaces | Nuestras mejores invenciones | Anteojos excepto en la cama | Pequeñas cosas como los anteojos

Altina o el objeto emancipado de la función | Compromiso sin dioptrías | Una gruesa de baratijas | Lincoln como que con gafas | El rigor del vidrio | Lujosa inutilidad óptica | Gratitud analógica digital | La doctrina Monroe | Cegado por sus anteojos | Secretos en mis ojos | Otro esfuerzo para ver | Lo que no veía veo, no veo lo que solía | Optimismo oftalmológico

Anteojos de un mundo perdido | Monstruos y adivinos del manga | Lentes verdes para el sol maltés | Espectáculos espurios | La dualidad de la Naja naja | Anteojos de buen ver | Una nota incongruente | La prefiguración esperpéntica de la pesadilla | El respeto | Après l’opticien | Un monopolio espectacular | Secreto y sustento sobre la nariz | Anteojitos para el monstruo | Mercantes padecientes de antojos

Mickey con recetados | El vendedor de ojos | Gafas para leer tu mente | Las innecesarias gafas del profeta en la tormenta | Ilusiones ópticas de cartón | Oftálmicas naturalezas muertas | Lentes como un cuchillo en tu cráneo | Los anteojos oscuros del pianista que mejor ni nombrar, Di Sarli | Lentes para el tercer ojo | Yoga y gafas sexis | Fervor por los cristales verdes | Gafas remachadas a los pómulos | Reingeniería de los anteojos

Psicología de las gafas | Los márgenes del óptico Benjamin Martin | El gran salto a las orejas | El emperador que conquistó sus gafas | El monóculo absurdo | ¿Schubert con bifocales? | Mejorar o remplazar la visión | Un óptico de la Belle Époque | Celos por antojos | La condición antártica | Con los redondos en 1974 | Gafas en su tinta | La tendencia al museo | Lentes verdes, lentes jóvenes y tubos en una máscara

Una mujer con gafas del siglo XVII | Una mujer con quevedos del siglo XX | Qué otra cosa que pájaras | Un óptico con ánimo de Mardi Gras | Tan ñata que para sostener los anteojos tenía que sacar la lengua | El imposible Santo Patrón | Por qué adoro mis antojos | La óptica de Ford | Un marrano con anteojos | Anteojos de sol para las vacas soviéticas | Bajo el cristal del amor platónico | Dónde están esas indecorosas gafas

La ilusoria identidad de lo redondo | Los anteojos de Jackson | Proyecto presidencial para gafas de lectura | Un Padre Óptico Fundador y su legado | Gato con gafas | La falsa arrogancia del pince-nez | Psiquímicos como los anteojos o los tranvías | Virgilio o el segundo nacimiento de las gafas | El óptico pasado de copas | Anteojos de observador interviniente | Anteojos o lógica graciosa

Los esquivos cóncavos primigenios | Buddy Holly y sus mejicanos | Anteojos de precios viejos | De las gafas inútiles | La "nueva ola" de lo "viejo como el viento" | El specs-appeal de Victoria | Distintos modelos con un propósito | Apología del antojo | El traje de anteojero | Cine negro, anteojos de falsedad | Antojos para el rey | Gafas para ocultar señales | La mirada del pintor | Ante los ojos del bufón | Los marcos del racismo

Los anteojos de la comuna | Gafas intimidantes | La conexión Gutenberg | Con tus antojos pintado | Los graduados de Freud | Un modelo pituco por demás | Anteojos de vano contentamiento | Una moneda con anteojos | Viajeros en residencia | La artillería del binóculo | Opticus de Ámsterdam | El rey de los anteojos | Ni una palabra de anteojos | Un debate soez con cuernos y corales | Glamour ferroviario y sombras satánicas

Anteojos de sombrero | Autoridad o afectación por las gafas | Carel y su modelo | Verdes vidrios por antojos | Un docto símbolo sobre la nariz | La diva con gafas | Dioses, extraterrestres y antiparras | Matrimonio o anteojos | Goethe contra los lentes | Un museo de gafas perdidas | Impertinentes para el presuntuoso | Pulsión y prejuicio | Las gafas de castigo | Sombras de miramiento | Anteojos para la democracia

Las gafas en tiempos de Jesús | Periscópicos y Speclettes | Los cristales azules del naturalista | Gafas en auxilio del poeta | Una nube de colores deshonestos | Berni y la industria | Lentes cyberpunk | Anna y su monóculo | Muletas de los ojos | Gafotas y Orejones | La mujer cuando sueña | Elton espejado | Autorretratos con adaptación | Días de cartelería óptica | Dispositivos ópticos complementarios | Los antojos delegados | La Enciclopedia en el taller

La magia de Faye | La intelectualidad bajo asedio | Una especie de azul | Incorrección visual | El porvenir del pasado óptico | El golpe teatral | La tenacidad de los rayos oculares | Lecturas y postes que atender | Una novedad antigua | 20/20 de magia/poesía | La loca psicología del monóculo | Las credenciales del óptico | Hacer visible la visión | Una fábula libertina en la que vuelan anteojos | La conjura del conejo